Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 20 — La trayectoria de la mano
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Capítulo 20 — La trayectoria de la mano

La mesa central volvió a convertirse en el único lugar importante del Círculo Philidor.

Durante horas todos habían mirado cartas, márgenes, piezas antiguas, cuentas dudosas, carpetas conmemorativas y viejos nombres arrancados a la comodidad del olvido.

El crimen había ido abriéndose en capas, como si Cyrille Montclar no hubiera muerto de una sola muerte, sino de todas las mentiras que lo habían sostenido y rodeado.

Pero Delacroix sabía que una investigación no podía vivir indefinidamente de motivos.

Los motivos son abundantes, generosos, casi vulgares.

Lo difícil es encontrar el gesto exacto en que un deseo se convierte en acto.

Y ese gesto, pensaba ahora, estaba en la mesa.

No en la historia de Lyon.

No en la carta de Henri.

No en la humillación de Bellanger, ni en las cuentas de Bressan, ni en la devoción feroz de Marguerite Lenoir.

En la mesa.

En la mano de Montclar.

Richet se acercó con prudencia, como si ya hubiera comprendido que la escena no debía tocarse más de lo necesario.

La mesa seguía acordonada de manera improvisada.

Las piezas habían quedado desordenadas después del golpe del cuerpo, pero no se las había recolocado.

Delacroix agradeció esa torpeza policial elevada por fin a virtud.

Un salón como aquel habría querido ordenar de inmediato; la policía, por simple desconfianza, había conservado el desorden.

Solange Perrin se colocó a la izquierda de Delacroix.

Estaba pálida, pero sus ojos habían recuperado esa fijeza de jugadora que la volvía más adulta que muchos de los hombres presentes.

Bellanger se quedó unos pasos atrás. No pidió participar.

No se ofreció. Solo miraba la mesa con una tensión casi insoportable, como si cada pieza fuera a pronunciar una acusación en un idioma que únicamente él podía entender.

Marguerite Lenoir permaneció junto a la vitrina, erguida, pero por primera vez su postura parecía menos una sentencia que una defensa.

Abel Cavaillon observaba desde la puerta del corredor, con las manos unidas.

Viviane Marceau se acercó lo suficiente para ver sin invadir.

Irène Louviers, privada de libreta, memorizaba con la ferocidad de quien sabe que el relato se está escribiendo sin tinta.

Viremont y Bressan, separados, parecían haber perdido el derecho a formar bloque.

—Nadie toca nada —dijo Richet.

—Una orden admirablemente tardía —murmuró Delacroix.

—No me provoque. Empiezo a entender los relojes y eso me ha puesto de mal humor.

Delacroix observó la posición. Algunas piezas habían caído sobre el paño; otras se habían desplazado apenas; dos habían rodado hasta el borde de la mesa.

El rey blanco estaba tumbado cerca de la casilla donde no debía estar.

Una torre blanca aparecía ladeada, como si hubiera sido empujada por el antebrazo de Montclar al caer.

Un alfil negro había quedado de costado, fuera de su diagonal.

Un peón blanco descansaba cerca de la marca donde antes había estado el reloj.

Y un caballo negro, no el de Marchand sino el de la partida oficial, había sido desplazado hacia el espacio vacío del reloj, casi tocando la zona donde el botón de Montclar habría estado.

—Mademoiselle Perrin —dijo Delacroix—, antes de la caída, ¿cuál era la posición exacta de estas piezas?

Solange tragó saliva. Luego se inclinó, sin tocar nada, y empezó a señalar.

—El rey blanco estaba aquí. La torre blanca en esta casilla. El alfil negro aquí. El caballo negro aquí, más atrás. El peón blanco no estaba tan cerca del reloj. Cayó o fue arrastrado.

—¿Arrastrado por qué?

—Por la mano de Montclar, imagino.

—No imagine todavía. Reconstruya.

Ella asintió. Delacroix pidió el tablero auxiliar.

Con ayuda de Solange, reprodujeron la posición inmediatamente anterior a la última jugada de Montclar.

Bellanger corrigió un detalle, esta vez sin aspereza.

La joven aceptó la corrección con un leve gesto.

La muerte, al menos por unos segundos, había impuesto una tregua ajedrecística.

—Ahora la jugada que hizo Montclar —dijo Delacroix.

Solange movió la torre.

—Así.

—¿Con qué mano?

—La derecha —dijo Bellanger.

Viviane confirmó desde atrás:

—Siempre movía con la derecha.

—Después presionó el botón —dijo Delacroix.

—Sí —respondieron casi al mismo tiempo Bellanger y Solange.

—Y cayó.

Richet miró la mesa original.

—Eso ya lo sabemos.

—No del todo.

Delacroix pidió una silla y la colocó donde había estado Montclar.

No se sentó aún. Miró primero la distancia entre el tablero y el espacio vacío del reloj.

La mano derecha del jugador debía moverse desde la torre hasta el botón.

Un recorrido breve, casi automático. Mover, soltar pieza, desplazar dedos hacia el reloj, presionar, retirar la mano.

Un gesto repetido decenas de veces durante la partida.

Tan repetido que dejaba de ser decisión y se convertía en reflejo.

—Monsieur Bellanger —dijo.

El rival levantó la vista.

—Necesito que se siente donde estaba.

Richet lo miró de inmediato.

—¿Es necesario?

—No tocará nada.

Bellanger se acercó sin protestar. Se sentó en la silla del jugador negro, frente al lugar vacío de Montclar. Por un instante, la sala entera pareció retroceder a la partida. Faltaban el cuerpo y el reloj, pero el odio antiguo ocupó el aire con una facilidad indecente.

—Mademoiselle Perrin —continuó Delacroix—, usted se sentará donde estaba Montclar, pero no tocará la mesa.

Solange obedeció. Al ocupar la silla del muerto, se puso aún más pálida. Viviane dio un pequeño paso, como si quisiera impedírselo, pero se contuvo. La joven apoyó las manos sobre su regazo, lejos del tablero.

—Ahora —dijo Delacroix—, reproduzca el movimiento sin mover la pieza real. Solo el gesto.

Solange alzó la mano derecha, la llevó hacia la torre del tablero auxiliar, simuló la jugada y luego desplazó los dedos hacia el reloj sustituto colocado en la misma posición que el original. Presionó el botón imaginario. Retiró la mano.

—Otra vez —pidió Delacroix.

Ella repitió.

—Más cansada.

Solange lo miró.

—¿Cómo?

—Como Montclar al final. Con menos control. Con la respiración difícil. Con la mano poco obediente.

Bellanger bajó los ojos. Marguerite no se movió.

Solange repitió el gesto, esta vez con una torpeza deliberada. La mano fue hacia la torre, vaciló, volvió, presionó el botón con más peso que precisión y se retiró de manera irregular. Delacroix observó el arco de los dedos. Luego miró la mesa original.

—No basta —dijo.

—¿Qué no basta? —preguntó Richet.

—Ese gesto no derriba esas piezas en esa dirección.

Solange se quedó inmóvil.

Bellanger levantó la cabeza.

—¿Qué quiere decir?

Delacroix no respondió. Se acercó a la mesa original y señaló sin tocar.

—Si Montclar movió la torre, presionó el botón y cayó hacia adelante, su mano debía arrastrar piezas en una línea más directa: torre, quizá rey, quizá peones cercanos. Pero este caballo negro quedó desplazado hacia el reloj. Y el peón blanco, también. No parece solo una caída hacia el tablero.

Richet se inclinó.

—¿Entonces?

—Parece un gesto lateral.

—¿Voluntario?

—Quizá. O un reflejo de rechazo.

Bellanger se levantó a medias.

—Quiso apartar el reloj.

El silencio fue inmediato.

Delacroix miró al rival.

—Eso pensaba.

Bellanger se sentó de nuevo, lentamente, como si la frase le hubiera quitado fuerza a las piernas.

—Lo vio —dijo.

—Tal vez.

—Montclar lo vio.

Viviane cerró los ojos. Marguerite apretó el bastón. Abel Cavaillon murmuró algo que nadie entendió.

Delacroix volvió al tablero auxiliar. Se sentó ahora en la silla de Montclar.

No tocó las piezas. Colocó su mano derecha en el aire, sobre la trayectoria final: pieza, botón, retirada.

Luego imaginó la quemazón o la molestia en los dedos, repetida una y otra vez.

Imaginó la mirada al reloj. Imaginó la comprensión tardía.

Un hombre orgulloso, debilitado, pero aún lúcido por ráfagas.

Un hombre que ve que el objeto más neutral de la partida no mide solo su tiempo: lo consume.

Entonces, después de presionar, o quizá en el mismo instante de hacerlo, la mano no vuelve al tablero.

Intenta apartar el reloj. No con fuerza suficiente para derribarlo.

No con claridad suficiente para señalarlo.

Solo un gesto lateral, desesperado, que roza piezas, empuja un peón, desplaza un caballo, cae sobre el paño y arrastra el caos hacia el lugar del objeto ausente.

—Montclar no derribó las piezas solo al caer —dijo Delacroix—. Intentó llegar al reloj.

Richet miró el espacio vacío.

—Para señalarlo.

—O para apartarlo. O para impedirse tocarlo otra vez, aunque ya no habría otra vez.

—Pero si ya había presionado…

—Entonces era tarde.

La frase no necesitó más explicación.

Solange se llevó una mano a la boca. Irène Louviers no pudo anotar, pero sus ojos escribieron la escena con brutal claridad. Viviane miraba el vacío del reloj como si allí hubiera quedado una parte del hombre que había amado y odiado. Marguerite Lenoir, por primera vez, pareció envejecer de golpe.

—Un campeón no abandona —murmuró ella.

Delacroix la oyó.

—No. Incluso cuando debería.

La viuda no respondió.

Richet caminó alrededor de la mesa. Ya no parecía irritado por la teoría del reloj. Parecía irritado por comprenderla.

—Entonces el reloj era el arma.

—No exactamente.

—No me haga perseguir palabras.

—El reloj era el medio. El arma fue la partida.

El comisario se detuvo.

Delacroix se levantó de la silla de Montclar. Miró a los presentes. Ninguno habló.