Capítulo 14 — Una partida comentada por los vivos #2
Jugada veinticuatro: respiración visible.
Jugada veintiséis: Montclar encuentra una defensa difícil.
Jugada veintisiete: vuelve a fallar en una respuesta simple.
Jugada treinta: último momento de lucidez.
Jugada treinta y una: colapso progresivo.
Jugada treinta y dos: caída.
Richet, que al principio parecía dispuesto a odiar cada segundo de aquella reconstrucción, empezó a escuchar con más atención. La precisión, incluso cuando se expresaba con alfiles y columnas abiertas, era un idioma que podía respetar.
—Doctor Rémusat habló de progresión —dijo Delacroix—. Esto la confirma.
—O confirma que un hombre bajo presión juega peor —dijo Bressan desde atrás.
Richet lo miró.
—¿Le pedí opinión?
—No, pero…
—Entonces disfrute de ese privilegio mientras dure.
Bressan calló. Delacroix no le dedicó más que una mirada breve. El patrocinador estaba incómodo por la deriva del análisis. Quizá porque lo alejaba de las cuentas, quizá porque lo acercaba a algo que no podía controlar con dinero ni frases administrativas.
Bellanger movió una pieza negra hasta la posición de la jugada veintiséis.
—Aquí —dijo—, Montclar me sorprendió.
Solange asintió, a regañadientes.
—La dama blanca.
—Sí.
—Fue buena.
—Fue excelente, dadas las circunstancias.
Delacroix miró a Bellanger.
—Y usted decidió no simplificar otra vez.
—Porque si aceptaba esa línea, entrábamos en un final largo pero seco. Yo estaría mejor, quizá ganado, pero la partida perdería tensión.
—¿La partida o usted?
Bellanger no contestó de inmediato.
—Las dos cosas.
—Y Montclar habría tenido menos necesidad de calcular.
—Sí.
La palabra salió demasiado clara. Delacroix la dejó respirar.
—Menos necesidad de calcular —repitió.
Bellanger se dio cuenta de la trampa después de haber entrado en ella.
No era una trampa legal, ni siquiera lógica en sentido estricto.
Pero revelaba algo: Bellanger había sido consciente de que mantener tensión obligaba a Montclar a pensar más, jugar más, tocar más, resistir más.
Podía seguir siendo vanidad. Podía seguir siendo crueldad deportiva. También podía ser otra cosa.
—Quería ganar sobre el tablero —dijo Bellanger.
—Nadie ha dicho lo contrario.
—Usted lo piensa.
—Pienso que “sobre el tablero” puede significar muchas cosas.
Solange miraba la posición con creciente inquietud. De pronto tomó un peón blanco, retrocedió dos jugadas y reconstruyó una variante alternativa.
—Si aquí Bellanger cambiaba damas, Montclar solo necesitaba… —Se detuvo, volvió a colocar las piezas—. No. No es solo más breve. Es menos físico.
Richet frunció el ceño.
—¿Menos físico?
La joven buscó las palabras.
—Menos exigente. Menos movimientos forzados. Menos decisiones bajo presión. Menos golpes de reloj.
La frase salió al fin.
Menos golpes de reloj.
El salón entero pareció oír el tac del botón ausente.
Bellanger se levantó de golpe.
—Eso es absurdo.
Richet dio un paso hacia él.
—Siéntese.
—No. No voy a permitir que conviertan cada jugada mía en una dosis de veneno. Esto es una obscenidad.
—Siéntese —repitió Richet.
Bellanger permaneció de pie unos segundos más.
Delacroix observó que su indignación, por primera vez, parecía menos calculada.
Había en ella una mezcla real de furia y horror.
No necesariamente inocencia. Pero sí horror.
Como si la posibilidad de que su partida hubiera sido usada como instrumento lo ofendiera incluso más que la acusación de haber matado.
—Monsieur Bellanger —dijo Delacroix—, ¿comprende lo que significa?
—Comprendo que están deformando la partida de un muerto para satisfacer una hipótesis.
—No. Comprende algo peor.
Bellanger lo miró.
—Si el veneno estaba en el reloj —dijo Delacroix—, entonces cada vez que usted eligió una línea más larga, cada vez que rechazó una simplificación, cada vez que decidió que la posición aún no estaba madura, ayudó a matar a Montclar.
Con intención o sin ella. Esa es la parte que lo indigna de verdad.
Bellanger se quedó pálido.
No mucho. Lo suficiente.
—Yo no sabía nada de ningún veneno.
—Quizá no.
—No sabía nada.
—Entonces alguien lo conocía a usted casi tan bien como usted conocía a Montclar.
La frase cambió de nuevo la dirección de las miradas.
Ya no todas fueron hacia Bellanger. Algunas se movieron hacia Solange, que había dicho algo similar antes; hacia Marguerite, que conocía las heridas antiguas; hacia Abel, que conocía los relojes y la historia de Marchand; hacia Viviane, que conocía los dolores íntimos; hacia Irène, que conocía la necesidad del relato; hacia Viremont y Bressan, que conocían el programa, la cena y lo que Montclar pensaba revelar.
Bellanger volvió a sentarse, pero ya no con la serenidad anterior. Se apoyó en la silla como un hombre que acaba de descubrir que el tablero donde creía jugar tenía una segunda superficie debajo.
—Siga —dijo Delacroix.
Solange continuó. Llegaron a la posición final, o casi final.
Bellanger había señalado que la reconstrucción estaba mal porque todos recordaban la última jugada de Montclar como una torre defensiva, cuando en realidad el campeón había visto otra posibilidad antes de mover.
No la había ejecutado. Pero la había visto.
—Aquí —dijo Bellanger, señalando la posición sin tocar la pieza—. El rey blanco tiene una casilla. Mala, pero existe. Si Montclar mueve el rey, evita la amenaza inmediata. Pierde material después, quizá la partida, pero sigue vivo en el tablero.
—¿Por qué no la jugó? —preguntó Richet.
—Porque la vio demasiado tarde o porque el cuerpo ya no lo obedecía.
Solange negó despacio.
—No. Si la vio, la habría jugado.
Bellanger la miró.
—No siempre. Hay momentos en que un jugador ve la salida y no puede caminar hasta ella.
El silencio fue extraño. Bellanger hablaba de Montclar, pero quizá también de sí mismo. Delacroix no lo interrumpió.
—¿Cómo sabe que la vio? —preguntó.
Bellanger apoyó un dedo en el borde de la mesa, lejos de las piezas.
—Porque miró el rey. No la torre. El rey. Luego me miró a mí. Y después miró el reloj.
—¿El reloj?
—Sí.
Delacroix sintió que el salón se tensaba otra vez.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Por qué no lo dijo antes?
Bellanger apretó la mandíbula.
—Porque hasta hace unos minutos creía que Montclar había mirado el reloj por el tiempo de la partida. Ahora no estoy seguro.
—¿Qué cree?
Bellanger miró el lugar vacío donde había estado el objeto.
—Creo que tal vez entendió algo.
Viviane Marceau llevó una mano al pecho. Solange se quedó inmóvil. Abel cerró los ojos. Marguerite no se movió, pero Delacroix vio que sus dedos se crispaban sobre el bastón.
—¿Qué pudo entender? —preguntó Richet.
Bellanger habló más bajo.
—Que no estaba perdiendo solo contra mí.
La frase cayó como una confesión incompleta.
Delacroix no sabía aún si Bellanger acababa de acercarse a la verdad por remordimiento, por estrategia o porque, al reconstruir la partida, había descubierto una memoria que su orgullo había bloqueado.
Pero su observación encajaba con el último gesto de Montclar: mirar el rey, mirar al rival, mirar el reloj.
Una secuencia. No un espasmo. No solo un hombre enfermo buscando aire.
Un jugador viendo la posición completa demasiado tarde.
—Reproduzca ese momento —dijo Delacroix.
Bellanger miró a Solange. Ella movió las piezas hasta la posición exacta.
Luego se apartó. Bellanger, sentado frente al tablero, adoptó sin querer la postura de la partida: la espalda recta, la mano derecha cerca del reloj imaginario, las piezas negras listas para rematar.
Delacroix se colocó en el lugar donde había estado durante la escena real.
Richet junto a él. Los demás miraban desde atrás.
—Montclar estaba aquí —dijo Bellanger, señalando el lado blanco—.
Tocó la torre, pero no la movió al principio.
Miró el rey. Aquí. Después levantó los ojos hacia mí.
Yo pensé que era desafío. O desprecio. Montclar podía despreciar incluso en mala posición.
Luego miró el reloj. No mucho. Un segundo. Después movió la torre.
—La jugada mala —dijo Solange.
—No mala. Insuficiente.
—¿Y luego presionó el botón?
Bellanger tragó saliva.
—Sí.
—Y cayó.
—Sí.
Delacroix cerró los ojos un instante, no para concentrarse teatralmente, sino para apartar los rostros y quedarse con la secuencia. Montclar ve el rey. Ve la defensa. Mira a Bellanger. Mira el reloj. Mueve otra pieza. Presiona. Cae.
¿Por qué mover la torre si había visto el rey?
Porque no podía mover bien. Porque el cuerpo fallaba.
Porque la mano fue hacia la pieza equivocada.
O porque, al mirar el reloj, comprendió que el problema ya no era salvar el rey en el tablero.
Quizá entendió que el reloj lo estaba matando.
Pero si lo entendió, ¿por qué presionó el botón?
Por costumbre. Por orgullo. Porque la regla estaba tan arraigada que incluso la sospecha llegó tarde.
Porque un jugador termina su movimiento presionando el reloj, del mismo modo que un caballero termina una frase inclinando la cabeza aunque esté insultando.
—El último gesto fue obediencia —dijo Delacroix.
Richet lo miró.
—¿Qué?
—No importa.
—Cuando usted dice que no importa, empieza a importarme.
Delacroix abrió los ojos.
—Montclar quizá comprendió que el reloj era peligroso, pero ya había movido. En el ajedrez, después de mover, se presiona. Es un gesto automático. Una cortesía. Una ley física del juego. Quizá pensó demasiado tarde. Quizá su mano obedeció antes que su miedo.
Viviane habló desde atrás.
—Cyrille jamás habría dejado de presionar el reloj delante de Bellanger.
Nadie la contradijo.
Bellanger bajó la mirada. La frase lo hería por motivos que iban más allá de la acusación. Si Montclar había muerto por no ceder una mínima cortesía ante él, la rivalidad entera se volvía parte del método.
—Entonces el asesino contó con eso —dijo Richet.
—Sí —respondió Delacroix.
—Contó con que Montclar siguiera las reglas.
—Y con que Bellanger lo obligara a seguir jugándolas.