Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 19 — La carta de Henri
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Capítulo 19 — La carta de Henri

Marguerite Lenoir miró la carta de su marido como quien mira una reliquia que ha caído al barro y decide que, antes de recogerla, conviene recordar a los demás que no están dignos de tocarla.

No extendió la mano. No pidió leerla. No fingió sorpresa.

Aquella ausencia de gestos fue, para Delacroix, más reveladora que cualquier sobresalto.

La viuda no acababa de descubrir que la carta existía.

Acababa de aceptar que los demás, por fin, la habían alcanzado.

Richet permanecía de pie junto a la mesa de la biblioteca, con el documento protegido dentro de un sobre abierto.

La lámpara verde derramaba sobre el papel una luz enfermiza que hacía aún más antigua la tinta de Henri Lenoir.

Viremont se había quedado fuera, en el salón, quizá por prudencia del comisario, quizá porque Marguerite no necesitaba verlo para despreciarlo.

Delacroix ocupaba su lugar habitual junto a la estantería, no demasiado cerca, no demasiado lejos.

Había aprendido que algunas personas confiesan mejor cuando creen que solo corrigen.

—Madame Lenoir —dijo Richet—, ¿reconoce esta carta?

—Sí.

—¿La letra de su marido?

—Por supuesto.

—¿La había leído antes?

—Naturalmente.

—¿Cuándo?

—Cuando llegó. Hace veintidós años.

Richet anotó, aunque la respuesta no necesitaba tinta para pesar.

—Entonces sabe lo que dice.

—Sé lo que quiso decir Henri.

—Eso no siempre coincide con lo que escribió.

Marguerite levantó los ojos hacia él.

—En los hombres vulgares, quizá no.

Richet se inclinó apenas sobre la mesa. No se enfadó. Eso lo hizo más peligroso.

—Su marido escribió: “Si la ocasión exigió corregir la fortuna, no debemos avergonzarnos”. También escribió que Montclar no debía saber cuánto debía a quienes aún creían en la casa. A mí eso me suena a que usted, o su marido, o ambos, intervinieron para que Montclar ganara en Lyon.

—Le suena pobremente.

—Entonces afine.

La viuda respiró despacio. Por primera vez desde que había entrado en la biblioteca, su rostro mostró algo que no era orgullo ni dureza, sino un cansancio extraño, casi íntimo. No el cansancio del cuerpo, sino el de una versión sostenida durante demasiados años.

—Henri se estaba muriendo —dijo—. Ya se lo dije antes.

No de manera teatral. No con pañuelos manchados de sangre ni despedidas de novela barata.

Se estaba apagando por dentro, con una lentitud humillante.

Había sido campeón del club cuando el club importaba.

Había ganado torneos, formado jugadores, presidido comités, escrito artículos que aún se citan.

Y, de pronto, su respiración era una derrota más visible que cualquier partida perdida.

Para un hombre así, morir no era lo peor.

Lo peor era ver que todo aquello que había representado podía pasar a manos indignas.

—¿Bellanger era indigno? —preguntó Delacroix.

Marguerite volvió hacia él una mirada fría.

—Bellanger era brillante. Eso nunca lo negué. Pero no sabía representar. Hay jugadores que ganan una partida y empequeñecen la sala. Otros, incluso cuando son detestables, la agrandan. Cyrille Montclar agrandaba el club. Gaspard Bellanger lo habría convertido en una habitación de rencor.

—Qué curioso. Han necesitado veintidós años para lograrlo entre todos.

La frase la tocó, pero no la desvió.

—Henri creía que el Círculo Philidor necesitaba continuidad. No un ganador cualquiera. Una figura. Alguien que pudiera cargar sobre sus hombros la vanidad de todos los demás. Montclar podía hacerlo. Bellanger, no.

—¿Y Marchand? —preguntó Richet.

Marguerite miró la carta, no al comisario.

—Julien Marchand era un hombre delicado.

—¿Otra palabra para débil?

—No. Esta vez no. Delicado. Inteligente, sensible, incapaz de entender que una idea brillante puede destruir a quien no sabe protegerla.

Delacroix apagó lentamente el cigarrillo en el cenicero.

—Está hablando de la variante.

—Sí.

—La variante que Marchand preparó para Bellanger.

—La variante que habría derrotado a Montclar.

—Y que alguien le hizo llegar a Montclar.

Marguerite no respondió enseguida. Ese silencio fue casi una concesión.

—No a Montclar.

Richet levantó la pluma.

—Explíquese.

—La noche anterior a la reanudación, entré en la habitación de análisis.

Ya lo admití. Encontré papeles. Vi una línea, unos comentarios, una continuación que no comprendí del todo, pero sí lo suficiente para saber que era importante.

No soy una gran jugadora, comisario, pero he vivido demasiados años entre tableros para no reconocer el olor de una posición decisiva.

—Tomó los papeles.

—No.

—¿Los copió?

—No.

—¿Entonces?

Marguerite cerró las manos sobre la empuñadura del bastón.

—Hablé con Henri.

La respuesta produjo un silencio distinto. Richet frunció el ceño.

—Su marido no estaba en Lyon.

—No. Pero podía recibir un telegrama.

Delacroix sintió que una línea vieja terminaba de iluminarse. No un robo torpe de papeles. No Marguerite entrando y entregando las notas a Montclar como una criada de melodrama. Algo más discreto, más propio de aquella gente: una insinuación, un mensaje, una corrección desde lejos.

—¿Qué le envió?

—Una descripción general. No la variante completa. No habría podido. Pero sí la idea. El punto débil que Julien y Bellanger habían encontrado. Henri comprendió enseguida lo bastante para responderme con una recomendación.

—¿Y esa recomendación llegó a Montclar? —preguntó Richet.

—Sí.

—Por usted.

—Por mí.

La palabra quedó en la biblioteca sin adornos.

Delacroix observó a Marguerite. No bajó la cabeza.

No pidió perdón. No parecía orgullosa exactamente, pero tampoco arrepentida de la manera que Richet habría querido.

Aquella mujer no había vivido veintidós años creyéndose criminal; había vivido creyéndose depositaria de una necesidad histórica.

—Entonces traicionó a Marchand —dijo Delacroix.

—No conocía a Marchand.

—Eso no lo salvó.

—No.

—Y traicionó a Bellanger.

—Bellanger era adversario de Montclar.

—No era adversario suyo.

—En aquel momento, cualquiera que pusiera en riesgo el legado de Henri lo era.

Richet dejó la pluma sobre la mesa.

—Eso es una confesión.

—No es una confesión penal, comisario. No sé si traicionar una variante de ajedrez prescribe, pero imagino que ni siquiera ustedes tienen una celda para eso.

—No se esfuerce en tranquilizarme. Puedo encontrar palabras más modernas para cosas antiguas.

Marguerite lo miró con desprecio tenue.

—Haga lo que crea necesario.

Delacroix intervino antes de que la discusión se endureciera sin utilidad.

—¿Montclar sabía entonces que usted lo ayudó?

—No.

—¿Lo supo ahora por la carta de Henri?

—Sí.

—¿Habló con usted después de leerla?

Marguerite sostuvo su mirada.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Esta tarde. Antes de la partida.

Richet se irguió.

—Eso no nos lo dijo.

—Ustedes preguntan a menudo por hechos; rara vez por conversaciones que un cadáver no podrá confirmar.

—Yo pregunto ahora.

Marguerite dejó escapar una respiración breve.

—Viremont me había dicho que Montclar tenía la carta de Henri. Fui a verlo antes de que entrara al salón. Estaba en el corredor, cerca de la biblioteca baja, con el maletín en la mano. Le pedí que no usara la carta.

—¿Le pidió?

—Le exigí.

—¿Y él?

Por primera vez, una sombra de odio auténtico cruzó el rostro de la viuda.

—Sonrió.

Delacroix casi pudo ver la escena. Montclar pálido, alterado, con el orgullo intacto; Marguerite erguida, defendiendo no su inocencia sino la voz de Henri; dos formas distintas de crueldad antigua encontrándose en un corredor antes de que el reloj empezara a medir la muerte.

—¿Qué dijo? —preguntó.

—Dijo que Henri había sido más elegante manipulando desde una cama de enfermo que muchos jugadores sanos ante un tablero. Luego añadió que no pensaba acusarme de nada. Eso fue lo peor.

—¿Por qué?

—Porque acusar habría sido limpio. Cyrille prefería comprender.

Dijo que, durante años, yo había protegido una mentira que ni siquiera le pertenecía del todo.

Que había convertido su victoria en mito sin darle el derecho de saber que el mito estaba contaminado desde el origen.

Dijo que yo no había defendido a Henri, sino mi necesidad de seguir siendo la viuda de un hombre imprescindible.

La frase fue tan cruel que incluso Richet guardó silencio.

—¿Y usted? —preguntó Delacroix.

—Le dije que no hablaría esa noche.

—Eso mismo le dijo a Viremont.

—Sí.

—¿Era una amenaza?

—Era una orden.

—Montclar no parecía hombre de obedecer órdenes.

—No. Por eso sonrió otra vez.

—¿Qué más dijo?

Marguerite apretó el bastón.

—Que hablaría después de vencer a Bellanger. Que primero necesitaba demostrar que, incluso cuando el pasado se corregía a sus espaldas, el presente seguía obedeciéndole. Dijo que Bellanger merecía saber la verdad, pero no antes de perder. Que solo así la verdad tendría forma justa.

—Justa —repitió Richet.

—Cyrille tenía una relación caprichosa con esa palabra.

Delacroix miró la carta de Henri. Montclar, al enterarse de que su vieja victoria no había sido completamente suya, no había sentido vergüenza suficiente para callar ni humildad suficiente para reparar.

Había decidido usar la revelación como arma final contra todos: contra Marguerite, contra Viremont, contra Bressan, contra el club, contra Bellanger.

Incluso contra Marchand, tal vez, porque el muerto antiguo volvería a la sala no como hombre, sino como recurso dramático del campeón.

—¿Lo mató por eso? —preguntó Richet.

Marguerite lo miró con una calma glacial.

—No.

—Tenía motivo.

—Sí.

—Tenía acceso a la sala de material.

—Sí.

—Conocía la frase sobre el tiempo.

—Sí.

—Sabía que Bellanger la recordaría.

—Sí.

—¿Escribió usted esa anotación en el margen?

La pregunta cayó por fin. Marguerite no fingió no entender.

—Sí.

Richet se quedó inmóvil. Delacroix no se sorprendió del todo, pero sintió que una pieza volvía a ocupar su casilla exacta.

—“G.B. la recordará” —dijo el comisario.

—Sí.

—Antes dijo que no era su letra.

—Dije que no lo parecía.

—Eso es mentir con guantes.