Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 23 — La partida era el veneno #2
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Capítulo 23 — La partida era el veneno #2

—Sí puedo. Porque en la reconstrucción la encontró de inmediato. Porque en una posición así usted no tarda tanto si solo busca ganar. Tardó porque Montclar había recuperado lucidez. Necesitaba que siguiera en tensión. Necesitaba que jugara más movimientos. Necesitaba que tocara el reloj más veces.

Bellanger apretó la mandíbula.

—Eso es interpretación.

—No. Es ritmo. Usted reguló la agonía como regulaba la partida.

Cuando Montclar estaba demasiado débil, jugaba rápido para no darle una salida médica.

Cuando encontraba defensa, pensaba más para mantenerlo allí.

Si alguien proponía pausa, la rivalidad debía impedirla.

Si Viremont dudaba, Marguerite lo paralizaba con la idea del campeón que no abandona.

Si Bressan protestaba, parecía un hombre preocupado por la cena.

Todo seguía en orden. El orden del club. Su orden.

Bellanger se inclinó hacia adelante.

—Usted no entiende lo que significa jugar una posición así contra Montclar.

—Lo entiendo mejor que antes. Significa que, mientras él intentaba salvar un rey, usted intentaba conservarlo vivo el tiempo suficiente para que muriera.

La frase cayó sin violencia, y por eso hizo más daño.

Bellanger se quedó completamente quieto.

Richet ya no respiraba con normalidad. La biblioteca entera pareció reducirse a la mesa, la hoja blanca y aquellos dos hombres separados por una partida inexistente.

—No —dijo Bellanger.

No fue una negación fuerte. Fue casi un resto.

Delacroix habló más bajo:

—Usted no quería un colapso inmediato. No quería una muerte antes de la partida.

No quería apuñalarlo, ni dispararle, ni entregarle una copa.

Eso habría sido vulgar y, sobre todo, le habría quitado lo único que llevaba esperando años: jugar contra él mientras se iba apagando bajo la apariencia de una derrota.

Quería que Montclar creyera al principio que estaba perdiendo contra usted.

Luego, al final, quería que entendiera que el reloj, el tiempo, el gesto mismo de continuar, todo lo que él creía controlar, lo estaba matando.

Por eso eligió el reloj. Por eso eligió el botón.

Por eso eligió una partida larga. Por eso no ganó cuando podía.

Bellanger bajó la vista hacia sus manos.

—Él me robó el tiempo.

La frase salió tan baja que Richet estuvo a punto de pedirle que repitiera. Delacroix no lo hizo. La había oído.

—Sí —dijo—. Eso fue lo que usted se dijo.

Bellanger soltó una risa seca, casi inaudible.

—Veintidós años. ¿Sabe lo que son veintidós años sentado frente a una derrota que los demás llaman carácter?

Uno aprende a vivir dentro de una sala donde todas las piezas están quietas y, sin embargo, la partida continúa.

Julien dejó de mirarme. Abel me odiaba. Marguerite me redujo a un talento sin soberanía.

Montclar convirtió mi derrota en una frase.

El club la imprimió. La pulió. La celebró.

Veintidós años, monsieur Delacroix, y de pronto descubro que quizá no perdí contra una jugada mejor, sino contra una corrección de la fortuna.

Qué palabra. Corrección. Como si mi vida hubiera sido una errata elegante.

Richet dio un paso, pero Delacroix volvió a detenerlo. Bellanger no estaba confesando aún. Estaba abriendo la puerta por la que la confesión podía entrar.

—¿Cuándo lo supo?

Bellanger miró la hoja del programa de Montclar.

—Lo suficiente, esta tarde. No todo. La carta de Henri no la conocía. Eso… —Se interrumpió. Por primera vez, la voz le falló—. Eso lo supe hace un rato. Y fue peor.

—Porque Julien no lo había traicionado.

Bellanger cerró los ojos.

—Porque Julien me esperó y yo no volví.

El silencio fue largo. Richet, que podía ser brusco pero no torpe ante ciertos dolores, no habló.

—Pero antes de la partida —continuó Bellanger—, en la sala de análisis, vi la carpeta.

Vi la frase del tiempo. Vi el margen borrado.

Marguerite cerró la carpeta demasiado tarde.

Abel dejó la puerta abierta. El reloj de caoba estaba allí, en la repisa, como una broma.

Todo estaba allí. Todo. El club entero, resumido en un objeto que Montclar amaba tocar como si fuera suyo.

Delacroix no se movió.

—Entonces manipuló el botón.

Bellanger abrió los ojos.

—Sí.

La palabra fue simple. Casi descansada.

Richet tomó aire.

—Repítalo.

Bellanger lo miró al fin.

—Manipulé el botón.

—¿Con qué?

—Con algo que no sabrá usar nadie después de oírme, comisario. No se preocupe. Lo había traído preparado.

—¿Lo había traído preparado? —dijo Richet—. Entonces vino decidido.

Bellanger volvió hacia Delacroix, como si el comisario perteneciera a un nivel inferior de explicación.

—Vine con la posibilidad.

—Eso es una forma culta de decir sí —dijo Delacroix.

—Vine pensando que Montclar quizá hablaría. Que quizá me provocaría. Que quizá el club, en su infinita cobardía, volvería a usarme como segundo acto de una ceremonia ajena. No sabía aún si lo haría.

—¿Y cuando vio la carpeta?

—Comprendí que sí.

—Entonces preparó el botón que en ese momento quedaba de su lado.

—Sí.

—Para que Montclar, al cambiar el reloj, se lo apropiara.

Bellanger asintió.

—Montclar siempre creyó que podía tomar el tiempo de otros y convertirlo en parte de su estilo. Quise que lo hiciera una vez más.

Richet anotaba ahora con rapidez, pero Delacroix seguía mirando al rival.

—¿Y si no pedía el cambio?

—Lo habría provocado hasta que lo hiciera.

—¿Y si aun así no lo hacía?

Bellanger sonrió apenas.

—Entonces habría abandonado la variante.

—¿Después de haber preparado el botón de su lado?

—Si el peligro parecía mío, nadie habría jugado. Se habría descubierto una amenaza contra Bellanger. Habrían acusado a Montclar, a Marchand, al pasado, a quien fuera. Pero no habría muerto nadie.

—No le creo.

—Hace bien. Yo tampoco sé si me creo del todo.

La respuesta fue lo bastante honesta para resultar espantosa.

—Montclar tocó el botón con guante —dijo Delacroix.

—Sí. Lo esperé. Siempre lo hacía. Necesitaba que lo hiciera. Quería ver si notaba algo. No lo notó. Solo hizo su comentario de siempre, como si el reloj le debiera obediencia.

—Luego usted provocó el cambio.

—Sí.

—Y miró a Abel.

—Sí.

—Porque le había indicado antes cómo moverlo.

—No le indiqué. Le recordé lo que haría de todos modos.

—Esa distinción le parecerá muy importante en prisión.

Bellanger aceptó el golpe sin moverse.

—Abel no sabía nada.

—Eso lo creo.

—Déjelo fuera.

Richet levantó la mirada.

—¿Ahora se preocupa por Abel?

Bellanger no respondió de inmediato.

—Ahora sé que Julien no me traicionó.

La frase fue suficiente. O no lo fue, pero nadie quiso discutirla.

Delacroix siguió:

—Durante la partida pudo ganar antes.

—Sí.

—Varias veces.

—Sí.

—Y no lo hizo porque necesitaba que siguiera presionando el botón.

Bellanger tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz ya no tenía defensa.

—Al principio me dije que quería vencerlo bien.

Luego, que quería que la posición madurara.

Luego, que él merecía sentir cómo se le escapaba la claridad.

Las mentiras internas son útiles, monsieur Delacroix.

Duran exactamente lo que uno necesita. Pero sí.

Sabía que cada movimiento importaba. Sabía que la partida era el medio.

—La partida era el veneno —dijo Delacroix.

Bellanger lo miró.

—No. La partida era la mano que lo obligaba a beberlo.

Richet dejó de escribir. Incluso él comprendió que aquella frase no debía cortarse.

Bellanger continuó, no como quien se confiesa ante la justicia, sino como quien, derrotado, explica la combinación porque sería insoportable que no se entendiera.

—Montclar empezó a fallar antes de lo previsto.

Eso casi lo arruina todo. Si caía demasiado pronto, parecería enfermedad.

Si alguien detenía la partida, quizá viviría.

Por eso mantuve una tensión suficiente. No debía parecer simple.

Debía obligarlo a responder. Montclar no abandonaría una posición compleja frente a mí.

No delante del club. No con Marguerite mirándolo.

No con la periodista allí. No con sus documentos esperando después de la cena.

Él mismo había preparado las razones para no levantarse.

—Y usted las usó.

—Sí.

—Bressan quería una pausa.

—Lo oí.

—Viremont dudó.

—Viremont siempre duda.

—Marguerite dijo que un campeón no abandona.

Bellanger cerró los ojos.

—Eso ayudó.

—¿Contaba con ella?

—Contaba con lo que era.

Delacroix recordó su propia frase: el asesino no había apostado por el azar, sino por el carácter. Bellanger lo confirmaba ahora con una precisión casi insoportable.

—¿Y cuando Montclar miró el reloj al final?

Bellanger abrió los ojos. Allí apareció algo que no era arrepentimiento simple. Era una mezcla de triunfo viejo, horror nuevo y derrota absoluta.

—Lo entendió.

—Sí.

—Me miró primero.

—Lo dijo.

—Yo creí que me reconocía. Que por fin entendía que yo había sido capaz de algo que él no había previsto.

Después miró el reloj. Entonces supe que lo había entendido todo.

No solo que moría. Que moría por haber seguido una regla.

Por haber tomado el botón que antes era mío.

Por haber querido mandar sobre el tiempo una vez más.

—Y aun así presionó.

—Sí.

—¿Por qué?

Bellanger sonrió con una tristeza seca.

—Porque era Montclar.

La misma respuesta de Marguerite. Delacroix sintió una repulsión cansada ante esa coincidencia. Todos conocían al muerto lo suficiente para usarlo, odiarlo o describirlo con exactitud. Quizá nadie lo había amado lo bastante para salvarlo.

Richet cerró la libreta.

—Gaspard Bellanger, queda usted detenido por el asesinato de Cyrille Montclar.

Bellanger no se levantó. No protestó. Pareció escuchar la frase como quien escucha el resultado oficial de una partida que ya había abandonado internamente.

—Todavía falta el público —dijo.

Richet frunció el ceño.

—¿Qué?

Bellanger miró a Delacroix.

—Montclar murió en público. Usted querrá explicar en público por qué.

—No por espectáculo.

—No. Por higiene.