Capítulo 20 — La trayectoria de la mano #2
—Montclar no recibió el veneno en una copa.
No en una comida. No por una mano que se acercara entre el público.
Lo recibió obedeciendo las reglas del juego.
Cada movimiento lo obligaba a presionar el reloj.
Cada presión repetía el contacto. El veneno no necesitaba matar de una vez.
Al contrario. Necesitaba tiempo. Necesitaba una secuencia.
Necesitaba que Montclar siguiera jugando.
Bellanger cerró los ojos.
—Cada jugada.
—Sí —dijo Delacroix—. Cada jugada.
—Cada vez que yo…
No terminó la frase.
—Cada vez que usted prolongaba la posición —dijo Delacroix—, el mecanismo tenía otra oportunidad.
Bellanger abrió los ojos. Había en ellos una mezcla insoportable de culpa y negación.
—No lo sabía.
—Quizá.
—No lo sabía.
—Quizá.
Esta vez el quizá no sonó como evasión, sino como la única piedad posible.
Richet se acercó a Delacroix y habló en voz baja, aunque todos podían oírlo.
—¿Cómo se aplica un veneno así sin que nadie lo vea?
—Con anticipación o durante un gesto breve. Todavía debemos probarlo.
—Pero el mecanismo es ese.
—Sí.
—Y el asesino tenía que saber que Montclar tocaría ese botón muchas veces.
—Sí.
—Y que Bellanger alargaría la partida.
—Sí.
—O que podría ser inducido a hacerlo.
—Sí.
El comisario soltó una respiración lenta. A veces, pensó Delacroix, la policía teme menos al crimen que a su inteligencia.
—¿Quién podía saber todo eso? —preguntó Richet.
Delacroix miró el salón.
—Quien conocía a Montclar. Quien conocía a Bellanger. Quien conocía el reloj. Quien conocía la frase sobre el tiempo. Quien conocía el programa y sabía que una pausa podía frustrarlo. Quien podía moverse entre archivo, sala de análisis y sala de material sin despertar sospechas.
—Eso sigue siendo demasiada gente.
—Menos que antes.
Abel Cavaillon habló desde la puerta, con voz baja:
—No era el reloj que debía usarse.
Todos se volvieron hacia él.
Richet frunció el ceño.
—¿Qué dice?
Abel tragó saliva.
—El reloj de caoba no era el que yo había preparado primero.
Delacroix sintió un pequeño golpe interior. No una sorpresa completa: una confirmación de que aún faltaba una pieza.
—Explíquese.
Abel avanzó unos pasos, muy despacio.
—Para la partida central, monsieur Viremont me pidió por la mañana que preparara el reloj alemán. Más preciso, más fiable. Lo limpié y lo dejé listo. El de caoba lo limpié también, por si el comité quería mostrarlo en la mesa de exhibición, pero no era el previsto para la partida.
Viremont se volvió hacia él, desconcertado.
—Abel…
—Es verdad, monsieur.
Richet miró al presidente.
—¿Usted pidió el reloj alemán?
Viremont parpadeó.
—Sí. Al principio sí. Pensé que era mejor para una partida seria.
—¿Y por qué terminó usándose el de caoba?
Viremont no respondió.
Marguerite Lenoir lo hizo desde la vitrina:
—Porque una partida conmemorativa debía jugarse con el reloj histórico.
—¿Lo decidió usted? —preguntó Richet.
—Lo sugerí.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
Abel negó despacio.
—No. Esta mañana no. Después.
La viuda lo miró.
—Cuidado, Abel.
El encargado no bajó la vista.
—No más.
El salón se tensó de nuevo.
—¿Después cuándo? —preguntó Delacroix.
Abel respiró hondo.
—Después de que monsieur Bellanger llegó a la sala de análisis.
Bellanger se puso de pie.
—Eso es falso.
Abel se volvió hacia él.
—No digo que usted lo pidiera. Digo que fue después.
Richet levantó una mano.
—Uno por vez. Abel, continúe.
—Yo llevé agua a monsieur Bellanger. Al volver, encontré a madame Lenoir en el corredor con monsieur Viremont.
Hablaban de la mesa central. Ella decía que usar el reloj alemán era admitir que el club desconfiaba de sus propios símbolos.
Viremont cedió. Me ordenó llevar ambos relojes al salón y dejar que Montclar eligiera. Pero todos sabíamos cuál elegiría.
Delacroix miró a Marguerite.
—El de caoba.
—Cyrille lo prefería —dijo ella.
—Y usted lo sabía.
—Todos lo sabían.
—Pero no todos insistieron en que estuviera disponible.
Marguerite sostuvo su mirada sin pestañear.
—No maté a Cyrille.
—No he dicho todavía que lo hiciera.
—Pero se acerca.
—Me acerco a los gestos. Las conclusiones suelen venir detrás, si no se las asusta.
Richet se volvió hacia Viremont.
—¿Es cierto?
El presidente parecía descompuesto.
—Sí. Marguerite insistió en que el reloj de caoba debía estar en la mesa. Yo acepté traer ambos para evitar una discusión.
—Otra vez evitó una discusión.
Viremont cerró los ojos.
—Sí.
Delacroix sintió que la estructura se precisaba.
El reloj de caoba no había sido inevitable desde el inicio.
Alguien había tenido que devolverlo al centro.
Marguerite, sí. Pero eso aún no bastaba.
Si ella quería preservar símbolos, su insistencia era coherente sin crimen.
Sin embargo, para un asesino, hacer que el reloj de caoba estuviera disponible era imprescindible.
¿Quién sabía que Marguerite insistiría? ¿O quién la empujó a hacerlo?
—¿Quién mencionó primero que el reloj alemán parecía inadecuado? —preguntó Delacroix.
Viremont dudó.
Marguerite respondió:
—Yo.
Pero Solange, desde el tablero auxiliar, levantó la cabeza.
—No.
La viuda se volvió hacia ella.
—¿Perdón?
Solange se puso de pie. Su rostro estaba pálido, pero la voz salió firme.
—Usted lo dijo en el corredor. Pero antes, en la sala de análisis, yo oí a monsieur Bressan bromear con que el reloj alemán parecía comprado para una oficina de seguros. Dijo que la prensa preferiría el de caoba, que daba mejor en las fotografías.
Bressan dio un paso atrás.
—Eso fue una tontería.
—Tal vez —dijo Delacroix—. Pero las tonterías, en esta casa, parecen trabajar mucho.
Bressan alzó las manos.
—No pretendía nada. Hablábamos del volumen, de las fotografías, del acto. El reloj de caoba era más bonito. Eso es todo.
Irène Louviers habló:
—También lo dijo delante de mí. Y añadió que los símbolos bien colocados hacen olvidar las facturas mal ordenadas.
Bressan la fulminó con la mirada.
—Usted tergiversa todo.
—Es mi oficio, según usted.
Delacroix pensó. Bressan había favorecido el reloj de caoba por estética y reputación.
Marguerite por simbolismo. Viremont cedió por evitar conflicto.
Montclar lo eligió por costumbre y control.
Bellanger lo aceptó por una cortesía venenosa o aparente.
Todos habían llevado el reloj al centro por razones distintas.
Eso no diluía la culpa. La escondía mejor.
—El asesino no necesitaba ordenar nada —dijo Delacroix.
Richet lo miró.
—¿Qué?
—No necesitaba imponer el reloj. Solo necesitaba saber que todos, por vanidad, tradición, estética o miedo, lo llevarían hasta la mesa.
—Eso no ayuda a elegir culpable.
—Ayuda a entender el crimen.
Bellanger habló desde su silla:
—El crimen estaba preparado para el club entero.
Delacroix se volvió hacia él.
—Sí.
—Montclar era la víctima, pero el método necesitaba que todos fueran fieles a sí mismos.
—Exactamente.
Esa palabra hizo que el salón pareciera encogerse.
Fieles a sí mismos. Bressan a la imagen.
Marguerite al símbolo. Viremont a la cobardía.
Montclar al control. Bellanger al rencor.
Abel al servicio. Solange a la precisión.
Irène al relato. Viviane al pasado. El asesino había construido una máquina moral con los materiales disponibles.
El veneno estaba en el botón, sí. Pero el mecanismo era humano.
Richet se acercó a Abel.
—Cuando decidió llevar ambos relojes, ¿quién los tocó?
—Yo. Solo yo al principio.
—¿Y después?
—Los dejé en la caja sobre la mesa lateral del salón. Viremont levantó la tapa para mostrarlos a Montclar. Montclar tocó el de caoba. Bellanger estaba cerca. Madame Lenoir también. Bressan miraba desde atrás. Mademoiselle Perrin y madame Louviers estaban cerca de la biblioteca.
—¿La caja quedó abierta?
—Unos minutos.
—¿Sin vigilancia?
Abel bajó la mirada.
—Yo estaba atendiendo las sillas.
Richet cerró los ojos.
—Naturalmente.
Delacroix sintió que el momento de aplicación podía haber ocurrido allí: caja abierta, dos relojes, público distraído por saludos y jerarquías, Montclar aún sin sentarse, Bellanger cerca, Marguerite defendiendo el símbolo, Viremont mediando, Abel ocupado.
Un gesto breve sobre el botón. O antes, en la sala de material. Todavía no había certeza.
—¿Quién se acercó a la caja abierta? —preguntó.
Abel pensó.
—Montclar. Viremont. Bellanger miró desde el otro lado.
Madame Lenoir se acercó para decir que el reloj de caoba había pertenecido a los primeros años del club.
Solange pasó cerca con unas planillas. Bressan se inclinó para ver si el barniz estaba en buen estado para las fotografías.
Irène estaba detrás de él. No recuerdo más.
Richet se llevó una mano a la cara.
—Todos, entonces.
—No todos —dijo Delacroix—. Viviane llegó después.
Viviane, desde el ventanal, asintió de nuevo.
—Y Abel estaba ocupado.
—Abel pudo prepararlo antes —dijo Richet.
—Sí.
El encargado no protestó. Parecía demasiado cansado para defenderse cada vez que su nombre pasaba junto al reloj.
Delacroix miró a Solange.
—Usted pasó cerca con planillas.
—Sí.
—¿Tocó la caja?
—No.
—¿El reloj?
—No.
—¿Vio a alguien hacerlo?
Solange cerró los ojos.
—Montclar lo levantó.
—Eso lo sabemos.
—Bressan tocó la caja, no el reloj. Viremont la tapa. Marguerite puso la mano sobre el borde de la mesa. Bellanger… —Se detuvo.
Bellanger la miró.
—Dígalo.
—Bellanger no tocó el reloj. Pero dejó el pañuelo sobre la mesa un momento.
Richet se enderezó.
—¿Qué pañuelo?
—El blanco. El que entregó hace un rato. Lo dejó junto a la caja mientras se quitaba los guantes.
Bellanger frunció el ceño.
—No lo recuerdo.
—Yo sí —dijo Solange.
—¿Cuándo? —preguntó Delacroix.
—Antes de la discusión sobre la ubicación. Antes de sentarse. Estaba de pie. Dejó el pañuelo doblado sobre la mesa lateral, cerca de la caja de los relojes. Luego se quitó un guante, tocó… —Volvió a detenerse.
—¿Qué tocó?
—El borde de la caja. No el reloj. Creo.
Bellanger parecía verdaderamente confundido.