Capítulo 15 — El botón equivocado #3
—Y todos tenían interés en que no llegara ese discurso.
—Casi todos. Pero de maneras distintas.
Richet tomó otra hoja. Era una planilla con una variante de la partida de Lyon. Delacroix no comprendía todos los símbolos, pero veía marcas, flechas y anotaciones recientes. Al margen, Montclar había escrito una frase:
La jugada que me salvó no era mía. La elección de usarla sí.
El comisario leyó la frase dos veces.
—¿Eso es confesión?
—De algo muy parecido.
—Montclar iba a admitir que robó los análisis.
—No exactamente. Iba a admitir que usó una jugada que alguien le hizo llegar.
—Marguerite.
—Quizá.
—Y aún así pensaba presentarse como dueño de la elección.
—Montclar hasta confesando habría encontrado una forma de coronarse.
Delacroix sintió una irritación fría hacia el muerto.
Cyrille Montclar no pensaba reparar el pasado; pensaba utilizarlo una última vez.
Iba a revelar que la historia oficial era falsa, sí, pero lo haría después de vencer a Bellanger, delante del club, convirtiendo incluso su deshonra en superioridad moral.
Era una manera perfecta de destruir a todos y seguir en el centro.
—Eso cambia algo —dijo Richet.
—Sí.
—Bellanger no solo podía odiarlo por Lyon. Podía odiarlo por lo que iba a hacer con Lyon.
—Si lo sabía.
—¿Y lo sabía?
Delacroix no respondió. Revisó otra hoja. Allí había una lista breve de nombres con signos de interrogación. Junto a “G.B.”, Montclar había escrito:
No decírselo antes. Necesito su mejor odio.
Delacroix se quedó inmóvil.
Richet leyó la frase por encima de su hombro.
—Dios bendito.
—Montclar quería que Bellanger jugara odiándolo.
—Para que la victoria tuviera más valor.
—Sí.
—Qué hombre.
—Sí.
La frase era monstruosa por su claridad.
Montclar había decidido no revelar a Bellanger antes de la partida que pensaba admitir, de algún modo, la injusticia de Lyon.
No por prudencia, sino porque necesitaba su odio intacto.
Quería enfrentarse a un Bellanger lleno de resentimiento y vencerlo igual.
Luego, quizá, concederle la verdad como quien arroja una moneda a un mendigo después de haberlo derrotado en público.
Delacroix pensó en la mirada final de Montclar hacia Bellanger.
Si el campeón había comprendido que no estaba perdiendo solo contra él, quizá también había comprendido la ironía suprema: él mismo había preservado el odio que permitió al asesino, fuera Bellanger o no, convertir la partida en una trampa perfecta.
Richet guardó las hojas.
—Debemos preguntarle a Bellanger si sabía algo de esto.
—Lo negará.
—¿Le cree?
—Todavía no sé.
—¿Quiere estar presente?
—Desde luego.
Volvieron al salón. Bellanger levantó la mirada al verlos. Algo en el rostro de Delacroix debió advertirle que el maletín había hablado.
—Monsieur Bellanger —dijo Richet—, Montclar tenía notas para su intervención de esta noche.
—Eso parece.
—Iba a hablar de Lyon.
—Eso también parece.
—Y escribió algo sobre usted.
Bellanger no respondió.
Richet leyó la frase, sin adornos:
—“No decírselo antes. Necesito su mejor odio.”
Durante un momento, Bellanger no se movió. Luego cerró los ojos. No fue un gesto de sorpresa. Fue peor: un gesto de reconocimiento.
—Así que incluso eso —dijo.
Delacroix lo observó.
—¿Lo sabía?
Bellanger abrió los ojos.
—No.
—¿Sospechaba que Montclar iba a revelar algo después de la partida?
—Sí.
—¿Sobre Lyon?
—No estaba seguro.
—¿Por qué no lo mencionó?
Bellanger sonrió apenas. Era una sonrisa sin fuerza.
—Porque durante veinte años todos me han visto como el hombre que no pudo superar Lyon. Si decía que Montclar quizá iba a hablar de ello, habría parecido otra fantasía de vencido.
—¿Y no lo era?
—No. Pero eso tampoco me consuela.
Richet sostuvo la hoja.
—Montclar quería su odio intacto.
—Montclar siempre quiso lo mejor de mí —dijo Bellanger—. Sobre todo cuando podía usarlo en mi contra.
La frase no lo absolvía. Pero por primera vez, Delacroix vio en él no solo al rival resentido, sino también al instrumento que Montclar había ayudado a afilar durante años. Un instrumento que alguien podía haber tomado por el mango en el momento adecuado.
—¿Eso le da más motivo para matarlo? —preguntó Richet.
Bellanger lo miró con una calma rota.
—Comisario, si yo hubiera sabido que Montclar pensaba confesar algo después de vencerme, quizá habría querido matarlo antes de la partida. O quizá habría querido vencerlo y obligarlo a hablar derrotado. No lo sé. Los hombres no siempre conocemos de antemano la forma exacta de nuestra vileza.
Nadie dijo nada. Era una respuesta demasiado honesta para resultar cómoda.
—Pero no lo sabía —añadió Bellanger—. Y no lo maté.
Delacroix observó sus manos. Ya no sostenían el pañuelo. Estaban abiertas sobre las rodillas.
—Monsieur Bellanger —dijo—, si alguien preparó el botón sabiendo que usted provocaría a Montclar, entonces lo usó. Si usted preparó el botón y provocó el cambio, entonces nos está usando a nosotros. En ambos casos, la clave está en esa provocación.
—Ya se la expliqué.
—No por completo.
—No hay más.
—Siempre hay más. ¿Por qué esa frase? “El tiempo de mi parte”. No dijo “el tablero”, “la posición”, “la suerte” o “el público”. Dijo el tiempo.
Bellanger miró hacia la mesa vacía.
—Porque Montclar me lo había dicho una vez.
—¿Qué cosa?
—Hace años. Después de una partida que empaté cuando debía ganar.
Me dijo: “El problema, Bellanger, es que usted juega como si el tiempo fuera a ponerse de su parte por justicia. El tiempo no es justo. El tiempo pertenece a quienes lo obligan a trabajar.” Yo le respondí hoy con su propia frase.
O con la sombra de su frase. Quise recordarle que tal vez el tiempo, por fin, no le pertenecía.
Delacroix sintió que la explicación encajaba demasiado bien con todo lo demás.
—¿Quién conocía esa frase?
Bellanger lo miró.
—No lo sé.
—¿Fue pública?
—Quizá. Montclar nunca desperdiciaba una crueldad si había público.
Viviane habló desde el ventanal:
—Yo la conocía.
Todos se volvieron hacia ella.
—Cyrille la repitió una noche en mi casa —dijo—. Con satisfacción. Dijo que Bellanger había puesto cara de hombre al que le retiran una silla justo antes de sentarse.
Bellanger no la miró. Pero sus dedos se cerraron lentamente.
Marguerite Lenoir también habló:
—Yo la oí en el club, hace años.
Abel asintió.
—Yo también.
Irène levantó la voz desde la primera fila:
—Está en un borrador del capítulo sobre la rivalidad. Montclar la había incluido como anécdota.
Solange palideció.
—Sí. Yo la copié.
Delacroix sintió que la casilla volvía a llenarse de nombres.
La frase que provocó el cambio de reloj no era espontánea en el sentido puro.
Era una pieza antigua, conocida, repetida, archivada, copiada.
Cualquiera que hubiera leído el borrador, oído la anécdota o conocido la rivalidad podía prever que Bellanger, en una tarde como aquella, la usaría de regreso.
O podía sugerirla sin necesidad de sugerirla, colocándola cerca de él como se coloca una pieza en prise para que el adversario crea haberla elegido.
—Entonces —dijo Richet—, el asesino pudo haber contado con esa frase.
—Sí —dijo Delacroix.
—Y con que Bellanger la dijera.
—Sí.
—Y con que Montclar reaccionara.
—Sí.
El comisario soltó una palabra breve, muy poco compatible con la solemnidad del club. Viremont pareció ofendido por reflejo, pero no tuvo energía para protestar.
Delacroix miró el tablero auxiliar. El caballo negro seguía allí.
El botón equivocado ya no era solo una cuestión de madera y veneno.
Era un principio del crimen: algo preparado para parecer destinado a una persona y terminar bajo la mano de otra por pura vanidad previsible.
Como una jugada de desviación. Como atraer una pieza a la casilla donde puede ser capturada.
El asesino no había apostado por el azar.
Había apostado por el carácter.
Y en aquella sala, pensó Delacroix, el carácter era una sustancia mucho más estable que cualquier veneno.
—Comisario —dijo.
—¿Sí?
—Necesito ver el borrador donde aparece esa frase.
Irène Louviers miró hacia la carpeta del volumen conmemorativo.
—Está en las páginas de la rivalidad Montclar-Bellanger.
Solange añadió, con voz más baja:
—Yo las copié hace dos días.
Delacroix se volvió hacia ella.
—¿Quién le pidió copiarlas?
—Monsieur Viremont.
El presidente se puso rígido.
—Era trabajo de archivo.
—¿Quién corrigió ese capítulo después? —preguntó Delacroix.
Viremont no contestó de inmediato.
Marguerite Lenoir lo hizo por él.
—Yo.
Delacroix miró a la viuda.
—¿Y dejó la frase?
—Sí.
—¿Por qué?
Marguerite levantó el mentón.
—Porque era exacta.
Bellanger soltó una risa baja, sin alegría.
—Por fin algo en lo que estamos de acuerdo, madame.
Delacroix no apartó los ojos de Marguerite. La viuda sostenía su mirada con firmeza, pero ahora había algo nuevo en ella. No miedo. No culpa. Una conciencia aguda de que la historia que había preservado podía haber sido usada no para honrar al club, sino para matar dentro de él.
—La frase era una llave —dijo Delacroix.
—Una frase no mata —respondió ella.
—No. Pero puede abrir la puerta correcta en el orgullo correcto.
Marguerite no contestó.
El comisario Richet ordenó traer la carpeta.
Mientras un agente iba por ella, el salón permaneció en silencio.
Delacroix sintió, con una claridad creciente, que el crimen había sido preparado con materiales que todos consideraban inocentes: una anécdota antigua, un reloj tradicional, una rivalidad pública, una pieza olvidada, un capítulo conmemorativo, una frase repetida por vanidad.
Nada de eso, por separado, podía matar a un hombre.
Pero el ajedrez consistía precisamente en eso.
Piezas inofensivas, colocadas en el orden justo, hasta que el rey no tenía dónde ir.