Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 24 — Las piezas vuelven a la caja #2
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Capítulo 24 — Las piezas vuelven a la caja #2

—¿Qué harán con la carta? —preguntó ella.

—Será prueba.

—Después.

—No lo sé.

—Debería destruirse.

—No.

Marguerite levantó la cabeza.

—¿No?

—No por castigo. Por higiene. Durante veintidós años ustedes protegieron la memoria de Henri impidiendo que otros la tocaran. Quizá ha llegado el momento de que la memoria soporte el aire.

—El aire corrompe.

—Lo cerrado también.

La viuda miró la vitrina. Durante un instante, pareció mucho más anciana que antes. No débil; solo anciana. La diferencia importaba.

—Cyrille iba a destruirlo todo por vanidad —dijo.

—Sí.

—Bellanger mató por orgullo.

—Sí.

—Y yo mentí por devoción.

—Sí.

—No sé cuál de las tres cosas es más vulgar.

Delacroix siguió su mirada hacia las placas.

—La devoción suele considerarse más elegante, madame. Por eso es más peligrosa.

Marguerite cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, la dureza había regresado, pero ya no cubría lo mismo.

—Mademoiselle Perrin debería revisar el volumen.

—Sería razonable.

—No para salvar el club.

—Mejor.

—Para impedir que hombres como Henri, Cyrille o Bellanger sigan escribiéndolo todo desde sus tumbas.

Delacroix inclinó apenas la cabeza. Era lo más cercano a una reparación que podía esperar de Marguerite Lenoir esa noche. No era mucho. A veces, sin embargo, la verdad no permite grandes gestos. Solo pequeñas correcciones en un margen que nadie deberá borrar.

Viviane Marceau esperaba junto al ventanal. No llamó a Delacroix; simplemente lo miró cuando él pasó cerca. Afuera, la lluvia había lavado los cristales y deformaba las luces del patio. Ella parecía más tranquila que al principio, pero no menos triste.

—Cyrille murió sabiendo —dijo.

—Creo que sí.

—Eso me consuela menos de lo que esperaba.

—Los consuelos imaginados suelen ser más eficaces antes de existir.

Viviane sonrió con cansancio.

—Yo quería que comprendiera algunas cosas. No así. No de este modo. Pero quería que entendiera que no todo lo que había usado le pertenecía.

—Lo entendió tarde.

—Cyrille siempre llegaba tarde a las verdades que no podía convertir en triunfo.

No había rencor puro en su voz. Tampoco amor puro. Delacroix pensó que Montclar había dejado tras de sí afectos con demasiadas aristas, afectos que no podían llorarlo sin acusarlo ni acusarlo sin extrañarlo un poco.

—¿Cree que sufrió mucho? —preguntó ella.

Delacroix no respondió enseguida. Había preguntas que la piedad empujaba hacia la mentira y la honestidad hacia la crueldad.

—Sí —dijo al fin—. Pero no solo por el cuerpo.

Viviane asintió. No lloró.

—Bien.

Delacroix la miró.

—Esa palabra es difícil.

—No he dicho que sea buena. He dicho bien. Hay hombres que solo entienden cuando algo les duele. Cyrille era uno de ellos.

—Y aun así vino cuando él la llamó.

—Sí.

—¿Por qué?

Viviane siguió mirando la lluvia.

—Porque hay personas que nos han hecho daño de una manera tan precisa que una parte de nosotras cree que solo ellas podrían explicarlo correctamente. Es una tontería, por supuesto. Los hombres que hieren bien rara vez explican mejor.

—Pero uno espera.

—Sí. Una espera.

Delacroix no dijo nada. A veces su trabajo consistía en permitir que una frase quedara en pie sin intentar mejorarla.

Irène Louviers se acercó apenas Viviane se apartó. Había recuperado un pequeño lápiz de algún lugar misterioso, lo cual demostraba que desarmar a una periodista exige más que quitarle la libreta.

—Comisario Richet me ha devuelto uno de mis miembros —dijo, mostrando el lápiz.

—Una imprudencia de su parte.

—Sin duda. Necesito una frase.

—No.

—Ni siquiera la he pedido.

—La estaba preparando.

Irène sonrió.

—Tiene razón. Pero no quería una frase para adornar el artículo. Quería saber si va a intentar impedir que lo escriba.

—No tengo autoridad.

—Eso no ha detenido a muchos hombres antes.

—Me esfuerzo por no pertenecer a todos los clubes disponibles.

La periodista miró hacia el salón, hacia la mesa central, hacia Marguerite y Solange, hacia Abel inmóvil junto a la puerta. La ironía se le apagó un poco.

—No quiero hacer de esto un espectáculo.

—Entonces no lo haga.

—Pero debo escribirlo.

—Sí.

Irène pareció sorprendida.

—¿Sí?

—Montclar pensaba usar la verdad. Bellanger usó la partida. Marguerite usó la memoria. Viremont usó la prudencia. Bressan usó el dinero. Sería casi refrescante que alguien usara palabras sin fingir que son inocentes.

—Eso se parece mucho a una frase.

—Olvídela.

—No prometo milagros.

Delacroix la miró con severidad amable.

—Escriba a Julien Marchand como hombre, no como víctima útil. Escriba a Bellanger como asesino, no como héroe trágico. Escriba a Montclar como muerto, no como estatua derribada. Y si puede, escriba poco sobre mí.

Irène alzó una ceja.

—Esa última petición es la menos periodística.

—Por eso es la más importante.

—Usted no sabe pedir favores.

—Procuro que no se vuelvan costumbre.

La periodista guardó el lápiz.

—Haré lo posible.

—Eso es menos que una promesa.

—Las promesas envejecen mal. Lo hemos aprendido esta noche.

Delacroix aceptó el punto con un gesto.

Poco después, Richet se acercó con el abrigo sobre el brazo.

Había terminado lo inmediato: Bellanger sería trasladado, los objetos serían analizados, las declaraciones completadas, las cuentas revisadas, la carta de Henri incorporada al expediente.

Todo aquello ocuparía días, quizá semanas.

Pero la parte esencial de la noche había concluido.

—Necesitaré su declaración formal mañana —dijo el comisario.

—La tendrá.

—Preferiría que fuera breve.

—No debería invitarme a investigaciones largas, entonces.

Richet soltó una risa breve, cansada.

—¿Sabe qué es lo peor?

—Casi nunca.

—Que la próxima vez que vea un tablero de ajedrez, voy a mirar primero el reloj.

—Eso podría mejorar su juego.

—No pienso jugar jamás.

—Eso también.

Richet miró la mesa central.

—Bellanger confesó. Pero no parece suficiente.

—No lo es.

—Un muerto, un asesino detenido, una verdad antigua recuperada, cuentas bajo investigación. En mi profesión eso suele considerarse bastante.

—En la suya, sí.

—¿Y en la suya?

Delacroix encendió un cigarrillo, aunque solo después de comprobar con una mirada que nadie tenía fuerzas para protestar por normas de salón.

—En la mía, queda la desagradable tarea de recordar que resolver un crimen no deshace las condiciones que lo hicieron posible.

Richet gruñó.

—Eso tampoco lo pondré en el informe.

—Sus informes ganan mucho evitando mis frases.

—Mis informes ganan mucho evitando casi todo.