Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 23 — La partida era el veneno #3
96%

Capítulo 23 — La partida era el veneno #3

Delacroix no respondió. Bellanger había comprendido algo esencial: el Círculo Philidor no necesitaba solo un arresto.

Necesitaba que la mentira dejara de circular como si aún pudiera corregirse con buenas maneras.

Montclar había querido usar la verdad para humillar.

Bellanger había usado la partida para matar.

Marguerite había usado la memoria para justificar.

Viremont había usado la prudencia para callar.

Bressan había usado el dinero para ganar tiempo.

Cada uno había convertido algo noble en instrumento.

Si Delacroix dejaba que la explicación ocurriera solo en la biblioteca, el club empezaría a producir versiones antes de que la noche terminara.

—Sí —dijo al fin—. Habrá que decirlo.

Richet abrió la puerta y llamó a dos agentes. Bellanger se puso de pie antes de que lo tocaran. Enderezó la chaqueta, no por vanidad esta vez, sino por una última obediencia a sí mismo.

—Una cosa —dijo.

Richet lo miró con dureza.

—Rápido.

Bellanger volvió hacia Delacroix.

—La pieza de Julien. El caballo negro. No la usé para aplicar nada.

—Lo sé.

Por primera vez, Bellanger pareció sorprendido.

—¿Lo sabe?

—Sí. La tomó porque estaba allí. Porque era de Marchand. Porque necesitaba tocar algo suyo antes de destruir a Montclar.

Bellanger bajó la mirada.

—No pensé eso entonces.

—Los hombres rara vez piensan claramente sus símbolos mientras los usan.

—¿La mancha?

—Quizá del tiempo, quizá de sus dedos, quizá de la sala. El laboratorio lo dirá. Pero no era el centro.

Bellanger asintió lentamente.

—Me alegra.

—No demasiado, espero.

—No. No demasiado.

Los agentes se colocaron a ambos lados. Bellanger no se resistió.

Antes de salir, miró de nuevo la hoja en blanco donde Delacroix había dibujado el reloj y los dos botones.

El pequeño esquema parecía casi infantil comparado con la muerte que explicaba.

Pero los crímenes, pensó Delacroix, suelen reducirse al final a dibujos simples: una puerta, una mano, una copa, un reloj.

—Usted dijo antes que los mejores jugadores miran la pieza que nadie cree importante —dijo Delacroix.

Bellanger levantó los ojos.

—Sí.

—Se equivocó.

—¿Ah, sí?

—Los mejores miran el gesto que todos creen inevitable.

Bellanger aceptó la corrección con una inclinación mínima de cabeza.

—Montclar habría odiado esa frase.

—Eso la mejora.

Salieron al salón.

La conversación se apagó de inmediato. Todos miraron a Bellanger escoltado por los agentes.

Abel Cavaillon se puso de pie sin darse cuenta.

Solange Perrin dejó caer la pluma sobre la mesa auxiliar.

Viviane Marceau llevó una mano al pecho, no como gesto melodramático, sino como si algo antiguo se hubiera movido allí.

Marguerite Lenoir no se levantó. Viremont parecía al borde de una súplica.

Bressan miró primero a Bellanger y luego a la carpeta de las cuentas, como un hombre que descubre que la muerte ajena no cancela sus propios libros.

Irène Louviers, sin libreta, parecía sufrir físicamente.

Richet habló con voz clara:

—Monsieur Gaspard Bellanger queda detenido por la muerte de Cyrille Montclar.

Hubo un murmullo, luego silencio.

Marguerite Lenoir fue la primera en hablar.

—Entonces lo hizo por Lyon.

Bellanger la miró. Había en su rostro una calma nueva, más vacía que la anterior.

—No, madame. Eso sería darle demasiada nobleza.

La viuda recibió la frase como un golpe.

Delacroix dio un paso hacia la mesa central. El salón entero volvió a mirar allí, al lugar donde había estado el cuerpo, el reloj, el rey caído. Era justo. La explicación debía regresar a la escena.

—Monsieur Bellanger no mató a Montclar por una sola razón —dijo Delacroix—.

Los crímenes rara vez son tan económicos.

Lo mató por Lyon, sí. Por la derrota robada, por Julien Marchand, por veintidós años de segundo puesto convertido en burla.

Pero también lo mató porque Montclar pensaba usar esa verdad una última vez para vencido y vencedor a la vez.

Quería derrotarlo primero y hablar después.

Quería convertir incluso su propia deshonra en parte de su superioridad.

Monsieur Bellanger no soportó que le robaran también la reparación.

Irène Louviers tenía los ojos fijos en él. Delacroix supo que recordaría cada palabra, quizá mejor que si la escribiera.

—El arma no fue una copa, ni una mano acercándose entre el público, ni una comida.

Todos ustedes vieron la muerte y, precisamente por eso, no la vieron.

El arma fue el gesto más normal de la partida: mover y presionar el reloj.

El botón que Montclar presionó durante casi toda la partida había sido preparado antes.

No con una violencia visible, sino con una paciencia peor.

Cada contacto no bastaba. Pero la repetición sí.

Solange cerró los ojos. Abel Cavaillon murmuró algo, quizá una oración tardía.

—El botón empezó del lado de Bellanger —continuó Delacroix—.

Eso no fue un error. Era una defensa. Si alguien notaba algo antes, habría parecido que el peligro estaba destinado al rival.

Pero Bellanger conocía a Montclar. Sabía que una frase sobre el tiempo lo haría reaccionar.

Sabía que exigiría cambiar el reloj de lado.

Y antes de la partida se aseguró de que Abel, por costumbre y por obediencia, lo moviera sin girarlo.

Así, el botón pasó de un lado al otro. Lo que parecía de Bellanger terminó bajo la mano de Montclar.

Viremont se dejó caer en una silla.

—Dios mío.

Delacroix no lo miró.

—Después, solo hacía falta jugar. Pero no ganar demasiado pronto.

Ese fue el detalle que traicionó la inteligencia del crimen.

Bellanger pudo vencer antes. Eligió no hacerlo.

No por belleza. No por prudencia. No por soberbia únicamente.

Necesitaba que Montclar continuara jugando, que siguiera tocando el botón, que su orgullo lo mantuviera sentado, que la sala entera confundiera la agonía con tensión ajedrecística.

Bellanger escuchaba inmóvil. No parecía humillado. Parecía, de algún modo espantoso, aliviado de que la combinación fuera al fin comprendida.

—Al final —dijo Delacroix—, Montclar miró el reloj.

Lo vio demasiado tarde. Su mano, al caer, intentó apartarlo o señalarlo.

Las piezas desplazadas alrededor del hueco del reloj nos dijeron lo que él ya no pudo decir.

No había perdido solo contra Bellanger. Había perdido contra el tiempo que creyó dominar.

Viviane Marceau bajó la cabeza.

Marguerite Lenoir habló con voz apagada:

—¿Y Henri?

Delacroix se volvió hacia ella.

—Henri pertenece a otra culpa, madame. No menor. Pero otra. La verdad de Lyon no mató a Montclar. La usaron para preparar el terreno. Como ustedes la usaron durante veintidós años para preparar una historia soportable.

La viuda no respondió. Por primera vez, pareció no tener corrección posible.

Abel Cavaillon miró a Bellanger.

—Julien no lo traicionó.

Bellanger sostuvo su mirada. Había en esa mirada una derrota que ningún tribunal podría mejorar.

—No.

—Y usted lo dejó solo.

—Sí.

Abel cerró los ojos. No hubo perdón. Tampoco insulto. Solo esa verdad, colocada al fin en el centro de una sala que había tardado veintidós años en hacerle sitio.

Richet hizo una seña a los agentes.

—Llévenlo.

Bellanger dio un paso. Luego se detuvo junto a la mesa central. Miró el hueco donde había estado el reloj.

—Montclar lo entendió —dijo.

Delacroix asintió.

—Sí.

—Eso no me da paz.

—No esperaba que lo hiciera.

Bellanger casi sonrió.

—Siempre espera más de los culpables que de los inocentes, monsieur Delacroix.

—Los culpables suelen tener más información.

Los agentes lo condujeron hacia la puerta. Al cruzar el vestíbulo, nadie habló. El Círculo Philidor, por primera vez en toda la noche, no encontró una frase.

Cuando la puerta se cerró tras Bellanger, el salón quedó sin campeón, sin rival y sin relato cómodo. Solo entonces, pensó Delacroix, empezó realmente el silencio.

Richet se acercó a él.

—Ha terminado.

Delacroix miró el tablero, el rey blanco caído, las piezas desplazadas, el espacio vacío del reloj.

—No.

El comisario siguió su mirada.

—¿No?

—El asesinato, sí. La partida, quizá.

—¿Y qué falta?

Delacroix miró a Marguerite, a Abel, a Solange, a Viremont, a Bressan, a Irène, a Viviane. Todos seguían allí, obligados a vivir en la verdad que habían ayudado a deformar.

—Guardar las piezas —dijo.

Richet entendió lo suficiente para no preguntar más.

Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre la placa del Círculo Philidor. Dentro, nadie se movía todavía. Era como si todos esperaran que el reloj sonara una última vez, aunque el reloj ya no estuviera allí.

Pero el tiempo, pensó Delacroix, no necesita objeto para continuar.

Y esa era precisamente su crueldad.