Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 19 — La carta de Henri #3
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Capítulo 19 — La carta de Henri #3

—Cyrille iba a usar a mi marido para herirme.

A Bellanger para engrandecerse. A Marchand para parecer justo.

A Solange para parecer generoso. A Viremont para parecer valiente.

A Bressan para parecer incorruptible. Habría convertido la verdad en una pieza más de su vanidad.

No lo maté, monsieur Delacroix. Pero si busca a alguien que llorara la oportunidad perdida de verlo callar, no me busque a mí.

—¿Dónde debo buscar?

Marguerite miró hacia el salón.

—En quien necesitaba que Cyrille callara sin que la verdad muriera del todo. Esa persona no quería silencio. Quería quedarse con el relato.

Delacroix sostuvo su mirada.

—Interesante.

—No. Triste.

La viuda salió.

Richet cerró la puerta tras ella, pero no de inmediato. Durante unos segundos ambos escucharon el sonido de su bastón alejándose por el corredor, regular, firme, casi militar. Luego el comisario volvió a la mesa.

—Confesó Lyon, el margen, la conversación, la amenaza moral y el motivo. Me basta para detenerla por media docena de cosas, aunque quizá ninguna sea matar a Montclar.

—Exacto.

—No diga exacto como si eso ayudara.

—Ayuda a no equivocarnos de muerte.

Richet se dejó caer en la silla.

—¿Entonces no es ella?

Delacroix miró la carta de Henri.

—No lo sé todavía. Pero si lo fuera, algo no encaja.

—¿Qué?

—Marguerite quería impedir que Montclar usara la verdad de Henri.

Pero ahora la verdad está fuera. La carta se ha leído.

Lyon se ha abierto. Marchand ha vuelto. Bellanger sabe que quizá no fue traicionado por su amigo.

Si Marguerite mató para proteger la memoria, ha logrado exactamente lo contrario.

—Los crímenes salen mal.

—Sí. Pero este salió mal con una precisión admirable.

Richet frunció el ceño.

—Eso suena a otra de sus frases que después tendré que entender.

Delacroix no respondió. Volvió a pensar en la frase final de Marguerite: alguien quería que Cyrille callara sin que la verdad muriera del todo.

Quedarse con el relato. ¿Quién se beneficiaba de que la historia de Lyon emergiera después de la muerte de Montclar, pero sin que Montclar pudiera administrarla?

Bellanger, quizá. La verdad limpiaba en parte su vieja derrota y, al mismo tiempo, la muerte de Montclar lo dejaba en el centro de la partida final.

Pero también lo incriminaba. ¿Habría aceptado ese riesgo?

Un hombre como Bellanger podía aceptar riesgos si el diseño le parecía hermoso.

Y sin embargo su reacción ante la carta de Henri había parecido demasiado cruda para estar prevista.

Solange, quizá, quería verdad sin Montclar apropiándose de ella. Abel también. Irène quería relato. Marguerite quería control. Bressan quería distracción. Viremont quería tiempo. Todos podían querer alguna parte del resultado. Pero solo uno había preparado el botón.

El comisario tomó la carta de Henri y la guardó de nuevo.

—¿Ahora qué?

Delacroix miró hacia la puerta.

—Ahora necesitamos dejar de escuchar lo que todos querían que Montclar no dijera.

—¿Y escuchar qué?

—Lo que Montclar intentó decir cuando ya no podía hablar.

Richet lo miró.

—¿La mirada al reloj?

—La mirada. La mano. La última jugada. La presión del botón. Todo eso fue su última declaración.

—Los muertos no declaran.

—Los jugadores sí, comisario. Incluso cuando se equivocan de pieza.

Delacroix abrió la puerta y salió al salón.

La conversación se apagó al verlo. Marguerite había vuelto a su lugar junto a la vitrina, pero la sala ya no la miraba igual.

Bellanger estaba de pie, inmóvil, con el rostro pálido y los ojos clavados en la nada.

Abel lo observaba como si acabara de descubrir que veintidós años de reproches habían elegido mal su blanco.

Solange tenía los labios apretados. Viviane miraba a todos con una tristeza que no excluía a nadie.

Irène parecía memorizar hasta la respiración del aire.

Bressan y Viremont estaban separados por primera vez desde el inicio de la tarde.

Delacroix caminó hasta el tablero central.

La última declaración de Montclar estaba allí, desordenada por el golpe de su cuerpo. Pero quizá no del todo perdida.

—Mademoiselle Perrin —dijo.

Solange se acercó.

—Sí.

—Necesito reconstruir no la partida, sino la caída.

Ella palideció.

—¿La caída?

—La mano de Montclar derribó piezas. Quizá por accidente. Quizá no. Necesito saber cuáles cayeron, dónde estaban antes y qué tocó al caer.

Bellanger levantó la cabeza.

—¿Cree que dejó una señal?

Delacroix miró el rey blanco tumbado, la torre desplazada, un caballo negro caído cerca del borde y el espacio vacío donde había estado el reloj.

—No lo sé.

—Montclar no habría pedido ayuda con símbolos baratos.

—No. Pero un hombre que comprende demasiado tarde puede intentar apartar la mano del lugar que lo mata.

El salón quedó quieto.

Delacroix miró la mesa.

—Y si su mano apartó algo al caer, quizá nos dijo qué había visto.

El silencio volvió a llenarse del tac imaginario del reloj ausente.

Por primera vez en toda la investigación, Delacroix no miró a los sospechosos.

Miró únicamente la trayectoria de la mano muerta.