Capítulo 21 — La memoria de Solange
Solange Perrin no pareció sorprendida cuando Delacroix le pidió que entrara en la biblioteca.
Quizá, pensó él, porque las personas inteligentes rara vez se sorprenden de ser llamadas después de haber visto demasiado.
La joven dejó sobre la mesa auxiliar la planilla que estaba copiando, limpió con cuidado la punta de la pluma y se puso de pie con una seriedad casi adulta.
Solo al caminar hacia el corredor se le quebró un poco la compostura: no en el rostro, sino en la manera de cerrar la mano derecha, como si aún sostuviera una pieza invisible.
Richet la siguió con la mirada y luego miró a Delacroix.
—Dijo a solas.
—Con usted, comisario. La soledad absoluta suele ser poco recomendable con sospechosos inteligentes.
—Me alegra estar incluido como mobiliario policial.
—Como testigo de lujo.
—Eso tampoco me tranquiliza.
Entraron los tres en la biblioteca. La habitación parecía más baja que antes, quizá porque había contenido demasiadas versiones de la misma tarde.
Sobre la mesa aún quedaban rastros del paso de los documentos: sobres limpios, marcas de carpetas, una pequeña sombra rectangular donde había estado la carta de Henri, la lámpara verde iluminando una zona de madera fatigada.
La biblioteca del Círculo Philidor había dejado de ser un lugar de consulta para convertirse en un confesionario sin absolución.
Solange se sentó frente a ellos. No cruzó las piernas ni bajó los ojos. Apoyó las manos sobre la mesa, con las palmas hacia abajo, como si quisiera demostrar desde el principio que no ocultaba nada en ellas.
—¿También van a preguntarme si lo maté? —dijo.
Richet abrió la libreta.
—Es una tradición que estamos intentando mantener.
—No lo maté.
—Gracias. Ya podemos continuar con las mentiras más pequeñas.
La joven no sonrió. Delacroix se sentó a un lado, no frente a ella.
Prefería no convertir aquello en un duelo.
Solange había pasado la tarde rodeada de hombres y mujeres que la miraban como alumna, amenaza, testigo, promesa o pieza útil.
Si quería obtener de ella una verdad, debía permitirle no defender su lugar a cada segundo.
—No quiero empezar por Montclar —dijo él.
Solange parpadeó.
—¿Entonces por quién?
—Por usted.
La pregunta no formulada la incomodó más que una acusación. Miró hacia la lámpara, luego hacia sus manos.
—No sé si eso importa.
—En una investigación, casi todo importa. Lo difícil es decidir cuándo.
—Soy hija de un profesor de provincias y de una madre que no entendía por qué alguien querría pasar tres horas mirando madera.
Llegué al club con una beca pequeña, casi una limosna elegante.
Al principio me dejaban jugar con niños menores porque decían que así no me desanimaría.
Después empecé a ganarles. Entonces dijeron que tenía carácter difícil.
—Una promoción habitual.
—Montclar me vio en una simultánea. Yo perdí, pero tardé más que otros en perder. Eso le interesó. Me hizo una pregunta sobre una posición y yo respondí algo que no esperaba. Desde entonces empezó a corregirme.
—¿Corregirla es la palabra?
Solange bajó la vista.
—Al principio sí.
—¿Y después?
—Después también. Pero ya no corregía solo mis jugadas.
Corregía mi manera de sentarme, de hablar, de mirar una posición, de recibir un elogio, de no agradecer lo suficiente una crítica.
Montclar podía hacer que una aprendiera muchísimo y al mismo tiempo sintiera que todo lo aprendido le pertenecía a él.
—Como sus ideas.
La joven no respondió enseguida.
—Sí.
Richet escribió unas palabras, pero Delacroix no lo miró. Solange estaba entrando en una zona delicada, no por sentimentalismo, sino porque el crimen había nacido precisamente en esa zona donde la admiración se mezcla con propiedad.
—¿Lo odiaba hoy? —preguntó Delacroix.
—Hoy no más que otros días.
—Eso es una respuesta muy honesta y muy mala para usted.
—No quiero parecer mejor de lo que soy.
—Eso ya la distingue en esta casa.
Solange soltó una respiración breve, casi una risa sin ganas.
—Cuando me robó la idea, quise destruirlo.
No matarlo. Destruirlo sobre un tablero.
Que todos vieran que yo podía encontrar algo que él no.
Luego entendí que, incluso si lo lograba, él encontraría una frase para convertir mi victoria en una rareza útil para su leyenda.
Montclar era así. Si uno perdía contra él, lo confirmaba.
Si le resistía, lo estimulaba. Si lo vencía, le ofrecía material para una frase memorable.
—Y aun así quería que viviera para verlo caer.
—Sí.
—Eso la acerca a muchos sospechosos.
—Lo sé.
Delacroix la observó. La joven no fingía pureza. Eso no la volvía inocente, pero sí reducía el valor de ciertas trampas. Los culpables pueden decir verdades vergonzosas para ocultar una peor; los inocentes, a veces, las dicen porque están hartos de que los demás administren sus emociones.
—Hablemos de su memoria —dijo.
Solange alzó los ojos.
—¿Qué tiene?
—Demasiada precisión.
Richet gruñó.
—Yo preferiría demasiada a ninguna.
—En general, sí —dijo Delacroix—. Pero mademoiselle Perrin recuerda detalles que otros no: el pañuelo sobre la mesa, el botón que Montclar tocó con guante, la frase de Bellanger, la colocación exacta del reloj, los tiempos aproximados de la partida.
Eso puede significar que observó mejor. O que sabía qué debía observar.
La joven se quedó inmóvil.
—¿Cree que yo preparé algo?
—Creo que usted miraba el crimen antes de saber que era un crimen. Eso me interesa.
—Yo miro así las partidas.
—No solo las partidas. También a las personas.
Solange apartó la vista por primera vez.
—En este club, si una no mira, la pisan.
Delacroix aceptó la respuesta con un leve movimiento de cabeza.
—Entonces dígame qué vio antes de que Montclar se sentara.
—Ya lo dije casi todo.
—Casi es una palabra con habitaciones.
Ella respiró hondo.
—Vi a Abel traer la caja de los relojes.
Vi a Viremont levantar la tapa. Vi a Montclar tocar el de caoba con los guantes puestos.
Vi a Bellanger dejar el pañuelo en la mesa lateral.
Vi a Bressan inclinarse para mirar el barniz.
Vi a madame Lenoir decir que ese reloj había medido las grandes partidas del club.
Vi a Montclar sonreír como si todo lo antiguo estuviera allí para servirlo. Vi a Bellanger mirarlo. Vi… —Se detuvo.
Delacroix no la apuró.
—¿Qué vio?
Solange cerró los ojos.
—Vi que Bellanger miraba el botón.
Richet levantó la pluma.
—¿Qué botón?
—El que Montclar había presionado con el guante. El que después quedó de su lado.
—¿Cómo lo miraba?
—No sé explicarlo.
—Inténtelo —dijo Delacroix.
—No como se mira un reloj para saber si funciona. Lo miró como se mira una casilla preparada.
La frase fue precisa y peligrosa. Richet la anotó con cuidado.
—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó el comisario.
—Porque hasta que vimos el guante no entendí que ese primer toque importaba. Y porque Bellanger mira muchas cosas así. Cuando juega, parece que todas las casillas ya existieran para él antes de que los demás las veamos.
—¿Miró alguien más el botón de ese modo?
Solange pensó.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Qué hizo Bellanger después?
—Recogió el pañuelo. Se limpió los dedos. O tal vez solo lo dobló. No sé.
Delacroix se inclinó apenas.
—¿Antes o después de que Montclar tocara el botón con el guante?
Solange abrió los ojos. La pregunta la obligó a volver a la escena con más precisión.
—Después.
—¿Está segura?
—Sí. Montclar presionó el botón, hizo un comentario sobre el pulso del reloj, Bellanger miró, Montclar dijo lo del pañuelo blanco, Bellanger respondió que no pensaba rendirse. Luego recogió el pañuelo.
—¿Con qué mano?
—La derecha.
—¿La misma que usó para jugar?
—Sí.
—¿Y llevaba guante?
Solange negó despacio.
—No. Se había quitado uno. El derecho, creo. El izquierdo todavía lo tenía puesto.
Richet dejó de escribir.
—Eso no lo había dicho nadie.
—No estaba segura.
—¿Y ahora?
—Lo estoy viendo.
Delacroix la miró con atención. En su rostro no había teatro. Había esfuerzo. La memoria, cuando se activa así, no parece una imagen clara desde el principio; parece una habitación oscura donde de pronto alguien abre una contraventana.
—¿Por qué se quitó solo el guante derecho? —preguntó Richet.
Solange miró a Delacroix, como si esperara que él supiera si la respuesta importaba.
—Porque iba a jugar con esa mano. Muchos jugadores se quitan primero el guante de la mano con que mueven. Luego el otro. No es extraño.
—¿Y tocó algo con la mano derecha desnuda?
—El pañuelo. El borde de la mesa. No recuerdo más.
—¿El reloj?
Ella cerró los ojos otra vez. El silencio se estiró.
—No.
Delacroix la observó.
—Esa respuesta le costó.
—Porque quise verlo tocándolo. Habría sido más sencillo.
—La verdad rara vez ayuda tanto.
—No lo tocó. Al menos no que yo viera.
—Pero miró el botón.
—Sí.
—Y recogió el pañuelo después.
—Sí.
Richet se frotó el bigote.
—Eso sigue sin probar nada.
—No —dijo Delacroix—. Pero sitúa la atención de Bellanger en el lugar exacto antes de que el lugar fuera importante para todos.
Solange abrió los ojos.
—Él sabía.
La frase salió casi en un susurro. No como acusación triunfal, sino como descubrimiento que le desagradaba.
—Quizá —dijo Delacroix.
—No diga quizá.
—Es una palabra modesta. La necesitamos.
—Bellanger sabía que ese botón importaba.
—O sabía que Montclar acababa de tocarlo y le irritaba la teatralidad del gesto.
Solange negó.
—No. Era otra mirada.
—¿Lo odiaba usted lo suficiente para querer que fuera culpable?
La joven recibió la pregunta sin ofenderse. Eso también la distinguía.
—No odio a Bellanger.
—¿Lo admira?
—A ratos.
—Está usted llena de admiraciones incómodas.
—El ajedrez produce eso. Los mejores jugadores suelen ser peores personas que sus partidas.
Richet hizo un ruido bajo.
—Voy a fingir que entiendo.
Solange miró hacia la puerta cerrada, detrás de la cual el salón esperaba.