Capítulo 24 — Las piezas vuelven a la caja
Durante un rato nadie se atrevió a tocar nada.
El Círculo Philidor, que había pasado medio siglo enseñando a sus socios a mover piezas con precisión, descubría ahora que la inmovilidad podía ser una forma de castigo.
Bellanger ya no estaba. El sonido de sus pasos, primero sobre la madera del salón, luego sobre el mármol del vestíbulo y finalmente bajo la lluvia de la calle, se había apagado hacía varios minutos.
Pero su ausencia no devolvía a nadie el sitio que ocupaba antes.
Era lo contrario: al retirarse, había dejado visibles las casillas que todos habían contribuido a ocupar.
El reloj de caoba seguía ausente, guardado ya entre objetos policiales; el cuerpo de Montclar también; el pañuelo de Bellanger, los guantes del campeón, la pieza de Marchand, la carta de Henri y la carpeta conmemorativa habían sido arrancados de la vida privada del club y convertidos en pruebas.
El salón parecía despojado. No vacío, sino despojado, como un hombre al que le han quitado de golpe las condecoraciones y debe descubrir si debajo de ellas quedaba algo parecido a una persona.
Richet dio algunas órdenes secas. Dos agentes tomaron declaración complementaria a Viremont y Bressan; otro custodió la puerta de la sala de material; el doctor Rémusat, que había permanecido en una discreción cada vez más incómoda, fue llamado de nuevo para precisar sus observaciones sobre la progresión de los síntomas.
Todo adquirió de pronto una lentitud administrativa, casi vulgar.
Después de la explicación de Delacroix, el crimen había parecido una combinación perfecta; ahora debía convertirse en papeles, firmas, horarios, objetos numerados y frases menos hermosas.
Era justo. La justicia, cuando funciona, suele tener peor estilo que la culpa.
Viremont fue el primero en quebrar la espera.
—Comisario, ¿puedo…?
Richet se volvió hacia él.
—No.
—No sabe qué iba a pedirle.
—En su caso, monsieur Viremont, casi todo empieza por “puedo” y termina por algo que habría sido mejor no permitir.
El presidente cerró la boca. Parecía haber envejecido diez años desde la llegada de Delacroix al club.
La chaqueta seguía impecable, el cuello firme, el cabello apenas desordenado; pero su autoridad había desaparecido de un modo que ninguna prenda podía ocultar.
Ya no presidía nada. Estaba sentado en su propio salón como un invitado que ignora quién pagará la cuenta.
Bressan, en cambio, había recuperado un poco de su energía, quizá porque el arresto de Bellanger le permitía imaginar que las demás vergüenzas volverían a su tamaño anterior. Fue un error de cálculo. Richet lo corrigió sin amabilidad.
—Usted y monsieur Viremont deberán entregar toda la documentación contable del club antes de abandonar el edificio.
Bressan alzó la vista.
—Pero el asesino ya ha confesado.
—El asesinato sí. Las cuentas no han tenido esa cortesía.
—Comisario, esto es…
—Delicado, sí. Grave, también. Aburrido, mucho. Pero no menos real.
Viremont bajó la cabeza. Bressan abrió la boca, miró a Delacroix, pareció buscar una alianza improbable y acabó callando. Había entendido, al fin, que la muerte de Montclar no lo absolvía de haber querido comprar tiempo. Solo impedía que el muerto disfrutara acusándolo.
Delacroix se apartó de ellos. No le interesaba prolongar humillaciones que ya no aportaban nada.
Se acercó a la mesa central, donde Solange Perrin seguía mirando las piezas derribadas.
La joven no había vuelto a escribir. Tenía la pluma en la mano, pero la punta permanecía seca sobre el aire, como si no quisiera depositar una palabra más en aquel salón.
—Mademoiselle Perrin —dijo.
Ella tardó un instante en responder.
—Sí.
—La partida deberá copiarse de nuevo.
—Lo sé.
—No me refería solo a la de esta tarde.
Solange lo miró. Había entendido. O casi.
—Lyon.
—También.
La joven observó el tablero, luego la vitrina, luego a Marguerite Lenoir, que permanecía sentada con el bastón entre las manos y el rostro vuelto hacia ninguna parte.
—No sé si me dejarán.
—Probablemente no.
—¿Entonces?
—Insista.
Solange soltó una risa breve, sin alegría.
—Eso no es un consejo muy sofisticado.
—Los consejos sofisticados suelen servir para justificar cobardías simples.
Ella bajó la vista. En sus dedos quedaban restos de tinta, una pequeña mancha oscura junto a la uña del pulgar. Delacroix pensó que esa mancha era más noble que muchas placas del Círculo Philidor.
—Montclar habría usado la verdad para hacerse más grande —dijo ella.
—Sí.
—Bellanger la usó para matar.
—Sí.
—Marguerite para justificar.
—Sí.
—Viremont para aplazar.
—También.
Solange respiró hondo.
—Entonces, ¿qué queda para los demás? ¿Qué se puede hacer con una verdad que todos han usado mal antes de que una llegue a tocarla?
Delacroix miró el tablero. El rey blanco seguía tumbado, sin dignidad y sin símbolo. Solo una pieza de madera.
—Ponerla en su sitio sin pedirle que nos haga mejores —dijo—. La verdad no redime por sí misma, mademoiselle. A veces ni siquiera consuela. Pero impide que ciertas mentiras sigan cobrando alquiler.
La joven pareció guardar la frase, aunque quizá no para admirarla. Más bien para discutirla consigo misma cuando la casa quedara vacía.
—¿Cree que debería irme del club?
—No tengo derecho a decidirlo.
—No le pregunté eso.
Delacroix la miró con una leve severidad.
—Entonces le diré algo peor: si se queda, no permita que la conviertan en la joven que salvó la memoria del Círculo Philidor. Eso sería otra forma de usarla. Si se va, no permita que digan que huyó de la historia. Eso sería otra forma de robarle la jugada. Haga lo que haga, que sea suyo.
Solange asintió despacio.
—Montclar decía que las ideas no pertenecen a quien las encuentra, sino a quien las lleva hasta el final.
—Montclar decía muchas cosas útiles para robar con elegancia.
Por primera vez en horas, Solange sonrió apenas. No era alegría. Era alivio de que alguien hubiera reducido al campeón a una frase menos temible.
—Entonces quizá convenga llevar algunas ideas hasta el final —dijo.
—Sin pedirle permiso al muerto.
La joven volvió la mirada hacia la mesa. Esta vez no parecía asustada por ocupar un lugar en ella.
Delacroix la dejó y caminó hacia Abel Cavaillon.
El encargado estaba junto a la puerta de la sala de material, como si incluso después de todo necesitara custodiar armarios, llaves y paños.
En su rostro había una devastación silenciosa.
No era el dolor teatral de quien acaba de perder una ilusión; era algo más seco: el cansancio de quien descubre que una parte de su vida fue gastada odiando una sombra incompleta.
—Monsieur Cavaillon.
Abel se volvió.
—Monsieur Delacroix.
—Julien Marchand tendrá que volver a la historia del club.
El encargado miró hacia la vitrina.
—Eso lo decidirán ellos.
—No. Esta vez no solo ellos.
Abel apretó las manos.
—Durante años quise que alguien dijera su nombre. Ahora lo han dicho y no sé qué hacer con eso.
—Nada, al principio.
—¿Nada?
—Los muertos que han sido usados demasiado tiempo merecen descansar antes de que los vivos les pidan otra función.
Abel bajó la cabeza. La frase pareció alcanzarlo con una dulzura que no esperaba.
—Bellanger creyó que Julien lo había traicionado.
—Sí.
—Yo creí que Bellanger había preferido creerlo.
—También.
—¿Cuál de las dos cosas es peor?
Delacroix miró hacia la puerta por donde Bellanger había salido.
—Depende del día. Hoy, quizá, las dos han llegado tarde.
Abel asintió. Luego sacó del bolsillo el manojo de llaves y lo observó como si acabara de comprender su peso.
—Yo moví el reloj.
—Sí.
—Sin saber.
—Sí.
—Pero lo moví.
Delacroix no le ofreció absolución inmediata. Habría sido indecente. Abel no era culpable del asesinato, pero su obediencia había sido una pieza. La inocencia también puede doler cuando descubre que ha servido.
—Durante muchos años —dijo Delacroix— este club le enseñó que su trabajo consistía en facilitar las decisiones de otros sin preguntar demasiado. Bellanger aprovechó esa educación. No la inventó él.
Abel cerró los ojos.
—Eso no me consuela.
—Me preocuparía si lo hiciera.
El encargado respiró hondo. Después miró hacia la sala de material.
—La pieza de Julien… el caballo.
—Volverá cuando deje de ser prueba.
—¿Debería guardarse en la vitrina?
Delacroix negó despacio.
—No todavía. Primero debe volver a ser una pieza. Después, quizá, memoria. Si la ponen demasiado pronto en una vitrina, volverán a convertir a Julien en adorno de una culpa ajena.
Abel sostuvo su mirada y asintió. Era, quizá, el primer gesto de la noche que le pertenecía por completo.
Marguerite Lenoir lo llamó antes de que Delacroix se acercara. No levantó la voz. No le hizo falta.
—Monsieur Delacroix.
La viuda seguía en su silla, junto a la vitrina de trofeos. Nadie se había atrevido a pedirle que se apartara, aunque la vitrina ya no parecía su territorio. Las placas de Henri Lenoir y Cyrille Montclar brillaban bajo la lámpara con una obstinación ridícula. Delacroix se detuvo frente a ella.
—Madame.
—Ha sido usted muy severo con los símbolos esta noche.
—Los símbolos se defienden demasiado bien solos.
—No siempre.
—Cuando no lo hacen, quizá conviene preguntar si merecían sobrevivir.
Marguerite lo miró con una mezcla de desdén y cansancio. Ya no tenía fuerza para convertir cada respuesta en un bastión.
—Henri no fue un monstruo.
—No lo he llamado así.
—Pero lo piensa.
—No. Los monstruos son cómodos. Henri parece haber sido algo más común y más peligroso: un hombre convencido de que su legado valía más que la justicia.
La viuda recibió la frase sin pestañear. Quizá porque ya no tenía con qué desmentirla.
—Él amaba este club.
—Eso tampoco lo absuelve.
—Usted no cree mucho en el amor como defensa.
—He visto demasiados crímenes cometidos en su nombre.
Marguerite bajó la vista hacia sus manos.
—Yo también, al parecer.
El reconocimiento fue mínimo, pero real. Delacroix no lo agrandó. Las confesiones tardías se estropean cuando uno las ilumina demasiado.