Capítulo 18 — El presidente y la pausa que no llegó
Anatole Viremont se sentó en la biblioteca con la expresión de un hombre que había pasado la vida temiendo una desgracia pública y acababa de descubrir que su imaginación había sido demasiado modesta.
Hasta esa tarde, probablemente, había creído que el peor destino posible para el Círculo Philidor era una auditoría discreta, una dimisión honorable, una nota en la prensa local o una cena arruinada por frases demasiado sinceras.
La muerte de Cyrille Montclar había ampliado sus horizontes de manera brutal.
Ahora ya no bastaba con salvar la reputación del club.
Primero debía averiguar si esa reputación había servido de alfombra bajo la cual alguien había ocultado un asesinato.
Richet lo observó desde el otro lado de la mesa. No abrió la libreta enseguida. Ese silencio inicial hizo más efecto que una pregunta.
—Comisario —dijo Viremont al fin—, no sé qué más puedo añadir.
—Eso rara vez impide que la gente añada cosas.
—Estoy agotado.
—El señor Montclar también, al parecer.
Viremont bajó la mirada. Delacroix, de pie junto a la ventana, no intervino.
La frase del comisario había sido dura, pero no gratuita.
Viremont llevaba varias horas intentando ocupar el lugar de víctima secundaria: víctima del escándalo, víctima de las cuentas, víctima del carácter de Montclar, víctima del pasado.
Había llegado el momento de recordarle que en el salón había caído un hombre, no una institución.
—Monsieur Bressan nos habló de un acuerdo —dijo Richet—. Una pausa ceremonial si la partida se alargaba demasiado.
Viremont cerró los ojos.
—Sí.
—No lo mencionó antes.
—No lo consideré importante.
Richet se reclinó en la silla.
—Voy a mandar bordar esa frase en las servilletas del club.
—No era un acuerdo criminal.
—Eso ya lo decidirá alguien con menos interés en la palabra acuerdo.
Viremont se inclinó hacia adelante. Parecía sinceramente desesperado por ser entendido, lo cual no equivalía a ser inocente.
—Habíamos previsto un programa. Recepción, partida, cena, brindis, discursos.
Montclar quería intervenir antes de la entrega de premios.
Yo sabía que podía convertir la noche en una catástrofe.
Bressan estaba preocupado por las cuentas, naturalmente; yo también.
Pero no se trataba solo de dinero. Montclar había empezado a hablar de Lyon, de Marchand, de la historia del club.
Todo mezclado. Todo con esa manera suya de presentar una demolición como un acto de lucidez.
—Entonces querían sacarlo de escena antes de que hablara —dijo Delacroix.
Viremont lo miró, herido por la precisión.
—Queríamos ganar tiempo.
—Otra vez.
—Sí, monsieur Delacroix, ganar tiempo. Lo digo sin metáforas. Una noche. Un día. Lo suficiente para hablar con él, revisar documentos, evitar una humillación pública que no habría reparado nada.
—¿No habría reparado nada o habría destruido demasiado?
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
La respuesta fue mejor de lo que Delacroix esperaba. Viremont, bajo presión, dejaba de ser solo un funcionario de alfombras y actas. Seguía siendo cobarde, sí, pero no necesariamente estúpido.
Richet apoyó los codos sobre la mesa.
—Explique la pausa.
—Si la partida pasaba de cierta duración, yo debía intervenir con un pretexto.
Una cuestión de protocolo, una fotografía con los jugadores, un brindis de los socios antiguos.
Algo breve. Durante esa pausa, Bressan hablaría con Montclar en privado.
Yo también. Intentaríamos convencerlo de postergar su intervención.
—¿Y Bellanger?
—Bellanger esperaría. O protestaría. No lo sé.
—¿Montclar habría aceptado?
Viremont soltó una risa sin alegría.
—Probablemente no.
—Entonces el plan era malo.
—Comisario, la administración de un club antiguo consiste en elegir entre planes malos y llamarlos prudencia.
Delacroix aceptó la frase con una inclinación mínima. Al menos Viremont empezaba a definirse con cierta honestidad.
—Durante la partida —dijo Richet—, Bressan pronunció “No era lo acordado”. Estaba molesto porque usted no intervino.
—Sí.
—¿Por qué no intervino?
Viremont se quedó inmóvil.
La pregunta era simple. La respuesta, evidentemente, no.
—Porque no encontré el momento.
—Había un hombre pálido, sudando y respirando mal. Parece un momento bastante razonable.
—Usted no entiende.
—Explíqueme. Me esfuerzo cuando es obligatorio.
Viremont apretó las manos sobre la mesa.
—Montclar no solo estaba jugando. Estaba desafiando a todos a detenerlo.
Cada vez que yo me acercaba, me miraba como si ya hubiera preparado la frase con la que iba a destruirme delante de la sala.
Bellanger seguía sentado, impecable. Marguerite decía con su mera presencia que interrumpir a un campeón era una vulgaridad.
Bressan me presionaba desde un lado, pero tampoco se atrevía a dar el paso él mismo.
El público estaba pendiente. La periodista miraba.
Cualquier intervención habría parecido miedo.
—Lo era —dijo Delacroix.
Viremont levantó la vista.
—Sí.
La admisión llegó sin defensa. Delacroix guardó silencio.
—Sí —repitió el presidente—. Era miedo. A Montclar, al escándalo, a Bellanger, a Marguerite, a que el club entero comprendiera en diez segundos que su presidente no presidía nada. ¿Está satisfecho?
—Rara vez.
Richet tomó la pluma.
—Su miedo permitió que la partida continuara.
—No sabía que iba a morir.
—Eso se está volviendo una letanía.
—Porque es verdad.
—¿Pero sabía que estaba mal?
—Sí.
—¿Y aun así no hizo nada?
Viremont bajó la cabeza.
—No hice lo suficiente.
Delacroix lo observó con atención. Aquello no era una confesión de asesinato, pero sí de algo que a veces se le parece en las consecuencias: omisión por cobardía.
Viremont no había querido matar a Montclar.
Había querido evitar una escena. Y, para evitar una escena, había permitido que otra mucho peor se representara hasta el final.
—¿Quién más sabía de la pausa? —preguntó Delacroix.
—Bressan y yo.
—Eso ya lo dijo él. Pero luego aparecieron “tal vez Abel” y “quizá Marguerite”.
Viremont se removió.
—Abel sabía que, si yo daba la señal, debía adelantar la disposición del comedor. No conocía los detalles.
—¿Qué señal?
—Yo dejaría mi copa sobre el aparador de la sala menor y le pediría que trajera el libro de visitas. Era una excusa para sacarlo del salón y reorganizar el servicio.
Richet escribió rápido.
—¿Lo hizo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque nunca llegué a levantarme a tiempo.
—Qué frase.
Viremont cerró los ojos un segundo.
—Marguerite sabía que podía haber una pausa protocolaria si la partida se extendía.
—¿Quién se lo dijo?
—Yo.
—¿Cuándo?
—Antes de la recepción. Me dijo que no debía permitir que el programa conmemorativo se volviera un mercado.
Yo le respondí que quizás habría que introducir una pausa si la tensión crecía.
Ella dijo que un campeón no debía ser protegido de la tensión.
Supuse que hablaba de Bellanger. Ahora no estoy seguro de nada.
—¿Ella sabía que la pausa buscaba impedir el discurso de Montclar?
—No en esos términos.
Delacroix se apartó de la ventana.
—Pero pudo deducirlo.
—Marguerite deduce aquello que confirma lo que ya cree.
—No es la única en esta casa.
Viremont aceptó el comentario sin responder.
—¿Bellanger sabía de esa posible pausa? —preguntó Richet.
—No por mí.
—¿Montclar?
—No.
—¿Solange?
—No.
—¿Irène?
—No.
—¿Viviane?
—No.
Delacroix miró al presidente con interés.
—¿Está seguro de que Montclar no lo sabía?
Viremont abrió la boca, luego la cerró.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque Montclar parecía desafiarlo cada vez que usted intentaba acercarse. Quizá no solo intuía su miedo. Quizá conocía su plan.
El presidente se quedó pálido.
—Bressan.
—¿Qué?
—Bressan pudo decírselo sin querer cuando habló con él en el corredor. O Montclar pudo deducirlo al verlo tan nervioso. Cyrille tenía un talento odioso para leer la cobardía ajena.
—Entonces Montclar sabía que querían detenerlo.
—Tal vez.
—Y por eso se negó con más fuerza.
Viremont guardó silencio. La posibilidad parecía herirlo porque convertía su plan en combustible de aquello que pretendía impedir. Delacroix no se sorprendió. Los intentos cobardes de controlar a un hombre orgulloso suelen producir orgullo en estado puro.
Richet volvió a las cuentas.
—Montclar llevaba documentos que lo comprometían a usted.
—Sí.
—Irregularidades administrativas.
—Sí.
—Dinero de Bressan usado para otros fines.
—Sí.
—Firmas suyas.
—Sí.
—¿Delito?
Viremont tragó saliva.
—No sé.
—Eso lo dirá otro. Yo pregunto si usted sabía que era delito.
—Sabía que era incorrecto.
—Qué palabra tan tímida.
—Sabía que podía destruirme.
—Mejor.
El presidente se llevó una mano al rostro. Ya no intentaba sostener la fachada. Parecía un hombre de pronto demasiado pequeño para la silla que ocupaba.
—No robé para enriquecerme.
—No he preguntado aún para qué robó.
—No robé.
—Entonces use otro verbo.
—Moví fondos.
Richet miró a Delacroix.
—Me encanta cuando los verbos se visten.
Viremont no protestó.
—Moví fondos para mantener el club abierto.
Para pagar reparaciones urgentes. Para cubrir deudas que habrían resultado vergonzosas.
Pensé que la donación de Bressan, los nuevos socios y el volumen conmemorativo permitirían reordenarlo todo antes de que nadie lo notara.
Fue estúpido. Lo sé. Pero no fue asesinato.
—No todas las estupideces son asesinato —dijo Delacroix—. Algunas solo preparan habitaciones donde otros pueden matar.
Viremont levantó la mirada.
—¿Cree que yo preparé esa habitación?
—Creo que usted presidió una casa donde todos aprendieron que la verdad podía aplazarse por el bien del club. Eso es una educación peligrosa.
El presidente recibió la frase como una condena más moral que policial.
—Montclar iba a exponerlo —dijo Richet—. Eso le daba motivo.
—Sí.
—Tenía llave de la sala de material.
—Sí.
—Pudo tocar el reloj.
—No lo hice.
—Pudo escribir la anotación del margen.
—No.
—Pudo dejar papeles en la libreta de Irène.
—No.