Capítulo 2 — Cena con viento #2
Colette Marchand no se movió, pero Delacroix vio que sus dedos se cerraban sobre el borde de la bandeja que sostenía.
Gaspard miró a Éléonore con cansancio.
—En esta casa han cenado personas bastante menos dignas que Yann.
Adrien dejó su copa.
—Madre solo quiere decir que, con este tiempo, quizá sería mejor que se quedara en el faro.
—Yo quiero decir exactamente lo que he dicho —replicó Éléonore.
Mireille bajó la vista. Gabriel Artaud fingió examinar una cucharilla. El doctor Vautrin miró a Gaspard como si le advirtiera en silencio que no siguiera por ahí. Margot Dufresne observó a todos con la discreción descarada de una escritora que acaba de oler sangre.
Delacroix se limitó a esperar.
La espera no duró mucho.
Un golpe sonó en la puerta principal.
No fue un golpe fuerte, pero la casa pareció escucharlo entera. Colette dejó la bandeja y salió. Un minuto después regresó acompañada de un hombre alto, de hombros anchos, empapado por la lluvia.
Yann Le Guen tenía unos cuarenta y tantos años, quizá menos, aunque el clima le había añadido edad al rostro.
Llevaba abrigo grueso, botas manchadas de barro y una bufanda oscura.
Su cabello, mojado, se le pegaba a la frente.
No tenía la incomodidad de un criado en una mesa ajena ni la seguridad de un invitado.
Tenía otra cosa: una especie de orgullo silencioso, aprendido a fuerza de no pedir permiso.
—Perdonen —dijo—. El viento ha tirado una rama en el sendero.
Su voz era grave, áspera.
Gaspard dio un paso hacia él.
—Me alegra que hayas venido.
Yann asintió, sin sonreír.
—Monsieur.
Éléonore no dijo nada. Adrien sonrió con cortesía.
—Le Guen. Veo que el faro ha sobrevivido otra noche.
—De momento.
—Qué tranquilizador.
Yann lo miró.
—Para los barcos, sí.
El comentario fue sencillo, pero dejó a Adrien sin un lugar cómodo donde colocar su sonrisa.
Gaspard indicó los asientos.
—Cenemos.
Se sentaron.
Delacroix quedó entre Margot Dufresne y el doctor Vautrin. Frente a él, Adrien y Mireille. En la cabecera, Gaspard. En la otra punta, Éléonore, que parecía presidir no una cena, sino un juicio donde ya conocía la sentencia.
Colette y Noël Prigent comenzaron a servir.
Delacroix aún no había visto al criado antiguo hasta ese momento.
Noël era un hombre de unos sesenta y tantos años, bajo, ancho, con cabello blanco mal peinado y una nariz que sugería una larga amistad con el vino.
Tenía, sin embargo, una agilidad inesperada en los movimientos y unos ojos pequeños, despiertos, que parecían haberlo visto todo y haber decidido no comentar casi nada para no trabajar de más.
Cuando sirvió a Delacroix, inclinó apenas la cabeza.
—Monsieur.
—Gracias.
Noël olía débilmente a tabaco, humedad y sopa caliente. Una combinación más honesta que algunos perfumes.
El primer plato fue una crema de puerros con mantequilla.
Buena, caliente, necesaria. Durante unos minutos, la cena pareció casi normal.
Se habló del viaje, del mal tiempo, de la costa, del estado del camino.
Esa clase de conversación que existe para impedir que otras conversaciones entren en la habitación sin llamar.
—¿Viene a escribir sobre nosotros, madame Dufresne? —preguntó Adrien.
Margot levantó la vista de su copa.
—Solo si me aburro mucho.
—Entonces espero que no le demos material.
—Esa esperanza suele ser el primer error de las familias interesantes.
Éléonore dejó la cuchara con suavidad.
—No somos una familia interesante.
—Todas las familias lo son, madame. Algunas solo tienen mejores cortinas.
Delacroix bebió agua para ocultar una sonrisa.
Gaspard parecía escuchar sin intervenir. Su mirada iba de uno a otro con una atención fatigada. No era la mirada de un anfitrión complacido. Era la de un hombre contando las grietas de una pared antes de que llegara el derrumbe.
El segundo plato fue pescado con salsa clara y patatas. Afuera, el viento golpeó una contraventana. Noël se detuvo un instante, escuchó, y luego siguió sirviendo como si distinguiera los ruidos de la casa igual que otros distinguen voces.
—La tormenta viene fuerte —dijo Vautrin.
—Aquí siempre dramatizan el tiempo —replicó Adrien—. Un poco de lluvia, un poco de viento, y todos hablan como si el cielo estuviera redactando testamento.
Gabriel Artaud se atragantó con el vino.
Fue mínimo. Casi nada. Pero suficiente.
Delacroix lo miró.
Adrien también.
—¿Está bien, Gabriel? —preguntó Mireille.
—Sí, sí. Perfectamente. Se me ha ido por mal sitio.
—A veces el vino conoce atajos —dijo Delacroix.
Artaud sonrió sin ganas.
Gaspard apoyó los cubiertos sobre el plato.
—Ya que Adrien menciona los testamentos con tanta ligereza, quizá sea mejor no retrasar lo inevitable.
El comedor se quedó quieto.
Incluso el viento pareció esperar.
Éléonore miró a su cuñado.
—Gaspard.
—No voy a dar detalles esta noche —dijo él—. No todavía. Pero mañana, después del desayuno, reuniré a todos en el salón. Hay decisiones que he postergado demasiado tiempo.
Adrien dejó la copa sobre la mesa.
—¿Decisiones sobre la casa?
—Entre otras cosas.
—Creí que ya habíamos hablado de eso.
—Hemos hablado mucho, Adrien. Es una costumbre familiar. Hablar hasta que las palabras se cansan y los problemas siguen donde estaban.
—La casa se cae —dijo Adrien, todavía sonriendo, aunque la sonrisa ya no le obedecía del todo—. El terreno cede, las reparaciones cuestan una fortuna y mantener el faro es una ruina sentimental.
Yann levantó la mirada.
—El faro no es una ruina sentimental.
—No, claro. Olvidaba que para algunos es casi una iglesia.
—Para algunos es trabajo.
—Y para otros, una propiedad.
Gaspard habló antes de que Yann pudiera responder.
—La casa no se venderá.
Mireille cerró los dedos sobre la servilleta.
Éléonore no se movió.
Adrien miró a su tío.
—Eso no puedes decidirlo solo.
—De momento, sí.
—De momento —repitió Adrien.
La frase no fue una amenaza. Fue peor. Fue una observación vestida con buenos modales.
Delacroix volvió a mirar a Artaud. El notario tenía los ojos fijos en el plato. El doctor Vautrin, en cambio, observaba a Gaspard con una mezcla de irritación y preocupación.
—Quizá no sea el momento —dijo el médico.
—Doctor, a mi edad todos los momentos llegan tarde.
—Precisamente por eso conviene elegirlos con inteligencia.
—La inteligencia me ha servido durante años para justificar la cobardía. He decidido probar otra cosa.
Colette, que estaba junto al aparador, bajó la mirada.
Yann la miró a ella.
No a Gaspard. A ella.
Delacroix vio ese cruce silencioso y lo guardó junto a los demás.
Margot Dufresne rompió la tensión con una suavidad casi cruel.
—Debo admitir que mis frases de esta tarde empiezan a parecerme muy pobres.
Éléonore la fulminó con la mirada.
—Me alegra que encuentre entretenidos los asuntos de mi familia.
—No he dicho entretenidos, madame. He dicho útiles.
—¿Para su literatura?
—Para entender que la literatura suele llegar tarde. La gente ya se ha hecho daño mucho antes de que alguien lo escriba.
Gaspard soltó una risa baja. Éléonore no.
Noël sirvió más vino. Al inclinarse junto a Delacroix, la botella tembló un poco en su mano. No por edad. Por oído. El criado escuchaba la conversación con una atención que fingía no tener.
—¿Lleva mucho tiempo en esta casa, monsieur Prigent? —preguntó Delacroix en voz baja.
Noël tardó un segundo en responder.
—Desde antes de que algunas habitaciones aprendieran a gotear.
—Una medida de tiempo bastante precisa.
—Aquí las goteras son más constantes que las personas.
—Eso habla bien de las goteras.
El criado dejó escapar una sonrisa mínima y siguió hacia el otro extremo de la mesa.
La cena continuó, pero ya no hubo verdadera conversación.
Solo frases sueltas, pequeñas cortesías arrastradas por la corriente de lo que Gaspard acababa de anunciar.
La palabra testamento no volvió a pronunciarse, pero ocupó la mesa con una presencia casi física.
Estaba entre el pan y la mantequilla. En el borde de las copas.
En la forma en que Adrien cortaba el pescado con demasiada precisión.
En la forma en que Éléonore miraba a su cuñado como si ya hubiera empezado a despedirse de él, aunque no con tristeza.
Cuando llegó el postre, un trueno estalló sobre la casa.
Las lámparas temblaron. Una de las ventanas golpeó con fuerza en algún lugar del piso superior. Colette hizo ademán de salir, pero Noël ya se movía hacia la puerta.
—Voy yo —dijo.
—Cuidado con el ala oeste —advirtió Colette.
—El ala oeste y yo tenemos un pacto. Ella intenta matarme y yo intento no darle el gusto.
Margot sonrió.
—Ese hombre debería escribir sus memorias.
—Noël no escribiría nada que pudiera usarse en su contra —dijo Gaspard.
—Un sabio, entonces —dijo Delacroix.
El criado salió. La puerta se cerró tras él.
Un instante después, el faro iluminó el comedor.
La luz atravesó los ventanales, recorrió la pared, cruzó el retrato de Auguste Kéravel y pasó sobre los rostros sentados a la mesa.
Todos quedaron expuestos durante un segundo: Gaspard pálido; Adrien rígido; Mireille inquieta; Éléonore impenetrable; Artaud sudoroso; Vautrin con el ceño fruncido; Margot fascinada; Yann con la mandíbula tensa; Colette inmóvil junto al aparador.
Luego la luz desapareció.
Volvió el fuego débil de las lámparas.
—Siempre me ha parecido desagradable —dijo Éléonore.
—¿El faro? —preguntó Delacroix.
—Esa luz entrando y saliendo de la casa. Como si alguien nos vigilara desde fuera.
—Quizá solo avisa a los barcos.
—Los barcos no cenan aquí, monsieur.
—Una suerte para ellos, diría.
Mireille dejó escapar una risa involuntaria. Adrien la miró. Ella se apagó enseguida.
Yann se levantó.
—Debería volver antes de que empeore.
Gaspard también se levantó, con más brusquedad de la que su edad parecía permitir.
—Quédate.
Yann lo miró, sorprendido.
—El faro…
—El faro puede girar sin ti durante una hora.
—No con este viento.
—He dicho que te quedes.
La orden sonó demasiado íntima para ser solo una orden. Demasiado preocupada. Demasiado tarde.
Éléonore dejó la copa sobre la mesa.
—Gaspard, no seas absurdo.
—Por una vez, Éléonore, intentaré ser exactamente lo contrario.
Adrien miró a Yann y luego a su tío.
—Esto empieza a resultar conmovedor.
—Ten cuidado, Adrien —dijo Gaspard—. La emoción, incluso fingida, puede mejorar a un hombre.
—O debilitarlo.
—Solo si no era gran cosa antes.
La frase fue seca. Directa. Hirió.
Adrien no contestó. Se limitó a inclinar la cabeza, como aceptando una broma que no pensaba olvidar.
Delacroix sintió entonces que la cena había dejado de ser una cena. Había cruzado una línea invisible. Ya no eran una familia discutiendo por una casa. Eran varias personas sentadas alrededor de algo que todavía no tenía forma, pero que empezaba a parecerse mucho a una desgracia.
El viento golpeó de nuevo.
Esta vez no fue una ráfaga. Fue un empujón largo, profundo. La casa entera pareció gemir. Las lámparas parpadearon. En el pasillo, una puerta se cerró de golpe.
Y entonces ocurrió.
El faro dejó de girar.
Al principio, Delacroix pensó que era una impresión. La luz había pasado hacía unos segundos por el comedor y debía regresar tras completar su vuelta. Pero no volvió. El cristal quedó oscuro. El mar siguió rugiendo al otro lado. La lluvia golpeó las ventanas con dedos furiosos.
Yann se puso de pie del todo.
—Maldita sea.
Gaspard miró hacia la ventana.
Adrien también.
Pero Delacroix miró a los comensales.
Era una antigua costumbre. Cuando algo ocurre, la mayoría de la gente mira hacia el hecho. Él prefería mirar hacia quienes lo reciben. El rostro humano, durante el primer segundo de una sorpresa, suele ser menos mentiroso que en los diez minutos posteriores.
Vio preocupación en Yann.
Vio fastidio en Éléonore.
Vio miedo en Artaud.
Vio curiosidad en Margot.
Vio algo muy parecido al alivio en Adrien.
Solo duró un instante.
Después, la luz volvió.
El faro recuperó su giro lento sobre el mar. Atravesó de nuevo los cristales del comedor y bañó la mesa con una claridad pálida, casi quirúrgica.
—Ha sido el viento —dijo el doctor Vautrin.
Yann no apartaba los ojos del faro.
—El viento no detiene una linterna así.
—Puede afectar al mecanismo —dijo Adrien.
—No si está bien ajustado.
—Entonces quizá no lo estaba.
Yann se volvió hacia él.
—Lo estaba.
Gaspard cerró los ojos un momento.
Parecía cansado. Más que cansado: vencido por algo que quizá llevaba años acercándose y acababa de llamar a la puerta sin necesidad de nudillos.
—Señores —dijo Éléonore, levantándose—, creo que todos estamos haciendo una tragedia de un desperfecto.
—En esta casa tenemos práctica —murmuró Mireille.
Gaspard abrió los ojos y miró a Delacroix.
No dijo nada.
No hacía falta.
En aquella mirada estaba la continuación de la conversación interrumpida en el salón. El miedo. La urgencia. La súplica contenida de un hombre que había invitado a un detective a descansar justo cuando su vida empezaba a pedir testigos.
Delacroix dejó la servilleta junto al plato.
—Monsieur Le Guen —dijo con calma—, ¿es peligroso que el faro se detenga así?
Yann tardó en responder.
—Para los barcos, tal vez.
—¿Y para los hombres?
El farero lo miró.
Durante un segundo, pareció que iba a decir algo. Algo verdadero, probablemente. Pero Gaspard se adelantó.
—Aquí, monsieur Delacroix, casi todo acaba siendo peligroso para los hombres.
Nadie sonrió.
La luz del faro volvió a pasar por la ventana.
Esta vez, a Delacroix le pareció menos una advertencia para los barcos que una mano blanca recorriendo los rostros de los vivos, como si eligiera con paciencia cuál de ellos debía desaparecer primero.