Capítulo 12 — Los relojes de Abel Cavaillon #4
—O alguien quiso que Bellanger la tocara.
Abel levantó la vista.
—¿Para incriminarlo?
—O para transferir algo sin que él lo supiera.
Richet se inclinó hacia adelante.
—¿Está diciendo que Bellanger pudo contaminar el reloj sin saberlo?
—Estoy diciendo que, si una sustancia estaba en la pieza de Marchand, y Bellanger la tocó, luego se limpió los dedos con un pañuelo y después rozó el botón o el reloj, pudo llevarla al lugar adecuado. Pero eso exigiría una cadena muy delicada. Demasiado delicada, quizá.
—Y si sabía lo que hacía, usó la pieza como parte del método.
—Sí.
Abel cerró las manos.
—No.
—No es una afirmación, monsieur Cavaillon.
—Pero alguien pensó en Julien. Eso ya es una profanación.
Delacroix no respondió. La palabra era exacta. El crimen, si había incorporado esa pieza, no solo era asesinato. Era una profanación de memoria. Y eso volvía a reducir el círculo a quienes amaban u odiaban el pasado con suficiente intensidad.
Richet cambió de página.
—Cuando limpió el reloj, ¿usó el mismo paño que para esa caja de piezas?
—No. Las piezas antiguas no se enceran. Se pasan con paño seco.
—¿Dónde está ese paño?
Abel se quedó quieto.
—En la sala de material.
—No lo vi.
—Hay varios.
—Necesitamos todos.
El comisario llamó al agente y ordenó recoger los paños de la sala.
Delacroix se acercó a la ventana. Ya era casi de noche.
En el patio interior, la fuente seca había desaparecido en una sombra azulada.
El club, encerrado por sus propias paredes, parecía cada vez más un tablero al que alguien hubiese retirado la posibilidad de abandonar.
Abel habló a su espalda.
—Monsieur Delacroix.
—Sí.
—Usted cree que fui yo.
Delacroix se volvió.
—Creo que usted estuvo cerca del arma, si hubo arma.
—Eso no es lo mismo.
—No. Pero es vecino.
—Yo no maté a Montclar.
—¿Lo habría salvado?
Abel abrió la boca. La cerró. La pregunta, por fin, lo había encontrado en una zona donde la verdad no tenía buena postura.
—No sé.
—Esa respuesta me interesa más que un no rotundo.
—Cuando cayó, corrí.
—Sí.
—Antes… antes no. Antes lo vi sufrir y pensé que quizá, por una vez, estaba pagando algo. No me alegra haberlo pensado. Pero lo pensé.
Delacroix asintió. No había indulgencia en el gesto, pero sí comprensión. La moral de los testigos nunca es limpia. Frente al sufrimiento de un hombre cruel, incluso los inocentes pueden tardar unos segundos en recordar que siguen siendo inocentes.
Richet permitió que Abel saliera, esta vez acompañado por un agente. Cuando la puerta se cerró, el comisario se quedó mirando sus notas como si le hubieran jugado una variante desagradable.
—El encargado me parece menos culpable y más complicado. Eso suele ser mala noticia.
—Casi siempre.
—Bellanger tocó una pieza de Marchand, quizá desde la sala de material, después no lo dijo, tenía pañuelo, preguntó por el reloj, alargó la partida. Me cuesta no mirarlo.
—Entonces mírelo. Pero no únicamente.
—¿Por qué?
Delacroix tomó la fotografía de Lyon y la colocó junto a una hoja en blanco.
Montclar, Bellanger, Marchand. Luego, mentalmente, añadió a quienes no aparecían: Marguerite en el hotel, Abel unido por familia, Viviane escuchando secretos, Solange descubriendo archivos, Viremont preservando cuentas y prestigio.
—Porque la pieza de Marchand no favorece solo a Bellanger. Lo tienta. Lo acusa. Lo hiere. Lo coloca en el centro del pasado. Es perfecta para él.
—Otra vez demasiado perfecta.
—Sí.
Richet resopló.
—Empiezo a odiar la perfección.
—Es una reacción sana.
Desde el salón llegó la voz de Irène Louviers, más alta que antes.
No gritaba, pero su tono había perdido la ligereza de las horas previas.
Delacroix abrió la puerta. La periodista estaba de pie junto a Viremont, con una hoja en la mano.
Bressan intentaba arrebatársela sin tocarla del todo.
Solange observaba desde atrás. Bellanger había vuelto a mirar el tablero.
Marguerite, la vitrina. Viviane, la hoja.
—¿Qué ocurre? —preguntó Richet.
Irène Louviers levantó el papel.
—Encontré esto entre mis notas, comisario. Alguien lo deslizó en mi libreta durante la confusión.
—¿Qué es?
La periodista miró a Delacroix antes de responder.
—Una copia de la hoja que Solange dijo haber entregado a Montclar. La carta de Julien Marchand.
El salón volvió a quedarse inmóvil.
Richet avanzó y tomó el papel con cuidado. Delacroix leyó por encima de su hombro. La letra no era la misma que la de la carta anónima. Parecía una copia reciente, quizá hecha a mano a partir de un original. La frase central estaba allí, igual que Solange la había recordado:
Actuó por amor a un muerto que todavía respiraba.
Pero debajo había una línea que Solange no había mencionado, o que quizá no figuraba en la hoja que ella vio:
Y el otro lo supo, lo usó y sonrió como si la victoria hubiera nacido de su genio.
Delacroix levantó la mirada hacia Bellanger.
Bellanger no miraba ya el tablero.
Miraba el papel.
Y por primera vez en toda la tarde, su rostro había perdido la paciencia.