Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 19 — La carta de Henri #2
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Capítulo 19 — La carta de Henri #2

Marguerite levantó las manos enguantadas apenas.

—Estoy acostumbrada.

Richet golpeó la mesa con la pluma.

—¿Por qué escribió eso?

—Porque Montclar dijo que Bellanger la recordaría. Yo lo anoté como comentario para el capítulo.

—¿Cuándo?

—Ayer por la tarde.

—¿Y luego intentó borrarlo?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque entendí que era demasiado cruel incluso para un volumen conmemorativo.

—¿O porque después de la muerte de Montclar comprendió que lo incriminaba todo?

Marguerite sostuvo su mirada.

—También.

Delacroix la observó en silencio. Esa era una respuesta importante.

La viuda no se defendía de todo; seleccionaba los territorios donde aún podía mantener dignidad.

Había escrito la frase, había intentado borrarla y la marca había quedado.

Eso explicaba las virutas de goma en la sala de análisis si la carpeta había estado allí.

Pero también confirmaba que el contenido de la anotación estaba disponible para cualquiera que hubiese visto la página antes de que fuera borrada del todo.

—¿Quién pudo leerla? —preguntó Delacroix.

—Cualquiera que abriera la carpeta después.

—¿Bellanger?

—Si estuvo en la sala de análisis y la carpeta estaba allí, sí.

—¿La carpeta estaba allí cuando usted borró la frase?

—Sí.

—¿Cuándo lo hizo?

—Antes de la recepción. No recuerdo la hora exacta. Quizá una hora antes de la partida.

—¿Estaba sola?

—No.

Richet se inclinó.

—¿Quién estaba?

Marguerite tardó un segundo.

—Solange entró un momento.

La joven, afuera, no podía oírla, pero su nombre pareció de todos modos alterar el aire de la biblioteca.

—¿Solange la vio borrar la frase?

—Creo que sí.

—¿Y alguien más?

—Bellanger pasó por la puerta.

Delacroix se enderezó.

—¿Pasó o entró?

—Pasó. Se detuvo. Preguntó si la sala de análisis estaba libre.

—¿Vio la carpeta?

—No lo sé.

—¿Vio la página?

—No lo sé.

—¿Usted cerró la carpeta?

Marguerite no respondió enseguida.

—No.

—Entonces pudo verla.

—Pudo.

Richet exhaló con fuerza.

—Madame Lenoir, cada vez que dice “pudo”, alguien en esta casa gana un motivo y pierde una coartada.

—La verdad no tiene por qué facilitarle el trabajo.

—No, pero usted sí, si no quiere que la considere sospechosa principal.

Marguerite lo miró sin temor.

—Comisario, tengo ochenta años y he vivido lo suficiente para saber que ser sospechosa principal es, a veces, una forma tardía de protagonismo. No me amenaza tanto como cree.

—La prisión quizá sí.

—La prisión es una palabra grande. A mi edad, casi todo es una habitación cerrada.

Delacroix sintió un rechazo frío ante aquella tranquilidad. Marguerite no era invulnerable; era que había administrado su culpa durante tanto tiempo que ya no distinguía entre castigo y decorado.

—Volvamos al reloj —dijo él—. ¿Lo tocó?

—No.

—¿El de caoba?

—No.

—¿La pieza de Marchand?

—No.

—¿El frasco de cera, los paños?

—No.

—¿Entró en la sala de material después de borrar la frase?

—No.

—¿Antes?

—Sí, por la mañana, con Abel.

—¿Vio el reloj de caoba?

—Sí.

—¿Sabía que Montclar lo elegiría?

—Lo supuse.

—¿Sabía qué lado usaría?

—Jugaría con blancas. Eso estaba decidido.

—Pero no sabía dónde quedaría el botón correspondiente.

Marguerite lo miró con una impaciencia casi honesta.

—Monsieur Delacroix, no maté a Cyrille con un botón. Ni con una pieza, ni con un pañuelo, ni con un veneno de novela. Si hubiera querido impedirle hablar, habría destruido la carta de Henri, no al hombre que la llevaba.

—No podía. Estaba en el archivo privado.

—Podría haberlo hecho antes.

—Pero no sabía que Montclar la había leído hasta hoy.

—Exacto. Y hoy ya no podía destruir todos los documentos.

—Entonces necesitaba destruir la voz.

Richet dijo la frase con dureza. Marguerite no apartó la mirada.

—No destruí nada. Intenté, inútilmente, que Cyrille respetara algo que él no había construido.

—¿Y durante la partida? —preguntó Delacroix—. Cuando lo vio empeorar.

Marguerite tardó en responder. Por primera vez, sus manos se aflojaron sobre el bastón.

—Creí que era miedo.

—¿Miedo?

—O rabia. O debilidad. No física, al principio.

Moral. Creí que la carta, la conversación, la verdad de Henri, todo eso estaba trabajando en él.

Pensé que Bellanger lo estaba obligando a enfrentarse no solo a una posición, sino a una vida entera sostenida por una mentira que él acababa de descubrir.

Y sí, quise que no abandonara. Quise que se quedara sentado.

Quise que soportara el peso de su propia leyenda sin usar la enfermedad como salida.

—¿Y si moría?

—No pensé que moriría.

—¿Pero cuando ya estaba muy mal?

La viuda cerró los ojos. Ese gesto, pequeño y tardío, fue quizá lo más humano que había hecho.

—Cuando comprendí que estaba muy mal, ya era tarde.

—¿Cuándo lo comprendió?

—Cuando miró el reloj.

Delacroix se quedó quieto.

—¿Usted también vio eso?

—Sí.

—¿Qué vio exactamente?

Marguerite abrió los ojos.

—Cyrille había mirado muchas cosas durante la partida: el tablero, a Bellanger, a mí, a Viremont, su copa, sus manos. Pero al final miró el reloj de una manera distinta. No como jugador. Como hombre.

—Explíquese.

—Un jugador mira el reloj para saber cuánto tiempo le queda. Cyrille lo miró como si el reloj le hubiera contestado una pregunta que no quería hacer.

Delacroix sintió que esa observación se unía a la de Bellanger. Montclar había visto algo en el reloj, o había comprendido algo sobre él, justo antes del colapso. La mirada final ya no pertenecía solo al rival. Dos testigos, tan distintos como Bellanger y Marguerite, coincidían en lo esencial.

—¿Y aun así presionó el botón? —preguntó Richet.

—Sí.

—¿Por qué?

Marguerite lo miró con una tristeza breve y feroz.

—Porque era Cyrille Montclar.

La respuesta, en aquella casa, bastaba.

Delacroix caminó hasta la ventana. La biblioteca se había vuelto demasiado pequeña.

Marguerite había confesado la traición de Lyon, la anotación del margen, la conversación con Montclar, su deseo de impedir que hablara, su insistencia moral en que continuara.

Era una sospechosa magnífica. Demasiado magnífica quizá.

Y, sin embargo, la pregunta material seguía intacta: ¿quién preparó el botón?

¿Quién aplicó la sustancia? ¿Quién conocía no solo la historia, sino el método exacto y la manera de garantizar que Montclar presionara la muerte suficientes veces?

—Madame Lenoir —dijo sin volverse—, ¿quién sabía que usted había escrito esa frase en el margen?

—Solange, quizá. Montclar, si volvió a revisar la página. Viremont, tal vez. Abel, si la vio al guardar la carpeta. Bellanger, si la miró al pasar.

—¿Y Bressan?

—No creo que Bressan sepa leer márgenes que no tengan cifras.

Richet soltó un ruido que pudo haber sido una risa involuntaria.

—Cuando borró la frase, ¿dónde dejó la goma?

—Sobre la mesa de análisis.

—¿Y el lápiz?

—En mi bolso.

—¿La goma sigue allí?

Marguerite dudó.

—No lo sé.

Richet abrió la puerta y ordenó a un agente buscar una goma en la sala de análisis, especialmente cerca de la mesa lateral.

Mientras esperaban, nadie habló. El silencio no tenía la misma forma que antes.

Marguerite ya no parecía una viuda altiva interrogada por una policía vulgar; parecía una mujer rodeada por las ruinas de su propia versión.

Y aun así, Delacroix sabía que no estaba vencida.

Las personas como ella no necesitan inocencia para mantenerse de pie. Les basta con sentirse necesarias.

El agente regresó pocos minutos después con una goma pequeña, gris, gastada en un extremo, envuelta en papel.

—Estaba debajo de la mesa lateral, comisario.

Richet la miró.

—¿Suya?

Marguerite inclinó apenas la cabeza.

—Sí.

—Eso confirma que borró allí.

—Nunca lo negué.

—Lo negó tarde.

—No es lo mismo.

Delacroix se acercó a la goma. En uno de los lados había manchas oscuras, quizá grafito mezclado con polvo. Nada extraordinario. Pero en el borde tenía una marca fina, amarillenta, como si hubiera rozado una superficie encerada.

—¿Usó esa goma para otra cosa? —preguntó.

—No.

—¿La dejó caer?

—Debió de caer al guardar la carpeta.

—¿Alguien pudo tomarla?

—Supongo.

Richet cerró la mano alrededor del sobre donde estaba la goma.

—También irá a analizarse.

Marguerite pareció encontrar aquello ligeramente ridículo, pero no protestó.

Delacroix pensó en la sala de análisis: carpeta, frase borrada, goma caída, Bellanger pasando, puerta interior entornada, sala de material a pocos pasos, relojes, pieza de Marchand.

¿Podía la goma ser otro vehículo? ¿Demasiados vehículos?

Pieza, pañuelo, goma, paño, botón. La multiplicación de objetos empezaba a ser sospechosa.

El asesino, si había sido cuidadoso, no necesitaba tantas rutas.

En cambio, alguien que quisiera llenar el caso de residuos, contactos y memorias sí podía dispersar pequeñas manchas para que cada sospechoso pareciera haber tocado el veneno de alguna manera.

Pero el verdadero veneno debía estar en un lugar simple.

El botón.

Siempre el botón.

Richet volvió a sentarse.

—Madame Lenoir, por ahora no puede abandonar el club. Y le advierto que su situación es grave.

—Mi situación fue grave desde que Henri empezó a toser sangre en una habitación donde todos fingían hablar de aperturas.

—No me interesa su filosofía.

—Sí le interesa. Solo preferiría que estuviera escrita en un informe.

Richet la dejó ir con una impaciencia visible. Marguerite se levantó, tomó el bastón y recogió su dignidad como si nada en la biblioteca hubiese logrado arrancársela. Antes de salir, se detuvo junto a Delacroix.

—Usted cree que no maté a Cyrille.

—Creo que usted ayudó a crear el mundo donde alguien pudo matarlo.

—Eso no es absolución.

—No pretendía serlo.

Marguerite asintió.

—Entonces aún conserva cierto sentido de la justicia.

—Procuro no exagerarlo.

Ella miró hacia la carta de Henri.