Capítulo 13 — La periodista y el escándalo #2
—Si el crimen dependía de una partida larga, el asesino podía calcular una progresión, no un minuto exacto.
Tal vez esperaba que Montclar se sintiera mal, que hubiera interrupción, que los papeles pudieran circular, que alguien encontrara algo.
La hoja en su libreta pudo ser parte del plan o una jugada posterior improvisada por alguien que aprovechó el caos.
—¿Para qué? —preguntó Richet.
—Para dirigirnos hacia Lyon. Hacia Marchand. Hacia Marguerite. Hacia Bellanger. O para alejarnos de otra cosa.
Irène cruzó los brazos.
—La hoja no me aleja de nada. Me confirma que Montclar no exageraba.
—¿Qué le dijo exactamente Montclar? —preguntó el comisario.
—Ya se lo dije. Que tenía una historia.
—Ahora me la contará sin ahorrar tinta.
La periodista aceptó con un gesto. Por primera vez, dejó de lado la ironía. La muerte del campeón, el hallazgo de la hoja y quizá la conciencia de que alguien había usado su libreta como buzón de sombras parecían haberle quitado parte del placer escénico.
—Recibí una carta de Montclar hace una semana —dijo—.
No una carta anónima. Firmada por él. Decía que el cincuentenario del Círculo Philidor podía dar lugar a un artículo más interesante que la habitual elegía de caballeros jugando con madera vieja.
Escribía así, naturalmente. Como si incluso invitar a una periodista fuera concederle una pequeña superioridad.
Me decía que había versiones falsas en la historia del club, nombres borrados, cuentas dudosas y una deuda antigua que quizá había llegado el momento de cobrar.
—¿Conserva esa carta?
—Sí. En mi habitación del Hôtel des Arcades.
Richet anotó.
—La enviaremos a buscar.
—No pensaba esconderla.
—Eso facilita mucho que no me importe.
Irène continuó:
—Vine pensando que Montclar quería usarme. No me molestaba. Los muertos, los políticos y los campeones suelen dar trabajo a la prensa por la misma razón: creen que el mundo necesita escuchar su versión. Anoche lo vi en el hotel. Estaba distinto.
—¿Distinto cómo?
—Más tenso. Menos teatral. Había recibido la carta anónima. No me la mostró, pero mencionó una frase: “El rey no cae cuando lo matan”. Luego se calló, como si hubiera dicho demasiado. Me prometió documentos después de la partida. Dijo que antes tenía que sentarse frente a Bellanger.
—¿Por qué antes?
—Porque, según él, no pensaba hablar como un hombre asustado.
Delacroix imaginó a Montclar, con la carta en el bolsillo, decidiendo que la partida contra Bellanger debía preceder a cualquier revelación.
No por orden práctico, sino por orgullo ceremonial.
Primero vencer. Luego hablar. Primero demostrar que seguía siendo rey.
Luego decidir qué verdad podía permitirse.
—¿Mencionó a Marchand? —preguntó.
Irène asintió.
—Sí. Dijo que Julien Marchand había sido “el cadáver más largo del club”. Esa frase la anoté.
Buscó en la libreta, pero Richet le impidió tocarla. Pasó él las páginas hasta encontrarla. Allí estaba: “J.M. = cadáver más largo del club”. Delacroix sintió un leve rechazo. Montclar había tenido talento incluso para convertir la culpa ajena en una frase memorable.
—¿Y Bellanger? —preguntó Richet.
—Dijo que Bellanger llevaba veinte años perdiendo contra un fantasma más que contra él. Que quizá había llegado el momento de darle al fantasma un nombre correcto.
—¿Iba a limpiar la reputación de Marchand?
Irène sonrió sin alegría.
—Montclar no limpiaba nada gratis. Si iba a decir algo sobre Marchand, era porque le permitía ensuciar a otros de manera más elegante.
—¿A Marguerite Lenoir? —preguntó Delacroix.
—Quizá. Habló de “la viuda que convirtió una mentira en sacramento”.
Richet dejó escapar un gruñido.
—Qué hombre agradable.
—Era un gran proveedor de citas.
—Ahora provee problemas.
Irène miró la hoja guardada en el sobre.
—Montclar sabía algo más. Estoy segura. No solo sobre Lyon.
También sobre el dinero de Bressan, las cuentas de Viremont y esa absurda guerra de placas que sostienen desde hace años.
Pero Lyon era el corazón. No por el pasado en sí.
Porque todos los otros secretos habían aprendido de ese primero.
Si el club pudo callar aquello, pudo callar lo demás.
Delacroix pensó que la periodista acababa de formular una hipótesis institucional más precisa que la de Viremont. El primer silencio enseña a los siguientes cómo sobrevivir.
—¿Usted publicó algo antes de venir? —preguntó.
—No.
—¿Lo comentó con alguien?
—Con mi editor, en términos generales. Le dije que quizá habría una pieza importante después del torneo.
—¿Nombró a Montclar?
—Sí.
—¿Marchand?
—No.
—¿Lyon?
—No.
Richet hizo una pausa.
—Madame Louviers, debe comprender que la muerte de Montclar convierte su artículo en algo más valioso.
La periodista lo miró de frente.
—Y me roba la fuente principal. No sea simplista, comisario. Un escándalo con documentos y un campeón vivo dispuesto a hablar vale mucho más que un cadáver, una hoja misteriosa y un salón lleno de gente negándolo todo.
—Pero un cadáver atrae lectores.
—También atrae policía. Y la policía, salvo honrosas excepciones, arruina el ritmo de las publicaciones.
Delacroix admiró, contra su voluntad, la honestidad de la respuesta.
Irène era ambiciosa, sin duda. Curiosa, indiscreta, quizá oportunista.
Pero la muerte de Montclar no parecía favorecerla tanto como parecía a primera vista.
Había perdido el acceso al centro de la historia.
A menos, claro, que ya supiera más de lo que decía.
—¿Por qué estaba su libreta abierta en ciertas páginas? —preguntó Delacroix.
—¿Qué quiere decir?
—Quien deslizó la hoja eligió un lugar entre sus notas de la partida. No la metió al azar al comienzo o al final. La colocó donde usted, al revisar la muerte de Montclar, la encontraría.
Irène frunció el ceño.
—O donde pudo abrirla rápido.
—Quizá. Pero eso exige que conociera su modo de tomar notas. O que la libreta quedara abierta.
—La cerré al levantarme.
—¿Está segura?
La periodista abrió la boca para responder, pero se detuvo. Ese segundo de duda la irritó más que una acusación.
—Creí haberla cerrado.
—Hoy las creencias tienen mucho trabajo.
Richet hojeó las páginas cercanas. En el margen de una, junto a la anotación de una jugada de Bellanger, Irène había escrito: “No define. Quiere público para la agonía”. Delacroix señaló la frase.
—¿Cuándo escribió eso?
Irène miró la página. Su rostro cambió apenas.
—Antes de que Montclar muriera.
—Interesante.
—Era una observación periodística.
—Era una observación bastante precisa.
—Bellanger estaba alargando la partida. Todos lo veían.
—No todos lo llamaron agonía.
Irène sostuvo su mirada.
—Yo uso mejores palabras que la mayoría.
—A veces las mejores palabras llegan antes que la comprensión.
—¿Sugiere que yo sabía que iba a morir?
—Sugiero que usted vio la forma de la escena antes que otros.
—Eso no es culpa. Es oficio.
Delacroix aceptó la respuesta, pero la frase permaneció allí, escrita con tinta: “Quiere público para la agonía”.
Si Irène la había escrito antes del colapso, había percibido con claridad el sadismo de Bellanger o el diseño de la muerte.
Que no hubiera intervenido no la hacía asesina. La hacía periodista.
Richet cerró la libreta.
—Necesito que me diga quién, entre los presentes, habría querido que usted encontrara esa hoja.
Irène no respondió enseguida. Por fin la pregunta le interesaba de verdad.
—Bellanger, no.
—¿Por qué?
—Porque lo empuja demasiado al centro de Lyon.
—Quizá quiere parecer víctima de una vieja injusticia.
—Bellanger no necesita recordarle a nadie que fue víctima. Lo lleva en la postura.
—Marguerite.
—Quizá, si quisiera culpar a Bellanger o justificar a Montclar. Pero la línea sobre “amor a un muerto que todavía respiraba” apunta hacia ella con demasiada claridad. Marguerite jamás se escribiría a sí misma de forma tan torpe.
—Viremont.
—Viremont escondería la hoja en una chimenea y luego convocaría una comisión para lamentar su extravío.
—Bressan.
—Bressan no escribiría una frase así ni pagando.
—Abel.
Irène dudó.
—Abel podría querer que Julien hablara. Pero no sé si lo usaría de ese modo.
—Solange.
—Solange quiere verdad, no necesariamente espectáculo. Aunque a los veintidós años una a veces confunde las dos cosas.
—Viviane.
Irène miró hacia la puerta.
—Viviane entiende el dolor antiguo. Podría haber conservado una copia. Pero no la veo deslizándola en mi libreta como una colegiala vengativa.
—Entonces, según usted, nadie.
—Según yo, alguien conoce demasiado bien cómo queremos parecer los demás.
Delacroix la miró con atención.
—Eso es bueno.
—Lo sé.
—Debe de ser una molestia tener razón a menudo.
—No tanta como estar rodeada de hombres que la tienen tarde.
Richet se levantó.
—Por ahora basta. Su libreta queda conmigo.
Irène pareció sinceramente afectada.
—Comisario.
—No la mataré.
—Ese chiste ha perdido frescura en esta casa.
—No era chiste.
La periodista se puso de pie. Antes de salir, Delacroix la detuvo.
—Madame Louviers.
—Sí.
—¿Por qué vino de verdad?
—Por una historia.
—Eso es lo que dice una periodista cuando no quiere responder.
Irène se quedó quieta. La luz de la lámpara le endurecía los rasgos y le daba una palidez casi de actriz cansada.
—Vine porque Montclar me escribió una frase que no pude quitarme de la cabeza.
—¿Cuál?
—“En el ajedrez, madame, todos miran la pieza que cae. Solo los buenos jugadores miran la mano que la obligó a caer.”
Delacroix no dijo nada.
—Pensé que hablaba de Lyon —añadió ella—. Ahora no estoy segura.
Salió de la biblioteca.
Richet permaneció unos segundos mirando la puerta cerrada.
—No me gusta.
—Esa lista crece con admirable disciplina.
—Pero no la veo untando veneno.
—Yo tampoco.
—¿Entonces?
Delacroix tomó la libreta y volvió a abrirla en la página donde Irène había escrito “Quiere público para la agonía”. No tocó la tinta, solo la miró.
—Irène puede no haber matado a Montclar, pero alguien quiso que ella llevara una parte del crimen. No el veneno. El relato.
—¿Para publicar?