Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 14 — Una partida comentada por los vivos #4
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Capítulo 14 — Una partida comentada por los vivos #4

Delacroix miró a Bressan. Otra vez el tiempo: programa, duración, cena, discursos.

Montclar iba a hablar después. La partida no debía alargarse demasiado desde el punto de vista del patrocinador, y sin embargo Bellanger la alargó.

Si Bressan quería muerto a Montclar antes de la cena, una partida prolongada aumentaba el riesgo de que el colapso sucediera en público.

¿Le convenía? Quizá sí, si quería que pareciera estrés ajedrecístico. Quizá no, si temía el escándalo.

Viremont habló, con voz débil:

—Todos hablábamos del horario. No hagan de eso una conspiración.

—Las conspiraciones pequeñas suelen empezar como horarios —dijo Delacroix.

Richet se frotó el bigote.

—Necesito ordenar esto. Bellanger provoca a Montclar con el tiempo. Montclar pide mover el reloj. El botón preparado queda de su lado. Luego Bellanger alarga la partida. Montclar empeora. Muere. Y después aparecen papeles sobre Lyon en la libreta de la periodista y en el maletín del muerto.

—Sí —dijo Delacroix.

—Eso sigue señalando a Bellanger.

—Sí.

Bellanger levantó los ojos.

—Al menos esta vez no dijo quizá.

Delacroix lo miró con una calma que no era cortesía.

—Porque ahora no hablaba de culpabilidad, monsieur. Hablaba de dirección.

Bellanger entendió la diferencia. No le gustó.

Richet ordenó que la reconstrucción quedara tal como estaba.

Nadie debía mover el tablero auxiliar. Pidió a Solange que escribiera una copia limpia de la secuencia de jugadas con las observaciones físicas asociadas.

La joven aceptó de inmediato. Hacer algo útil parecía calmarla.

A Bellanger le pidió que permaneciera disponible.

Al resto, que siguieran en el salón sin conversar sobre detalles de la investigación.

Nadie obedecería del todo, pero la prohibición al menos permitiría identificar a quien hablara demasiado.

Delacroix se apartó hacia el ventanal. La noche había cerrado por completo el patio interior.

En el cristal se reflejaba el salón: los sospechosos, las sillas, la vitrina, el tablero auxiliar, la mesa central marcada por la ausencia del cuerpo y del reloj.

La habitación parecía duplicada en la oscuridad, como si hubiera dos clubes: uno visible, de madera y lámparas; otro reflejado, hecho de gestos, secretos y posiciones invertidas.

Viviane Marceau se acercó en silencio.

—Usted ya lo sabe —dijo.

Delacroix no apartó la mirada del reflejo.

—Todavía no.

—Pero está más cerca.

—Eso no siempre es un consuelo.

—Cyrille miró el reloj, ¿verdad?

—Eso parece.

—Entonces comprendió.

—Quizá.

Viviane cerró los ojos un instante.

—Me alegra.

Delacroix la miró.

—Es una alegría severa.

—No me alegra que sufriera. Me alegra que no muriera creyendo que Bellanger le había ganado limpiamente.

La frase contenía amor, odio y un residuo de lealtad que quizá ni ella misma habría querido reconocer. Delacroix no la juzgó. Los sentimientos que sobreviven a los hombres difíciles rara vez conservan una forma agradable.

—Si comprendió —dijo él—, también comprendió que alguien había usado su orgullo.

—Eso debió dolerle más que el veneno.

—Probablemente.

Viviane miró el reflejo de Bellanger en el cristal.

—Gaspard pudo odiarlo. Pudo desear verlo humillado. Pero no sé si habría soportado que alguien más le robara esa humillación.

Delacroix encontró la observación muy valiosa.

—No lo absuelve.

—No pretendía absolverlo. Solo recordarle que la vanidad también puede tener celos.

Bellanger, al otro lado del salón, seguía mirando el tablero auxiliar. No hablaba con nadie. Su rostro volvía a ser controlado, pero ya no intacto. La reconstrucción de la partida lo había obligado a contemplar una posibilidad peor que la acusación: haber sido una pieza negra movida por otra mano.

Delacroix pensó entonces en la frase de Montclar a Irène: todos miran la pieza que cae; los buenos jugadores miran la mano que la obligó a caer.

La pieza que cayó fue Montclar.

La mano visible fue Bellanger.

Pero ¿quién había obligado a Bellanger a mover como movió?

Desde la mesa auxiliar, Solange empezó a copiar la partida. Su pluma rasgaba el papel con un sonido pequeño y constante. Jugada, comentario, síntoma. Jugada, comentario, síntoma. Era una autopsia en columnas.

Delacroix se acercó de nuevo al tablero. Bellanger levantó la vista.

—Monsieur Delacroix.

—Sí.

—Si alguien me usó, lo encontrará.

No era una petición. Tampoco una amenaza. Era algo más extraño: una exigencia de adversario.

—Eso intento.

—Y si no me usó nadie…

—También.

Bellanger asintió. Luego volvió a mirar las piezas.

—Montclar tenía razón en algo.

—¿Solo en algo?

—En esa última frase. La que le dijo a madame Louviers. Los buenos jugadores miran la mano que obliga a caer la pieza.

Delacroix observó el tablero.

—¿Y los mejores?

Bellanger tardó unos segundos en responder.

—Los mejores miran la pieza que nadie creyó importante.

Delacroix siguió su mirada.

No estaba mirando al rey blanco.

No a la dama negra.

No a la torre de la última defensa.

Estaba mirando un caballo negro del tablero auxiliar, colocado en el borde de la posición, apartado de la línea principal.

Un caballo negro.

Como la pieza de Julien Marchand.

Delacroix sintió que algo, muy lejos aún pero ya visible, empezaba a cerrar una curva.

No dijo nada. No hacía falta. La partida comentada por los vivos acababa de entregar una nueva pregunta.

Y en aquella casa, las preguntas correctas tenían la desagradable costumbre de despertar a los muertos.