Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 16 — La frase en el margen #3
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Capítulo 16 — La frase en el margen #3

Esta vez obedecieron, aunque no de inmediato.

Delacroix observó que la hoja del margen había hecho lo mismo que la muerte de Montclar: obligar a todos a ocupar posiciones más sinceras.

Bellanger frente a Marguerite; Abel defendiendo a Marchand; Solange atrapada entre archivo y culpa; Viremont intentando sujetar el club; Irène entendiendo que la historia se le escapaba; Viviane mirando desde la distancia de quien ya había sobrevivido a Montclar una vez; Bressan cada vez más irritado por el hecho de que los motivos nobles o antiguos estuvieran desplazando sus miedos financieros.

Bressan. Delacroix volvió hacia él la mirada.

El patrocinador no había intervenido casi nada en el asunto del margen, salvo para negar su interés en las correcciones.

Sin embargo, Montclar llevaba en el maletín cuentas que podían perjudicarlo.

La avalancha de Lyon lo estaba dejando a salvo por exceso de pasado.

Eso también podía ser una forma de estrategia.

—Monsieur Bressan —dijo Delacroix.

El hombre se tensó.

—¿Ahora qué?

—¿Sabía usted que Montclar pensaba hablar después de la partida?

—Sabía que quería decir algo.

—¿Sobre las cuentas?

—Eso creía.

—¿Sobre Lyon?

—No me importaba Lyon.

—Esa es una respuesta interesante.

—Es una respuesta sincera. No me interesan viejas disputas de jugadores muertos o resentidos. Me interesaba que el acto no acabara convertido en una vergüenza pública.

—Y, sin embargo, ahora Lyon absorbe toda la vergüenza.

Bressan frunció el ceño.

—No entiendo.

—Quizá no.

Delacroix se volvió hacia Richet.

—Comisario, no perdamos de vista las cuentas.

—No las pierdo.

—Alguien pudo usar Lyon como pantalla.

Marguerite dejó escapar un sonido de desprecio.

—Para usted nuestra historia es una pantalla.

—No, madame. Para ustedes fue un altar. Para un asesino pudo ser una pantalla. Hay diferencias, aunque a veces la sangre las reduce.

Bellanger miró a Bressan por primera vez con verdadero interés. También él parecía descubrir que la red de sospechas podía apartarse de su persona hacia motivos más vulgares. Bressan lo notó y se sintió atacado desde un ángulo que no esperaba.

—Yo no sé nada de venenos, relojes ni caballos negros.

—Quizá por eso no habría elegido ese método —dijo Delacroix.

—Entonces, ¿por qué me mira?

—Porque la torpeza de un motivo no impide la elegancia de un instrumento ajeno.

Richet, que conocía ya ese tono, se acercó.

—¿Cree que Bressan pudo encargarlo?

—No lo sé. Pero Montclar llevaba documentos sobre él. Y si el crimen nos obliga a mirar durante horas a Lyon, quizá alguien muy agradecido está quedando en un rincón menos iluminado.

Bressan estaba rojo.

—Esto es una infamia.

—La palabra preferida de los hombres que aún no saben si los acusan de algo concreto.

Irène Louviers, desde su silla, murmuró:

—Podría anotar eso, si no estuviera amputada.

Richet no la miró.

Delacroix regresó a la carpeta. La página del margen hablaba de Bellanger.

La pieza de Marchand hablaba de Bellanger.

La partida alargada hablaba de Bellanger.

La frase sobre el tiempo hablaba de Bellanger.

Demasiado, quizá. Pero el cuerpo de Montclar había muerto durante una partida contra Bellanger.

También era posible que el crimen hablara de Bellanger porque Bellanger lo había escrito, y la mente de Delacroix, por prudencia excesiva, buscara sombras donde solo había una mano.

Esa era la incomodidad más honesta del caso: la solución obvia era inteligente. La alternativa también.

—Necesito una cosa más —dijo Delacroix.

Richet suspiró.

—Por supuesto.

—La planilla de tiempos.

—¿Qué planilla?

—La duración de cada jugada. Si alguien la anotó.

Viremont respondió:

—El reloj registraba solo el tiempo total, no cada movimiento.

—Lo sé. Pero algunos jugadores anotan tiempos aproximados en partidas importantes.

Solange levantó la mano.

—Yo anoté algunos.

—¿En su planilla?

—Sí. No todos. Solo los momentos críticos.

—¿Y la tiene?

—La entregué antes.

Richet hizo traer la planilla de Solange. La joven se acercó para explicar sus marcas. En los márgenes aparecían pequeñas cifras: demoras de Bellanger, pausas de Montclar, momentos de tensión. No era completa, pero sí suficiente para ver un patrón.

Delacroix la estudió en silencio.

En las primeras jugadas, Bellanger había usado tiempos moderados.

Después de que Montclar empezó a mostrar malestar, las demoras se alargaron en momentos clave.

Pero no de manera continua. Había una alternancia extraña: Bellanger demoraba cuando Montclar parecía recuperarse, y jugaba más rápido cuando Montclar estaba evidentemente débil.

Eso podía interpretarse como estrategia ajedrecística. También como observación física.

—Aquí —dijo Delacroix—. Montclar encuentra la defensa de dama y parece recuperar lucidez. Bellanger tarda más.

Solange asintió.

—Sí.

—Aquí Montclar está visiblemente mal. Bellanger juega rápido.

—Sí.

—Aquí Montclar vuelve a complicar. Bellanger demora.

—Sí.

Richet miró la planilla.

—¿Qué significa?

Delacroix levantó la vista hacia Bellanger.

—Que monsieur Bellanger no solo alargó la partida. La reguló.

Bellanger se puso de pie.

—Eso es falso.

—No necesariamente en sentido ajedrecístico. Pero el patrón existe.

—Naturalmente que existe. Cuando un rival encuentra recursos, uno piensa más. Cuando se equivoca, uno responde. Eso se llama jugar.

—También podría llamarse administrar dosis.

El silencio que siguió fue brutal.

Bellanger se quedó blanco de ira.

—No se atreva.

—Ya lo hice.

Richet se interpuso antes de que diera un paso.

—Siéntese.

Bellanger no se sentó. Su respiración se había vuelto visible. Por primera vez, el hombre que había administrado durante horas la paciencia parecía al borde de perderla.

—Usted quiere que sea culpable —dijo a Delacroix.

—No. Quiero que la partida diga la verdad.

—La partida dice que jugué contra Montclar mejor que él contra mí.

—Quizá. También dice que cuando él parecía capaz de seguir defendiéndose, usted le daba más tiempo para tocar el reloj. Y cuando el cuerpo lo traicionaba, usted avanzaba.

—Porque así se gana.

—O porque así se mata.

Bellanger levantó el pañuelo que aún tenía en la mano y lo arrojó sobre la mesa auxiliar.

—Analícelo también. Analicen mis manos, mis frases, mis recuerdos, mis derrotas y mi maldito silencio. Pero no convierta una partida en una autopsia moral solo porque no soporta que el ajedrez pueda ser cruel sin ser criminal.

Delacroix recogió el pañuelo solo con la mirada. Richet hizo una seña inmediata a un agente, que lo tomó con guantes y lo guardó. Bellanger comprendió demasiado tarde lo que había hecho. El pañuelo, hasta entonces retenido por él, acababa de entregarse solo.

—Gracias —dijo Richet.

Bellanger cerró los ojos.

Delacroix no sintió satisfacción. Aquello era demasiado triste para celebrarlo. Si el pañuelo contenía rastros, hablaría. Si no los contenía, también. En ambos casos, Bellanger había perdido otra pieza.

Richet ordenó que Bellanger permaneciera vigilado de cerca. No lo arrestó aún. Quizá porque faltaba la prueba material, quizá porque Delacroix no se lo pidió, quizá porque en el fondo ambos intuían que el caso todavía no había terminado de mostrar su forma.

El salón quedó otra vez en una calma de poscombate.

Solange recuperó su planilla con permiso del comisario y se sentó sin escribir.

Abel miraba el suelo. Marguerite parecía más vieja.

Irène, furiosa por no poder anotar, memorizaba cada gesto con una intensidad casi dolorosa.

Viviane observaba a Bellanger con una compasión extraña, no por inocencia, sino por reconocimiento: también él había sido amado, usado o herido por Montclar de una forma que seguía actuando después de la muerte.

Delacroix volvió a la ventana. Afuera, la lluvia había cesado. En el patio, la fuente seca seguía llena de hojas.

Richet se acercó a su lado.

—Ahora sí parece Bellanger.

—Sí.

—¿Y aún duda?

Delacroix miró el reflejo del salón en el vidrio. Bellanger aparecía duplicado allí, sentado y de pie a la vez por efecto de las lámparas, como un hombre partido entre su relato y sus actos.

—Dudo mejor.

—Eso no es respuesta.

—No. Es lo único que nos mantiene lejos de una mala.

El comisario gruñó, pero no insistió.

Delacroix volvió a mirar la planilla de tiempos sobre la mesa.

La frase del margen, la provocación, el cambio de reloj, las demoras, el pañuelo arrojado: todo avanzaba hacia Bellanger con una elegancia casi perfecta.

Y en aquella perfección, sin embargo, había una pequeña incomodidad que se negaba a desaparecer.

Si Bellanger era culpable, ¿por qué defender la última lucidez de Montclar?

¿Por qué señalar que el campeón había mirado el reloj?

¿Por qué entregar, aunque fuera por ira, el pañuelo que podía condenarlo?

Podía ser vanidad, desde luego. Podía ser la arrogancia de quien cree que ninguna pieza basta para capturarlo.

Pero también podía ser algo más: la indignación de un hombre que comprende demasiado tarde que otra mano ha usado su odio.

Delacroix se apartó de la ventana.

—Comisario.

—¿Ahora qué?

—Quiero hablar con Bressan otra vez.

Bressan, al oír su nombre, se puso rígido al otro lado del salón.

—¿Conmigo? ¿Después de todo esto?

—Precisamente después de todo esto.

—¿Por qué?

Delacroix tomó la carpeta del volumen conmemorativo y la cerró con cuidado.

—Porque cuando una sala entera mira a un hombre que parece culpable, conviene preguntarle algo al que más desea que sigan mirando.

Bressan abrió la boca, pero no encontró frase.

Por primera vez en toda la tarde, el patrocinador del torneo pareció comprender que la historia antigua quizá no bastaría para ocultar la contabilidad reciente.

Y Delacroix, mientras caminaba hacia la biblioteca, pensó que el botón equivocado no estaba solo en el reloj.

También podía estar en la atención de todos.