Capítulo 18 — El presidente y la pausa que no llegó #2
—Pudo impedir la pausa para que Montclar muriera antes de hablar.
Viremont se levantó a medias, horrorizado.
—No. No. Eso no.
—Siéntese.
—No lo hice.
—Siéntese.
Viremont obedeció, pero su respiración quedó alterada.
Delacroix lo observó con cuidado. Aquella reacción parecía sincera.
Pero la sinceridad en los hombres culpables de delitos menores no siempre sirve para excluir delitos mayores.
A veces solo indica que les horroriza haber cruzado una línea que, sin embargo, cruzaron sin mirar.
—¿Dónde estaba usted antes de la partida? —preguntó Delacroix.
—En todas partes.
—Eso no es una coartada. Es una confesión de mala organización.
—En la biblioteca, en el salón, en el comedor. Fui al despacho por unas tarjetas. Hablé con Bressan. Hablé con Marguerite. Di instrucciones a Abel. Recibí a algunos socios.
—¿Entró en la sala de material?
—No.
—¿En la sala de análisis?
Viremont dudó.
—Un momento.
—¿Cuándo?
—Antes de que llegara Bellanger, creo. O después. No recuerdo.
—¿Para qué?
—Buscar la carpeta del volumen.
Delacroix y Richet se miraron.
—¿La encontró? —preguntó el comisario.
—No. Creo que ya la habían trasladado.
—¿Vio la página de la frase?
—No.
—¿Borró algo en el margen?
—No.
—¿La mesa tenía virutas de goma?
—No lo noté.
Delacroix se acercó a la mesa.
—Monsieur Viremont, ¿quién pudo escribir “G.B. la recordará”?
—No lo sé.
—¿Podría ser Montclar?
—La frase, sí. La letra, no.
—¿Podría ser Marguerite?
—No parece su letra.
—¿Solange?
Viremont levantó la vista con una rapidez reveladora.
—No.
—Ha respondido muy pronto.
—Mademoiselle Perrin no haría algo así.
—¿Por qué?
—Porque respeta la verdad.
Delacroix arqueó apenas una ceja.
—Qué elogio tan peligroso en este club.
—Es una muchacha seria, talentosa. Se ha esforzado mucho por ganarse un lugar aquí.
—Montclar le robó una idea.
Viremont pareció incómodo.
—Eso dijo ella.
—¿No lo cree?
—Cyrille tomaba ideas de todos.
—Una forma elegante de decir sí.
—Tal vez.
—¿Usted protegía a Solange?
El presidente se sorprendió.
—No entiendo.
—Eso parece ser habitual. ¿La protegía de Montclar? ¿De Marguerite? ¿Del club?
Viremont tardó en responder.
—Intentaba ayudarla.
—¿Por qué?
—Porque el club necesitaba futuro. Y porque ella tenía talento. Y porque… —Se detuvo.
—Continúe.
—Porque el Círculo Philidor ha sido demasiado cruel con quienes no nacieron ya dentro de sus vitrinas.
La frase, en su boca, sonó casi extraña. Delacroix no esperaba de Viremont una conciencia tan clara del problema que presidía.
—¿Eso incluye a Bellanger?
—Sí. Y a Marchand. Y a Abel. Y quizá a mí, aunque suene ridículo.
—No del todo.
Viremont miró la carpeta.
—Yo heredé una institución enferma de grandeza. Intenté mantenerla en pie. No lo hice bien. Pero no quería más muertos.
—Más —repitió Delacroix.
El presidente se dio cuenta tarde.
—Me refería a Montclar.
—No. Se refería también a Marchand.
Viremont no respondió.
Richet se inclinó hacia él.
—¿Qué sabía usted realmente de Lyon?
—Lo que todos.
—No.
Viremont cerró los ojos.
—Sabía que Marguerite estuvo allí. Sabía que entró en la habitación de análisis. Lo supe años después, por una carta de Henri Lenoir que quedó en el archivo privado. Henri le agradecía haber viajado “para asegurar la continuidad”. Esa frase me pareció siempre inquietante.
—¿La conserva?
—Sí.
—¿Dónde?
—En el archivo privado del club, en una caja con correspondencia de Henri.
Richet soltó aire por la nariz.
—Otra caja.
—Puedo entregarla.
—Lo hará.
Delacroix sintió que la antigua historia tomaba una forma más definida.
Henri Lenoir, moribundo pero aún influyente; Marguerite viajando a Lyon; Montclar ascendiendo; Bellanger derrotado; Marchand destruido; una continuidad asegurada.
Todavía no era prueba de asesinato, ni siquiera de robo concreto, pero sí de voluntad.
El club había elegido su campeón antes de que el tablero terminara de elegirlo.
—¿Montclar conocía esa carta? —preguntó.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace unos días.
—¿Quién se la mostró?
Viremont bajó la mirada.
—Yo.
Richet lo miró con incredulidad.
—¿Usted?
—Sí.
—¿Por qué demonios hizo eso?
El presidente se pasó una mano por el cabello, descomponiendo al fin su peinado impecable.
—Porque Montclar ya tenía demasiados documentos.
Porque sabía lo de Marchand, lo de las cuentas, lo de la nota hallada por Solange.
Pensé que si le mostraba la carta de Henri, podría convencerlo de tratar el asunto con respeto.
De no convertirlo en un espectáculo. Quería que comprendiera que la historia de Lyon no era solo una acusación contra él, sino una herida del club.
—Y él comprendió.
Viremont sonrió con una amargura breve.
—Sí. Comprendió que la carta le daba una escena mejor.
Delacroix casi sintió lástima por él. Casi.
—¿Qué dijo Montclar?
—Dijo que Henri Lenoir había tenido más sentido dramático agonizando que muchos vivos en plenitud. Luego dijo que Marguerite merecía escuchar la verdad sentada bajo el retrato de su marido.
—Eso es cruel incluso para Montclar.
—Sí.
—¿Y usted le contó esto a Marguerite?
Viremont quedó quieto.
Ahí estaba.
—Monsieur Viremont —dijo Richet.
—Sí.
—¿Qué le contó?
—Que Montclar tenía la carta de Henri.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. Antes de la recepción.
—¿Antes de la partida?
—Sí.
—¿Cómo reaccionó?
Viremont miró hacia la puerta, como si Marguerite pudiera oírlo desde la vitrina.
—Como si le hubiera dicho que su marido acababa de morir otra vez.
Delacroix sintió que la frase pesaba. Marguerite no temía solo que Montclar hablara de Lyon. Temía que usara una carta de Henri, su esposo muerto, para convertir su propia devoción en prueba de una manipulación antigua. La viuda no protegía ya una abstracción. Protegía la última voz de su marido.
—¿Qué hizo después? —preguntó.
—Nada. Se quedó muy quieta. Luego me dijo que Montclar no hablaría esa noche.
Richet apoyó lentamente la pluma sobre la mesa.
—¿Eso dijo?
—Sí.
—¿Exactamente?
—“Cyrille no hablará esta noche.”
—¿Lo interpretó como amenaza?
—Lo interpreté como deseo.
—Eso fue cómodo.
Viremont no se defendió.
Delacroix caminó despacio junto a la mesa.
La posición cambiaba otra vez. Marguerite había sabido antes de la partida que Montclar tenía una carta de Henri, y había dicho que no hablaría esa noche.
Tenía acceso a la sala de material, había corregido el capítulo de la rivalidad, había dejado la frase sobre el tiempo, había estado cerca del reloj antes, conocía la psicología de ambos jugadores y había impedido moralmente la pausa al exigir que Montclar continuara.
Su figura crecía. Y, sin embargo, ¿era capaz de preparar el mecanismo?
¿Tenía la destreza física, la oportunidad, el conocimiento de los relojes?
Quizá sí, si utilizaba a otros. Quizá no, si el método exigía manipulación directa.
Pero el crimen no necesitaba que todas las piezas fueran movidas por una sola mano visible.
—¿Marguerite sabía de la pausa? —preguntó Delacroix.
—Sí, en términos generales.
—Y dijo que Montclar no hablaría.
—Sí.
—Luego, durante la partida, cuando usted pudo intervenir, ella defendió que continuara.
—Sí.
—Y usted obedeció.
Viremont cerró los ojos.
—No lo formule así.
—¿Por qué? ¿Porque suena exacto?
—Porque es humillante.
—Eso suele ocurrir con la exactitud cuando llega tarde.
Richet se levantó.
—Necesito esa carta de Henri Lenoir.