Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 16 — La frase en el margen
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Capítulo 16 — La frase en el margen

El agente regresó con la carpeta del volumen conmemorativo entre las manos como si llevara una reliquia, aunque Delacroix sospechaba que en el Círculo Philidor hasta las reliquias aprendían tarde o temprano a comportarse como pruebas.

La carpeta no era elegante. Tenía las cubiertas de cartón gris, las esquinas fatigadas por el uso y varias cintas de tela destinadas a impedir que medio siglo de vanidad institucional se derramara por el suelo.

Viremont la miró con un dolor casi paternal.

Marguerite Lenoir, con vigilancia. Solange Perrin, con vergüenza.

Irène Louviers, con hambre profesional. Bellanger no la miró enseguida.

Quizá porque sabía que algunas páginas, como algunas partidas, contienen derrotas que se repiten cada vez que alguien vuelve a leerlas.

Richet colocó la carpeta sobre la mesa auxiliar, lejos del tablero original y del lugar donde había caído Montclar.

Ya casi nadie prestaba atención a la mesa central, y eso inquietó a Delacroix.

Los vivos tienen una enorme facilidad para abandonar el escenario de una muerte cuando aparece un documento capaz de explicarla.

Pero los documentos, como las piezas, suelen mentir mejor cuando se los mira demasiado.

—¿Quién trabajó sobre este capítulo? —preguntó el comisario.

Nadie respondió de inmediato.

La pregunta era simple, pero en una casa como aquella las preguntas simples tenían la mala educación de exigir jerarquías. Viremont hizo un gesto con la mano, impreciso y elegante, como si pudiera repartir responsabilidad sin manchar a nadie.

—Era un trabajo colectivo.

—Qué frase tan útil —dijo Richet—. Tradúzcala.

El presidente respiró hondo.

—Yo coordinaba el volumen. Madame Lenoir revisaba la parte histórica.

Mademoiselle Perrin copiaba documentos, cotejaba partidas y ordenaba variantes.

Abel facilitaba el archivo. Monsieur Montclar revisó los apartados dedicados a sus partidas y a su rivalidad con monsieur Bellanger.

El señor Bressan financiaba la edición, pero no intervenía en el contenido.

Bressan, desde su lugar, levantó la barbilla con un alivio que lo volvió inmediatamente más sospechoso en un sentido menor.

—Exacto.

—¿Y madame Louviers? —preguntó Richet.

Irène sonrió apenas.

—Yo esperaba leerlo cuando todos terminaran de embellecer sus pecados.

—No trabajó sobre la carpeta.

—No oficialmente. Montclar me mostró fragmentos anoche. Muy pocos. Los suficientes para prometer veneno sin servírmelo todavía.

Delacroix miró la carpeta. La palabra veneno ya había dejado de pertenecer solo al cuerpo. Estaba en las frases, en las notas, en los márgenes, en la memoria editada.

Richet abrió el apartado marcado con una tira de papel: Montclar y Bellanger: rivalidad, estilo y legado.

El título era tan solemne que casi podía oírse a sí mismo.

Debajo había páginas mecanografiadas, párrafos tachados, correcciones manuscritas y pequeñas señales de distintas tintas.

Delacroix se acercó, no demasiado, y observó la textura del trabajo.

El capítulo había pasado por muchas manos.

La versión inicial era más neutra, casi administrativa.

Las correcciones de Marguerite Lenoir lo volvían más ceremonial.

Las anotaciones de Montclar introducían crueldad.

Las marcas de Solange, más pequeñas, corregían jugadas, fechas y secuencias.

Viremont había añadido frases de transición destinadas a evitar incendios.

Era una obra coral en el peor sentido: cada uno había intentado impedir que la verdad hablara con una voz ajena.

—Aquí —dijo Solange.

La joven señaló una página sin tocarla. En el centro del folio aparecía un párrafo dedicado a una partida jugada años atrás entre Montclar y Bellanger, una partida que el capítulo describía como “uno de los más claros ejemplos de la diferencia entre cálculo y destino competitivo”.

Delacroix sintió una inmediata antipatía hacia la frase.

Los libros conmemorativos, pensó, suelen ser cementerios donde los adjetivos hacen de flores de plástico.

Richet leyó en voz alta:

—“Tras el empate de Saint-Rémy, Montclar habría dicho a su rival una frase que los socios antiguos aún recuerdan: ‘El problema, Bellanger, es que usted juega como si el tiempo fuera a ponerse de su parte por justicia. El tiempo no es justo. El tiempo pertenece a quienes lo obligan a trabajar’.”

Bellanger no se movió, pero el salón pareció moverse por él.

Todos miraron en su dirección con disimulo imperfecto.

La frase estaba allí, impresa, corregida, conservada.

Ya no era una memoria imprecisa de amantes, viudas o encargados.

Era parte del capítulo conmemorativo. Una frase antigua convertida en material oficial dos días antes de la muerte de Montclar.

—¿Quién decidió incluirla? —preguntó Richet.

Marguerite Lenoir respondió sin vacilar.

—Yo.

Viremont se volvió hacia ella con alarma.

—Madame Lenoir…

—No veo motivo para fingir modestia. La frase estaba en un borrador anterior, pero se había quitado por considerarse demasiado áspera. Yo pedí reponerla.

—¿Por qué? —preguntó Delacroix.

La viuda apoyó ambas manos en la empuñadura del bastón.

—Porque resumía la rivalidad.

—También resumía una humillación.

—Las rivalidades importantes se construyen con humillaciones. Pretender lo contrario es escribir catecismos, no historia.

—Y usted quería historia.

—Quería exactitud.

Solange bajó la mirada con un gesto tan leve que quizá solo Delacroix lo notó. Exactitud. Marguerite usaba esa palabra como otros usan perfume: para cubrir algo más fuerte.

—¿Quién copió la página definitiva? —preguntó Richet.

—Yo —dijo Solange.

—¿Cuándo?

—Hace dos días por la tarde.

—¿Quién la vio después?

—Monsieur Viremont. Madame Lenoir. Montclar. Abel quizá, porque la carpeta quedó en el archivo. Bellanger no debía verla hasta después de la impresión, creo.

Bellanger habló al fin.

—No la vi.

—¿Nunca? —preguntó Richet.

—No.

—¿Ni hoy en la sala de análisis?

—No.

Delacroix observó sus manos. Permanecían quietas sobre las rodillas.

La respuesta podía ser verdadera, pero ya no bastaba.

El problema no era solo si Bellanger había leído la frase.

El problema era si alguien se la había colocado en la memoria antes de la partida.

A veces no hace falta mostrar una página. Basta con rozar una herida.

—¿Alguien le mencionó hoy el capítulo? —preguntó Delacroix.

Bellanger pensó. La pausa fue real.

—Bressan hizo un comentario vulgar sobre el libro. Dijo que tal vez, cuando estuviera impreso, yo tendría la satisfacción de figurar en letras doradas junto a Montclar aunque fuera en segundo término.

Bressan protestó.

—Eso fue una broma.

—Una broma mediocre —dijo Bellanger—. Pero sí, una broma.

—¿Alguien más? —insistió Delacroix.

—Madame Lenoir me dijo que el club no podía falsear la importancia de Montclar para calmar resentimientos.

Marguerite levantó el mentón.

—Y lo sostengo.

—¿Solange?

La joven negó enseguida.

—No hablé con monsieur Bellanger antes de la partida.

—¿Abel?

—Le llevé agua a la sala de análisis —dijo el encargado—. Nada más.

—¿Nada más?

Abel cerró los ojos, cansado de que cada “nada” volviera con dientes.

—Le dije que estaban preparando el salón. Que el reloj de caoba sería probablemente el elegido. Me preguntó si aún se atrasaba.

Bellanger lo miró.

—Eso es cierto.

—¿Y usted qué respondió? —preguntó Richet.

—Que el reloj se atrasaba solo con quienes lo usaban mal.

Bellanger dejó escapar una risa breve, sin alegría.

—Eso también es cierto.

Delacroix miró a Abel con interés. La frase del encargado no era inocente.

O quizá lo era de una manera que la volvía útil para otro.

El reloj, el tiempo, el uso correcto, la tradición: todo había ido formando alrededor de Bellanger una pequeña red verbal antes de que se sentara frente a Montclar.

No hacía falta una conspiración explícita.

Bastaba con un ambiente saturado de la palabra adecuada.

—Irène —dijo Richet—. ¿Usted le mencionó el capítulo a Bellanger?

—No hablé con Bellanger antes de la partida más que para saludarlo.

—¿Y después?

—Después Montclar murió. No parecía momento de crítica literaria.

El comisario no sonrió.

Delacroix pidió revisar las páginas anteriores y posteriores.

Richet se las fue pasando con cuidado. En el margen de la página donde aparecía la frase sobre el tiempo había varias marcas.

Una, en tinta negra, parecía de Marguerite: mantener.

Otra, en lápiz, probablemente de Solange: verificar fecha: Saint-Rémy, no Nantes.

Una tercera, con una letra más angulosa, decía: demasiado conocida para omitir.

Y debajo, casi pegada al borde inferior, había una anotación más tenue, quizá escrita con lápiz blando y luego borrada a medias:

G.B. la recordará.

Delacroix se inclinó.

—Comisario.

Richet siguió su mirada.

—¿Quién escribió eso?

El salón, otra vez, se quedó sin aire.

Viremont fue el primero en hablar.

—No lo sé.

—Naturalmente —dijo Richet.

Marguerite Lenoir miró la frase desde su distancia.

—No es mi letra.

Solange se acercó un paso, pálida.

—Tampoco la mía.

Abel negó con la cabeza antes de que le preguntaran.

—No.

Bressan, con una indignación más teatral que eficaz, levantó ambas manos.

—Yo ni siquiera leo esas correcciones.

Irène Louviers inclinó la cabeza.

—Qué lástima. Es la primera verdaderamente buena.

Richet la miró.

—Madame Louviers.

—No es mía, comisario.

Bellanger permanecía inmóvil. Delacroix lo observó antes de formular la pregunta.

—Monsieur Bellanger.

—No.

—Aún no pregunté.

—No la escribí. No vi esa página. No sabía que esa frase estaba en el capítulo.

—Pero la recordaba.

Bellanger miró la página.

—Sí.

—Y alguien escribió que usted la recordaría.

—Eso parece.

—¿Quién sabía que la recordaría con tanta fuerza?

El rival levantó los ojos. Por primera vez, no intentó convertir la respuesta en defensa.