Capítulo 16 — La frase en el margen #2
—Cualquiera que me odiara lo suficiente. O que conociera lo suficiente cuánto lo odiaba yo a él.
La frase no era una salida. Era casi una entrega de territorio.
Delacroix sintió que Bellanger estaba cambiando de estrategia.
Ya no intentaba demostrar que todo era ajeno.
Empezaba a admitir que el asesino, si no era él, había construido la partida usando su rencor como material de primera calidad.
Richet ordenó proteger la página. Nadie debía tocar la carpeta.
Uno de los agentes recibió la instrucción de marcar el folio y mantenerlo separado para comparar letras.
Viremont protestó débilmente, alegando el valor del documento para el volumen.
Richet le respondió con una mirada tan seca que el presidente prefirió callar.
Delacroix siguió examinando el capítulo desde cierta distancia.
Había algo en aquella anotación que lo incomodaba.
G.B. la recordará. No decía “Bellanger”.
Decía iniciales. Alguien que pensaba en las personas como piezas de un esquema o como nombres dentro de un archivo.
Montclar usaba iniciales en sus notas del maletín.
Viremont también, por hábito administrativo.
Solange las usaba en las planillas. Irène, desde luego, llenaba su libreta de iniciales.
Marguerite prefería los apellidos completos, como si incluso la abreviatura fuera una falta de respeto.
Abel, sospechó, no habría escrito así salvo copiando.
Bressan probablemente no habría pensado en iniciales ni aunque le pagaran por cada letra omitida.
—¿Montclar vio esta página? —preguntó Delacroix.
Viremont asintió con rigidez.
—Sí. Revisó el capítulo ayer.
—¿Hizo comentarios?
—Varios.
—¿Sobre la frase?
Viremont dudó.
—Dijo que Marguerite había hecho bien en mantenerla.
Bellanger cerró los ojos. El golpe era pequeño, pero profundo. Montclar había aprobado conservar la frase que luego Bellanger usaría para provocarlo.
—¿Algo más?
—Dijo… —Viremont se interrumpió.
—No se detenga ahora —dijo Richet—. Estábamos a punto de aburrirnos.
El presidente tragó saliva.
—Dijo que Bellanger la recordaría aunque fingiera haber olvidado cosas más importantes.
Delacroix miró la anotación del margen.
G.B. la recordará.
—¿Es la letra de Montclar? —preguntó.
Viremont negó despacio.
—No lo parece.
—Pero la frase pudo ser suya.
—Sí.
Solange habló con voz baja:
—Montclar no escribía así en los márgenes de la carpeta común. Cuando quería añadir algo, lo hacía de manera visible. Para que todos supieran que corregía.
—Una vanidad caligráfica —murmuró Irène.
Delacroix no apartó la vista de la anotación.
Si no era de Montclar, alguien había escrito una conclusión que Montclar había pronunciado.
Eso podía significar que el asesino había oído la frase del campeón y la había convertido en parte del plan.
O que Montclar mismo, sin saberlo, había entregado a su asesino la llave psicológica que permitiría mover el reloj al lado correcto.
—¿Dónde estuvo la carpeta después de que Montclar la revisó? —preguntó.
Viremont respondió:
—En la biblioteca, luego en la sala de análisis, porque pensábamos usar algunas fotografías durante la recepción. Después Abel debía llevar el material al comedor antes de la cena.
—¿La sala de análisis otra vez? —dijo Richet.
Abel asintió.
—La carpeta estuvo allí al mediodía. Luego la pasé a la biblioteca, creo. No estoy seguro de la hora.
—La sala de análisis donde Bellanger esperó antes de la partida —dijo Delacroix.
Bellanger se puso rígido.
—No vi la carpeta.
—¿Estaba allí cuando usted entró?
—No lo sé.
—Esa respuesta es nueva en usted.
—Porque no reviso todas las carpetas de una habitación antes de sentarme.
Solange intervino:
—Yo la dejé en la sala de análisis después de copiar unas páginas. Fue antes de almorzar. Luego Abel debía guardarla.
Abel pareció confundido.
—Creí que usted la había llevado a la biblioteca.
—No. La dejé sobre la mesa lateral.
—Yo no la vi.
Richet miró a ambos.
—Entonces la carpeta estuvo un tiempo sin control.
Viremont se llevó una mano a la frente.
—Era una carpeta de trabajo, no una caja fuerte.
—Hoy esa distinción no lo favorece —dijo Richet.
Delacroix se acercó a la sala de análisis, seguido por el comisario y por Bellanger, a quien Richet permitió acercarse solo después de una mirada severa.
Los demás quedaron en el salón, aunque Irène Louviers intentó seguirlos hasta que un agente le recordó que ya no tenía su libreta y, por lo tanto, tampoco excusa.
La sala de análisis conservaba la posición que Bellanger había dejado antes de la partida.
La mesa lateral, contra la pared, estaba vacía salvo por un cenicero, un tablero plegado y dos revistas.
Delacroix imaginó la carpeta allí, abierta por la página de la rivalidad, quizá con la frase sobre el tiempo visible.
Bellanger solo en la habitación. Un capítulo con la humillación antigua sobre la mesa.
Un reloj de caoba en la sala contigua. Una puerta entornada.
Un caballo negro de Marchand fuera de su caja.
Demasiadas tentaciones para un hombre que llevaba años llamando paciencia a su resentimiento.
—Si la carpeta estaba aquí —dijo Richet—, Bellanger pudo leerla.
—No la vi —repitió Bellanger.
—Pudo verla sin recordarlo.
—No soy tan descuidado con mis recuerdos.
Delacroix observó la mesa lateral. Había una marca rectangular sobre el polvo, más grande que la de una revista. La carpeta había estado allí. O algo similar. Junto a la marca, en el borde de la mesa, había restos mínimos de virutas de goma de borrar. Las señaló.
—Alguien borró algo aquí.
Richet se inclinó.
—¿La anotación del margen?
—Quizá. O la reforzó, o la ocultó, o intentó retirarla demasiado tarde.
Bellanger miró las virutas con un disgusto evidente.
—Eso no estaba cuando entré.
—¿Seguro?
—Sí.
—Acaba de decir que no revisa todas las mesas.
Bellanger apretó la mandíbula.
—No vi virutas.
—Eso es menos categórico.
Richet llamó al agente para recogerlas. Delacroix no esperaba demasiado de ellas, pero los restos de goma confirmaban algo: alguien había escrito y borrado recientemente. La frase del margen no era un fósil del proceso editorial. Era una intervención reciente, quizá hecha el mismo día.
Volvieron al salón. El comisario pidió a todos que mostraran lápices, plumas o útiles de escritura.
La medida produjo una escena menor de humillación burguesa: Viremont abrió su estuche de escritorio con gesto dolido, Irène protestó por la incautación de su lápiz preferido, Solange entregó dos portaminas y un lápiz gastado, Abel sacó uno pequeño del bolsillo del chaleco, Bressan aseguró no llevar nada hasta que apareció una pluma de oro en su abrigo, Viviane mostró una estilográfica, Marguerite un lápiz fino guardado en su bolso para correcciones del archivo.
Bellanger no llevaba lápiz, solo una pluma y el pañuelo.
—Qué salón tan alfabetizado —murmuró Richet.
Delacroix pidió ver el lápiz de Marguerite. Era fino, de madera negra, con la punta recién afilada y la goma casi sin usar. La viuda lo entregó con una indignación silenciosa.
—Yo no escribí eso.
—No he dicho que lo hiciera.
—Lo pensó.
—Pienso muchas cosas, madame. Me sorprende que en este club eso siga ofendiendo.
El lápiz de Solange, en cambio, tenía la goma desgastada.
El de Abel era corto, blando, de esos que sirven para marcar inventarios.
El de Viremont, más duro, dejaba una línea fina.
Irène llevaba varios. Bressan no tenía lápiz.
Bellanger, ninguno. Las comparaciones no resolvieron nada de inmediato, pero Delacroix observó una reacción curiosa: cuando el agente recogió el lápiz de Solange, Marguerite Lenoir la miró con severidad protectora; cuando tomó el de Abel, Bellanger bajó los ojos; cuando revisó la estilográfica de Viviane, Montclar pareció ausente de un modo más íntimo que durante todas las discusiones previas.
El comisario ordenó conservar los útiles para comparación. Hubo protestas, sobre todo de Irène, que dijo que un periodista sin libreta ni lápiz era una forma particularmente mezquina de amputación. Richet le respondió que la prefería amputada a entusiasta.
Delacroix volvió a la página del capítulo.
La frase impresa sobre el tiempo y la anotación del margen formaban ahora una pequeña trampa intelectual.
G.B. la recordará. Alguien había pensado no solo en el efecto de la frase sobre Bellanger, sino en el recuerdo como mecanismo.
No hacía falta ordenarle nada. Bastaba con devolverle una humillación antigua en el momento adecuado.
El asesino había preparado un botón físico y otro psicológico.
El primero estaba en el reloj. El segundo, en Bellanger.
—Hay dos botones —dijo Delacroix.
Richet lo miró con cansancio.
—No empiece.
—Uno de madera. Otro de memoria.
—Ah, empezó.
Delacroix no sonrió. Miró a Bellanger.
—El asesino necesitaba que Montclar tocara el primero y que usted tocara el segundo.
Bellanger se quedó inmóvil.
—Si no fui yo.
—Si no fue usted.
—¿Y si fui yo?
—Entonces los dos botones son suyos.
La respuesta fue seca. Bellanger la aceptó sin apartar la mirada.
—No fui yo.
Marguerite Lenoir habló desde la vitrina:
—Pero pudo serlo.
Bellanger giró lentamente hacia ella.
—Usted lleva dos horas esperando decirlo.
—Llevo veintidós años sabiendo que la paciencia malgastada acaba pudriéndose.
—Entonces debería reconocerse en ella, madame.
Viremont intentó intervenir, pero Delacroix lo detuvo con un gesto. No quería paz. No todavía.
Marguerite avanzó un paso. Su bastón sonó contra el suelo.
—Yo protegí una historia.
—Usted enterró a un hombre.
—Julien Marchand se enterró solo.
Abel se incorporó de golpe.
—No diga su nombre así.
Richet levantó la voz.
—Todos se sientan y se callan.