Capítulo 2 — Cena con viento
La habitación azul tenía muy poco de azul.
Había una colcha gris, unas cortinas desvaídas, una alfombra que había conocido mejores inviernos y un papel pintado con flores tan pálidas que parecían haber muerto de aburrimiento contra la pared.
El único gesto de color lo ponía un pequeño jarrón de porcelana sobre la cómoda, decorado con unas violetas pintadas que tal vez habían sido azules cuando algún emperador todavía llevaba bigote.
Delacroix dejó su maleta sobre una butaca y se acercó a la ventana.
Desde allí podía verse el mar.
No era una vista amable. No de esas que los anfitriones anuncian con orgullo antes de abrir las cortinas para recibir un cumplido.
Era una vista excesiva, casi grosera: el acantilado caía tan cerca de la casa que parecía posible asomarse y escupir directamente sobre las rocas.
El agua golpeaba abajo con una violencia constante.
Más allá, el faro encendido trazaba su círculo de luz sobre la niebla.
Delacroix observó la rotación durante un minuto entero.
Lenta. Regular. Hipnótica.
Cada vuelta barría la costa, pasaba sobre el sendero negro que unía la casa con el faro, rozaba los cristales de la habitación y desaparecía mar adentro.
Era un movimiento preciso, antiguo, casi tranquilizador.
Lo habría sido, al menos, si el resto del lugar no pareciera construido para desmentir cualquier tranquilidad.
Al otro lado de la habitación, la puerta del armario no terminaba de cerrarse.
El suelo tenía una inclinación tan leve que una canica habría tardado varios segundos en decidirse, pero se habría decidido.
Delacroix dejó una moneda sobre la cómoda y la empujó suavemente con un dedo.
La moneda rodó hacia la ventana, dudó en una junta de la madera y se detuvo junto a una pata.
—Interesante —murmuró.
No sabía todavía si aquello sería útil. La mayoría de los detalles no lo eran. Pero los detalles inútiles tenían la costumbre de ofenderse y regresar más tarde con una importancia desproporcionada.
Se lavó la cara con agua fría, se cambió de chaqueta y bajó al comedor diez minutos antes de las ocho. No por educación. La puntualidad era una cortesía, sí, pero también una forma excelente de ver llegar a los demás cuando aún no han tenido tiempo de colocarse del todo la máscara.
La Casa Torcida sonaba diferente de noche.
Durante el día crujía como cualquier mansión vieja.
Con la oscuridad, en cambio, cada ruido parecía tener intención.
La madera se quejaba. Las tuberías suspiraban detrás de las paredes.
Las ventanas recibían el viento con golpes secos, como nudillos impacientes.
Y por debajo de todo, siempre, estaba el mar: grave, repetido, incansable.
El comedor ocupaba el ala central de la casa.
Era una estancia larga, con una mesa preparada para diez personas, un aparador oscuro y dos lámparas de aceite que ofrecían una luz cálida pero insuficiente.
En una pared colgaba otro retrato de Auguste Kéravel, el fundador, esta vez de cuerpo entero, con una mano apoyada en un bastón y la expresión de quien no habría permitido que nadie respirara sin autorización previa.
Gaspard Kéravel ya estaba allí, de pie junto a la chimenea apagada.
—Puntual —dijo.
—Es uno de mis defectos menos graves.
—En esta casa es casi una provocación.
—Entonces procuraré abusar de ella con prudencia.
El anciano sonrió, aunque parecía más cansado que en el salón. Vestía el mismo traje oscuro, pero se había cambiado la corbata por una de color burdeos. Un detalle mínimo, casi ceremonial. Como si aquella cena no fuera una cena, sino una pequeña ejecución con vajilla familiar.
—¿Ha descansado? —preguntó.
—He observado el mar desde la ventana. No sé si cuenta como descanso o como amenaza.
—Depende de cuánto tiempo lo mire uno.
—Lo suficiente para sospechar que no le caigo bien.
Gaspard iba a responder, pero la puerta se abrió y entró Éléonore Kéravel.
Tenía sesenta y tantos años y una elegancia afilada.
No caminaba: avanzaba. Llevaba un vestido oscuro de cuello alto, un collar de perlas y el cabello recogido con una severidad impecable.
Su rostro era todavía hermoso, pero de una belleza fría, conservada no por la dulzura del tiempo, sino por la disciplina.
Parecía una mujer capaz de perdonar cualquier cosa salvo una mancha en el mantel.
—Monsieur Delacroix —dijo.
Su voz no era desagradable. Era peor: era correcta.
—Madame Kéravel.
—Mi cuñado me ha hablado mucho de usted.
—Espero que haya omitido lo suficiente para mantener algo de misterio.
Éléonore miró a Gaspard.
—Gaspard nunca omite. Solo retrasa.
—Una habilidad familiar, supongo —dijo el anciano.
La frase cayó entre ellos como una copa rota que nadie quisiera recoger.
Antes de que la tensión pudiera instalarse del todo, apareció Adrien Kéravel. Sonriente, perfumado, impecable. Entró con naturalidad, besó la mejilla de su madre y saludó a Delacroix con una inclinación ligera.
—Espero que la habitación sea de su agrado.
—Tiene suelo, techo y una ventana desde la cual contemplar mi error de juicio. No podría pedir más.
—La costa impresiona al principio.
—Algunas personas también.
Adrien sonrió.
—Y luego decepcionan.
—No siempre en ese orden.
Adrien sostuvo la sonrisa. Éléonore miró a Delacroix con una quietud nueva, como si acabara de descubrir que el invitado no era solo una reliquia famosa colocada allí por capricho de Gaspard.
La siguiente en entrar fue Mireille Kéravel.
Delacroix notó enseguida que no encajaba con los demás.
No porque fuera más amable, aunque quizá lo era, sino porque su incomodidad no parecía ensayada.
Tendría treinta y cinco años. Llevaba un vestido verde oscuro, sencillo, y el cabello castaño recogido de forma práctica.
Era guapa sin imponerlo, con ojos grandes y una expresión de fatiga que no pertenecía a la edad sino a la convivencia.
—Monsieur Delacroix —dijo—. Perdón si llego tarde.
—Todavía no hay nadie sentado. En mi experiencia, una familia no empieza a llegar tarde hasta que se sirve la sopa.
Mireille sonrió de verdad.
Fue una sonrisa breve, casi sorprendida por sí misma.
—No le haga caso —dijo Adrien—. Mi hermana siempre cree que llega tarde incluso cuando llega antes.
—Es una forma de vivir pidiendo disculpas —respondió Mireille, sin mirarlo—. Algunos prefieren vivir dándolas por supuestas.
Adrien dejó escapar una risa pequeña.
—Ya ve, monsieur. La cena promete.
—Empiezo a sentir que he venido poco preparado.
La puerta volvió a abrirse.
Entró un hombre corpulento, de barba gris recortada, mejillas rojizas y mirada cansada. Vestía traje oscuro, pero con el desaliño involuntario de quien preferiría llevar botas y abrigo. Gaspard lo presentó como el doctor Marcel Vautrin.
—Un placer —dijo el médico, estrechando la mano de Delacroix con fuerza—. Aunque habría preferido conocerlo en circunstancias menos húmedas.
—Yo también. Pero en mi caso eso se aplica a casi toda la vida.
Vautrin soltó una risa seca. Parecía un hombre hecho para lugares difíciles: manos anchas, voz grave, ojos atentos. Sin embargo, había algo en su manera de mirar a Gaspard que Delacroix registró sin esfuerzo. Una vigilancia profesional, sí, pero también una preocupación antigua.
—El doctor ha tenido la mala fortuna de venir esta tarde a verme —dijo Gaspard—. Y la prudencia de no marcharse cuando el camino empezó a empeorar.
—No es prudencia —gruñó Vautrin—. Es sentido común. Ese camino de noche y con lluvia es una invitación al cementerio.
—Aquí somos muy hospitalarios con las invitaciones —dijo Adrien.
El médico lo miró.
—Algunas conviene rechazarlas.
Entró entonces Gabriel Artaud, el notario.
Era un hombre delgado, de bigote fino y manos nerviosas. Tenía unos cincuenta años, traje demasiado ajustado y una mirada que saltaba de un rostro a otro como un pájaro atrapado en una iglesia. Saludó a Delacroix con más entusiasmo del necesario.
—Monsieur Delacroix. Qué honor, qué verdadero honor. He leído sobre algunos de sus casos.
—Lamento oír eso.
Artaud parpadeó.
—¿Perdón?
—La prensa suele dejar los hechos en peor estado que los asesinos.
—Ah. Sí. Claro. Desde luego.
Adrien se acercó al aparador y se sirvió una copa pequeña.
—Gabriel ha venido por asuntos de familia —dijo—. Y ahora está condenado a cenar con ella. No sé qué pecado cometió en su juventud, pero debió de ser grave.
Artaud se rió tarde. Demasiado tarde.
Delacroix lo miró con interés. El notario no solo estaba incómodo. Estaba asustado. Y no por la tormenta.
La última invitada apareció sin anuncio.
Margot Dufresne entró en el comedor como quien entra en una escena que ya ha decidido utilizar en un libro.
Tendría treinta y pocos años, cabello negro cortado a la altura de la mandíbula, ojos vivos y una expresión insolente que la hacía parecer menos joven y más peligrosa.
Llevaba un vestido azul oscuro y un chal sobre los hombros.
—Perdonen —dijo—. Estaba terminando una frase.
—Espero que mereciera la espera —dijo Éléonore.
—No especialmente. Pero algunas frases, si una no las termina, se quedan mirándola desde la página toda la noche.
Delacroix sonrió.
—Conozco a varias personas con el mismo defecto.
Margot lo miró con curiosidad inmediata.
—Usted debe de ser monsieur Delacroix.
—Eso parecen creer todos.
—He oído hablar de usted.
—Empiezo a preocuparme por mi intimidad.
—No se preocupe. La fama rara vez sobrevive intacta a una cena.
—Entonces procuraré comer deprisa.
Margot sonrió. No de forma amable, sino interesada.
Colette Marchand apareció junto a la puerta del servicio.
—La cena está lista, monsieur.
Gaspard asintió.
—Esperaremos unos minutos a Yann.
Éléonore alzó la mirada.
—¿Es necesario?
La pregunta fue limpia. Demasiado limpia.
—Lo he invitado —dijo Gaspard.
—Yann Le Guen no pertenece a esta mesa.