Muerte en el faro (Los misterios de Armand Delacroix 13)
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Capítulo 1 — La casa que miraba al vacío
Armand Delacroix comprendió que sus vacaciones habían sido una mala idea mucho antes de ver el cadáver.
Lo comprendió en cuanto el coche dejó atrás el último tramo de bosque y el camino empezó a morder el borde del acantilado.
A su derecha, la tierra caía de golpe hacia un mar oscuro, inquieto, salpicado de espuma blanca.
A su izquierda, los pinos se inclinaban bajo el viento con una obediencia triste, como viejos criados que llevaban demasiados años haciendo reverencias a un amo cruel.
El cochero, un hombre seco y encorvado que apenas había pronunciado tres frases desde la estación, sujetaba las riendas con ambas manos y miraba al frente con la concentración de quien no confía ni en el camino ni en Dios.
El caballo avanzaba despacio, resoplando cada vez que una ráfaga le golpeaba el costado.
—¿Siempre sopla así? —preguntó Delacroix.
El cochero tardó en responder. No porque no hubiera oído la pregunta, sino porque parecía medir si merecía la pena contestarla.
—No, señor.
Delacroix levantó ligeramente las cejas.
—Qué alivio.
—A veces sopla peor.
El detective miró de nuevo el mar. Una ola se estrelló contra las rocas al fondo del risco y se deshizo con violencia, como si alguien hubiera arrojado una sábana blanca desde una ventana demasiado alta.
—Entonces procuraré no quejarme —dijo—. Siempre he considerado la moderación una virtud, sobre todo cuando uno no tiene alternativa.
El cochero no sonrió. Quizá no había entendido la ironía.
Quizá la había entendido perfectamente y no le pareció digna de celebración.
En cualquier caso, Delacroix decidió concederle el beneficio de una tristeza antigua.
Había lugares donde hasta los chistes parecían necesitar permiso para respirar.
El camino siguió elevándose. La tarde caía con esa lentitud gris de los días que no terminan, sino que se van apagando poco a poco, como lámparas sin aceite. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, pesadas, y el aire olía a sal, a piedra mojada y a vegetación golpeada por el invierno.
Delacroix había aceptado aquella invitación por cansancio, que era una forma elegante de llamar a la resignación.
Un viejo conocido de París le había hablado de la costa de Saint-Yves, de sus paseos silenciosos, de la belleza salvaje de los riscos y, sobre todo, de la hospitalidad de Gaspard Kéravel, propietario de una antigua villa familiar junto al mar.
—Le vendrán bien unos días lejos de todo —le había dicho.
Delacroix había cometido la imprudencia de creerlo.
Llevaba demasiados meses rodeado de muertos, sospechosos, habitaciones cerradas, cartas escondidas, médicos nerviosos, viudas ofendidas y herederos que lloraban con un ojo puesto en el testamento.
No es que le pesaran los cadáveres en sí.
Los cadáveres, al menos, tenían la delicadeza de no contradecirse.
Lo agotaban los vivos. Los vivos mentían, exageraban, olvidaban lo que les convenía y recordaban con una precisión admirable cualquier detalle que pudiera perjudicar a otro.
Por eso había pensado que unos días junto al mar no serían una idea del todo mala.
Un libro. Una chimenea. Tal vez una copa discreta antes de cenar. El viento fuera. Nadie dentro con ganas de matar a nadie.
Demasiadas exigencias para unas vacaciones, probablemente.
—Ya se ve la casa —dijo el cochero.
Delacroix alzó la mirada.
La primera impresión fue de desequilibrio.
La mansión apareció al final del camino, emergiendo entre la niebla marina y los árboles retorcidos como si el paisaje la hubiera expulsado a medias.
Era una construcción grande, de piedra clara ennegrecida por la humedad, con tejados inclinados, chimeneas finas y ventanas altas que reflejaban un cielo sin piedad.
Tenía una elegancia marchita, de familia que había aprendido a disimular la ruina con buenos modales.
Pero no era eso lo que llamaba la atención.
La casa parecía vencida hacia un lado.
No mucho. No de forma evidente para alguien distraído. Pero Delacroix no era alguien distraído. El ala oeste descendía apenas hacia el risco, como si la piedra hubiera cedido con los años o como si la propia casa, cansada de sostener secretos, quisiera arrojarse al mar y terminar de una vez.
—Villa Kéravel —anunció el cochero.
—Curioso —murmuró Delacroix.
—Aquí nadie la llama así.
—¿Ah, no?
El cochero escupió hacia un lado, con más melancolía que grosería.
—La llaman La Casa Torcida.
Delacroix la observó mientras el coche avanzaba hacia la entrada.
—Un nombre tranquilizador para una residencia de descanso.
El cochero volvió a ignorar la ironía. Delacroix empezaba a sospechar que aquella costa había desarrollado inmunidad contra el humor.
A unos doscientos metros de la mansión, más allá de un sendero estrecho que seguía la línea del acantilado, se levantaba el faro.
Era alto, antiguo, de piedra blanqueada y franjas grises. Su silueta se recortaba sobre el mar como un dedo acusador. La linterna todavía no estaba encendida, pero algo en su forma, en su soledad, en aquella posición al borde mismo del mundo, hacía pensar que incluso apagado estaba mirando.
—¿Sigue en uso? —preguntó Delacroix.
—Sí, señor.
—Creí que algunos faros ya solo servían para inspirar a poetas tristes y pintores alcohólicos.
—Este todavía salva barcos.
—Eso le da ventaja sobre algunos hombres que he conocido.
El cochero emitió un sonido que pudo ser una tos o una risa asesinada antes de nacer.
El coche se detuvo frente a la entrada principal.
Una escalinata corta conducía hasta una puerta de madera oscura, reforzada con hierro.
A ambos lados, dos macetones vacíos parecían custodiar la casa con una solemnidad inútil.
Había hiedra en una pared, humedad en las juntas de la piedra y una campana junto a la puerta que colgaba demasiado baja, como si alguien la hubiera agarrado con furia alguna vez.
Antes de que Delacroix pudiera bajar, la puerta se abrió.
Una mujer apareció en el umbral.
Tendría unos cincuenta y tantos años. Vestía de negro, con delantal blanco y el cabello recogido en un moño severo.
No era alta, pero tenía una presencia firme, casi mineral.
Su rostro no era duro exactamente; era un rostro que había aprendido a no ofrecer nada gratis.
Ni una sonrisa, ni una lágrima, ni una opinión.
—Monsieur Delacroix —dijo.
No fue una pregunta.
—Eso espero —respondió él, bajando del coche—. De lo contrario, he usurpado una identidad con muy poca imaginación.
La mujer lo miró un instante. Tal vez evaluó si debía sonreír. Decidió que no.
—Soy Colette Marchand. El señor Kéravel me ha pedido que lo reciba.
—Muy amable.
El cochero descargó el equipaje con una prisa silenciosa, como si deseara alejarse de allí antes de que la noche terminara de cerrar la boca sobre el camino.
Delacroix le pagó. El hombre aceptó el dinero, se tocó el ala del sombrero y volvió al coche.
—¿No se queda a tomar algo caliente? —preguntó Delacroix.
El cochero miró la casa. Luego miró el faro. Después miró el cielo.
—No, señor.
—Una respuesta admirablemente clara.
—Quiero volver antes de que rompa la tormenta.
Colette Marchand alzó la vista hacia las nubes.
—Llegará antes de la cena.
—¿La tormenta o el miedo? —preguntó Delacroix.
Esta vez la mujer sí lo miró con algo parecido al interés.
—Aquí suelen llegar juntos, monsieur.
El cochero se marchó. Las ruedas crujieron sobre la grava húmeda y el sonido fue desapareciendo camino abajo, tragado por el viento.
Delacroix se quedó unos segundos mirando el camino por el que había venido.
No era un hombre propenso a los presentimientos.
Los presentimientos le parecían una forma vulgar de llamar a los detalles que uno había visto sin querer admitirlo.
Pero había algo en aquel lugar, en la casa inclinada hacia el vacío, en el faro solitario, en la mujer de negro y en el cochero escapando con demasiada prisa, que componía una escena incómodamente elocuente.
—¿Entramos? —preguntó Colette.
—Con gusto. Sería una lástima haber venido hasta aquí solo para confirmar que el exterior es desagradable.
El interior de La Casa Torcida olía a cera, madera antigua y humedad escondida bajo flores secas.
El vestíbulo era amplio, con suelo de piedra, una lámpara de hierro colgada del techo y una escalera que ascendía hacia la planta superior con una curva elegante.
En la pared principal había un retrato de un hombre con levita, patillas severas y una mirada convencida de haber nacido para ser obedecido.
Delacroix dejó el sombrero y los guantes en manos de Colette.
—El fundador de la familia —dijo ella, al notar su mirada—. Auguste Kéravel.
—Tiene cara de haber negado aumentos salariales con gran dignidad.
—Dicen que levantó la casa piedra a piedra.
—Espero que eligiera mejor los cimientos que el gesto.
Colette no respondió. Caminó hacia el pasillo principal y Delacroix la siguió.
Notó enseguida la inclinación.
No era evidente, pero estaba ahí. Un ligero descenso hacia la izquierda, una incomodidad mínima bajo la suela, como si el cuerpo corrigiera el equilibrio sin permiso de la razón.
En una mesa junto a la pared, un jarrón con flores secas parecía apenas desplazado hacia el borde.
Una puerta al fondo no encajaba del todo en el marco.
Delacroix observó esos detalles con la discreción de quien no mira, sino que recoge.
—La casa se movió hace años —dijo Colette, sin girarse.
—¿Se movió?
—El terreno cedió un poco en el ala oeste. Nada peligroso, según los ingenieros.
—Los ingenieros suelen decir “nada peligroso” justo antes de enviar la factura.
—La casa lleva así más de treinta años.
—Entonces ha desarrollado carácter.
—Algunos lo llaman así.