Capítulo 1 — La casa que miraba al vacío #2
Llegaron a un salón amplio, con una chimenea encendida, cortinas pesadas y ventanales que daban al mar.
La luz del exterior entraba sucia, filtrada por nubes y salitre.
Había butacas de terciopelo oscuro, una mesa baja con licorera, estanterías con libros y varios retratos familiares distribuidos con esa insistencia propia de los linajes que temen que alguien olvide su importancia.
Junto a la chimenea, un hombre anciano se puso en pie con dificultad.
Gaspard Kéravel era alto, aunque la edad le había robado parte de la verticalidad.
Tenía el cabello blanco, escaso y peinado hacia atrás.
Vestía traje oscuro, chaleco gris y una corbata perfectamente anudada.
Su rostro conservaba restos de una antigua belleza aristocrática, pero los ojos parecían haber envejecido más que el resto del cuerpo.
Eran ojos claros, cansados, con una atención que no descansaba nunca.
—Monsieur Delacroix —dijo, avanzando hacia él con una mano extendida—. Al fin.
—Empiezo a sospechar que es usted la única persona feliz de verme en esta casa.
Gaspard sonrió apenas.
—No se fíe. En esta familia la felicidad suele ser una forma educada de la amenaza.
—Entonces me sentiré como en casa.
Se estrecharon la mano. La de Gaspard estaba fría.
—Le agradezco que haya aceptado venir —dijo el anciano—. Espero que el viaje no haya sido demasiado incómodo.
—El cochero me ha ofrecido una visión bastante precisa del paisaje, del clima y de la esperanza humana.
—¿Tan hablador ha estado?
—Ha pronunciado casi una docena de palabras. Supongo que aquí eso cuenta como una indiscreción.
Gaspard soltó una risa baja. Fue una risa breve, pero verdadera. Colette, que seguía cerca de la puerta, pareció escucharla con una expresión que no llegó a cambiarle el rostro, pero sí la mirada.
—Gracias, Colette —dijo Gaspard—. Puede decirle a Noël que suba el equipaje del señor Delacroix a la habitación azul.
—Sí, monsieur.
La mujer inclinó la cabeza y salió del salón.
Delacroix esperó a que la puerta se cerrara.
—Tiene usted una casa notable.
—Es una forma amable de decir que parece a punto de caerse.
—He dedicado mi vida a tratar con personas que parecían más sólidas y resultaron mucho menos resistentes.
Gaspard caminó hacia la licorera.
—¿Coñac?
—Si es una oferta y no un requisito para sobrevivir a la tarde, aceptaré encantado.
El anciano sirvió dos copas. Sus movimientos eran precisos, pero había en ellos una lentitud estudiada, como si cada gesto le exigiera negociar con sus huesos. Delacroix aceptó la copa y se acercó a la ventana.
Desde allí se veía el faro con más claridad. La marea subía. El sendero que conducía hasta él parecía apenas una cicatriz oscura sobre la roca.
—¿Le gusta? —preguntó Gaspard.
—No estoy seguro de que “gustar” sea la palabra.
—A casi nadie le gusta al principio.
—¿Y después?
—Después algunos aprenden a necesitarlo.
Delacroix bebió un sorbo de coñac. Era bueno. No excelente, pero honrado. En una casa así, la honradez de una bebida casi resultaba conmovedora.
—Su carta decía que buscaba ofrecerme unos días de calma —dijo.
—Y no mentía.
—Eso es tranquilizador.
—Aunque quizá omití algunas cosas.
—Eso es menos tranquilizador, pero mucho más habitual.
Gaspard se acercó también a la ventana. Durante un momento ambos miraron el faro en silencio. El viento golpeó los cristales con una ráfaga fuerte, casi deliberada. En algún lugar de la casa, una puerta se cerró con un golpe seco.
—Mi médico cree que debo evitar emociones fuertes —dijo Gaspard.
—Siempre he desconfiado de los médicos que recomiendan una vida sin emociones. Es una receta excelente para los muebles.
—El doctor Vautrin es un hombre prudente.
—La prudencia en exceso acaba pareciéndose mucho al miedo.
Gaspard giró apenas la cabeza. Lo miró con interés.
—Me habían dicho que era usted observador.
—La observación está sobrevalorada. La mayoría de las personas muestran sus secretos con enorme generosidad. Solo hay que tener la mala educación de prestar atención.
El anciano sonrió de nuevo, pero esta vez la sonrisa no alcanzó los ojos.
—Entonces supongo que esta casa le resultará… generosa.
Delacroix dejó la copa sobre una mesa auxiliar.
—Monsieur Kéravel, he venido a descansar. No suelo hacer una defensa apasionada del descanso, pero en esta ocasión estaba dispuesto a intentarlo con cierta seriedad. Si hay algo que desea decirme, quizá sea mejor hacerlo antes de que la cena, la familia y el mal tiempo lo vuelvan todo más teatral.
Gaspard sostuvo la mirada un instante.
Después se apartó de la ventana.
—Siempre me ha gustado el teatro —dijo—. Tiene una virtud que la vida rara vez concede.
—¿Cuál?
—Al final, alguien explica lo ocurrido.
Delacroix no respondió.
Había aprendido que los silencios eran como las habitaciones cerradas: la gente sentía una necesidad casi física de llenarlos. Gaspard Kéravel no fue la excepción. Caminó lentamente hasta la chimenea y apoyó una mano en la repisa de mármol.
—Esta noche cenará con mi familia —dijo—.
Mi hermana política, Éléonore. Mis sobrinos, Adrien y Mireille.
También estará el doctor Vautrin, que no ha podido marcharse antes de que empeorara el camino.
Y Gabriel Artaud, mi notario. Margot Dufresne, una escritora alojada aquí desde hace unos días.
Colette, naturalmente. Noël Prigent, que lleva más años sirviendo esta casa que algunas paredes sosteniéndola.
Y Yann Le Guen, el farero, si el viento le permite acercarse.
—Una reunión íntima.
—Una reunión necesaria.
—Las reuniones necesarias suelen ser las peores.
—Mañana debo comunicarles una decisión.
Delacroix lo observó con atención.
—¿Una decisión familiar?
—Legal.
—Ah. Peor todavía.
Gaspard inclinó la cabeza, aceptando el golpe.
—He dejado demasiadas cosas sin arreglar.
—Eso es algo que suele decirse cuando ya no queda tiempo para arreglarlas bien.
El anciano cerró los dedos sobre el borde de la repisa. Las llamas iluminaron su rostro desde abajo y por un instante lo hicieron parecer más viejo, casi transparente.
—Quizá por eso le pedí que viniera.
Delacroix suspiró muy despacio.
—Me temo que mis vacaciones acaban de empeorar.
—No quiero molestarlo con fantasías de viejo.
—Las fantasías de viejo suelen tener raíces muy jóvenes.
Gaspard lo miró. Había gratitud en su expresión, pero también miedo. No un miedo abierto, vulgar, de quien cree haber oído un ruido en la noche. Era un miedo más profundo, más razonado, más antiguo. El miedo de un hombre que conoce demasiado bien a quienes lo rodean.
—No estoy seguro de que todos en esta casa deseen que llegue a mañana —dijo.
La frase quedó suspendida entre ambos. Fuera, el viento volvió a golpear los cristales. Esta vez, una rama arañó la ventana con un sonido fino y desagradable.
Delacroix tomó de nuevo su copa.
—Eso es una afirmación seria.
—Lo sé.
—También es una afirmación muy imprecisa.
—Lo sé mejor todavía.
—¿Ha recibido amenazas?
Gaspard tardó en contestar.
—No exactamente.
—Una respuesta detestable.
—He vivido demasiados años con esta familia, monsieur Delacroix. Hay amenazas que no necesitan escribirse.
—Las peores suelen pronunciarse durante la cena, con cubiertos de plata.
Gaspard sonrió con amargura.
—Entonces esta noche podrá escuchar varias.
Antes de que Delacroix pudiera insistir, alguien llamó a la puerta.
No fue un golpe tímido. Fueron dos toques secos, impacientes.
—Adelante —dijo Gaspard, recuperando de inmediato una compostura casi perfecta.
La puerta se abrió y entró un hombre de unos cuarenta años, alto, delgado, impecablemente vestido.
Tenía el cabello castaño peinado hacia atrás, una sonrisa fácil y ojos demasiado atentos para resultar confiables.
Había personas que entraban en una habitación como si pidieran permiso.
Él entró como si ya hubiera calculado cuánto valía cada objeto.
—Tío —dijo—. Colette me ha dicho que nuestro huésped ya había llegado.
—Adrien —dijo Gaspard—. Permíteme presentarte a monsieur Armand Delacroix.
Adrien Kéravel avanzó hacia él con una cordialidad medida.
—Un honor, monsieur. Su nombre ha recorrido más salones que algunos ministros.
—Espero que con menos daños para el país.
Adrien rio. Era una risa agradable, bien colocada, de esas que no revelan nada salvo práctica.
—Mi tío no exageraba. Tiene usted respuesta para todo.
—No para todo. Solo para lo que no importa.
Adrien sostuvo su mirada apenas un segundo más de lo necesario. Luego se volvió hacia Gaspard.
—Madre pregunta si cenaremos a las ocho o esperaremos al farero. Parece que el tiempo empeora.
Gaspard miró hacia la ventana.
—Cenaremos a las ocho.
—¿Aunque Le Guen no haya llegado?
—Yann conoce el camino.
Algo muy breve pasó por el rostro de Adrien. Un destello mínimo, una tensión en la mandíbula, una contracción casi imperceptible en la sonrisa.
Delacroix lo vio.
También vio que Gaspard lo había visto.
—Como quieras —dijo Adrien—. Aunque no sé si tiene sentido arriesgar a nadie por una cena familiar.
—En esta casa se han arriesgado cosas más importantes por motivos peores —respondió Gaspard.
La sonrisa de Adrien perdió temperatura.
—Siempre tan poético, tío.
—Siempre tan práctico, sobrino.
El silencio que siguió no fue largo, pero sí suficiente. Delacroix bebió otro sorbo de coñac y decidió que, si aquello era el aperitivo de la cena, el plato principal prometía una digestión lamentable.
Adrien volvió a mirarlo.
—Espero que mi tío no lo haya asustado ya con nuestras pequeñas tragedias domésticas.
—He descubierto que las tragedias domésticas rara vez son pequeñas. Solo ocurren bajo techo.
—Aquí el techo gotea —dijo Adrien.
—Entonces quizá convenga vigilar dónde caen las manchas.
Por primera vez, Adrien no encontró una respuesta inmediata.
Gaspard dejó escapar una tos breve. No parecía enferma, sino estratégica.
—Ve con tu madre, Adrien. Dile que cenaremos a las ocho.
—Por supuesto.
Adrien hizo una leve inclinación de cabeza y salió.
La puerta se cerró con suavidad. Demasiada suavidad.
Delacroix esperó unos segundos.
—Su sobrino es encantador.
—Sí.
—Eso no era un elogio.
—Lo sé.
Gaspard volvió a su copa, pero no bebió. La sostuvo entre los dedos como si necesitara ocupar la mano con algo que no fuera temblar.
—Adrien cree que esta casa debe venderse —dijo.
—¿Y usted?
—Yo creo que hay casas que no se venden. Se expían.
—Una postura poco rentable.
—Mi familia siempre ha sabido perder dinero con elegancia.
—Eso explica los retratos.
El anciano sonrió apenas, pero la sombra seguía allí.
Un trueno sonó a lo lejos. No fue un estallido violento, sino un rugido bajo, prolongado, casi subterráneo. La habitación pareció oscurecerse un poco más.
En ese momento, el faro se encendió.
La luz giró lentamente sobre el mar, barriendo la niebla con una claridad pálida. Pasó por los cristales del salón y durante un segundo iluminó el rostro de Gaspard Kéravel. Después siguió su recorrido y dejó la estancia otra vez en manos del fuego y de la tarde.
—Ahí está —murmuró el anciano.
—Parece importante para usted.
—Lo es.
—¿Por los barcos?
Gaspard miró el faro con una tristeza que no pertenecía al presente.
—Por los hombres que se pierden antes de llegar al mar.
Delacroix no dijo nada.
El comentario era demasiado estudiado para ser casual y demasiado doloroso para ser solo literatura. Decidió guardarlo. Hay frases que no se interrogan al instante. Conviene dejarlas reposar hasta que empiecen a oler a verdad.
Colette Marchand reapareció en la puerta.
—Su habitación está preparada, monsieur.
—Gracias.
Delacroix tomó su sombrero del respaldo de una silla, aunque no pensaba usarlo dentro. Era una costumbre absurda, pero le gustaban algunas costumbres absurdas. Le recordaban que todavía no todo en el mundo debía ser eficiente.
Gaspard lo acompañó hasta la puerta del salón.
—Descanse un poco antes de la cena —dijo—. El viaje habrá sido cansado.
—Menos que algunas bienvenidas, pero sí.
El anciano apoyó una mano en su brazo. Fue un gesto leve. Casi una súplica disfrazada de cortesía.
—Monsieur Delacroix.
—¿Sí?
Gaspard miró hacia el pasillo. Colette esperaba unos pasos más allá, inmóvil, fingiendo no escuchar con una profesionalidad admirable.
El viejo bajó la voz.
—Si mañana le pido algo menos agradable que una opinión sobre el paisaje, espero que no me juzgue demasiado severamente.
Delacroix estudió su rostro.
Allí estaba de nuevo el miedo. No una sospecha caprichosa. No el dramatismo senil de un hombre rico rodeado de parientes ingratos. Algo más concreto. Algo que había empezado mucho antes de su llegada y que quizá ya se estaba moviendo hacia ellos por los pasillos inclinados de La Casa Torcida.
—Monsieur Kéravel —dijo Delacroix—, he juzgado a asesinos con bastante cortesía. Estoy seguro de que podré concederle a usted al menos la misma ventaja.
Gaspard asintió.
La luz del faro volvió a pasar por la ventana del salón. Esta vez iluminó el corredor durante un instante, alcanzó los cuadros, la madera oscura, el rostro impasible de Colette Marchand y la mano del viejo aún apoyada en el brazo de Delacroix.
Después desapareció.
Y la casa quedó otra vez torcida, húmeda y expectante, mirando al vacío como si esperara desde hacía años que alguien tuviera por fin la mala educación de decir la verdad.