Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 21 — La memoria de Solange #2
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Capítulo 21 — La memoria de Solange #2

—Bellanger me asustaba menos que Montclar. Montclar quería que una le perteneciera. Bellanger no. Bellanger parecía no necesitar a nadie. Pero eso también puede ser una mentira. Quizá necesitaba a Montclar más que todos.

Delacroix asintió.

—Eso es muy posible.

—Pero si lo hizo él, ¿por qué ayudó a reconstruir la partida? ¿Por qué dijo que Montclar vio el reloj? ¿Por qué entregó el pañuelo?

Richet levantó la vista, algo irritado.

—Ahora hace usted nuestras preguntas.

—Porque son las correctas.

Delacroix casi sonrió.

—Sí. Lo son.

—Y no tiene respuesta.

—Tengo varias. Eso es peor.

Solange se quedó callada.

—Una posibilidad —dijo Delacroix— es que Bellanger sea inocente y esté descubriendo, al mismo tiempo que nosotros, que alguien usó su odio.

Otra, que sea culpable y no pueda resistir la tentación de mostrar cuánto comprende la partida.

Los hombres vanidosos a veces entregan la mitad de una confesión solo para demostrar que el crimen fue inteligente.

Una tercera, que Bellanger quiera controlar el relato, acercarnos al reloj porque sabe que el reloj lo incrimina menos que otra cosa.

—¿Qué otra cosa?

—Todavía no lo sé.

—Otra vez.

—Otra vez.

Richet miró a Solange.

—Usted estuvo en la sala de análisis cuando madame Lenoir borró la frase del margen.

La joven bajó los ojos.

—Sí.

—Antes dijo que tal vez la había visto. Ahora quiero precisión.

—La vi.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque pensé que solo mostraba que madame Lenoir había intentado borrar una crueldad. Después entendí que era más grave.

—¿Leyó la anotación?

—Sí.

—“G.B. la recordará.”

—Sí.

—¿Estaba Bellanger cerca?

—Pasó por la puerta. No sé si la leyó.

—¿Pudo leerla?

—Sí. La carpeta estaba abierta. Madame Lenoir se apartó cuando oyó pasos. No cerró la página. Bellanger se detuvo en el umbral. Preguntó si la sala estaría libre. Miró la mesa. Pudo verla.

—¿Y luego?

—Madame Lenoir cerró la carpeta.

—¿Rápido?

—Sí.

Delacroix se inclinó.

—¿Bellanger notó esa rapidez?

—Sí.

—¿Qué hizo?

—Sonrió apenas. No con alegría. Como si hubiera entendido que algo se le ocultaba y eso lo confirmara en una sospecha antigua.

—¿Dijo algo?

—No. Entró después, cuando ella salió.

—Entonces Bellanger estuvo a solas en la sala de análisis con la carpeta quizá dentro.

—Sí.

—¿Y la puerta interior a la sala de material?

—Entornada.

—¿Y la caja de Marchand?

—En la sala de material.

—Y los relojes.

—Sí.

Richet cerró la libreta con un golpe leve.

—Eso lo deja peor.

—Sí —dijo Solange.

—¿Por qué parece entristecerla?

La joven miró sus manos.

—Porque si fue Bellanger, entonces Montclar tenía razón sobre algo.

—¿Sobre qué?

—Sobre que el resentimiento no vuelve justo a nadie. Solo le da paciencia.

Delacroix guardó la frase. Era muy de Solange y, al mismo tiempo, demasiado cercana a la verdad del caso.

—Mademoiselle Perrin —dijo—, ¿qué hizo usted después de ver la anotación?

—Fui al archivo pequeño a buscar unas planillas. Luego volví al salón.

—¿Entró en la sala de material?

—Sí.

—¿Sola?

—Un momento.

Richet levantó la cabeza de inmediato.

—No lo había dicho.

Solange palideció.

—Sí lo dije. Dije que había ido por planillas por la mañana.

—Pregunto después de la anotación.

Ella respiró hondo.

—Sí. Entré después. Buscaba la caja con las planillas de Lyon.

—¿Por qué?

—Porque al ver la frase pensé en la partida antigua. Quería comprobar una fecha antes de que Montclar revisara el capítulo final.

—¿Vio los relojes?

—Sí.

—¿Tocó el reloj de caoba?

—No.

—¿Tocó la caja de Marchand?

—Sí.

La respuesta fue inmediata. Richet y Delacroix se miraron.

—¿Para qué? —preguntó el comisario.

—La caja de planillas estaba detrás. La de piezas antiguas estorbaba. La moví.

—¿Tocó el caballo negro?

—No lo recuerdo.

—Hace un momento su memoria era admirable.

Solange levantó la cabeza, dolida pero firme.

—Porque entonces veía la escena. Ahora no. Moví una caja. Quizá toqué una pieza si estaba suelta. No lo sé.

—¿Estaba suelta?

—No recuerdo.

Delacroix la observó. Esa grieta podía ser culpabilidad, miedo o simple límite. La memoria perfecta es sospechosa; la memoria que falla justo donde duele, también. La diferencia no se decide por gusto.

—¿Alguien la vio en la sala de material? —preguntó.

—Abel.

—¿Seguro?

—Entró cuando yo salía.

—¿Qué dijo?

—Que no debía mover cajas sin avisarle. Estaba enfadado.

—¿Mencionó la pieza de Marchand?

—No.

—¿Y Bellanger? ¿Estaba en la sala de análisis?

—No sé. La puerta interior estaba entornada, pero no lo vi.

Richet anotó.

—Pudo preparar el reloj usted.

Solange lo miró con una mezcla de miedo y cansancio.

—Sí.

—Eso tampoco la favorece.

—No voy a negar una posibilidad física solo porque me perjudica. Pude. No lo hice.

—¿Sabe algo de venenos?

—No.

—¿De sustancias químicas?

—Lo básico. Lo que cualquiera.

Delacroix pensó en Viviane y los libros de la farmacia, en Rémusat y su prudencia, en la posibilidad de que el veneno fuera ficticio y no exigiera explicar demasiado.

Aun así, dentro de la lógica del caso, alguien debía haberlo obtenido o preparado.

Solange parecía capaz de aprender cualquier cosa, pero el método del reloj tenía una frialdad más larga, más madura. No la eliminaba. La desplazaba.

—¿Sabía usted que Montclar había tocado el botón con guante? —preguntó él.

—Lo vi.

—Pero antes de que muriera, ¿eso le pareció importante?

—No.

—¿Y después?

—Después, cuando usted miró el reloj, empecé a recordar las manos. Pero no entendí hasta el guante.

—Entonces no preparó algo pensando en ese primer contacto.

—No.

—¿Y si alguien lo hizo?

—Tuvo que estar muy cerca.

—Sí.

—O tuvo que saber que Montclar tocaría el reloj antes de jugar.

—¿Lo hacía siempre?

Solange pensó.

—Con el de caoba, sí. Lo trataba como si fuera parte de su leyenda. Lo levantaba, lo probaba, hacía algún comentario. Era una manera de decir que el club seguía pasando por sus manos.

Delacroix sintió que otra pieza encajaba.

El asesino no solo sabía que Montclar jugaría con blancas y que Bellanger podía provocarlo.

Sabía que Montclar tocaría el reloj antes de sentarse, con sus guantes, en un gesto ceremonial.

Ese primer toque no mataba, pero confirmaba la ubicación del botón, dejaba quizá una marca, y sobre todo mostraba al asesino que la superficie preparada estaba donde debía.

—¿Bellanger sabía que Montclar hacía eso? —preguntó Richet.

Solange lo miró.

—Todos lo sabíamos.

Richet cerró los ojos.

—Voy a prohibir esa frase.

Delacroix no pudo evitar una leve sonrisa. Pero su mente seguía en la escena. Montclar tocando el botón con guante. Bellanger mirando. Pañuelo sobre la mesa. Guante derecho retirado. Frase del tiempo. Cambio del reloj. Partida alargada. Mirada final al reloj. Trayectoria de la mano.