Capítulo 12 — Los relojes de Abel Cavaillon #3
—Porque no imaginé que una pieza tomada para pensar unos minutos pudiera importar.
Delacroix observó a Bellanger. La explicación podía ser cierta. También podía ser la primera grieta real. El hombre que seleccionaba tanto la verdad acababa de descubrir que una verdad omitida no siempre espera dócilmente en su casilla.
—¿Dónde está esa pieza? —preguntó.
Bellanger tardó un instante.
—La devolví.
—¿Dónde?
—En la sala de análisis.
—¿No en la de material?
—No recuerdo.
Abel habló, con la voz baja.
—Yo encontré un caballo negro fuera de su caja después.
—¿Cuándo?
—Antes de llevar los relojes al salón.
—¿Por qué no lo mencionó? —preguntó Richet.
—Porque pensé que alguien lo había dejado por descuido. Pasa durante los torneos. No creí que…
—Aquí nadie creyó nada hasta que fue tarde —lo interrumpió el comisario—. ¿Dónde está ahora?
—En la caja de piezas Staunton antiguas.
—Tráigala.
Abel miró a Delacroix, luego a Richet.
—¿Debo tocarla?
—Con guantes. Y vendrá un agente con usted.
Mientras Abel y el agente regresaban a la sala de material, el salón quedó en una tensión nueva.
El caballo negro, una pieza suelta, parecía de pronto adquirir una importancia absurda.
Delacroix no sabía aún si la tenía, pero el crimen, cuando está bien escondido, suele servirse de objetos ridículos para obligar a los vivos a revelar algo.
Bellanger permanecía sentado. Marguerite Lenoir lo miraba con desprecio casi abierto.
—Siempre le gustaron las piezas ajenas, monsieur Bellanger —dijo.
Viremont hizo un gesto de alarma.
—Madame, por favor.
Bellanger no se volvió hacia el presidente. Contestó a la viuda.
—Y a este club le gustó siempre decidir qué piezas merecían nombre.
Marguerite golpeó el suelo con el bastón.
—No convierta su resentimiento en historia.
—No. Ustedes ya convirtieron la historia en resentimiento antes que yo.
La frase atravesó la sala. Solange Perrin bajó la mirada. Viviane Marceau, junto al ventanal, observó a Bellanger con una atención grave. Irène Louviers no escribió, pero su mano descansaba sobre la libreta como si tuviera que contenerla.
Delacroix intervino con suavidad.
—Monsieur Bellanger, ¿por qué tomó precisamente un caballo negro?
—No lo sé.
—Los jugadores rara vez toman piezas al azar.
—A veces una pieza ayuda a pensar.
—¿Esa posición en la sala de análisis requería un caballo negro?
Bellanger lo miró.
—No recuerdo la posición con exactitud.
—Mademoiselle Perrin sí podría reconstruirla, quizá.
Solange levantó la cabeza.
—La vi al pasar. Había un caballo negro fuera de juego, en el borde del tablero. Me llamó la atención.
—¿Por qué?
—Porque Bellanger estaba estudiando una posición donde el caballo no parecía pertenecer a la variante principal. Como si hubiera sido añadido después.
Bellanger sonrió apenas, pero sin alegría.
—Mademoiselle Perrin ve conspiraciones con talento juvenil.
—Y usted ve juventud cada vez que alguien lo incomoda —respondió ella.
Richet levantó una mano.
—Basta.
El agente regresó con Abel. Traían una caja de piezas envuelta en un paño.
La colocaron sobre una mesa auxiliar. Abel la abrió con cuidado.
Dentro, las piezas antiguas descansaban en compartimentos de terciopelo gastado.
Un caballo negro, de madera oscura, tenía una leve mancha en la base, apenas perceptible.
Delacroix se inclinó sin tocarlo.
—¿Esa mancha estaba antes?
Abel negó despacio.
—No lo sé.
—Monsieur Cavaillon, empieza a tener una relación muy profunda con la ignorancia.
—Son piezas viejas.
—Todo aquí es viejo. No todo está manchado.
Richet ordenó guardar el caballo para análisis junto con el frasco de cera, los paños y el reloj. Bellanger observó la operación con una calma menos perfecta que antes. No temía al caballo, quizá. Temía lo que su omisión acababa de hacer con su relato.
—¿Podría haberse transferido algo desde la pieza al pañuelo y del pañuelo al reloj? —preguntó Richet en voz baja a Delacroix, mientras los agentes embalaban la caja.
—Podría. O podríamos estar fabricando una línea hermosa con polvo y ansiedad.
—Eso significa sí.
—Significa que no me disgustaría saber qué había en esa mancha.
Abel seguía mirando la pieza, y en su rostro había algo distinto al miedo. Reconocimiento. Delacroix lo notó.
—Monsieur Cavaillon.
El encargado levantó los ojos.
—Esa pieza le recuerda algo.
—No.
—Sí.
Abel apretó los labios.
—Era de Julien.
El salón entero pareció contenerse. Incluso Bellanger volvió la cabeza con rapidez.
—¿De Marchand? —preguntó Richet.
—Sí. La caja Staunton antigua perteneció a Julien Marchand. Mi hermana la donó al club después de su muerte. Se usaba poco, solo en análisis o exhibiciones históricas.
Bellanger se puso de pie.
—Eso no lo sabía.
Abel lo miró con una amargura repentina.
—Usted dejó de preguntar por Julien mucho antes de que muriéramos los demás.
La frase golpeó más fuerte que una acusación. Bellanger se quedó inmóvil. Delacroix vio en su rostro una emoción real, quizá la primera de toda la tarde: no culpa, no miedo, sino una vergüenza antigua y furiosa.
—Cuidado, Abel —dijo Bellanger.
—¿Por qué? ¿También va a esperar veinte años para responderme?
Richet avanzó entre ambos.
—Se sientan. Los dos.
Abel obedeció de inmediato, más por hábito que por calma.
Bellanger tardó un segundo más, pero se sentó.
La aparición de la pieza de Marchand había alterado algo profundo.
Ya no era solo un objeto tocado por Bellanger; era un fragmento del muerto antiguo en medio del crimen reciente.
Si alguien lo había usado deliberadamente, no buscaba solo envenenar un reloj. Buscaba escribir una frase con objetos.
Delacroix se acercó a Abel.
—¿Quién sabía que esa caja perteneció a Marchand?
—Muchos socios antiguos. Bellanger, quizá no. Solange lo sabía. Madame Lenoir, también. Monsieur Viremont. Viviane Marceau, si conoció a Julien, tal vez.
—¿Y Bressan?
—No creo que le importaran las piezas si no eran de plata.
Desde el otro lado del salón, Bressan protestó.
—Esto es intolerable.
—Casi todo lo es, monsieur Bressan —dijo Delacroix sin mirarlo—. La diferencia es que algunas cosas además son útiles.
Richet ordenó que todos permanecieran en silencio mientras terminaban de embalar la pieza.
Después pidió a Abel que volviera con ellos a la biblioteca.
El encargado se levantó con dificultad. Parecía haber envejecido desde que entraron en la sala de material.
Delacroix lo siguió, pero antes miró otra vez a Bellanger.
El rival mantenía los ojos fijos en el suelo.
No en el tablero. No en la vitrina. En el suelo.
Como si la frase de Abel le hubiese quitado por un momento la posibilidad de calcular.
En la biblioteca, Abel se sentó sin esperar indicación. Richet cerró la puerta.
—Hablemos claro —dijo el comisario—. Usted tenía acceso a la sala de material, sabía que el reloj de caoba iba a usarse, limpió el reloj esta mañana, notó que el botón estaba más duro, encontró una pieza de Marchand fuera de lugar y no dijo nada hasta que se lo arrancamos con pinzas.
Además, Montclar había arruinado a su cuñado y quizá estaba a punto de volver a usar esa historia durante la cena.
Necesito una razón para no pensar que usted preparó el reloj.
Abel escuchó sin levantar la vista. Cuando respondió, su voz salió baja.
—Porque no habría usado a Julien para matar a nadie.
—Eso no basta.
—Para usted no. Para mí sí.
Richet golpeó la mesa con la pluma.
—Monsieur Cavaillon.
Abel levantó los ojos. Estaban húmedos, pero no llorosos. Era otra cosa. Una ira contenida durante demasiado tiempo.
—Julien Marchand era un hombre bueno. No débil.
Bueno. En este club confundieron las dos cosas porque aquí la bondad siempre pareció una mala jugada.
Montclar le robó una idea, quizá. Bellanger le retiró la amistad porque necesitaba culpar a alguien.
Madame Lenoir lo convirtió en una nota al pie porque no encajaba en su altar.
Viremont heredó el silencio y lo llamó prudencia.
Mi hermana lo vio apagarse año tras año.
Yo también. Si hubiera querido vengarlo, habría hablado.
Habría quemado la vitrina. Habría escupido sobre la placa de Montclar.
Pero no habría untado veneno en un reloj usando una pieza de Julien como si él todavía tuviera que servir a la ruina de otros.
La declaración fue larga para un hombre acostumbrado a frases cortas.
Cuando terminó, la biblioteca quedó en silencio.
Richet no escribió durante unos segundos.
Delacroix observó a Abel con cuidado. El dolor podía ser una coartada magnífica, pero allí había algo demasiado torpe para estar fabricado del todo.
Abel no se defendía como inocente; se defendía como custodio de un muerto al que no quería ver convertido en instrumento.
—¿Quién pudo tomar esa pieza? —preguntó Delacroix.
Abel respiró.
—Cualquiera con acceso a la sala.
—No cualquiera sabría lo que significaba.
—No.
—Deme nombres.
—Solange. Madame Lenoir. Monsieur Viremont. Yo. Quizá Viviane. Quizá Bellanger si lo recordaba, aunque él dice que no.
—¿Y la mancha?
—No la vi antes.
—Pudo hacerla Bellanger al tocarla.
—Pudo.
—O ya estaba allí.
—Pudo.