Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 15 — El botón equivocado
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Capítulo 15 — El botón equivocado

El caballo negro permaneció sobre el tablero auxiliar como una impertinencia.

No era la pieza original de Julien Marchand, desde luego; esa había sido retirada por los agentes junto con el reloj de caoba, los paños, el frasco de cera y todo cuanto el comisario Richet había decidido convertir en prueba antes de que el Círculo Philidor encontrara un modo elegante de explicarlo.

Pero bastaba su figura de madera, con el cuello arqueado y la cabeza fija en una dirección oblicua, para que el salón entero pareciera menos interesado en reyes, damas o torres.

Delacroix lo observó durante unos segundos, sin tocarlo, preguntándose si la importancia de una pieza dependía de su fuerza sobre el tablero o de la memoria que alguien lograba cargar sobre ella.

Bellanger había dicho que los mejores jugadores miraban la pieza que nadie creía importante.

Era una frase hermosa y, por eso mismo, peligrosa.

Las frases hermosas tienen la mala costumbre de ofrecerse como llaves universales.

Delacroix desconfiaba de ellas casi tanto como de las coartadas demasiado sencillas.

Sin embargo, el caballo negro había aparecido demasiadas veces en aquella tarde para ser descartado como decoración: Bellanger admitía haber tocado una pieza antigua antes de la partida; Abel decía que pertenecía a la caja de Julien Marchand; la pieza presentaba una mancha; Bellanger se había limpiado los dedos con un pañuelo; luego el reloj fue cambiado de lugar; Montclar tocó una y otra vez el botón que acabaría convirtiéndose, al menos para la imaginación de todos, en el centro del crimen.

Era una línea atractiva.

Demasiado atractiva.

Delacroix se apartó del tablero y caminó hacia la mesa central.

Ya no estaba el reloj. Su ausencia había dejado una marca casi física, un rectángulo de paño menos aplastado junto a las piezas desordenadas.

La silla de Montclar continuaba ligeramente ladeada, como si aún esperara que alguien la enderezara, y el rey blanco seguía tumbado entre casillas donde nunca habría debido terminar.

En cualquier otro club, alguien habría querido ordenar aquello por decencia.

En el Círculo Philidor, sospechó Delacroix, además por estética.

Pero Richet había prohibido tocar la mesa, y la prohibición policial había impuesto sobre el salón una suciedad saludable.

El comisario se acercó con su libreta en una mano y la expresión de quien se ha visto obligado a pensar demasiado en relojes para un solo día.

—Bellanger acaba de darme más motivos para arrestarlo que para invitarlo a cenar.

—No creo que nadie vaya a cenar con demasiado apetito.

—No bromee. Tocó una pieza vinculada a Marchand, no lo dijo, tenía pañuelo, habló del tiempo, provocó a Montclar para que moviera el reloj y luego alargó la partida.

—Sí.

—¿Y aun así?

Delacroix miró el hueco del reloj.

—Aun así hay un problema.

Richet cerró un instante los ojos.

—Naturalmente. En esta casa los problemas se reproducen como conejos con educación clásica.

—Bellanger pudo haberlo hecho. Eso es evidente. Pero si lo hizo, cometió algo impropio de él.

—¿Matar a alguien?

—Dejar que el mecanismo dependiera de un capricho de Montclar.

El comisario volvió hacia él la cabeza.

—La provocación sobre el tiempo.

—Sí. Bellanger dice que provocó a Montclar para molestarlo, y Montclar pidió mover el reloj para demostrar control.

Eso explica cómo el botón preparado pudo quedar finalmente bajo su mano.

Pero si Bellanger era el asesino, ¿por qué necesitaría esa provocación?

¿Por qué no preparar directamente el botón que, según la ubicación inicial, correspondía a Montclar?

Richet frunció el ceño.

—Porque quizá no sabía cómo se colocaría.

—Entonces el plan era torpe. Bellanger no me parece torpe.

—Los asesinos también se equivocan.

—Por supuesto. Pero aquí no hablamos de una equivocación corregida a último momento.

Hablamos de un método que exigía precisión.

Una sustancia aplicada al botón correcto, una víctima que jugaría con blancas, una partida larga, una mano que regresaría al mismo sitio durante casi una hora.

Demasiadas piezas para confiar en que Montclar se irritara justo en el momento adecuado.

—Bellanger sabía irritarlo.

—Sí. Pero saber irritar a alguien no equivale a controlar la geometría de un reloj.

Richet observó la mesa central. La explicación parecía disgustarle porque obligaba a soltar, aunque solo fuera un poco, el cuello del sospechoso más cómodo.

—Entonces ¿quién sí podía saberlo?

—Quien colocó el reloj.

—Abel.

—O quien sabía cómo lo colocaría Abel y cómo reaccionaría Montclar ante una provocación. O quien pudo alterar el reloj después del cambio.

—Volvemos al salón lleno de testigos.

—Exactamente.

El comisario guardó la libreta en el bolsillo y se llevó ambas manos al bigote, gesto que en él parecía equivaler a una blasfemia silenciosa.

—Explíqueme lo del botón equivocado como si yo hubiera jugado al ajedrez solo para no dormirme en la comisaría.

Delacroix se acercó al tablero auxiliar y pidió a Solange Perrin que dejara por un momento la copia de la partida.

La joven, que había estado escribiendo con una concentración casi febril, levantó la cabeza.

Tenía manchas de tinta en los dedos y un cansancio nuevo en el rostro.

Delacroix señaló el reloj sustituto que habían usado en la reconstrucción.

—Mademoiselle Perrin, ¿puede ayudarnos otra vez?

—Sí.

—Coloque el reloj como estaba al principio.

Solange lo hizo. Sus movimientos fueron precisos, sin vacilación.

Bellanger observaba desde su silla. Abel, cerca del corredor, miraba con una ansiedad casi dolorosa, como si cada recreación del gesto lo volviera a colocar bajo sospecha.

Marguerite Lenoir fingía no interesarse, pero su bastón se había inmovilizado en el suelo.

Irène Louviers, privada de su libreta, seguía cada detalle con los ojos de quien ha descubierto que la memoria puede ser una forma de escritura más arriesgada que la tinta.

—Así estaba antes de la intervención de Montclar —dijo Solange.

—¿Y qué botón habría usado él? —preguntó Delacroix.

La joven señaló el lado correspondiente.

—Este.

—¿Y cuál habría usado Bellanger?

—Este otro.

—Ahora muévalo como lo movió Abel tras la petición de Montclar.

Solange desplazó el reloj al otro lado del tablero, sin girarlo por completo, ajustando apenas el ángulo, tal como habían reconstruido entre todos. Luego dejó las manos junto al cuerpo.

—Ahora el botón que antes quedaba más cerca de Bellanger queda bajo la mano de Montclar —dijo.

—Exacto.

Richet miró a Bellanger.

—Lo cual significa que el botón envenenado, si estaba preparado antes del cambio, al principio habría estado destinado a usted.

Bellanger no respondió enseguida. Sus ojos permanecían en el reloj sustituto.

—O que alguien sabía que no terminaría de mi lado.

—¿Quién podía saberlo? —preguntó Delacroix.

—Yo no.

La respuesta fue demasiado rápida. Delacroix la recibió sin mostrar nada.

—Sin embargo, usted provocó el cambio.

—Sí.

—Con una frase sobre el tiempo.

—Sí.

—Una frase que, según dice, nació de su resentimiento.

—No necesito que usted me recuerde mis motivos, monsieur Delacroix.

—No lo hago por usted. Lo hago por ellos.

Señaló el salón sin teatralidad. Todos los presentes entendieron que, en ese momento, no eran público, sino piezas de una posición reconstruida.

—Todos sabían que usted y Montclar podían herirse con muy poco —continuó Delacroix—. Todos sabían que Montclar no soportaba ceder control ante usted. Todos sabían que si usted sugería que el tiempo estaba de su parte, él intentaría corregir incluso la colocación del reloj.

Bellanger apretó los labios.

—Eso lo vuelve posible para cualquiera.

—No para cualquiera. Para alguien que conociera esa frase antes de que usted la dijera, o que supiera inducirlo a decirla.

Bellanger levantó la mirada.

—Nadie me indujo.

—¿Está seguro?

—No soy un niño.

—No. Es mucho mejor: es un hombre orgulloso. Los niños cambian de opinión con facilidad. Los hombres orgullosos llaman carácter a los botones que otros aprietan en ellos.

La frase produjo un silencio áspero. Bellanger sostuvo la mirada de Delacroix con una frialdad que aún conservaba fuerza, pero ya no dominio absoluto.

—¿Quién, según usted, apretó ese botón en mí?

—Esa es la pregunta.

Richet intervino antes de que Bellanger respondiera con otra frase peligrosa.

—Pensemos en los contactos previos. ¿Quién habló con Bellanger antes de la partida sobre el reloj o sobre el tiempo?

—Madame Lenoir le confirmó que probablemente se usaría el reloj de caoba —dijo Delacroix—.

Bressan habló del horario y de que la partida no debía eternizarse.

Viremont estaba preocupado por el programa.

Abel colocó los relojes y conocía la resistencia del botón.

Irène oyó parte de la frase. Solange sabía cómo Bellanger tendía a prolongar posiciones bajo tensión.

Viviane conocía la incapacidad de Montclar para quedar por debajo de Bellanger en un gesto público.

—De nuevo todos —dijo Richet.

—No. Ahora no todos de la misma manera.

Delacroix volvió hacia el reloj sustituto.

El objeto era inocente, pero servía para pensar.

En el verdadero reloj, el botón peligroso había acabado del lado de Montclar.

Eso podía explicarse por tres posibilidades.

La primera: Bellanger preparó el botón y provocó el cambio para asegurarse de que Montclar lo usara.

La segunda: otra persona preparó el botón sabiendo que Bellanger provocaría el cambio.

La tercera: el botón no fue preparado antes, sino contaminado después de la recolocación, en un gesto breve durante la confusión previa a la partida.