Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 14 — Una partida comentada por los vivos
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Capítulo 14 — Una partida comentada por los vivos

La palabra quedó suspendida sobre el salón con una precisión desagradable.

El tiempo.

No era una palabra extraña en un club de ajedrez.

Al contrario, pertenecía a la casa tanto como las piezas, los retratos y el olor a madera encerada.

Se hablaba de ganar tiempo, perder tiempo, administrar tiempo, apurar al rival, entrar en apuros de tiempo, sacrificar material por iniciativa.

El tiempo era una pieza invisible que todos aceptaban sin nombrarla demasiado.

Pero dicha allí, junto a la mesa donde Cyrille Montclar había muerto y frente al hueco dejado por el reloj de caoba, la palabra cambió de naturaleza.

Ya no era parte del juego. Era parte del cadáver.

Bellanger parecía arrepentido de haberla pronunciado.

No porque no fuera exacta, sino porque lo era demasiado.

Permanecía de pie junto al tablero auxiliar donde Solange había reconstruido la posición, con una mano apoyada en el respaldo de una silla y la otra cerrada sobre el pañuelo blanco que había sacado de nuevo del bolsillo.

No se limpiaba los dedos. Solo lo sostenía, como si el paño fuera una pequeña bandera de rendición que su orgullo no le permitía levantar del todo.

Delacroix se acercó despacio. El comisario Richet también, aunque con menos paciencia.

—Explíquese —dijo el comisario.

Bellanger no respondió enseguida. Miró a Solange Perrin.

La joven seguía rígida, ofendida no solo porque él hubiese corregido su reconstrucción, sino porque, en el fondo, temía que tuviera razón.

Los buenos jugadores odian equivocarse; los jugadores jóvenes odian más aún que los corrija alguien cuya autoridad no quieren aceptar.

—La partida no está mal anotada —dijo Bellanger—. Las jugadas son correctas. Lo que está mal es la interpretación.

—Eso suena a refugio de ajedrecista —dijo Richet.

—Lo es. Y esta vez quizá sirva para algo.

Delacroix señaló el tablero.

—Dijo que Montclar vio el mate.

—Sí.

—Pero no había mate inmediato.

—No inmediato. Inevitable en pocas jugadas si él elegía la defensa natural.

Solange frunció el ceño.

—Había otra defensa.

—La vio demasiado tarde.

—No puede saberlo.

Bellanger la miró con una dureza triste.

—Sí puedo. Porque lo vi mirarla.

El salón, que hasta entonces había seguido la conversación con una atención temerosa, pareció inclinarse un poco hacia ellos.

Irène Louviers estaba de pie junto a la primera fila, sin libreta en la mano, lo cual la volvía casi desnuda.

Viviane Marceau observaba desde el ventanal, con los brazos cruzados.

Marguerite Lenoir permanecía junto a la vitrina, pero ya no miraba las placas: miraba a Bellanger.

Abel Cavaillon, cerca de la puerta del corredor, parecía incapaz de apartar los ojos del pañuelo blanco.

Viremont y Bressan se mantenían juntos por costumbre, aunque cada minuto que pasaba los volvía menos aliados y más cómplices involuntarios de un mismo miedo.

—Reconstruyámosla otra vez —dijo Delacroix.

Solange respiró hondo.

—Puedo hacerlo.

—Usted y monsieur Bellanger. Cada uno corregirá al otro cuando sea necesario. Eso suele ser desagradable y, por lo tanto, útil.

Richet hizo traer una mesa más amplia y pidió a los agentes que mantuvieran a los presentes alejados del tablero central.

La partida verdadera seguía intocable, o casi: el cuerpo ya no estaba, el reloj tampoco, pero las piezas desplazadas por la caída de Montclar permanecían como un desorden sagrado.

El tablero auxiliar sería el campo de autopsia.

Sobre él, Montclar podía morir otra vez sin mover un músculo.

Solange volvió a colocar las piezas en la posición inicial.

Bellanger se sentó frente a ella, en el lado negro, no por juego sino por memoria.

Delacroix se ubicó a un costado, desde donde podía ver el tablero, las manos y los rostros.

Richet quedó de pie detrás, con los brazos cruzados y la expresión de quien preferiría interrogar a una navaja antes que a una variante.

—Desde el principio —dijo el comisario—. Y sin poesía.

—Eso será difícil —murmuró Irène Louviers.

Richet la miró.

—Para todos, madame.

Solange avanzó el peón de dama de Montclar.

Bellanger respondió con las negras. Las piezas comenzaron a moverse con esa obediencia póstuma que tienen las reconstrucciones.

Cada jugada repetía un gesto que ya había ocurrido, pero sin el calor, la respiración ni el orgullo de los vivos.

Delacroix pensó que había algo cruel en reproducir una partida donde uno de los jugadores no podía defender su intención.

Sin embargo, los muertos suelen dejar sus mejores respuestas en lo que hicieron antes de morir.

—Hasta aquí —dijo Solange en la sexta jugada—, Montclar estaba impreciso, pero dentro de lo normal.

—Dentro de lo tolerable —corrigió Bellanger.

—Para usted.

—Para él también. Montclar sabía que había jugado una apertura sin filo. Lo hizo deliberadamente.

—¿Por qué?

Bellanger miró el tablero y no a Richet.

—Porque quería evitar preparación teórica. Sabía que yo habría estudiado sus líneas habituales.

—Entonces no estaba tan confuso al principio —dijo Delacroix.

—No. Alterado, sí. Confuso, no.

La distinción importaba. Montclar había llegado pálido, nervioso, con la carta en el bolsillo y la promesa de una revelación después de la partida.

Pero aún podía elegir una estrategia. Aún estaba lo bastante lúcido para evitar el territorio preparado por Bellanger.

Eso significaba que su deterioro no era previo en su totalidad.

Algo había ocurrido durante la partida. O algo había empezado antes y se había acelerado allí, al ritmo del juego.

Solange continuó moviendo piezas.

—Aquí comete la primera imprecisión real.

—No —dijo Bellanger.

Ella lo miró con irritación.

—Sí.

—No es imprecisión. Es orgullo.

—Eso no es una categoría ajedrecística.

—En Montclar lo era.

Delacroix intervino:

—¿Qué quiere decir?

Bellanger tomó aire, como si explicar a Montclar le resultara casi ofensivo, incluso muerto.

—Montclar sabía que la posición pedía desarrollo tranquilo.

En cambio, hizo una jugada que insinuaba iniciativa.

No era mala, pero decía algo: “No he venido a resistir, he venido a mandar”.

Lo hizo muchas veces en su carrera. Si el rival se asustaba, Montclar obtenía presión.

Si el rival respondía con precisión, aún podía volver a una estructura normal. Era una provocación.

—¿Y usted respondió?

—Con precisión.

—¿Y con paciencia?

Bellanger levantó los ojos hacia Delacroix.

—Con ajedrez.

—Hoy las palabras nobles están trabajando demasiado.

El rival no contestó. Solange siguió con la secuencia. En la jugada doce apareció la primera oportunidad señalada antes. Bellanger, en la partida real, había elegido una línea más larga.

—Aquí —dijo Solange— podía simplificar con ventaja.

Bellanger asintió.

—Sí.

El reconocimiento sorprendió a varios. Hasta entonces había matizado cada acusación, defendido cada demora, convertido cada línea en una decisión discutible. Ahora aceptaba la posibilidad sin rodeos.

—¿Por qué no lo hizo? —preguntó Richet.

Bellanger movió la pieza que había elegido en la partida.

—Porque esa ventaja no me bastaba.

—¿No le bastaba para ganar?

—No me bastaba contra Montclar.

—¿Por qué?

—Porque una ventaja técnica contra él podía evaporarse si uno empezaba a jugar para no perderla. Yo lo conocía. Él también me conocía a mí. Sabía dónde podía hacerme dudar.

—Entonces no lo alargó por crueldad.

Bellanger miró la posición.

—No solo.

La respuesta produjo un murmullo. Richet levantó una mano sin mirar a nadie y el salón volvió al silencio.

—No solo —repitió Delacroix.

Bellanger cerró un momento los ojos.

—No voy a fingir nobleza. Quería vencerlo de una manera que nadie pudiera llamar accidente, ni cansancio, ni mala tarde. Quería una posición donde Montclar tuviera que reconocer que yo lo había comprendido mejor que él. Sí, eso es vanidad. Sí, es rencor. Sí, es poco admirable. Pero no es asesinato.

—A veces el asesinato empieza exactamente con una frase así —dijo Delacroix—: “Quería que reconociera”.

Bellanger abrió los ojos.

—Si hubiera querido matarlo, monsieur Delacroix, no habría necesitado que me reconociera nada.

—No estoy seguro. Hay hombres que solo matan para que, en el último segundo, el otro entienda quién movió la pieza.

La frase golpeó al salón más que a Bellanger. Viviane Marceau bajó los ojos. Marguerite Lenoir apretó la empuñadura del bastón. Solange miró a Delacroix como si acabara de decir en voz alta algo que ella había sentido durante toda la partida sin atreverse a formular.

Bellanger, en cambio, se quedó quieto.

—Entonces busque a un hombre así —dijo.

—Lo estoy haciendo.

Solange retomó la reconstrucción. La partida entró en la zona en que Montclar comenzó a mostrar signos físicos más claros.

La joven los fue asociando con las jugadas: aquí bebió agua; aquí se frotó los dedos; aquí tardó demasiado; aquí respondió con una rapidez impropia; aquí miró el reloj antes que el tablero; aquí respiró con dificultad.

Delacroix pidió que cada observación fuera repetida y ubicada en el orden exacto.

Irène, sin su libreta, aportó de memoria algunos detalles.

Viviane señaló un momento en que Montclar se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta.

Abel recordó cuándo Viremont ofreció una pausa.

Marguerite corrigió el instante de su propia intervención con una sequedad casi orgullosa.

Poco a poco, la partida dejó de ser una sucesión de movimientos y se convirtió en una enfermedad con notación algebraica.

Jugada doce: primera demora innecesaria de Bellanger.

Jugada trece: Montclar se frota los dedos.

Jugada diecisiete: segunda posibilidad de simplificación rechazada.

Jugada dieciocho: Montclar bebe agua, pero conserva claridad táctica.

Jugada veintiuno: Bellanger mantiene piezas.

Jugada veintidós: Montclar se irrita ante Solange.