Capítulo 18 — El presidente y la pausa que no llegó #3
—Está en el archivo privado, en el despacho del presidente. Puedo llevarlos.
—Lo hará. Ahora.
Salieron de la biblioteca. En el salón, todos alzaron la vista. Viremont evitó mirar a Marguerite, pero Delacroix observó que la viuda lo miró a él. No con curiosidad. Con conocimiento. Como si supiera, por la cara del presidente, qué había dicho. O como si ya lo hubiera previsto todo.
El despacho de Viremont estaba al otro lado del corredor, una habitación sobria con escritorio de nogal, retrato de fundadores y una caja fuerte pequeña escondida detrás de una cortina.
Richet supervisó la apertura. Viremont sacó una carpeta de cuero, vieja, atada con una cinta.
Dentro había correspondencia de Henri Lenoir, actas privadas, algunas fotografías y un sobre amarillento.
El presidente lo sostuvo un momento antes de entregarlo.
—Aquí.
Richet lo tomó. Delacroix leyó por encima cuando el comisario abrió la carta. La letra de Henri Lenoir era elegante, debilitada en algunos trazos. La fecha correspondía a pocos días después del torneo de Lyon. El contenido no confesaba directamente un robo, pero su insinuación era devastadora.
Henri agradecía a Marguerite haber viajado. Hablaba de la necesidad de asegurar que el club no quedara en manos de “hombres brillantes pero incapaces de representar una continuidad”. Mencionaba a Montclar como “el heredero desagradable, pero necesario”. Y en una línea cerca del final decía:
Si la ocasión exigió corregir la fortuna, no debemos avergonzarnos. La historia no premia a quienes dejan su legado en manos del azar.
Richet leyó dos veces.
—Corregir la fortuna.
—Una frase bonita para una trampa —dijo Delacroix.
Viremont parecía a punto de enfermar.
—No prueba que Marguerite robara nada.
—No. Prueba que Henri sabía que algo fue corregido y que lo aprobó.
—Eso es peor para ella —dijo Richet.
—Sí.
Delacroix siguió leyendo. Al final, Henri añadía:
Cyrille no debe saber cuánto debe a quienes aún creen en la casa. Los campeones son más útiles cuando confunden destino con mérito.
La frase era casi perfecta en su crueldad.
Montclar había vivido veintidós años creyendo, o fingiendo creer, que su defensa de Lyon pertenecía a su genio.
Henri y Marguerite tal vez habían ayudado a colocarlo en el trono sin permitirle conocer del todo el precio.
Marchand había sido sacrificado. Bellanger, condenado al segundo lugar.
Y el club había llamado a todo eso continuidad.
—Montclar leyó esto —dijo Richet.
—Sí —respondió Viremont.
—Y pensaba usarlo.
—Sí.
—¿Por qué demonios se lo mostró?
El presidente miró los papeles con una desesperación tranquila.
—Porque pensé que la verdad, puesta en contexto, lo volvería menos cruel.
Delacroix no pudo evitarlo: soltó una risa baja, sin alegría.
—Monsieur Viremont, usted cometió el error más peligroso de la tarde.
—¿Cuál?
—Creer que la verdad mejora a quien la recibe.
Viremont no respondió.
Regresaron al salón con la carta protegida. Richet pidió a Marguerite Lenoir que entrara en la biblioteca. La viuda no se sorprendió. Caminó hacia ellos con el bastón firme. Al pasar junto a Viremont, no lo miró.
—Lo ha hecho —dijo ella.
Viremont palideció.
—Madame…
—Siempre fue usted más débil que malvado, Anatole. No sé por qué me decepciona todavía.
La frase lo dejó sin respuesta. Marguerite entró en la biblioteca. Richet la siguió. Delacroix se detuvo un segundo en el umbral y miró el salón.
Bellanger estaba de pie.
No miraba a Marguerite. Miraba la carta en manos del comisario.
—¿Qué es? —preguntó.
Delacroix sostuvo su mirada.
—Un documento que quizá explica por qué perdió en Lyon.
Bellanger quedó inmóvil.
No hubo grito. No hubo acusación. Solo una quietud repentina, terrible.
—No ahora —dijo Richet.
Bellanger no pareció oírlo.
—¿Marchand?
Delacroix no respondió enseguida.
—Parece que Marchand no fue quien lo traicionó.
La frase alcanzó a Abel Cavaillon como un golpe.
El encargado se llevó una mano a la boca.
Bellanger, en cambio, siguió inmóvil. Durante veintidós años había construido su vida alrededor de una derrota, un robo, una sospecha y una amistad rota.
Ahora, en una noche donde su rival había muerto y su propio odio lo incriminaba, descubría que quizá había castigado al hombre equivocado.
—Julien —dijo Abel, apenas.
Bellanger bajó la cabeza.
Delacroix entró en la biblioteca y cerró la puerta, dejando esa palabra en el salón como una pieza al fin devuelta a su casilla.
Marguerite Lenoir estaba sentada bajo la lámpara verde, erguida, con las manos sobre el bastón.
Richet dejó la carta de Henri sobre la mesa.
—Madame Lenoir —dijo—, creo que ahora hablaremos de algo más que memoria.
La viuda miró la carta. No intentó negarla. No preguntó de dónde había salido.
Solo dijo:
—Henri siempre escribió mejor cuando sabía que no viviría para corregir las pruebas.
Y Delacroix comprendió, con un frío lento, que Marguerite no estaba a punto de defenderse.
Estaba a punto de corregir la historia.