Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 17 — El patrocinador no juega gratis #3
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Capítulo 17 — El patrocinador no juega gratis #3

—Un crimen hecho con cobardías ajenas.

—Y orgullos ajenos.

Richet se levantó y caminó por la biblioteca. Pasó junto a los estantes sin mirarlos. La lluvia había dejado en los cristales pequeñas líneas opacas. Afuera, el patio estaba oscuro.

—Me inquieta lo del maletín —dijo.

—A mí también.

—Si Bressan lo abrió antes de la partida, pudo poner algo dentro. La copia de Marchand, por ejemplo.

—Pero la copia en la libreta de Irène apareció durante la confusión, no en el maletín.

—Y las hojas de Montclar ya estaban allí.

—Sí. Aunque alguien pudo añadir o retirar documentos antes.

Delacroix revisó de nuevo el maletín, con permiso del comisario.

Había un compartimento lateral, estrecho, donde guardaba sobres, una pluma de repuesto y una pequeña navaja para papel.

En el fondo, casi atrapado entre el cuero y la costura, encontró una mota de papel doblada, como arrancada de una hoja mayor. La extrajo con pinzas.

Richet se acercó.

—¿Qué es?

Delacroix la desplegó sobre la mesa. Era apenas un fragmento. En él se veían unas pocas palabras manuscritas:

…el tiempo no…

Nada más.

El comisario soltó una maldición baja.

—Otra vez.

Delacroix observó el fragmento. La letra no parecía la de Montclar. O quizá sí, pero estaba incompleta. Podía ser parte de la frase antigua. Podía ser una nota arrancada. Podía ser basura. En aquel caso, hasta la basura tenía pretensiones literarias.

—¿Estaba en el maletín cuando Bressan lo abrió? —preguntó Richet.

—No lo sabemos.

—¿Pudo caer de las hojas que él revisó?

—Pudo.

—¿Pudo haberlo dejado alguien después?

—También.

Delacroix guardó silencio. El fragmento tenía un borde irregular, como si hubiera sido arrancado con prisa.

En el reverso había una marca de grafito, quizá de un margen borrado.

G.B. la recordará. El tiempo no es justo.

El tiempo de mi parte. El caso parecía construido con pedazos de una misma frase, repartidos entre documentos, recuerdos y provocaciones.

—El asesino quería que esa frase circulara —dijo.

—¿Para qué?

—Para garantizar que llegara a Bellanger. O para que, después, todos creyéramos que llegó.

Richet se quedó mirando el fragmento.

—¿Y si Montclar mismo arrancó esto?

—¿Por qué?

—No lo sé. Usted es el de las respuestas imposibles.

Delacroix no corrigió el título. Pensó en Montclar revisando el capítulo, leyendo la frase, aprobándola, quizá arrancando una nota, guardándola en el maletín, usándola para su discurso.

Pensó en Bressan abriendo el maletín, viendo palabras suficientes para asustarse.

Pensó en alguien más, quizá, accediendo después y tomando un fragmento.

El maletín se estaba convirtiendo en otro tablero: cada documento era una pieza movida por distintas manos.

—Necesito hablar con Viremont otra vez —dijo.

Richet lo miró con resignación.

—Naturalmente.

—Y luego con Abel sobre el programa de la pausa.

—¿Por qué Abel?

—Porque Bressan dijo que tal vez Abel sabía que habría una interrupción.

Si Abel lo sabía, y si el asesino también lo sabía, entonces la partida larga era peligrosa para el plan.

El asesino necesitaba confiar en que la pausa no se produciría.

Marguerite ayudó con su frase. Pero quizá alguien más debía impedirla.

—Viremont.

—Sí.

Regresaron al salón. Bressan había vuelto a su silla, más hundido que antes.

Viremont lo miraba con ansiedad, intentando adivinar cuánto había dicho.

Al ver a Richet y Delacroix, el presidente palideció de antemano.

En los hombres culpables de cosas menores, pensó Delacroix, la culpa mayor siempre parece una visita anunciada.

—Monsieur Viremont —dijo Richet—. De nuevo.

El presidente se levantó con dificultad.

—Comisario, esto es…

—Agotador. Lo sé. Créame, usted contribuye.

Viremont caminó hacia la biblioteca. Al pasar junto a Marguerite Lenoir, la viuda no lo miró. Esa falta de mirada fue más cruel que una acusación. Viremont era presidente del club, pero Marguerite seguía siendo su tribunal invisible.

Antes de seguirlos, Delacroix miró a Bellanger. El rival estaba sentado junto al tablero auxiliar. No hablaba con nadie. La ira del capítulo anterior se había retirado, dejando una quietud más peligrosa. Miraba el caballo negro, no la puerta, no a Bressan, no a Viremont.

Delacroix se acercó apenas.

—Monsieur Bellanger.

—Sí.

—Bressan quería detener la partida.

Bellanger levantó los ojos.

—Lo sé ahora.

—Eso habría salvado a Montclar, quizá.

—Quizá.

—¿Usted lo habría permitido?

El rival sostuvo su mirada.

—No.

La respuesta fue inmediata, brutalmente honesta.

—¿Por qué?

—Porque Montclar no lo habría permitido. Y porque yo tampoco.

—Aunque estuviera mal.

—Especialmente porque estaba mal.

Delacroix lo observó en silencio.

Bellanger comprendió cómo sonaba la frase. No se retractó.

—Quería vencerlo, monsieur Delacroix. Ya se lo dije. No adornaré eso para parecer mejor ante usted. Si alguien hubiera intentado detener la partida en ese momento, habría creído que buscaban protegerlo de mí. Y yo llevaba demasiados años esperando que nadie lo protegiera.

—El asesino contó con eso.

—Entonces el asesino me conocía.

—Sí.

Bellanger bajó la mirada hacia el caballo negro.

—O era yo.

Delacroix no respondió.

El rival sonrió apenas, sin alegría.

—No se preocupe. También yo empiezo a entender por qué todos lo piensan.

—Eso no me preocupa.

—¿Qué le preocupa?

Delacroix miró la puerta de la biblioteca, donde Viremont acababa de desaparecer con Richet.

—Que quizá el asesino también lo entendió antes que todos.

Dejó a Bellanger con aquella frase y entró en la biblioteca.

El presidente del Círculo Philidor estaba sentado bajo la lámpara verde, con las manos juntas y el rostro del hombre que empieza a descubrir que no se puede presidir una catástrofe como se preside una cena.

Delacroix cerró la puerta.

El patrocinador no jugaba gratis. Viremont tampoco.

Y en aquel club, la pregunta ya no era solo quién había matado a Montclar, sino cuántos habían negociado con el tiempo antes de que el tiempo cobrara su precio.