Capítulo 23 — La partida era el veneno
Bellanger entró en la biblioteca como había entrado en el salón horas antes: con una calma que, vista de lejos, podía confundirse con dominio.
Pero Delacroix ya no lo miraba desde lejos.
La calma de Gaspard Bellanger tenía ahora fisuras precisas.
No eran grandes, ni teatrales, ni lo bastante visibles para satisfacer a un público ansioso de culpa.
Estaban en detalles menores: la mano derecha que buscaba el pañuelo y no lo encontraba; la mirada que evitaba durante medio segundo el sobre donde habían guardado la carta de Henri; la manera de sentarse sin apoyar del todo la espalda, como si una parte de él siguiera jugando de pie ante el tablero.
Richet cerró la puerta y permaneció junto a ella.
No se sentó. Había decidido, con buen instinto, que aquel interrogatorio no debía parecer una conversación entre caballeros.
Bellanger ya había tenido demasiadas horas de salón, variantes y cortesía.
Ahora la habitación debía recordarle que la cortesía, en ciertos momentos, no es más que una celda bien iluminada.
Delacroix se sentó frente a él. Sobre la mesa no había tablero, pero colocó entre ambos una hoja en blanco y un lápiz. Bellanger miró esos objetos con una leve ironía cansada.
—¿Vamos a jugar sin piezas? —preguntó.
—Al contrario. Vamos a retirar las que sobran.
—Eso suele hacer el jugador que ya ha perdido material.
—O el que está cansado de que el adversario esconda la posición detrás de adornos.
Bellanger apoyó las manos sobre la mesa.
Tenía dedos largos, secos, de movimientos exactos.
Delacroix pensó en esas manos presionando su propio botón durante la partida, administrando tiempos, pausas, amenazas, silencios.
Pensó también en los dedos de Montclar, irritados, volviendo una y otra vez al otro botón con una obediencia fatal.
Richet habló primero.
—Abel Cavaillon acaba de declarar que usted le indicó, antes de la partida, que si Montclar pedía cambiar el reloj de lado debía moverlo sin girarlo.
Bellanger no reaccionó de inmediato. Solo bajó los ojos hacia la hoja en blanco.
—No fue una indicación.
—¿Qué era?
—Una observación.
—En esta investigación, monsieur Bellanger, las observaciones tienen una desagradable tendencia a matar gente.
—Le dije lo que cualquiera en el club sabía. Montclar detestaba que un criado corrigiera técnicamente una orden suya. Si pedía mover el reloj, Abel debía moverlo. Nada más.
—Nada más —repitió Richet—. Me ahorraré el comentario.
Delacroix tomó el lápiz y dibujó un rectángulo. Luego marcó dos círculos pequeños encima.
—El reloj antes del cambio —dijo—. Este botón quedaba de su lado.
Marcó el círculo de la derecha.
—Montclar lo toca con el guante al elegir el reloj.
Usted lo ve. Luego hace la frase sobre el tiempo.
Montclar se irrita, exige cambiar la ubicación.
Abel, siguiendo una costumbre que usted acaba de recordarle antes, desplaza el reloj sin girarlo.
El botón queda bajo la mano de Montclar.
La partida empieza. Usted prolonga las posiciones.
Montclar toca el botón muchas veces. Muere.
Bellanger observó el dibujo como si no quisiera concederle demasiada importancia.
—Ha resumido una hipótesis.
—No. He resumido una partida.
—Le falta demostrar el veneno.
—Al laboratorio le tocará ocuparse de la modestia material. Nosotros podemos ocuparnos de la forma.
—La forma no condena.
—A veces confiesa antes que los hombres.
Bellanger levantó la mirada.
—Entonces escuche bien la forma. Yo no maté a Cyrille Montclar.
Richet hizo un gesto de fastidio, pero Delacroix no se movió.
—No me interesa todavía esa frase.
—Debería.
—No. Los inocentes la dicen. Los culpables también. Hasta los muertos, si pudieran, la dirían por costumbre. Me interesa otra.
—¿Cuál?
Delacroix señaló el primer dibujo.
—¿Por qué ese botón?
Bellanger no contestó.
La pregunta, por fin, había llegado al lugar correcto. Delacroix lo vio en la inmovilidad de sus dedos. Hasta entonces Bellanger había respondido como jugador que defiende una posición difícil pero conocida. Ahora miraba una casilla que no esperaba que el adversario atacara tan pronto.
—No entiendo —dijo.
—Sí entiende.
—No.
—Si usted quería matar a Montclar, lo lógico era preparar el botón que usaría Montclar según la ubicación inicial del reloj. Pero no lo hizo. El botón peligroso, al principio, quedaba de su lado. Eso parece absurdo. Salvo que tuviera una segunda utilidad.
Richet miró a Delacroix con atención. Él también había esperado esa pregunta, pero ahora parecía descubrir su alcance completo.
Bellanger permanecía inmóvil.
—Si alguien veía el brillo antes del cambio —continuó Delacroix—, el peligro parecía dirigido contra usted.
Si Montclar tocaba el botón con el guante antes de jugar, como hacía siempre, usted podía comprobar que había tocado la superficie correcta sin sufrir consecuencias inmediatas.
Si luego usted provocaba el cambio, Montclar se apropiaba del botón.
No por azar. Por orgullo. Y si algo salía mal, si la sustancia era descubierta antes o si el cambio no se producía, la historia podía contarse de otra forma: alguien quiso matar a Bellanger, pero Montclar, con su capricho, torció la disposición.
Bellanger no parpadeó.
—Ingenioso.
—Mucho.
—Demasiado para una improvisación.
—Exactamente.
El silencio se estiró. Richet ya no escribía. Delacroix dejó el lápiz sobre la mesa.
—Usted no solo preparó la muerte de Montclar. Preparó una coartada geométrica. El botón empezó de su lado para que la escena tuviera una defensa incorporada. No era torpeza. Era una variante.
Bellanger sonrió apenas. Una sonrisa breve, sin calor, casi involuntaria.
—Y usted cree que yo no puedo resistirme a una variante.
—No, monsieur. Creo que usted no puede resistirse a una variante hermosa.
La sonrisa desapareció.
—Eso es una frase.
—No. Es el motivo.
Bellanger se echó apenas hacia atrás. La lámpara dibujó una sombra bajo sus ojos.
—¿Mi motivo, según usted, es la belleza?
—No. Su motivo es Montclar. La belleza fue la forma en que se permitió no llamarlo odio.
Richet intervino:
—Usted estuvo solo en la sala de análisis. La puerta de la sala de material estaba abierta. Tenía oportunidad de manipular el reloj. Abel lo vio con el caballo negro de Marchand. Se limpiaba los dedos con el pañuelo. Luego indicó cómo mover el reloj. Después alargó la partida.
—Todo eso ya lo sé, comisario.
—Me alegra. Lo repetirá ante un juez.
Bellanger no lo miró. Seguía mirando a Delacroix.
—Usted cree haber entendido una parte. No todo.
—Entonces ayúdeme.
—No.
—Por supuesto.
Delacroix tomó otra hoja, la del programa de Montclar. La colocó sobre la mesa, girada hacia Bellanger. El rival no necesitó leerla demasiado. Ya conocía la frase que Richet le había leído en el salón: No decírselo antes. Necesito su mejor odio.
—Montclar quería vencerlo antes de hablar —dijo Delacroix—.
Quería usar su odio intacto para convertir su victoria en una humillación perfecta.
Luego pensaba revelar la verdad de Lyon, no para reparar a Marchand ni a usted, sino para apropiarse también de la verdad.
Iba a admitir que su vieja victoria no era completamente suya, pero lo haría después de derrotarlo otra vez.
Quería quitarle incluso el derecho a ser reparado antes de perder.
Bellanger miró la frase con una quietud terrible.
—Eso lo supe tarde.
—No tan tarde.
—Después de la partida, sí.
—No. En la sala de análisis.
Bellanger levantó los ojos.
Delacroix continuó:
—La carpeta del volumen estaba abierta. Marguerite había intentado borrar la anotación del margen.
Usted pasó por la puerta. Vio algo. Tal vez no todo, pero lo suficiente.
Luego entró solo. Leyó la página sobre la frase del tiempo.
Quizá leyó también algunas notas de Montclar.
Tal vez encontró la pista de que él iba a hablar después de vencerlo.
No necesitó saberlo todo. Le bastó comprender el diseño: Montclar pensaba usarlo a usted como última pieza de su representación.
—No vi el maletín.
—No dije maletín. Dije carpeta.
—La carpeta no contenía esa frase.
—Contenía la otra. La que bastaba para devolverle el golpe de Saint-Rémy. Y contenía el margen: G.B. la recordará. Usted lo leyó, o leyó la huella de que había algo escrito. Si no lo leyó entonces, alguien se lo entregó de otro modo. Pero la frase volvió a usted antes de la partida, no durante.
Bellanger no respondió.
—Por eso la usó.
—Pude usarla por memoria.
—Claro. Eso es lo maravilloso. La frase era suya y no suya. Nacía de Montclar, pasaba por Marguerite, por la carpeta, por el club entero, y terminaba en su boca. Nadie podría decir que era una señal. Parecía rencor espontáneo. Parecía usted.
—¿Y no lo era?
—También. Los mejores crímenes usan verdades.
Bellanger cerró los ojos un instante.
Richet dio un paso.
—Monsieur Bellanger, ¿manipuló usted el reloj de caoba mientras Abel salió a buscar agua?
Bellanger abrió los ojos.
—No.
—¿Aplicó alguna sustancia al botón?
—No.
—¿Utilizó el pañuelo?
—No.
—¿Usó la pieza de Marchand para cubrir el gesto?
—No.
Las negaciones llegaron limpias, demasiado limpias. Richet parecía a punto de golpear la mesa, pero Delacroix lo detuvo con una mirada. Bellanger no confesaría por acumulación. Había que llevarlo a la única zona donde no podía defenderse sin traicionar lo que más le importaba: la partida.
—Hablemos de la jugada veintiséis —dijo Delacroix.
Bellanger frunció el ceño.
—¿Qué?
—La defensa de dama de Montclar. Usted dijo que fue excelente dadas las circunstancias.
—Lo fue.
—Y entonces usted demoró.
—Sí.
—No porque necesitara pensar. Ya había visto la continuación.
—Eso no puede saberlo.