Capítulo 15 — El botón equivocado #2
La tercera posibilidad lo incomodaba porque era difícil.
Pero no imposible. Había habido una discusión, movimientos alrededor de la mesa, Abel ajustando el ángulo, Montclar imponiendo su voluntad, Bellanger con pañuelo, Viremont intentando mediar, Irène observando, quizá alguien pasando cerca.
En un salón donde todos miraban el orgullo de dos hombres, un objeto pequeño podía recibir una caricia mortal.
—Monsieur Cavaillon —dijo Delacroix.
Abel se enderezó.
—Sí.
—Cuando Montclar pidió cambiar el reloj, usted lo levantó.
—Sí.
—¿Con ambas manos?
—Creo que sí.
—¿Tocó los botones?
—No deliberadamente.
—¿Pudo rozarlos?
—Pudo.
—¿Con qué mano lo apoyó en su nueva posición?
Abel miró el reloj sustituto, reproduciendo el gesto en el aire sin tocarlo.
—Con la izquierda sujeté la base. Con la derecha corregí el ángulo.
—¿Dónde estaba Bellanger?
—Sentado. O de pie junto a su silla. No estoy seguro.
—¿Y Montclar?
—Frente a él, impaciente.
—¿Alguien más cerca?
Abel cerró los ojos.
—Monsieur Viremont a un lado. Madame Louviers detrás. Tal vez monsieur Bressan, pero no cerca de la mesa. Mademoiselle Perrin estaba más atrás.
—¿Madame Lenoir?
—Primera fila.
—¿Viviane Marceau?
—No había llegado todavía.
Viviane, desde el ventanal, asintió.
—Llegué después de la elección definitiva del reloj.
Delacroix agradeció el dato con una inclinación mínima. Eso no la eliminaba de otras sospechas, pero la alejaba de la aplicación directa en ese momento concreto.
Richet miró a Abel.
—Si el botón fue contaminado durante el cambio, usted era la persona que lo tocó.
Abel palideció.
—No.
—No he dicho que con intención.
—No.
La segunda negación ya no respondía al comisario.
Respondía a una idea que el propio Abel empezaba a imaginar con horror: haber sido usado como Bellanger.
Haber trasladado el reloj, haber rozado el botón, haber llevado con sus propias manos la muerte hasta la mano de Montclar.
Delacroix vio esa posibilidad atravesarle el rostro y la guardó con cuidado.
Los culpables temen ser descubiertos. Los inocentes usados temen descubrirse útiles.
—¿Tenía las manos limpias? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—¿Había tocado antes la pieza de Marchand?
—No.
—¿Los paños?
—Sí. La cera. Los relojes.
—¿Se limpió las manos después?
—No recuerdo.
Richet lo miró con severidad.
—Piénselo.
—Quizá con un paño. En la sala de material. Siempre lo hago después de encerar.
—¿El mismo paño que luego quedó allí?
—Sí. Creo.
Delacroix pensó en los paños recogidos por los agentes.
Si había residuo en uno de ellos, el laboratorio podría hablar.
Pero el laboratorio, como todos los oráculos respetables, tardaría.
La novela del crimen rara vez concedía al detective la comodidad de esperar resultados con té y paciencia.
Había que pensar antes de saber, y luego tener la humildad de corregirse cuando el saber llegara.
—Bellanger tocó el caballo negro —dijo Richet—. Luego se limpió con pañuelo. Abel tocó el reloj. Montclar tocó el botón. Tenemos demasiadas manos.
—Sí —dijo Delacroix—. Pero solo una mente necesitaba esa cadena.
Solange, que había permanecido en silencio, habló con voz baja:
—Una cadena así sería arriesgada.
Delacroix la miró.
—Exacto.
—Entonces quizá no fue una cadena. Quizá el botón ya estaba preparado y lo del caballo negro solo está para que miremos a Marchand.
Irène Louviers sonrió apenas, sin alegría.
—La alumna acaba de decir en voz alta lo que todos fingíamos no pensar.
Marguerite Lenoir golpeó el suelo con el bastón.
—No llame alumna a mademoiselle Perrin como si fuera un mérito provisional.
Irène la miró con sorpresa divertida.
—Qué inesperada defensa, madame.
—No la defiendo. Corrijo una descortesía.
Solange no agradeció ni rechazó la intervención.
Delacroix notó, sin embargo, que la joven se tensaba de un modo distinto cuando Marguerite hablaba.
No solo por temor. También por una especie de resentimiento filial, como si la viuda, desde su pedestal de memoria, siguiera autorizando o negando el valor de los demás.
—Mademoiselle Perrin tiene razón —dijo Delacroix—. El caballo negro puede ser arma, vehículo o teatro. Todavía no sabemos cuál.
—¿Teatro? —preguntó Richet.
—Una pieza de Marchand tocada por Bellanger justo antes de una partida contra Montclar. Una mancha. Un pañuelo. Papeles sobre Lyon apareciendo por todas partes. Es una puesta en escena demasiado coherente.
—Usted ve demasiada literatura.
—Y usted demasiados sospechosos. Ambos tenemos defectos útiles.
Bellanger habló desde su silla, la voz más baja que antes:
—Si alguien usó esa pieza para implicarme, conocía mi historia con Julien.
—Sí.
—Y sabía que yo no la reconocería necesariamente.
—O que reaccionaría cuando otros la reconocieran.
—Eso es peor.
—Casi todo lo inteligente lo es.
Bellanger se quedó mirando el caballo negro del tablero auxiliar.
—No abandoné a Julien —dijo.
Abel soltó una risa seca, breve, casi involuntaria.
—No. Solo dejó de mirarlo.
Bellanger se volvió hacia él.
—Usted no sabe qué ocurrió entre nosotros.
—Sé lo que hizo después. Eso suele ser suficiente.
—Julien me mintió.
—Julien estaba destruido.
—Porque alguien lo destruyó antes.
—Y usted decidió que era más cómodo no saber quién.
La tensión entre ambos se volvió física. Richet avanzó un paso, pero Delacroix levantó apenas una mano. No quería detenerlo demasiado pronto. Las discusiones antiguas, cuando se rompen, suelen dejar caer algo más que reproches.
Bellanger se puso de pie.
—Usted cree que fui injusto con él.
—Lo sé.
—Yo tenía veintinueve años, Abel. Había perdido la partida más importante de mi vida. Las notas desaparecieron bajo su cuidado.
—¿Bajo su cuidado? Él no era su sirviente.
—Era mi analista.
—Era su amigo.
La palabra hizo más daño que cualquiera de las anteriores. Bellanger no respondió de inmediato. Sus ojos se endurecieron, pero detrás apareció algo cansado.
—Precisamente por eso me dolió.
Abel dio un paso hacia él.
—A usted le dolió perder. A Julien le dolió haberlo perdido a usted.
El silencio que siguió fue insoportable de una manera distinta a todos los anteriores. Ya no pertenecía a la investigación, sino a una deuda humana que había sobrevivido demasiado tiempo sin encontrar forma. Bellanger bajó la mirada. Su pañuelo seguía en la mano, arrugado por primera vez.
—Basta —dijo Richet al fin—. No voy a permitir que una tragedia de hace veinte años se represente sobre otra de hoy.
—Comisario —dijo Delacroix—, me temo que eso es exactamente lo que alguien permitió.
Richet lo miró.
—O provocó.
—Sí.
Bellanger volvió a sentarse. Abel se apartó hacia la pared, respirando con dificultad.
Delacroix observó a los demás. Bressan parecía irritado por una escena que lo excluía del centro; Viremont, aterrorizado por todo lo que se salía del marco institucional; Marguerite, inmóvil, pero con una sombra de satisfacción amarga al ver a Bellanger herido; Solange, pálida, como si entendiera que la admiración y la crueldad no pertenecían solo a Montclar; Irène, atenta a la arquitectura emocional del salón; Viviane, triste de una forma casi serena.
—Necesito revisar el maletín de Montclar con más cuidado —dijo Delacroix.
Richet asintió.
—En la biblioteca.
El maletín había sido colocado sobre la mesa, junto a las hojas halladas por los agentes.
Era de cuero oscuro, elegante, con cierres metálicos y las iniciales C.M.
grabadas en una esquina. Richet lo abrió en presencia de Delacroix, Irène como testigo circunstancial —aunque protestó por la categoría— y uno de los agentes.
Dentro había documentos ordenados con una pulcritud casi ofensiva: copias de cuentas, anotaciones sobre el volumen conmemorativo, una lista de socios, cartas antiguas, fotografías y varias planillas de ajedrez.
Montclar había preparado su propia bomba para la cena, pensó Delacroix.
No una confesión, sino una demostración.
—Mire esto —dijo Richet.
Entre las hojas había una nota escrita por Montclar, no dirigida a nadie en particular. Parecía un esquema para un discurso o quizá para la conversación con Irène. La letra era firme, aunque con algunas correcciones bruscas. Delacroix leyó:
No basta con decir que Marchand fue borrado.
Hay que demostrar quién necesitaba borrarlo.
M.L. actuó por devoción. A.V. heredó el silencio.
B. vivió de él sin saberlo. G.B. fue víctima y cómplice de su propia comodidad.
V.M. merece una explicación. S.P. tiene razón: las partidas no mienten, las actas sí.
Richet soltó un silbido bajo.
—Está medio club.
—Montclar no pensaba ir a la cena con las manos vacías.
—G.B. es Bellanger.
—Sí.
—“Víctima y cómplice de su propia comodidad”. Eso le habría gustado poco.
—A Bellanger oírlo, sí. A Montclar decirlo, probablemente mucho.
Delacroix siguió revisando. Las iniciales M.L.
eran Marguerite Lenoir; A.V., Anatole Viremont; V.M.
, Viviane Marceau; S.P., Solange Perrin.
Montclar había hecho algo extraño: en aquellas notas, con toda su arrogancia, parecía dispuesto a reconocer que Solange tenía razón.
Eso no lo volvía humilde. Quizá quería usar su descubrimiento para hacerse dueño también de la verdad que ella había encontrado.
Otra hoja contenía una lista de tiempos aproximados para el acto de la noche. Recepción. Partida. Descanso. Cena. Brindis de Bressan. Discurso de Viremont. Intervención de Montclar. Entrega de premios. Junto a “Intervención de Montclar”, había escrito:
Después de vencer a G.B.
Delacroix señaló la frase.
—Ahí está.
Richet se inclinó.
—Primero ganar. Luego hablar.
—No hablar como un hombre asustado, dijo Irène. Hablar como vencedor.
—¿El asesino podía saberlo?
—Algunos sí. Montclar lo insinuó a Irène. Tal vez a Viviane. Viremont y Bressan sabían que quería hablar. Solange sabía que había recibido la hoja. Abel también. Marguerite podía temerlo. Bellanger, quizá, lo ignoraba o lo intuía.