Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 21 — La memoria de Solange #3
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Capítulo 21 — La memoria de Solange #3

Bellanger podía ser culpable. Cada nuevo detalle lo acercaba.

Pero la precisión de Solange también lo acercaba demasiado limpiamente.

¿Podía ella haber querido que la verdad de Lyon saliera sin que Montclar se apropiara de ella?

¿Pudo preparar el reloj y contar con Bellanger?

Era una idea tentadora. Pero algo la contrariaba: Solange había sido quien aportó detalles que complicaban a Bellanger y a la vez abrían alternativas.

Si fuera asesina, su actuación sería de una audacia extraordinaria.

No imposible. Pero quizá demasiado literaria para una joven que veneraba la exactitud.

—Una última cosa por ahora —dijo Delacroix—. Cuando Montclar miró el reloj al final, ¿usted lo vio?

—Sí.

—¿Qué sintió?

Solange no esperaba esa pregunta.

—Horror.

—¿Por él?

—Por la partida.

Richet la miró con extrañeza.

—Explíquese.

La joven buscó palabras.

—Hasta ese momento, aunque Montclar estuviera mal, todo seguía siendo ajedrez.

Cruel, sucio, lleno de odio, pero ajedrez.

Cuando miró el reloj de esa manera, entendí que había algo fuera de la posición.

Algo que no pertenecía al juego. Fue como ver a alguien descubrir que el tablero estaba inclinado.

Delacroix asintió lentamente.

—Y eso la indignó.

—Sí.

—¿Más que la muerte?

Solange se quedó en silencio. La pregunta era cruel, pero necesaria.

—No más. De otra manera. La muerte me dio miedo. La trampa me dio asco.

—Porque profanaba el juego.

—Porque usaba lo único que todavía parecía limpio.

Delacroix pensó que esa frase definía el crimen mejor que muchas de las suyas. El asesino había usado lo único que parecía limpio: la regla, el reloj, el turno, la obediencia del jugador. Por eso el crimen era tan elegante y tan repugnante.

—Puede volver al salón —dijo Richet.

Solange se levantó. Antes de salir, se detuvo.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

—Bellanger no tocó el reloj antes de la partida. Pero cuando Montclar pidió cambiarlo, Bellanger no miró a Montclar. Miró a Abel.

Delacroix se quedó inmóvil.

—¿A Abel?

—Sí.

—¿Cómo?

—Como si esperara que Abel hiciera bien algo.

Richet se inclinó hacia adelante.

—¿Qué algo?

—Moverlo sin girarlo.

La frase cayó en la biblioteca con un peso nuevo.

—¿Está segura? —preguntó Delacroix.

Solange asintió.

—Ese gesto sí lo recuerdo. Montclar pidió mover el reloj. Abel lo levantó. Todos miraron a Montclar, porque estaba irritado. Bellanger miró a Abel. No al reloj. A Abel. Y cuando Abel lo dejó del otro lado sin girarlo del todo, Bellanger bajó la mirada. Como si la posición hubiera quedado correcta.

Delacroix sintió que la habitación se ordenaba de golpe alrededor de esa observación.

Si Bellanger era inocente y usado por otros, podía haber mirado a Abel por simple atención técnica.

Pero si era culpable, esa mirada tenía otro sentido: necesitaba que Abel moviera el reloj de la manera exacta para que el botón preparado quedara bajo la mano de Montclar.

Y lo observó no como rival, sino como ejecutor involuntario de una maniobra ya prevista.

—¿Por qué lo recuerda recién ahora? —preguntó Richet.

Solange levantó los hombros, cansada.

—Porque usted preguntó por el botón. Porque monsieur Delacroix preguntó por la memoria. Porque hasta ahora todos hablaban de quién tocó el reloj. Yo no había pensado en quién miró a quien lo movía.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Ha sido muy útil.

—No me agradezca todavía.

—¿Por qué?

La joven abrió la puerta.

—Porque si Bellanger sabía cómo debía mover Abel el reloj, entonces tal vez no fue usado.

Miró hacia el salón, donde el rival seguía sentado junto al tablero auxiliar.

—Tal vez nos usó a todos después.

Salió.

Richet y Delacroix se quedaron unos segundos en silencio.

—Eso sí me gusta —dijo el comisario.

—A mí también.

—Bellanger mirando a Abel. Esperando el movimiento correcto.

—Sí.

—¿Lo arrestamos?

—Todavía no.

Richet lo miró con una paciencia agotada.

—Está decidido a hacerme sufrir.

—No. Estoy decidido a que Bellanger no pueda escapar por una casilla que dejamos sin mirar.

—¿Qué falta?

—Abel.

—¿Cree que colaboró?

—No lo sé. Pero si Bellanger necesitaba que el reloj se moviera sin girarse, Abel era la mano. Debemos saber si Abel hizo eso por costumbre, por indicación o por miedo.

Richet guardó la libreta.

—Llamaré al encargado.

—Un momento.

Delacroix miró hacia la puerta por donde había salido Solange.

—Antes de que entre, piense en esto, comisario. Si Bellanger planeó el crimen, hizo depender el punto decisivo de Abel. No de Montclar, a quien conocía. No de sí mismo. De Abel.

—¿Y?

—Bellanger no confía fácilmente en nadie.

Richet frunció el ceño.

—Entonces Abel recibió una indicación.

—Quizá.

—De Bellanger.

—Quizá.

—O de alguien que sabía cómo debía moverlo.

—Exacto.

El comisario soltó aire con impaciencia.

—Usted acaba de complicarlo otra vez.

—No. Solange lo hizo.

—Empiezo a arrepentirme de que tenga memoria.

Delacroix abrió la puerta. En el salón, el aire parecía aún más quieto que antes.

Solange había vuelto a su silla, pero no había retomado la pluma.

Bellanger la miraba, y esta vez no como a una alumna brillante ni como a una testigo molesta.

La miraba como a alguien que acababa de mover una pieza cerca de su rey.

Delacroix llamó a Abel Cavaillon.

El encargado levantó la cabeza.

—Sí, monsieur.

—Necesitamos hablar otra vez del reloj.

Abel se puso de pie.

Bellanger apartó la mirada.

Fue apenas un gesto.

Pero Delacroix lo vio.

Y por primera vez en toda la noche, el rival histórico de Cyrille Montclar pareció menos preocupado por la partida que había jugado que por la mano que había colocado el reloj antes de empezarla.