Capítulo 17 — El patrocinador no juega gratis #2
—Bellanger estaba alargando la partida demasiado, pero Montclar no cedía. Viremont no intervenía. El programa se hundía. Yo quería que se hiciera la pausa.
Delacroix lo miró con atención.
—Una pausa habría detenido la sucesión de contactos con el reloj.
Bressan frunció el ceño.
—No lo sabía.
—No he dicho que lo supiera.
—Pero lo insinúa.
—Insinúo muchas cosas para ver cuáles sobreviven.
Bressan se quedó callado. Aquella revelación modificaba algo.
Si Bressan quería una pausa, y si la pausa habría interrumpido el mecanismo de dosis repetidas, entonces su conducta durante la partida podía ir contra el método homicida.
O podía ser teatro. Sin embargo, su frase “No era lo acordado” ya no sonaba como impaciencia vaga, sino como frustración real ante un plan distinto: un plan de control del escándalo, no de asesinato.
—¿Por qué Viremont no intervino? —preguntó Richet.
—Porque Montclar le clavó la mirada cada vez que se acercaba. Porque Bellanger seguía jugando. Porque Marguerite dijo lo que dijo. Porque nadie quería ser recordado como el hombre que interrumpió la partida del cincuentenario.
—La cobardía en estado coral —dijo Delacroix.
—Llámelo como quiera.
—Lo hago a menudo.
Richet volvió a las cuentas.
—Si Montclar hablaba, usted quedaba expuesto.
—Sí.
—Podía perder prestigio.
—Sí.
—Quizá dinero.
—También.
—Entonces tenía motivo para matarlo.
Bressan apoyó el sombrero sobre la mesa con un gesto brusco.
—Tenía motivo para taparle la boca, comisario, no para convertir su muerte en un escándalo cien veces peor dentro de un salón lleno de testigos. Yo no soy Bellanger. No necesito que mis venganzas sean hermosas.
Delacroix encontró la frase involuntariamente convincente.
No porque Bressan fuera incapaz de matar, sino porque parecía incapaz de elegir aquel método.
El crimen del reloj tenía una intimidad conceptual que no pertenecía a su temperamento.
Bressan podía comprar silencio, presionar a Viremont, falsificar un presupuesto o encargar a un abogado que convirtiera la verdad en un litigio interminable.
Pero convertir una partida en una agonía requería otra clase de imaginación.
Eso no lo absolvía. Lo situaba en otra casilla.
—¿Quién sabía que usted pensaba detener la partida si se alargaba? —preguntó Delacroix.
—Ya lo dije. Viremont. Tal vez Abel. Quizá Marguerite si Viremont habló con ella.
—¿Y si alguien quería evitar esa pausa?
Bressan lo miró.
—Entonces necesitaba que Viremont no tuviera valor.
—Eso no parece difícil.
—No.
La crueldad de la respuesta fue espontánea y, por lo tanto, útil.
Richet hizo una anotación.
—¿Bellanger pudo saberlo?
—No por mí.
—¿Habló con Bellanger antes de la partida?
—Le hice un comentario sobre el horario, ya lo dije. Le pedí que no convirtiera la partida en una misa interminable.
—¿Cómo respondió?
—Dijo que nadie obliga al tiempo a comportarse si el rival no sabe hacerlo.
Delacroix levantó la mirada.
—Otra vez el tiempo.
Bressan se encogió de hombros.
—Bellanger habla así. Todos hablan así aquí. Después de unas horas en este club uno empieza a creer que hasta una sopa se enfría por estrategia.
Richet no apreció la imagen, pero la anotó.
—¿Le habló usted de Montclar? ¿De su intención de hablar?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Por qué no? Le habría convenido que Bellanger lo derrotara rápido, para dejar a Montclar en peor posición antes del discurso.
Bressan negó con impaciencia.
—Me convenía que la partida terminara de manera honorable, que la cena empezara, que Viremont ganara tiempo y que Montclar aceptara hablar en privado.
Una derrota demasiado humillante podía enfurecerlo más.
Una victoria suya lo volvía insoportable.
Yo necesitaba una noche gris, comisario, no una tragedia.
Delacroix pensó que aquella era la primera definición plenamente sincera de Bressan: un hombre que necesitaba noches grises, ceremonias controladas, escándalos diferidos hasta que pudieran diluirse en actas. La muerte de Montclar era todo lo contrario.
—¿Vio a alguien cerca del reloj durante la discusión inicial? —preguntó.
Bressan se frotó la frente.
—Ya no sé qué vi. Abel, Viremont, Montclar, Bellanger. Irène cerca. Tal vez Solange. Yo estaba más atrás.
—¿Marguerite?
—Primera fila, como si fuera una reina madre.
—¿Tocó usted la mesa?
—No.
—¿El reloj?
—No.
—¿La pieza de Marchand?
—No.
—¿El maletín de Montclar?
Bressan se quedó quieto.
Delacroix no necesitó más para saber que había tocado algo.
—¿Cuándo?
Bressan cerró la boca. Richet se inclinó hacia adelante.
—Monsieur Bressan.
—No lo toqué después de la muerte.
—Antes.
—En el corredor.
—¿Qué hizo?
—Nada grave.
—Deje que nosotros disfrutemos de esa conclusión.
El patrocinador respiró con dificultad.
—Cuando hablé con Montclar antes de la partida, llevaba el maletín. Lo dejó sobre una consola mientras discutíamos. Yo… intenté ver qué documentos tenía.
Richet se levantó lentamente.
—¿Intentó?
—Lo abrí apenas.
—¿Y?
—No pude revisar mucho. Montclar volvió enseguida del otro extremo del corredor. Había ido a buscar sus guantes, creo. Me vio cerca del maletín.
—¿Qué dijo?
—Que la curiosidad era más digna cuando no sudaba.
Delacroix casi pudo oír la voz de Montclar diciendo la frase.
—¿Tomó algo?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Puso algo?
—No.
—¿La carta de Marchand? ¿Las cuentas? ¿Alguna hoja?
—No.
Richet lo miraba con una dureza nueva.
—Tocó el maletín de la víctima y no lo dijo.
—Porque sabía cómo sonaría.
—Sonaba mejor antes de ocultarlo.
—No maté a Montclar.
—Pero pudo haber manipulado sus documentos.
—No lo hice.
Delacroix intervino:
—¿Qué alcanzó a ver?
Bressan dudó.
—Mi nombre. El de Viremont. Algunas cantidades. Y una hoja con una partida.
—¿Lyon?
—No lo sabía entonces. Ahora imagino que sí.
—¿Vio la nota “Después de vencer a G.B.”?
Bressan lo miró, sorprendido.
—Sí.
—¿Comprendió que hablaba de Bellanger?
—Sí.
—Entonces antes de la partida usted sabía que Montclar pensaba hablar después de vencer a Bellanger.
—Sabía que pensaba hablar después de la partida. Lo de vencer era arrogancia suya.
—¿Se lo contó a alguien?
—No.
—¿Ni a Viremont?
—Le dije que Montclar llevaba papeles y que la cosa iba en serio.
—¿A Marguerite?
—No.
—¿A Bellanger?
—No.
—¿A Abel?
—No.
—¿A Irène?
—Evidentemente no.
Delacroix se acercó a la mesa.
—¿Montclar cerró el maletín después de sorprenderlo?
—Sí.
—¿Se enfadó?
—No tanto como esperaba. Eso fue lo peor.
—¿Qué hizo?
—Sonrió. Me dijo que, si yo estaba tan ansioso por leer, quizá durante la cena me concedería el honor de escuchar de pie.
—¿Y luego?
—Entró al salón.
—¿Con el maletín?
—Sí.
Delacroix reconstruyó mentalmente la escena: corredor, consola, maletín abierto apenas, Bressan mirando documentos, Montclar sorprendiéndolo, amenaza velada, entrada al salón, carta en el bolsillo, reloj sobre la mesa.
Bressan había tenido acceso al maletín, no al reloj.
Pero podía haber visto información clave: que Montclar pensaba hablar después de vencer a Bellanger; que Lyon sería parte del discurso; que las cuentas también.
Si se lo contó a Viremont, el presidente supo antes de la partida que el discurso era inminente.
Y Viremont pudo haber hablado con Marguerite. La red previa al crimen se estrechaba.
—¿Dónde estaba usted cuando Montclar pidió cambiar el reloj? —preguntó Delacroix.
—Cerca de la segunda fila.
—¿Podía oír?
—Algo.
—¿Oyó la frase de Bellanger sobre el tiempo?
—No completa. Oí “tiempo” y vi a Montclar irritarse.
—¿Pensó en la nota del maletín?
—Pensé que esos dos iban a arruinarlo todo.
—Y lo arruinaron.
Bressan miró hacia la puerta. Por primera vez pareció realmente cansado.
—No así.
Richet volvió a sentarse.
—Queda claro que ocultó información, tocó el maletín de Montclar, tenía motivo económico y participó en un acuerdo para impedir que hablara públicamente.
—No para matarlo.
—Eso lo decidiré yo.
—No. Eso lo decidirán los hechos, espero.
La frase sorprendió a Delacroix. Bressan, acorralado en el terreno que conocía, recuperaba cierta dignidad. No moral, quizá, pero sí práctica. No quería cargar con una muerte que excedía su forma de vileza.
—Puede volver al salón —dijo Richet—. Pero no se aleje de la vista de mis agentes.
Bressan tomó el sombrero. Antes de salir, se volvió hacia Delacroix.
—Usted no cree que lo haya matado.
—No confunda mis dudas con simpatía.
—No lo hago.
—Bien.
—Pero cree que soy útil.
—Mucho.
Bressan pareció no saber si sentirse insultado. Delacroix lo ayudó poco.
—Usted quería ganar tiempo, monsieur Bressan. Alguien quiso que el tiempo matara. Quizá no sean el mismo crimen, pero ocurrieron en la misma mesa.
El patrocinador salió sin responder.
Richet esperó a que la puerta se cerrara.
—Lo ocultó todo.
—Casi todos aquí ocultaron algo. Es la forma que tiene el club de respirar.
—Pero Bressan no me encaja.
—A mí tampoco. Al menos no como mano principal.
—Sin embargo pudo haber visto en el maletín información clave y contársela a Viremont.
—Sí.
—Y Viremont a Marguerite.
—Sí.
—Y Marguerite a… —El comisario se detuvo—. A Bellanger no.
—No necesariamente.
—¿Entonces?
Delacroix tomó una de las hojas del maletín, la del programa de la noche. Recepción. Partida. Cena. Brindis. Intervención de Montclar. Entrega de premios. Todo estaba ordenado con esa ingenuidad humana que supone que el futuro acepta listas.
—Bressan quería interrumpir la partida si se alargaba demasiado —dijo—. Eso estorbaba al asesinato.
—Salvo que mintiera.
—Sí. Pero su frase durante la partida parece confirmar que esperaba otra cosa. “No era lo acordado.” Estaba irritado porque Viremont no se atrevía a detener el juego.
—Entonces el asesino necesitaba neutralizar a Viremont, Marguerite, Bressan y cualquiera que propusiera una pausa.
—No neutralizarlos. Bastaba con aprovechar sus debilidades. Viremont temía contradecir a Montclar. Bressan no quería parecer grosero frente al público. Marguerite defendió que un campeón no abandonaba. Bellanger seguía jugando. Y Montclar, por orgullo, rechazó detenerse.