Capítulo 13 — La periodista y el escándalo #3
—Para ordenar las sospechas. Una hoja hallada en la libreta de una periodista viaja más rápido que una hoja hallada en un cajón. Tiene destino natural: ser leída, repetida, comentada.
—¿Y eso ayuda al asesino?
—Si el asesino quiere que miremos hacia el pasado, sí.
—Pero usted cree que el reloj sigue siendo el centro.
—Cada vez más.
Richet se acercó a la ventana. Afuera ya era noche. La lluvia golpeaba el patio con una suavidad que hacía aún más cerrado el interior del club.
—Tenemos una hoja añadida, una pieza de Marchand manchada, un reloj posiblemente contaminado, una partida alargada y una carta anónima en el bolsillo del muerto. Demasiadas cosas.
—Sí.
—¿Demasiadas?
Delacroix cerró la libreta.
—Eso me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque los asesinos inteligentes no suelen dejar tantas pistas. Salvo que algunas no sean pistas, sino flechas. Y cuando un tablero está lleno de flechas, conviene preguntarse qué casilla intentan que no miremos.
Richet resopló.
—¿Y cuál no miramos?
Delacroix no respondió enseguida. Pensó en la partida reconstruida por Solange, en las líneas que Bellanger evitó, en el reloj movido de lado, en el botón que antes habría correspondido al rival, en el pañuelo, en la pieza de Marchand, en la frase de Irène.
Todo apuntaba a Bellanger y, a la vez, todo parecía demasiado consciente de estar apuntando.
—La preparación exacta del reloj —dijo al fin—. Todos hablamos de quién pudo tocarlo. Pero aún no sabemos cuándo el botón de Montclar se convirtió en el botón de Montclar.
Richet frunció el ceño.
—Por el cambio de ubicación.
—Sí. Ese cambio importa más de lo que parece.
Si el veneno estaba ya en un botón antes de la partida, el asesino debía asegurarse de que Montclar usara ese botón.
Si Bellanger no sabía que Montclar cambiaría el reloj, el plan era arriesgadísimo.
Si lo sabía, hay que explicar cómo. Y si el veneno fue aplicado después del cambio, entonces tuvo que ocurrir en el salón, bajo los ojos de todos.
—Con el pañuelo.
—Quizá.
—Bellanger.
—Quizá.
Richet golpeó la mesa con los nudillos, impaciente.
—Cada vez que digo Bellanger, usted dice quizá.
—Porque Bellanger es la respuesta que la escena grita. Y las escenas, comisario, cuando gritan demasiado, a veces están intentando tapar una voz más baja.
La puerta se abrió antes de que Richet pudiera responder. Era uno de los agentes. Traía un sobre y una expresión perpleja.
—Comisario.
—¿Qué pasa ahora?
—Encontramos esto en el maletín de monsieur Montclar.
Richet tomó el sobre. Delacroix se acercó. Dentro había varias hojas, una copia de cuentas del club, dos fotografías antiguas y una planilla de ajedrez cuidadosamente doblada. En la parte superior se leía:
Lyon. Partida aplazada. Variante de Marchand.
Debajo, con letra distinta, más reciente, alguien había escrito:
Bellanger no perdió por no ver. Perdió porque alguien vio por Montclar.
Richet levantó lentamente la vista.
—Otra vez Lyon.
Delacroix tomó aire. La vieja partida volvía a aparecer, una y otra vez, como una pieza que nadie podía capturar sin abrir una línea peor.
—No —dijo.
El comisario lo miró.
—¿No qué?
Delacroix observó las hojas del maletín. Montclar las había llevado consigo. Iba a usarlas después de la partida. Tal vez en la cena, tal vez ante Irène, tal vez frente a Viviane, quizá para destruir a medio club y redimirse solo en la medida exacta que le permitiera seguir pareciendo superior.
—No es solo Lyon —dijo Delacroix—. Es lo que Montclar iba a hacer con Lyon esta noche.
Richet guardó silencio.
Delacroix miró hacia el salón, donde las voces bajas continuaban tejiendo miedo alrededor de la mesa vacía. El reloj ya no estaba. El cuerpo tampoco. Pero la partida seguía allí, de algún modo, extendida sobre todos.
—Alguien no mató únicamente al campeón —añadió—. Mató al testigo principal de una verdad que por fin había decidido volverse útil.
Richet apretó el sobre.
—Y esa verdad señalaba a Marguerite.
—A Marguerite, a Bellanger, a Viremont, a Abel, quizá a todos. Pero el asesino no temía la verdad por nobleza. La temía por lo que Montclar pensaba hacer con ella.
—¿Chantaje?
—O algo más elegante, que en estos círculos suele ser lo mismo.
Desde el salón, la voz de Bellanger se oyó de pronto, baja pero clara.
—Comisario.
Richet y Delacroix salieron. Bellanger estaba de pie junto a la mesa auxiliar donde Solange había reconstruido la posición. Miraba las piezas como si acabara de ver algo que nadie más había visto.
—¿Qué ocurre? —preguntó Richet.
Bellanger no apartó los ojos del tablero.
—La reconstrucción está mal.
Solange se adelantó, ofendida.
—No lo está.
—Sí —dijo Bellanger—. Falta una jugada.
El salón entero quedó quieto.
Delacroix se acercó lentamente.
—¿Qué jugada?
Bellanger señaló una casilla, sin tocar la pieza.
—La última defensa de Montclar. La que hizo antes de desplomarse. No fue la torre que todos recuerdan. Tocó la torre, sí. Pero antes movió el rey con los ojos.
Richet lo miró con irritación.
—Eso no significa nada.
—Para usted, quizá no.
Delacroix observó la posición. Bellanger respiró hondo, y por primera vez su voz perdió la distancia perfecta.
—Montclar vio el mate.
Solange negó con la cabeza.
—No podía. Estaba demasiado mal.
—Lo vio —insistió Bellanger—. Por eso me miró antes de tocar el reloj. No estaba perdido por la posición. Estaba perdido por otra cosa.
Delacroix sintió que la frase abría un nuevo hueco.
Bellanger, al defender la lucidez final de Montclar, hacía algo extraño: retiraba una pieza de su propia coartada.
Si Montclar vio el mate, si comprendió la posición, entonces su deterioro no había sido una simple caída mental continua.
Había momentos de claridad. Momentos quizá suficientes para advertir algo más.
—¿Por qué lo dice ahora? —preguntó Delacroix.
Bellanger lo miró.
—Porque todos están hablando de Lyon. Y Lyon no explica lo que ocurrió en esa mesa.
—¿Y qué lo explica?
Bellanger volvió los ojos hacia el lugar vacío donde había estado el reloj.
—El tiempo.
Delacroix no sonrió.
El rival acababa de pronunciar la palabra exacta.
Y en el silencio que siguió, por primera vez, pareció tenerle miedo.