Capítulo 20 — La trayectoria de la mano #3
—No recuerdo haber dejado el pañuelo.
—Lo hizo —dijo Solange—. Porque Montclar lo miró y dijo algo.
—¿Qué?
La joven tragó saliva.
—Dijo: “Hasta sus rendiciones son blancas, Bellanger.”
El rival cerró los ojos.
—Sí.
La frase le devolvió la memoria.
—Recuerdo eso.
—Y usted respondió —continuó Solange—: “No se preocupe. Hoy no pienso rendirme.”
El silencio volvió a cerrarse.
Delacroix miró a Richet. El pañuelo había estado cerca de la caja antes de la partida.
Después Bellanger lo usó para limpiarse los dedos.
Más tarde lo conservó hasta arrojarlo sobre la mesa.
Si el pañuelo tenía residuo, podía ser vehículo.
Pero también podía ser otra flecha hacia Bellanger.
¿Quién pudo tocar ese pañuelo? ¿Quién pudo impregnarlo?
¿Bellanger mismo? ¿Alguien mientras estaba sobre la mesa?
¿El contacto con la caja? ¿El caballo negro? La red era casi excesiva.
—Monsieur Bellanger —dijo Delacroix—, ¿dónde estaban sus guantes?
—En mi bolsillo. Luego los dejé sobre la silla.
—¿Se los puso después de tocar el pañuelo?
—No. Me los quité antes de jugar.
—Entonces jugó con las manos desnudas.
—Como siempre.
—Y tocó su propio botón sin problema.
—Sí.
—Si el pañuelo estaba contaminado, usted también habría podido contaminarse.
—A menos que solo lo usara antes de tocar el reloj de Montclar —dijo Richet.
—O que la sustancia no estuviera aún en el pañuelo —añadió Delacroix—. O que el pañuelo solo sirviera para aplicar algo y luego quedara limpio en apariencia. O que todo esto sea teatro.
Richet lo miró con cansancio.
—Me gustaba más cuando odiaba a Bellanger.
—No he dejado de considerarlo.
Bellanger soltó una risa baja.
—Qué consuelo.
Delacroix regresó a la mesa central y observó de nuevo la trayectoria de la mano de Montclar.
La reconstrucción de la caída había confirmado la comprensión final del campeón: intentó llegar al reloj.
Eso era el corazón del capítulo, quizá del caso.
Todo lo demás era una batalla por saber quién había convertido ese objeto en muerte.
—Doctor Rémusat examinó los dedos —dijo Delacroix.
—Sí —respondió Richet.
—Necesitamos saber si la irritación coincide con el botón.
—Lo sabremos cuando analicen el reloj.
—Antes de eso, podemos mirar una cosa.
—¿Cuál?
—¿La mano de Montclar estaba enguantada al llegar?
Viviane respondió:
—Llevaba guantes cuando entró al club. Se los quitó antes de jugar.
Abel asintió.
—Los dejó junto a su abrigo, creo.
—¿Dónde están?
Abel miró hacia el vestíbulo.
—En el guardarropa.
Richet mandó a un agente. Minutos después, volvió con un par de guantes oscuros de cuero fino, protegidos en un paño.
Delacroix no los tocó. Los observó sobre la mesa auxiliar.
El guante derecho tenía en la punta del índice una pequeña marca clara, como si algo lo hubiese rozado o quemado levemente. El izquierdo estaba intacto.
—Interesante —dijo Richet.
—Muy.
—Pero Montclar no jugó con guantes.
—No. Pero tocó el reloj de caoba antes de quitárselos, al elegirlo.
Abel se llevó una mano a la boca.
Solange palideció.
Bellanger miró el guante como si acabara de ver otra pieza aparecer donde no debía.
Delacroix sintió que una parte del mecanismo se aclaraba.
Montclar había tocado el reloj antes de la partida, con guantes.
Quizá allí recibió el primer contacto, protegido en parte por el cuero.
La marca en el guante derecho sugería que algo ya estaba en el botón o en la superficie del reloj antes de empezar.
Luego se quitó los guantes y jugó con la mano desnuda. Cada presión posterior fue más directa.
—Entonces el botón ya estaba preparado cuando Montclar eligió el reloj —dijo Richet.
—Parece probable.
—Eso elimina la aplicación durante la partida.
—No completamente, pero la vuelve menos necesaria.
—Y nos lleva antes. A la caja abierta, a la sala de material, a la sala de análisis.
—Sí.
Delacroix miró a Marguerite. Luego a Bressan.
Luego a Abel. Luego a Bellanger. La marca en el guante derecho era una pista importante porque fijaba el momento: antes de la partida, antes del primer movimiento, quizá incluso antes del cambio de ubicación.
Eso reabría el problema del botón equivocado.
Si la sustancia ya estaba en el botón al elegir el reloj, el asesino todavía necesitaba que ese botón quedara del lado de Montclar.
La provocación de Bellanger era central.
Pero si Montclar tocó el reloj al elegirlo, ¿tocó precisamente el botón que luego usaría?
¿O una parte cualquiera? ¿La marca del guante provenía del botón o de la caja?
Había que reconstruir también esa elección.
—¿Cómo tomó Montclar el reloj al elegirlo? —preguntó.
Abel respondió:
—Por arriba. Lo levantó un poco. Tocó un botón con el dedo enguantado. Dijo que seguía teniendo buen pulso.
—¿Qué botón?
Abel cerró los ojos.
—No lo sé.
Solange habló:
—El mismo.
Todos la miraron.
—¿Está segura? —preguntó Richet.
—Sí. Lo recuerdo porque Bellanger hizo una mueca cuando Montclar presionó el botón del lado que entonces habría correspondido a él. Como si el campeón ya estuviera usando su tiempo antes de jugar.
Bellanger abrió los ojos con sorpresa amarga.
—Sí.
—Entonces Montclar tocó con guante el botón que luego quedó de su lado después del cambio —dijo Delacroix.
—Sí —dijo Solange.
La línea se cerró.
El botón peligroso había sido tocado por Montclar antes de la partida, cuando aún estaba del lado que habría correspondido a Bellanger.
Luego Bellanger provocó la frase sobre el tiempo.
Montclar pidió mover el reloj. Abel lo desplazó.
El botón pasó a quedar bajo la mano de Montclar.
Después Montclar jugó sin guantes y lo presionó una y otra vez.
El asesino había necesitado la provocación.
O la había previsto.
O la había preparado.
Delacroix miró a Bellanger.
—Monsieur Bellanger, si usted no es el asesino, alguien contó con que usted haría exactamente lo que hizo.
Bellanger sostuvo su mirada.
—Lo sé.
—Y si usted es el asesino, hizo exactamente lo que necesitaba.
—También lo sé.
Había algo extrañamente limpio en esa aceptación doble. Bellanger ya no se defendía con frases. El caso había avanzado más allá de las frases.
Richet ordenó guardar los guantes para análisis.
El salón parecía exhausto. Cada nuevo objeto retirado por los agentes dejaba a los presentes un poco más desnudos.
Primero el reloj. Luego la pieza. Luego el pañuelo.
Ahora los guantes. La casa entera se iba desarmando, como si la policía estuviera llevándose no pruebas, sino las excusas materiales del club.
Delacroix se acercó a la ventana. La lluvia había empezado otra vez, más fina.
En el vidrio, la sala se reflejaba con sus personajes inmóviles.
Pensó en la trayectoria de la mano de Montclar.
Pensó en el guante marcado. Pensó en el botón que empezó del lado de Bellanger y terminó del lado de Montclar.
Pensó en la frase sobre el tiempo, rescatada del pasado y puesta de nuevo en circulación.
La partida era el veneno.
Pero alguien había preparado el primer contacto antes de que la partida empezara.
—Comisario —dijo.
Richet se acercó.
—¿Sí?
—Necesito hablar con Solange a solas. Después con Abel. Y luego, otra vez, con Bellanger.
—¿En ese orden?
—En ese orden.
—¿Por qué?
Delacroix miró a la joven, que seguía junto al tablero auxiliar, pálida y firme.
—Porque mademoiselle Perrin ha visto casi todos los gestos importantes. Y porque, hasta ahora, ha recordado siempre un segundo antes que los demás.
Richet observó a Solange.
—¿Sospecha de ella?
—Sospecho de su memoria.
—Eso no es delito.
—No. Pero en un club que ha vivido de corregir recuerdos durante veintidós años, una memoria demasiado precisa puede ser arma, refugio o herida.
Solange levantó la vista, como si hubiese oído su nombre aun sin oír la frase. Delacroix sostuvo su mirada. En ella no vio miedo, sino algo más difícil: la conciencia de que el tablero ya no pertenecía a los viejos.
Y quizá, pensó, nunca había pertenecido solo a ellos.