Capítulo 17 — El patrocinador no juega gratis
Théodore Bressan entró de nuevo en la biblioteca con menos aplomo que la primera vez.
Había perdido algo durante las últimas horas, aunque no dinero todavía, y eso quizá lo incomodaba más que una pérdida contable.
En su mundo, las pérdidas tenían cifra, vencimiento y, con suerte, descuento fiscal.
Aquella otra pérdida era peor: había perdido el lugar desde el cual miraba a los demás.
Ya no era el benefactor del Círculo Philidor, el hombre capaz de financiar una cena, un volumen conmemorativo y una restauración de fachada a cambio de gratitud tallada en una placa.
Era un sospechoso más, obligado a sentarse bajo la lámpara verde, con el comisario Richet enfrente y Delacroix a un costado, mientras en el salón el nombre de Bellanger seguía flotando como una respuesta demasiado deseada.
Bressan dejó el sombrero sobre sus rodillas. Lo sujetaba con ambas manos, deformando levemente el ala. No era miedo puro. Era irritación asustada, una combinación frecuente en los hombres que han pasado demasiados años confundiendo la incomodidad con una ofensa personal.
—Esto empieza a parecer una persecución —dijo antes de que Richet abriera la libreta.
El comisario lo miró sin prisa.
—Una persecución suele incluir movimiento. Usted lleva toda la tarde sentado.
—Sabe perfectamente a qué me refiero.
—Eso también suele ser falso.
Bressan apretó la boca. Delacroix, de pie junto a la estantería, observó cómo el patrocinador intentaba decidir qué máscara le convenía: la dignidad ultrajada, la cooperación razonable o el cansancio del hombre importante sometido a procedimientos vulgares.
Eligió una mezcla de las tres, con escaso éxito.
—Ya contesté sus preguntas —dijo—. No sé nada del reloj. No sé nada de venenos. No sé nada de piezas antiguas ni de cartas de jugadores muertos. Toda esa historia de Lyon pertenece al club, no a mí.
—Qué extraño —dijo Delacroix—. Hace unas horas el club parecía pertenecerle bastante.
Bressan volvió hacia él.
—Yo financié un acto. Eso no me convierte en dueño.
—No. Solo en alguien que esperaba ser tratado como si lo fuera.
Richet apoyó la pluma sobre la mesa.
—Hablemos de dinero.
La frase tuvo sobre Bressan un efecto inmediato.
Su espalda se tensó, pero su rostro, curiosamente, se serenó un poco.
El dinero era un terreno peligroso, sí, pero al menos era terreno conocido.
Allí podía usar cifras, contratos, matices, tal vez incluso indignación técnica.
El pasado de Lyon lo dejaba fuera de juego; las cuentas lo devolvían a su idioma.
—Con mucho gusto —respondió—. Mi aporte al club fue legítimo.
—No empiece por la conclusión. Me arruina el paseo.
—Hay recibos, cartas de aceptación, presupuestos. Todo puede comprobarse.
—Lo haremos.
Bressan inclinó la cabeza con una cortesía rígida.
—Perfecto.
Delacroix tomó del maletín de Montclar una de las hojas halladas por los agentes. Era una copia de cuentas del club, con marcas en los márgenes y varias cantidades subrayadas. Se la mostró a Bressan sin entregársela.
—Montclar llevaba esto consigo.
El patrocinador apenas miró la hoja, pero bastó para que la reconociera.
—No sé de dónde lo sacó.
—No le pregunté eso.
—Entonces pregunte mejor.
Richet levantó la vista.
—Monsieur Bressan, conviene no irritarme cuando tengo una pluma en la mano y autoridad para usarla.
Bressan tragó saliva.
—Perdón.
Delacroix colocó la hoja sobre la mesa.
—Hay pagos por restauraciones que nunca se hicieron, facturas duplicadas, donaciones destinadas al volumen conmemorativo que fueron usadas para cubrir deudas anteriores del club y una transferencia de su empresa a una cuenta administrada por un miembro del comité.
Montclar marcó tres nombres: el suyo, el de Viremont y el de un impresor.
—Eso no significa nada criminal.
—La palabra criminal suele llegar al final, cuando las demás ya no alcanzan.
—El club estaba endeudado. Todo el mundo lo sabía.
—No todo el mundo.
—Quienes importaban, sí.
—Una definición interesante de la comunidad.
Bressan se inclinó hacia adelante.
—El Círculo Philidor es una institución antigua, monsieur Delacroix.
Antigua no significa rica. La casa necesita reparaciones, los socios jóvenes pagan cuotas menores, muchos socios viejos pagan tarde o no pagan, porque nadie se atreve a molestar a un apellido que lleva cuarenta años en la pared.
Viremont hacía malabares. Yo ofrecí ayuda.
—A cambio de una placa, un prólogo amable y una entrada limpia en la historia del club.
—A cambio de reconocimiento. No finjamos que la gratitud pública sea una forma de corrupción. Todos los museos, teatros y sociedades culturales del país funcionan gracias a hombres que reciben una cena, un discurso y su nombre escrito en alguna parte.
—Y a veces algo más.
Bressan no respondió enseguida.
Richet pasó una página.
—¿Qué más esperaba recibir?
—Nada.
—Se está volviendo muy breve. Eso me entristece.
—Esperaba asociar mi nombre al club. Mi padre fue socio, ya lo dije.
Mi familia no pertenece a la vieja aristocracia local, si eso es lo que quieren oír.
Hicimos dinero. Trabajamos. Compramos lo que otros heredaron y dejaron pudrirse.
Este club me despreciaba mientras aceptaba mis cheques.
Sí, quería que eso cambiara. Quería que mi apellido estuviera allí sin que Marguerite Lenoir lo pronunciara como si oliera a barniz fresco.
La explosión fue inesperada por su sinceridad. Delacroix observó que Richet, con buen instinto, no la interrumpió.
—Montclar lo despreciaba también —dijo Delacroix.
—Montclar despreciaba a cualquiera que no hubiera nacido dentro de una combinación brillante.
—¿Y a usted?
Bressan soltó una risa seca.
—A mí me encontraba útil. Eso, en su escala de afectos, casi era ternura.
—¿Lo chantajeó?
—No.
—¿Lo amenazó?
—Montclar no amenazaba como un cobrador de deudas. Montclar sugería futuros donde uno quedaba mal iluminado.
—Qué frase tan trabajada.
—Tuve tiempo para odiarla.
Richet hizo una marca en la libreta.
—¿Qué quería de usted?
Bressan volvió a mirar la hoja. Esta vez no fingió desconocerla.
—Quería que retirara mi nombre del volumen y dejara constancia de que la donación había sido usada para cubrir deudas anteriores.
—Eso lo perjudicaba.
—Me humillaba. Que es peor en ciertas salas.
—¿Por qué quería hacerlo?
—Porque había descubierto que Viremont había movido fondos sin explicarlo correctamente. Yo lo sabía en parte, no en todo. Había autorizado cierta flexibilidad, digamos.
—Digamos otra cosa.
Bressan apretó el sombrero.
—Había autorizado que parte del dinero se usara para deudas urgentes, con la condición de reponerlo antes del acto. No se repuso. Montclar lo descubrió.
—¿Y pensaba decirlo durante la cena?
—Sí.
—Después de vencer a Bellanger.
—Eso decía.
Delacroix se apoyó en el respaldo de una silla.
—¿Se reunió con Montclar antes de la partida?
Bressan dudó.
—Brevemente.
—Había olvidado mencionarlo.
—No lo olvidé. No lo consideré relevante.
Richet dejó la pluma.
—Cada vez que alguien dice eso, una prueba empieza a sonreír.
Bressan cerró los ojos un instante.
—Lo vi en el corredor, antes de que entrara al salón. Le pedí discreción.
—Qué palabra tan modesta para una petición de silencio.
—Le pedí que no destruyera el acto. Que si quería revisar cuentas, responsabilidades y documentos, lo hiciéramos al día siguiente, con abogados, con el comité, con calma.
—¿Y él?
Bressan sonrió sin alegría.
—Me preguntó si la calma era el nombre que yo le daba al tiempo comprado por los culpables.
—Montclar estaba inspirado.
—Montclar estaba insoportable.
—¿Le ofreció dinero?
La pregunta de Delacroix cayó con suavidad, pero Bressan la sintió. Abrió los ojos y lo miró.
—No.
—Piénselo antes de mentir con una palabra tan corta.
—Le ofrecí cubrir personalmente las deudas del club si aceptaba postergar cualquier anuncio público.
—Eso es dinero.
—Eso es reparación.
—Eso es comprar tiempo.
Bressan calló.
La palabra tiempo volvió a entrar en la habitación con una discreción venenosa.
Richet la oyó también. En aquel caso, todo parecía regresar a ella, incluso las cuentas.
Comprar tiempo. Ganar tiempo. Perder tiempo.
El tiempo de mi parte. El reloj. La partida prolongada. Montclar muerto antes de hablar.
—¿Qué respondió Montclar? —preguntó Richet.
—Que mi generosidad llegaba con la puntualidad de los cobardes.
—Otra frase encantadora.
—Luego dijo que no hablaría antes de jugar. Que primero quería sentarse frente a Bellanger.
—¿Le dijo por qué?
—Porque no quería que nadie dijera que usaba la verdad para debilitar a su rival.
Delacroix sintió un pequeño movimiento interior.
Era coherente con el maletín de Montclar: “No decírselo antes. Necesito su mejor odio.” El campeón quería vencer a Bellanger en su estado más puro de resentimiento, no reducido por una revelación previa.
Su arrogancia era tan precisa que casi resultaba admirable, si uno olvidaba el cadáver.
—Usted dijo durante la partida que algo no era lo acordado —recordó Richet.
Bressan se removió.
—Sí.
—Ahora quiero una respuesta sin adornos. ¿Qué no era lo acordado?
—La duración.
—Eso ya lo dijo.
—Y es cierto.
—Más.
Bressan miró hacia la puerta, como si temiera que el salón pudiera oírlo a través de la madera.
—Habíamos acordado con Viremont que, si la partida se alargaba demasiado, se sugeriría una pausa ceremonial. Un brindis breve, unas palabras, algo que permitiera reorganizar el programa y llevar a Montclar a una sala privada. Allí intentaríamos convencerlo de no hablar durante la cena.
Richet levantó la cabeza.
—Entonces sí había un acuerdo.
—No para matar a nadie. Para evitar un escándalo.
—¿Quiénes lo sabían?
—Viremont y yo.
—¿Nadie más?
Bressan no respondió.
—Monsieur Bressan.
—Tal vez Abel. Porque debía preparar el comedor si se adelantaba el brindis.
—¿Montclar?
—No.
—¿Bellanger?
—No.
—¿Marguerite?
—Viremont quizá se lo insinuó. No lo sé.
—¿Y cuando dijo “no era lo acordado”?