Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 13 — La periodista y el escándalo
53%

Capítulo 13 — La periodista y el escándalo

Durante un instante, nadie pareció respirar.

La hoja que Irène Louviers sostenía había producido un efecto más poderoso que la retirada del cuerpo de Cyrille Montclar.

El cadáver, al fin y al cabo, había impuesto una realidad brutal pero simple: un hombre estaba muerto.

Aquella copia, en cambio, introducía otra clase de violencia, más lenta y más incómoda.

Decía que el pasado seguía vivo, que alguien lo conocía, que alguien había esperado el momento adecuado para deslizarlo entre las notas de una periodista y dejarlo allí, como una pieza colocada en una casilla donde todos terminarían mirándola.

Delacroix leyó de nuevo la frase desde donde estaba, por encima del hombro del comisario Richet:

Actuó por amor a un muerto que todavía respiraba.

Y el otro lo supo, lo usó y sonrió como si la victoria hubiera nacido de su genio.

No era una acusación completa. Era peor. Las acusaciones completas permiten defenderse de ellas. Aquello era una llave sin puerta visible. Decía lo suficiente para abrir sospechas y lo bastante poco para que cada uno escogiera a quién temer.

Marguerite Lenoir no se movió. Se mantenía junto a la vitrina, con el bastón apoyado ante sí y el rostro más rígido que antes.

Pero esa rigidez ya no parecía autoridad.

Parecía esfuerzo. Viviane Marceau miraba la hoja con una tristeza amarga, como si reconociera en ella no la letra, quizá, pero sí el tono de una ruina antigua.

Solange Perrin estaba pálida. Abel Cavaillon había dado un paso hacia adelante y se había detenido de inmediato, consciente de que cualquier movimiento suyo sería anotado como sospecha.

Théodore Bressan respiraba con impaciencia, pero no decía nada.

Anatole Viremont parecía al borde de perder por completo la poca compostura recuperada.

Y Gaspard Bellanger, por primera vez desde el inicio de la tarde, había dejado de parecer un hombre hecho de paciencia.

No estaba descompuesto. Eso habría sido demasiado vulgar para él.

Pero su rostro había perdido una capa de control.

La mirada permanecía fija en la hoja, no con sorpresa teatral ni con miedo inmediato, sino con una especie de reconocimiento doloroso, como si aquella frase hubiera sido escrita en una lengua que llevaba años intentando olvidar.

Richet tomó la hoja de manos de Irène con cuidado.

—¿Dónde estaba?

—En mi libreta —respondió ella.

—Eso ya lo dijo. Pregunto dónde, exactamente.

—Entre las páginas de notas de la partida.

—¿La puso usted ahí?

Irène lo miró con una mezcla de ofensa y cansancio.

—Comisario, si yo hubiera querido introducir una prueba falsa en una investigación, habría elegido algo menos literario y más difícil de rastrear.

—No me impresiona la modestia profesional.

—No era modestia.

Richet sostuvo la hoja con dos dedos, como si el papel pudiera morder.

—¿Cuándo abrió por última vez la libreta antes de encontrar esto?

Irène pensó. Por primera vez, su rapidez habitual se volvió contra ella; se notaba que su mente corría por la tarde entera, buscando un hueco, una mano, una distracción.

—Durante la partida. Varias veces. Después, cuando Montclar cayó, la cerré. La dejé en mi silla al acercarme a la mesa. Más tarde la recogí. Luego hablé con mademoiselle Perrin, con monsieur Delacroix, con usted brevemente. No la revisé hasta hace unos minutos.

—¿Quién pudo tocarla?

Irène miró alrededor. El salón, que hasta ese instante había sido una reunión de testigos, se convirtió en una colección de manos posibles.

—Cualquiera que pasara junto a mi silla durante la confusión.

—Necesito algo mejor que cualquiera.

—Viremont estuvo cerca. Bressan también. Viviane pasó detrás de la primera fila cuando intentó acercarse a Montclar. Abel cruzó hacia el cuerpo. Mademoiselle Perrin se levantó. Bellanger… —Se detuvo.

Bellanger levantó los ojos hacia ella.

—¿Sí, madame Louviers?

Irène no bajó la mirada.

—Bellanger permaneció junto a la mesa más tiempo que otros. Pero no recuerdo verlo cerca de mi silla.

—Qué alivio tan tibio —dijo él.

Richet hizo un gesto brusco.

—Nadie comenta nada salvo que yo pregunte.

Bellanger calló. No por obediencia, pensó Delacroix, sino porque había vuelto a comprender que cada palabra podía volverse pieza ajena.

El comisario examinó el papel sin tocarlo más de lo necesario.

No parecía antiguo. La hoja era reciente, de buena calidad, doblada una vez.

La letra, aunque imitaba quizá una caligrafía vieja, no tenía el desgaste de los años.

Era una copia, tal como Irène había dicho.

Alguien había transcrito un fragmento de la carta de Julien Marchand o, lo que era más peligroso, había fabricado una versión de ella.

—Mademoiselle Perrin —dijo Richet—, acérquese.

Solange obedeció. La joven miró la hoja desde la distancia que el comisario le permitió. Su rostro se contrajo.

—La primera frase estaba en la hoja que encontré con Abel.

—¿Y la segunda?

Solange negó con la cabeza.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Pudo olvidar una línea?

Ella se volvió hacia Richet con una firmeza dolida.

—No olvido líneas como esa.

Delacroix la creyó. No porque fuera imposible que mintiera, sino porque la frase nueva tenía otra intención.

La primera frase señalaba a una mujer que actuó por amor a un muerto que todavía respiraba: Marguerite, quizá, movida por la devoción hacia Henri Lenoir.

La segunda señalaba a “el otro”, al hombre que supo aprovechar ese acto y sonrió como si la victoria fuera suya.

Ese otro podía ser Montclar. Podía ser quien había robado los análisis.

Podía ser incluso alguien que, ahora, quería recordar a Bellanger que la historia no solo le había sido arrebatada, sino que había sido convertida en burla.

—Monsieur Cavaillon —dijo Richet—, usted vio la hoja original con mademoiselle Perrin.

Abel se acercó con el rostro ceniciento.

—Sí.

—¿Recuerda esa segunda línea?

—No.

—¿Está seguro?

Abel miró el papel como si le costara no tocarlo.

—La habría recordado.

—¿Por qué?

—Porque Julien escribía así cuando estaba sobrio.

La frase produjo un silencio incómodo.

—¿Y la primera? —preguntó Delacroix.

Abel tardó en contestar.

—La primera también podía ser suya. Pero sonaba más rota. Más de sus últimos años. La segunda tiene algo de antes.

—¿Antes de qué?

—De que todos lo convencieran de que estaba acabado.

Bellanger, desde su silla, cerró los ojos un instante. Fue un gesto breve, pero Delacroix lo vio. La hoja no solo lo acusaba o lo incriminaba; lo obligaba a mirar un punto exacto de su memoria. Eso podía ser consecuencia o propósito.

Richet dobló la hoja con cuidado dentro de un sobre limpio.

—Madame Louviers, a la biblioteca.

Irène tomó aire.

—Por supuesto.

—Y esta vez su libreta viene conmigo.

—Me habría sentido ofendida si no la quisiera.

—No se preocupe. Estoy seguro de que encontraremos otras ocasiones.

La periodista siguió al comisario. Delacroix fue detrás.

Antes de cruzar la puerta, miró a Bellanger.

El rival había recuperado la compostura exterior, pero sus manos ya no descansaban con la misma naturalidad sobre las rodillas.

El pulgar derecho presionaba la yema del índice, una vez, luego otra, como si borrara una mancha invisible.

En la biblioteca, Richet colocó la libreta de Irène sobre la mesa. Era pequeña, de tapas negras, con las esquinas gastadas por uso real. La periodista la miró con algo parecido a ternura profesional.

—No la maltrate —dijo.

—He tratado peor a hombres más caros.

—No lo dudo.

Richet abrió las páginas con guantes. Había notas rápidas, iniciales, fragmentos de diálogo, descripciones de gestos, pequeñas flechas, signos de admiración.

La letra de Irène era veloz, inclinada, no siempre fácil de descifrar.

Delacroix leyó algunas frases sueltas: “Montclar mira bolsillo”, “B. cede demasiado fácil”, “Viremont pánico ante palabra muerte”, “S.P. ve más que todos”, “reloj caoba: Abel incómodo”, “M.L. = estatua con bastón”.

—Tiene usted un estilo afectuoso —dijo Delacroix.

—Escribo para recordar, no para ser amada.

—Una sana distinción.

Richet encontró el lugar donde la hoja había estado metida. Entre dos páginas de notas de la partida había una marca leve, quizá por el doblez. En la página de la izquierda Irène había anotado varias jugadas con comentarios. En la derecha, frases sobre la reacción del público.

—¿Puede alguien haberla puesto cuando dejó la libreta en la silla? —preguntó.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo estuvo lejos?

—No lo sé. Montclar acababa de caer. Un minuto, quizá dos. El salón entero se movía. Yo me acerqué, luego retrocedí cuando el doctor pidió aire.

—¿La silla estaba en primera fila?

—Sí.

—¿Quién estaba detrás?

Irène cerró los ojos.

—Viviane estaba más atrás, junto a una columna. Solange a mi derecha, pero se levantó. Bressan estaba adelante, luego se apartó hacia Viremont. Marguerite no se movió al principio. Abel vino desde la pared lateral. Bellanger estaba del otro lado de la mesa.

—¿Podía llegar a su libreta sin ser visto?

—Durante la confusión, cualquiera podía llegar a casi cualquier cosa sin ser visto, siempre que pareciera estar preocupado por Montclar.

Delacroix se acercó a la mesa.

—Pero alguien tenía que tener preparada la hoja.

—Sí.

—Eso reduce mucho la espontaneidad de la compasión.

Irène lo miró.

—Alguien sabía que habría confusión.

—O esperaba crearla.

—¿Con la muerte?

—Con algo. La muerte quizá llegó cuando debía, quizá antes, quizá después. Todavía no lo sé.

Richet levantó la vista.

—¿Qué significa eso?

Delacroix observó la libreta. En una de las páginas, Irène había dibujado un pequeño esquema de la mesa: Montclar, Bellanger, reloj, público, puerta. La periodista no solo había anotado frases. Había observado posiciones. Como una jugadora de otro tipo.