Capítulo 22 — La mano que colocó el reloj
Abel Cavaillon entró en la biblioteca con la resignación de un hombre que llevaba toda la vida respondiendo preguntas ajenas antes de que le permitieran formular una propia.
No parecía más asustado que antes, sino más cansado.
El cansancio era distinto del miedo: el miedo mira hacia delante, esperando el golpe; el cansancio mira hacia atrás y descubre que el golpe empezó hace muchos años.
Abel había pasado la tarde entre ambos estados, primero como encargado de una casa ensangrentada por la muerte de un campeón, luego como cuñado olvidado de Julien Marchand, después como posible manipulador de un reloj, y ahora como la mano que quizá había movido una pieza decisiva sin saberlo.
Richet le indicó la silla. Abel se sentó. No preguntó por qué lo llamaban otra vez. Ya había comprendido que en aquella investigación ninguna respuesta permanecía quieta demasiado tiempo.
Delacroix cerró la puerta de la biblioteca y se quedó de pie. Prefería que Abel no se sintiera acorralado desde el principio. Algunos hombres mienten mejor cuando se los acusa; otros, cuando se les concede un poco de aire, empiezan a recordar.
—Monsieur Cavaillon —dijo Richet—, volvamos al momento en que Montclar pidió cambiar el reloj de lugar.
Abel asintió.
—Sí, comisario.
—Quiero cada gesto. No lo que cree importante. Todo.
El encargado bajó la mirada hacia sus manos, como si allí pudiera reconstruir la escena.
—El reloj estaba al principio a la derecha de monsieur Montclar.
Yo lo había colocado así porque la mesa central suele disponerse de esa manera cuando el público ocupa el semicírculo.
Las esferas quedaban visibles para los socios de la primera fila y para el árbitro.
Montclar lo miró, luego miró a monsieur Bellanger. Hubo una frase.
—La frase sobre el tiempo —dijo Delacroix.
—Sí. Monsieur Bellanger dijo algo como que tal vez, por una vez, el tiempo quedaría de su parte. No recuerdo las palabras exactas.
—Después Montclar pidió moverlo.
—No pidió. Ordenó.
—Exacto.
Abel respiró hondo.
—Dijo que no pensaba jugar con el reloj inclinado hacia la vanidad ajena. Algo así. Todos rieron un poco, o fingieron. Yo me acerqué para moverlo.
—¿Y lo movió sin girarlo? —preguntó Richet.
—Sí.
—¿Por qué?
Abel abrió la boca, pero no respondió enseguida. Delacroix vio que algo se interponía entre la pregunta y la memoria. No era una mentira formada; era una costumbre tan arraigada que el hombre necesitaba apartarla para verla.
—Porque era lo correcto —dijo al fin.
Richet cerró los ojos con paciencia.
—En esta casa todo el mundo usa esa frase para cosas muy distintas.
—Quiero decir que, cuando un reloj ya está ajustado para una partida y se cambia de lado, no se gira sin necesidad.
Se lo levanta y se lo desplaza. Si se lo gira, las esferas quedan peor orientadas o uno de los jugadores puede quejarse de que se ha alterado la disposición.
Es una manía, quizá, pero en el club se hace así.
Delacroix se acercó un poco.
—¿Siempre?
—Casi siempre.
—¿Montclar lo sabía?
—Sí.
—¿Bellanger?
—También.
—¿Todos?
Abel levantó la vista, cansado.
—Los que juegan aquí desde hace años, sí.
Richet hizo una anotación.
—Entonces Bellanger podía saber que usted movería el reloj sin girarlo.
—Sí.
—Y que el botón que antes quedaba de su lado quedaría del lado de Montclar.
Abel palideció. Aún no se acostumbraba a esa idea.
—Sí.
Delacroix dejó que la palabra se asentara.
—Mademoiselle Perrin dice que, cuando usted movió el reloj, Bellanger no miró a Montclar. Lo miró a usted.
Abel no pareció sorprendido. Eso interesó a Delacroix.
—Lo sentí.
—¿Sintió qué?
—Que me miraba.
—¿Y por qué no lo dijo?
—Porque los jugadores miran a quien toca sus relojes. Es normal.
—No en ese momento. Montclar acababa de responder a una provocación. Todos miraban al campeón. Bellanger, según Solange, lo miraba a usted.
Abel cerró las manos.
—Sí.
—¿Cómo lo miraba?
El encargado tragó saliva.
—Como si quisiera que no me equivocara.
Richet dejó de escribir.
—¿Equivocarse en qué?
—En moverlo.
—¿Le había indicado algo antes?
Abel no respondió.
La pausa fue mínima, pero bastó para cambiar la temperatura de la biblioteca.
—Monsieur Cavaillon —dijo Delacroix con suavidad—, si alguien lo usó, callar no lo protege. Lo deja en el lugar exacto donde esa persona quiso ponerlo.
Abel levantó los ojos hacia él. Había dolor allí, pero también una vergüenza vieja. No vergüenza criminal. Vergüenza de sirviente, de hombre acostumbrado a obedecer pequeñas indicaciones que luego los demás niegan haber dado.
—Antes de la partida —dijo—, cuando monsieur Bellanger estaba en la sala de análisis, me pidió agua. Fui a llevársela. La puerta interior a la sala de material estaba entornada. Él estaba de pie, no sentado. Miraba hacia la repisa de los relojes.
Richet se inclinó.
—¿Dentro de la sala de material?
—No del todo. En el umbral.
—Eso ya lo admitió él a medias.
—Sí.
—Siga.
—Me preguntó si finalmente usaríamos el reloj de caoba.
Le dije que probablemente, porque madame Lenoir había insistido y monsieur Montclar lo prefería.
Entonces dijo que Montclar haría alguna escena si el reloj no quedaba a su gusto.
Yo dije que Montclar hacía escenas incluso cuando todo estaba a su gusto. Monsieur Bellanger sonrió.
—¿Y después?
Abel se frotó las manos, incómodo.
—Después dijo que, si Montclar ordenaba cambiarlo de lado, no debía girarlo. Que el campeón detestaba que alguien corrigiera dos veces un capricho suyo. Que era mejor levantarlo y desplazarlo tal como estuviera, para que pareciera una obediencia rápida, no una discusión técnica.
Richet se quedó inmóvil.
—¿Esas fueron sus palabras?
—No exactas. Pero sí el sentido.
Delacroix sintió que una línea se cerraba con un sonido seco.
No era una confesión de Bellanger, pero sí una preparación.
Una indicación previa disfrazada de conocimiento del carácter de Montclar.
Bellanger había colocado en Abel una instrucción que, en el momento decisivo, parecería simple costumbre.
—¿Por qué no lo mencionó antes? —preguntó Richet.
Abel bajó la cabeza.
—Porque parecía una tontería.
—Hoy las tonterías están armadas.
—Lo sé ahora.
—¿Bellanger tocó el reloj cuando dijo eso?
Abel dudó.
—No lo vi tocarlo.
—¿Tocó la repisa?
—No recuerdo.
—¿La caja de piezas de Marchand?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Mientras hablábamos. Había un caballo negro sobre la mesa de análisis. Lo tenía entre los dedos. Yo le dije que esa caja no debía usarse sin permiso. Él la dejó.
—¿En la sala de análisis o en la de material?
—En la mesa de análisis.
—¿Y la mancha?
—No la vi entonces.
Delacroix pensó en Bellanger de pie en el umbral, con el caballo de Marchand en la mano, mirando los relojes, preguntando por el de caoba, sugiriendo a Abel cómo moverlo si Montclar exigía un cambio.
Eso ya no era una serie de accidentes. Era una preparación psicológica y práctica.
Pero aún faltaba el acto material: la sustancia en el botón.
—¿Dónde estaba el reloj de caoba en ese momento? —preguntó.
—En la repisa, dentro de la sala de material.
—¿Al alcance desde el umbral?
Abel cerró los ojos, midiendo la distancia.
—No. Habría que entrar un paso, quizá dos.
—¿Bellanger entró?
—No lo vi entrar.
—¿Pero usted salió de la sala de análisis en algún momento?
—Sí. Fui a buscar el agua que había olvidado en la bandeja del corredor. Tardé… no sé, medio minuto.
—Y Bellanger quedó solo.
Abel abrió los ojos.
—Sí.
Richet apoyó lentamente la pluma sobre la mesa.
—Eso tampoco lo dijo.
—No pensé…
—No termine esa frase.
Abel obedeció.
Delacroix caminó hasta la ventana. La escena empezaba a adquirir la forma que buscaba: Bellanger solo, la puerta interior entornada, los relojes al alcance, la certeza de que el de caoba sería elegido o al menos ofrecido, la información de que Montclar tocaría el botón por costumbre, la previsión de que una frase sobre el tiempo provocaría el cambio de lado, la indicación a Abel de mover sin girar.
Cada elemento por separado podía defenderse como casualidad, hábito o vanidad. Juntos empezaban a parecer una partida.
—Cuando volvió con el agua —preguntó Delacroix—, ¿dónde estaba Bellanger?
—Sentado en la mesa de análisis.
—¿Con el caballo negro?
—No. El caballo estaba a un lado.
—¿Tenía el pañuelo?
—Sí. Se limpiaba los dedos.
—¿Qué dijo?
—Nada.
—¿Nada en absoluto?
—Dijo que el polvo de los recuerdos era más persistente que el de las piezas.
Richet miró a Delacroix con incredulidad.
—¿Todos en este club hablan como si esperaran ser citados?
—Algunos han entrenado años.
Abel no sonrió.
—Después me pidió que no lo molestaran hasta la recepción.
—¿Y usted? —preguntó Delacroix.
—Me fui.
—¿Cerró la puerta interior?
Abel bajó la mirada.
—No.
Richet soltó aire con fuerza.
—Por comodidad.
—Sí.
—Maravilloso.
Abel apretó los labios.
—Comisario, si hubiera sabido…
—Nadie sabía nada. Lo he oído mucho. Empieza a sonar como himno del club.
Delacroix volvió junto a la mesa.
—Monsieur Cavaillon, necesito que piense en el reloj de caoba cuando lo tomó para llevarlo al salón. ¿Notó algo en el botón?
—Duro. Ya lo dije.
—¿Algo más?
Abel cerró los ojos.
—Había una especie de brillo.
Richet se incorporó.
—Antes dijo que no notó nada.
—Porque no le di importancia. Los relojes antiguos tienen brillo, cera, desgaste. Pero sí, el botón tenía un brillo. Muy leve.
—¿Cuál botón?
Abel no dudó.
—El que después tocó monsieur Montclar.
—El que antes habría quedado del lado de Bellanger.
—Sí.
Delacroix sintió que el silencio de la biblioteca se llenaba del tac imaginario.
—¿Lo limpió?
—Pasé el paño por encima.
—¿Con qué mano?
—La derecha.
—¿Le pasó algo?
—No. Yo usaba un paño grueso.
—¿Y después?
—Lo coloqué en la caja con el otro reloj.
—¿Pudo el paño retirar la sustancia?
—No lo sé.
—O extenderla.
Abel se puso aún más pálido.
—No lo sé.