Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 24 — Las piezas vuelven a la caja #3
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Capítulo 24 — Las piezas vuelven a la caja #3

Caminaron juntos hacia el vestíbulo. Madame Lenoir no se despidió.

Viremont hizo un gesto débil, como un presidente que todavía intenta presidir su propia caída.

Bressan evitó la mirada de Delacroix. Abel abrió la puerta con una lentitud ceremonial, pero esta vez no pareció hacerlo por servidumbre, sino porque aquel era aún su umbral y quería decidir cómo se cruzaba.

Solange permaneció junto al tablero auxiliar.

Viviane siguió junto al ventanal. Irène ya estaba escribiendo en un papel recuperado de quién sabe dónde.

Al pasar por la entrada, Delacroix miró el libro de visitas.

Su firma seguía allí, en la página del día, rodeada de otros nombres que habían llegado a una conmemoración y acabarían citados en un expediente.

Pensó en la invitación de cartulina marfil que había encontrado sobre su escritorio.

Pensó en Madame Fournier diciendo que un torneo de ajedrez parecía tranquilo y corrigiéndose luego con esa sabiduría doméstica que ninguna institución respetable suele valorar a tiempo.

Afuera, la lluvia era fina, casi educada. Richet se quedó bajo el alero mientras un agente buscaba el carruaje.

—Monsieur Delacroix —dijo el comisario.

—Sí.

—¿Volverá al Círculo Philidor?

Delacroix miró la placa de la fachada. Bajo el agua, el rey inclinado parecía menos noble y más cansado.

—No juego lo bastante bien.

—Después de esta noche, eso no parece defecto.

—No. Parece prudencia.

Richet se rió por lo bajo y se alejó.

Delacroix regresó a su casa pasada la medianoche.

París lo recibió con calles húmedas, faroles borrosos y ese silencio urbano que nunca es silencio del todo, sino una suma de pasos tardíos, ruedas lejanas y ventanas cerradas.

En su escritorio, al llegar, aún quedaba el pequeño desorden de su salida: una taza olvidada, un libro abierto boca abajo, un sobre vacío, el tintero de plata.

Se quitó los guantes, dejó el abrigo sobre una silla y permaneció unos segundos de pie sin encender todas las lámparas.

Madame Fournier apareció en el umbral con una bata oscura y la expresión de quien no había dormido porque la casa, sin su dueño, tampoco terminaba de dormir.

—Ha vuelto tarde.

—Los crímenes rara vez respetan la digestión.

—¿El torneo fue tranquilo?

Delacroix la miró.

—Madame Fournier.

—Ya. Pregunta inútil.

Ella entró, recogió la taza olvidada y observó el barro en sus zapatos.

—¿Al menos jugó una partida?

—De algún modo.

—¿Ganó?

Delacroix dejó el sombrero sobre la mesa.

—Nadie ganó.

Madame Fournier no hizo ninguna pregunta más. Esa era una de sus virtudes más notables: sabía distinguir cuándo la curiosidad se convierte en torpeza. Fue hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.

—Le prepararé café por la mañana.

—Gracias.

—Y si vuelve a recibir invitaciones de clubes tranquilos, quizá convenga tirarlas al fuego.

—Una medida extrema.

—Viniendo de usted, preventiva.

Delacroix sonrió apenas. Cuando ella salió, se acercó al escritorio y tomó la invitación del Círculo Philidor que aún estaba allí, doblada junto al recorte viejo sobre Montclar y Bellanger.

La leyó una última vez. Cartulina marfil, tinta negra, fórmula impecable.

Todo lo que la noche había destruido estaba ya, de alguna forma, contenido en esa elegancia inicial: la ceremonia, la rivalidad, el culto a los símbolos, la confianza absurda en que los hombres inteligentes matan menos porque piensan más.

La dejó sobre la mesa. Luego abrió el cajón inferior y guardó el recorte, no por nostalgia, sino por orden.

Los casos, como las partidas, merecen volver a una caja cuando terminan.

Pero Delacroix sabía que ninguna caja cerraba del todo.

Algo quedaba siempre fuera: una frase, una mirada, el gesto de una mano intentando apartar un reloj demasiado tarde.

Se sirvió una copa pequeña, no por celebración, sino por cansancio.

Desde la ventana, la ciudad parecía lavada y culpable.

Pensó en Bellanger, en su precisión feroz; en Montclar, que había muerto entendiendo al fin que el tiempo no obedecía; en Marchand, cuyo nombre había tardado veintidós años en regresar a una sala que lo había expulsado sin ruido; en Solange, quizá la única capaz de escribir una historia menos cómoda; en Marguerite, viuda de un hombre y de una versión; en Abel, que tendría que aprender a sostener llaves sin obedecer todas las puertas.

El reloj de su propia casa marcó la una.

Delacroix volvió la cabeza hacia él.

Era un reloj discreto, sin caoba ilustre, sin botones, sin jugadores, sin público.

Solo dos agujas avanzando con una indiferencia modesta.

Aun así, durante un segundo, le pareció oír en su tic tac la sala del Círculo Philidor, la mano de Montclar, la voz de Bellanger diciendo que el tiempo le había sido robado.

Apagó el cigarrillo.

—El tiempo no pertenece a nadie —murmuró.

La frase quedó en el cuarto, sin testigos. Eso la volvía más segura.

Luego cerró la invitación dentro del cajón.

Las piezas habían vuelto a la caja.

Pero el tablero, como siempre, seguía esperando.