Capítulo 22 — La mano que colocó el reloj #2
Delacroix no insistió. Si el veneno ficticio estaba preparado para adherirse al botón y resistir una limpieza superficial, el paño podía no haber hecho demasiado.
No hacía falta explicarlo con detalle. La novela del crimen no debía convertirse en tratado de laboratorio.
Bastaba la lógica: una superficie preparada, un contacto repetido, una víctima que se envenena obedeciendo el ritmo del juego.
—¿Dónde está ese paño? —preguntó Richet.
—Entre los que se llevaron.
—Bien.
Abel parecía a punto de quebrarse.
—Yo no sabía.
—Lo sé —dijo Delacroix.
Richet lo miró.
—¿Lo sabe?
—Sí.
El encargado levantó la vista, sorprendido.
—No sabía —repitió Delacroix—, pero alguien sí sabía que usted no sabría. Esa es la diferencia.
Abel cerró los ojos. Durante un instante, pareció que la frase le causaba más dolor que una acusación. Ser inocente no era alivio cuando la inocencia había sido utilizada como herramienta.
—Bellanger —dijo Richet.
Abel no respondió.
—Fue Bellanger quien le indicó cómo mover el reloj.
—Sí.
—Bellanger tuvo oportunidad de entrar en la sala de material.
—Sí.
—Bellanger vio o pudo tocar el botón.
—Sí.
—Bellanger miró el botón después de que Montclar lo probara con el guante.
—Según mademoiselle Perrin, sí.
—Bellanger alargó la partida.
—Sí.
—Bellanger se limpió los dedos.
—Sí.
Richet cerró la libreta.
—Empieza a bastarme.
—A mí también —dijo Delacroix.
El comisario lo miró con sorpresa.
—Por fin.
—No he dicho que baste para terminar. He dicho que empieza a bastar.
—Eso es menos satisfactorio.
—Las verdades satisfactorias suelen ser perezosas.
Abel abrió los ojos.
—¿Van a detenerlo?
Richet no respondió. Delacroix sí.
—Vamos a hablar con él.
—Él dirá que no.
—Por supuesto.
—Bellanger siempre supo decir no como si fuera una variante.
Delacroix observó al encargado. Aquella frase, casi involuntaria, tenía la precisión amarga de quien ha visto demasiado desde los márgenes.
—¿Qué piensa usted ahora de él?
Abel tardó en contestar.
—No lo sé.
—Antes lo acusaba de haber abandonado a Julien.
—Sí.
—Ahora sabe que Julien quizá no lo traicionó.
Abel cerró las manos.
—Eso no absuelve a Bellanger de haberlo dejado solo.
—No.
—Pero si mató a Montclar por Julien, llegó demasiado tarde y eligió mal el homenaje.
—¿Y si no lo mató por Julien?
Abel miró hacia la puerta.
—Entonces lo mató por sí mismo. Como todos aquí han hecho casi todo por sí mismos mientras pronunciaban nombres de muertos.
Richet guardó silencio. Delacroix también. El encargado acababa de resumir el club con más exactitud que el volumen conmemorativo entero.
—Puede volver al salón —dijo el comisario—. No hable con Bellanger.
Abel se levantó. En la puerta, se detuvo.
—Monsieur Delacroix.
—Sí.
—Cuando Bellanger me dijo que no girara el reloj si Montclar pedía cambiarlo, yo pensé que hablaba para evitar una escena. No para provocarla.
—Esa es la fuerza de las buenas instrucciones —dijo Delacroix—. Parecen prudencia hasta que uno ve adónde conducen.
Abel salió.
Richet esperó a que la puerta se cerrara.
—Ahora sí.
—Sí.
—Bellanger tuvo oportunidad, preparación, motivo, control de la partida y hasta instrucción previa a Abel. Si no es él, alguien ha dedicado un esfuerzo admirable a convertirlo en culpable.
—Así es.
—¿Y usted todavía conserva una duda teatral?
Delacroix negó despacio.
—No teatral. Una duda de respeto.
—¿Respeto por Bellanger?
—Por el crimen. Está construido con demasiada inteligencia para resolverlo solo con una acumulación de sospechas. Necesitamos obligarlo a explicar lo que solo el asesino entendería.
Richet lo miró con atención.
—¿El qué?
Delacroix tomó una hoja en blanco y dibujó una mesa, un reloj, dos jugadores. Luego marcó con una cruz el botón preparado.
—El botón empieza del lado de Bellanger.
Montclar lo toca con guante al elegir el reloj.
Bellanger provoca el cambio. Abel, siguiendo una instrucción previa, lo desplaza sin girarlo.
El botón queda del lado de Montclar. La partida empieza.
Bellanger la prolonga. Montclar toca el botón muchas veces.
Al final mira el reloj y trata de apartarlo.
Todo eso lo podemos reconstruir. Pero hay una pregunta que Bellanger no podrá responder bien si es culpable.
—¿Cuál?
—Por qué eligió ese botón.
Richet frunció el ceño.
—Porque sabía que terminaría del lado de Montclar.
—No. Eso explica cómo. No por qué ese botón y no otro.
—No entiendo.
—Si Bellanger hubiera preparado el botón que inicialmente correspondía a Montclar, habría necesitado menos maniobra. Si preparó el botón contrario, era porque necesitaba que, antes del cambio, pareciera suyo. Y eso tiene un sentido que aún no hemos dicho en voz alta.
Richet pensó unos segundos.
—Si alguien descubría el brillo antes del cambio, sospecharían que el botón peligroso era el de Bellanger.
—Exacto.
—Entonces parecería que querían matarlo a él.
—O que él era la víctima prevista. Pero Montclar, al cambiar el reloj, se habría condenado por capricho.
—Eso habría desviado todo.
—Sí. El crimen tenía una coartada dentro de su propio mecanismo. Si alguien notaba algo antes, el peligro parecía dirigido a Bellanger. Si nadie lo notaba, el botón pasaba a Montclar y la partida hacía el resto.
Richet abrió lentamente la libreta de nuevo.
—Eso es retorcido.
—Es ajedrez.
—No me haga odiar más ese juego.
—Demasiado tarde.
El comisario caminó hacia la puerta, pero Delacroix lo detuvo con un gesto.
—Hay otra cosa.
—Naturalmente.
—Bellanger no solo quería matar a Montclar.
Quería que Montclar se matara con su propia necesidad de controlar el tiempo.
Por eso el botón empieza del lado contrario.
El crimen repite la vieja herida: Montclar gana lo que no era suyo porque alguien mueve algo en secreto.
Solo que esta vez, al apropiarse del tiempo de Bellanger, se apropia de la muerte.
Richet lo miró en silencio.
—Eso no lo diré en el informe.
—Mejor no.
—Pero se lo dirá a Bellanger.
—Sí.
—¿Para que confiese?
—Para que deje de jugar.
Salieron de la biblioteca.
El salón los recibió con una quietud de iglesia después de una blasfemia.
Todos levantaron la mirada. Abel había vuelto a su lugar, pero ya no parecía el mismo.
Solange lo observó y comprendió, quizá antes que nadie, que algo había cambiado.
Viviane Marceau dejó de mirar el ventanal.
Irène Louviers, privada de lápiz, acercó apenas la mano a un bolsillo vacío por reflejo.
Marguerite Lenoir sostuvo el bastón con ambas manos.
Bressan se hundió un poco más en su silla.
Viremont parecía un hombre que espera la sentencia de otro para saber si aún debe temer la propia.
Bellanger estaba de pie junto al tablero auxiliar.
No miraba a Delacroix.
Miraba la posición final.
—Monsieur Bellanger —dijo Richet.
El rival levantó los ojos.
—Comisario.
—A la biblioteca.
Bellanger no se movió de inmediato. Luego tomó su chaqueta del respaldo de la silla, no para ponérsela, sino para ocupar las manos. Delacroix notó que ya no tenía pañuelo. El pañuelo estaba en poder de la policía. Sus manos, por primera vez, parecían no encontrar una función.
—¿Es necesario? —preguntó Bellanger.
—Mucho —dijo Richet.
Bellanger miró a Delacroix.
—Entonces ya decidió.
—No —respondió Delacroix—. Ahora vamos a decidir si usted aún pretende que la partida siga.
El rival sostuvo su mirada. En su rostro no había sorpresa. Quizá alivio tampoco. Había algo más extraño: una concentración desnuda, sin público, sin tablero, sin Montclar enfrente.
—Muy bien —dijo.
Caminó hacia la biblioteca.
Al pasar junto a Abel, no lo miró. Pero Abel sí lo miró a él. Y en esa mirada no había ya solo reproche. Había una pregunta que había llegado veintidós años tarde y, por eso mismo, no podía ser contestada sin destruir algo.
Bellanger entró. Richet lo siguió. Delacroix cerró la puerta.
La biblioteca, bajo la lámpara verde, esperaba otra partida.
Esta vez no habría reloj.
O eso, pensó Delacroix, era lo que Bellanger debía creer.