Capítulo 14 — Una partida comentada por los vivos #3
Bellanger levantó la cabeza.
—No.
—No he dicho que lo supiera.
—Pero lo piensa.
—Pienso que alguien pensó en usted.
La diferencia era sutil, pero produjo un efecto profundo.
Bellanger no respondió. Quizá porque no podía negar aquello sin negar toda su vida de rivalidad con Montclar.
Alguien que conociera el odio de ambos podía haber construido una máquina perfecta con dos orgullos: el de Montclar, incapaz de abandonar, y el de Bellanger, incapaz de ganar de manera sencilla cuando por fin podía humillar al campeón.
Solange se sentó lentamente. Su rostro estaba muy pálido.
—Entonces no bastaba con envenenar el reloj.
—No —dijo Delacroix—. Había que elegir el día, el rival, la partida, el público y la herida correcta.
Irène Louviers habló desde la primera fila.
—Y había que asegurarse de que todos interpretáramos la demora como venganza deportiva.
Delacroix volvió hacia ella.
—Exactamente.
—Eso requiere conocer el relato antes de que ocurra.
—Sí.
Richet miró a todos con creciente impaciencia.
—Bien. Pregunta sencilla, entonces. ¿Quién conocía tan bien el relato?
Nadie respondió.
No porque no hubiera nombres. Porque había demasiados.
Marguerite Lenoir conocía la historia oficial y la rivalidad como una guardiana de tumbas.
Abel Cavaillon conocía los objetos, las llaves, el recuerdo familiar de Marchand y las humillaciones cotidianas de Montclar.
Solange conocía la partida, los archivos y la psicología de los jugadores con una lucidez nueva.
Viviane conocía la intimidad de Montclar y su incapacidad de ceder.
Irène conocía el valor de convertir una muerte en historia.
Viremont conocía el club, sus programas, sus secretos administrativos.
Bressan conocía el beneficio de que ciertos discursos no llegaran a pronunciarse.
Y Bellanger, por supuesto, conocía la manera exacta de hacer sufrir al campeón ante un tablero.
—Todos —dijo Delacroix al fin.
Richet cerró los ojos.
—Esa respuesta empieza a irritarme.
—A mí también. Por eso debemos buscar no quién conocía la historia, sino quién podía ajustar el mecanismo.
—El reloj.
—El reloj y la partida.
Bellanger habló de nuevo, más bajo:
—Hay algo más.
Delacroix lo miró.
—Dígalo.
—Si el botón estaba preparado antes de que el reloj se colocara definitivamente, como han sugerido, había riesgo de que el botón quedara de mi lado.
—Sí.
—Entonces el asesino necesitaba estar seguro de que Montclar pediría el cambio.
—O provocarlo.
—Montclar no pidió el cambio por capricho.
Solange frunció el ceño.
—¿No?
Bellanger negó despacio.
—Lo pidió porque yo le dije algo antes.
—¿Qué cosa? —preguntó Richet.
Bellanger parecía detestar cada palabra que estaba a punto de pronunciar.
—Cuando discutíamos el reloj, le dije en voz baja que el de caoba inclinaba ligeramente hacia mi lado. Que tal vez, por una vez, el tiempo se pondría de mi parte.
Delacroix sintió que la pieza caía.
—¿Y Montclar pidió moverlo?
—Sí.
—Para demostrar que el tiempo no estaba de su parte.
—Para demostrar que él decidía incluso eso.
El silencio se volvió denso.
Richet dio un paso hacia Bellanger.
—¿Por qué no lo dijo antes?
—Porque era una provocación sin importancia.
—Hoy no hay provocaciones sin importancia.
—Lo sé ahora.
Delacroix observó el rostro de Bellanger.
Aquella confesión lo dañaba. No lo convertía necesariamente en asesino, pero sí en parte activa de la cadena.
Él había provocado el cambio que permitió que el botón preparado quedara bajo la mano de Montclar.
Si lo hizo sabiendo que el botón estaba contaminado, era culpable.
Si no lo sabía, alguien había contado con su frase, con su estilo, con su manera de herir a Montclar.
O Bellanger acababa de fabricar una explicación para justificar un dato que pronto habría salido.
—¿Alguien oyó esa frase? —preguntó Richet.
Bellanger miró alrededor.
—No lo sé. La dije bajo.
—¿Quién estaba cerca?
—Abel. Viremont. Madame Louviers quizá. Monsieur Delacroix no, creo. Montclar, naturalmente.
Abel levantó la cabeza.
—Yo la oí.
Todas las miradas fueron hacia él.
—¿Y no la mencionó? —dijo Richet.
—No pensé que importara. Sonaban como siempre. Bellanger pinchaba, Montclar corregía el mundo.
—¿Alguien más?
Irène levantó la mano apenas.
—Yo oí una parte. “El tiempo de mi parte”. Lo anoté mentalmente, pero no en la libreta.
—Qué conveniente —murmuró Richet.
—Para nadie, comisario.
Delacroix miró a Viremont.
—¿Usted?
El presidente estaba pálido.
—No. No recuerdo.
—Eso no es no.
—No lo recuerdo.
Marguerite Lenoir golpeó el suelo con el bastón.
—Yo no lo oí.
—Nadie se lo preguntó, madame —dijo Richet.
—Por eso lo aclaro.
Delacroix volvió al tablero auxiliar. La provocación de Bellanger había desencadenado el desplazamiento del reloj.
Eso resolvía una parte del problema: el botón preparado podía haber estado destinado inicialmente al lado de Bellanger, sabiendo que Montclar, al ser provocado, lo colocaría de su lado.
Pero entonces el asesino debía conocer no solo a Montclar, sino también a Bellanger.
Debía saber que Bellanger haría una provocación sobre el tiempo.
¿O la provocación fue espontánea? Si fue espontánea, el asesino tuvo suerte.
Demasiada suerte. Si no lo fue, Bellanger estaba implicado o había sido inducido a decirla.
—¿Por qué habló del tiempo? —preguntó Delacroix.
Bellanger lo miró con cansancio.
—Porque llevo media vida oyendo que el tiempo está del lado de Montclar. Que su legado, su nombre, sus victorias resistirían más que las mías. Quise molestarlo.
—¿Alguien le sugirió esa frase?
—No sea ridículo.
—Lo intento con moderación.
—Nadie me sugirió nada.
—¿Habló con alguien antes de la partida sobre el reloj?
Bellanger dudó. Muy poco. Pero ahora todos sabían mirar sus pausas.
—Madame Lenoir me dijo que probablemente usarían el de caoba.
—Eso ya lo sabemos.
—Bressan hizo un comentario sobre el programa. Que la partida no debía eternizarse.
Bressan protestó desde atrás:
—Eso es una mentira.
Bellanger se volvió hacia él.
—No. Dijo usted que la cena era a las ocho y que el público esperaba una lucha, no una misa interminable.
—Eso no tiene nada que ver.
—No he dicho que lo tuviera.