Capítulo 12 — Los relojes de Abel Cavaillon #2
—¿Con las manos vacías?
Abel cerró los ojos, intentando reconstruir.
—Llevaba sus guantes. Un pañuelo. Tal vez una libreta pequeña.
—¿Una libreta?
—No estoy seguro.
—¿De qué color?
—Oscura. Negra o azul.
Richet anotó.
—¿La tenía cuando entró?
—Creo que sí.
—¿O la tomó de aquí?
—No lo sé.
Delacroix miró la puerta entre las dos salas.
Desde la mesa de análisis hasta el armario de los relojes había apenas unos pasos.
Un hombre solo podía abrir la puerta, entrar en la sala de material, manipular un reloj y regresar antes de que alguien lo echara de menos, siempre que supiera exactamente qué buscaba y no temiera ser sorprendido.
Bellanger había tenido tiempo. También Solange, quizá.
También Abel en cualquier momento del día.
Y cualquiera que conociera la costumbre del club de dejar entornada una puerta que debía estar cerrada.
—Monsieur Cavaillon —dijo Delacroix—, ¿por qué no se cierra esta puerta?
Abel bajó la mirada.
—Por comodidad.
—La palabra favorita de los asesinos después de “casualidad”.
—No pensábamos que… —Se interrumpió. Respiró hondo—. Se llevan tableros de una sala a otra, piezas, planillas. Durante los torneos hay prisa. Si cada vez debo abrir con llave, los socios se irritan.
—Y los socios irritados son temibles.
—Para usted quizá no. Para mí, sí.
La respuesta no fue desafiante. Fue simple.
Delacroix pensó que en esa simpleza había más verdad sobre el club que en todos los discursos de Viremont.
La seguridad de las salas dependía menos de llaves que de jerarquías.
Y en el Círculo Philidor, la comodidad de un socio valía más que el protocolo de un encargado.
Richet se volvió hacia Abel.
—Quiero una lista de todas las personas que pudieron entrar aquí desde esta mañana.
—Haré lo posible.
—No. Hará la lista.
Abel asintió.
Delacroix regresó a la sala de material.
Se detuvo ante el armario de los relojes.
Imaginó la escena: el reloj de caoba en su estante, el botón correspondiente a las blancas accesible, la cera cerca, los paños, el silencio de la casa antes de la recepción.
Una sustancia aplicada en el lugar adecuado.
No necesariamente visible. No necesariamente olorosa.
Luego el reloj llevado al salón. Montclar eligiéndolo por costumbre.
Bellanger aceptándolo por cortesía aparente.
La partida extendiéndose. La mano del campeón regresando una y otra vez al mismo botón.
Tac.
Se apartó del armario.
—¿Montclar usaba siempre el lado blanco en partidas conmemorativas? —preguntó.
Abel pareció agradecer una pregunta que al menos pertenecía al ajedrez.
—Casi siempre. El campeón suele jugar con blancas en las exhibiciones del club, salvo sorteo especial.
—¿Y hoy estaba decidido de antemano?
—Sí.
—¿Quién lo sabía?
Abel lo miró como si la respuesta fuera evidente.
—Todos.
Todos. Esa palabra volvía a complicar lo que parecía acercarse a Bellanger.
Si todos sabían que Montclar jugaría con blancas, cualquiera que preparara el botón de las blancas podía estar seguro de la víctima.
Pero no cualquiera podía asegurar que Montclar presionaría ese botón suficientes veces.
Para eso hacía falta que la partida durara.
Para eso hacía falta Bellanger… o alguien que supiera utilizar a Bellanger como se utiliza una pieza ajena.
—¿El botón de las blancas estaba siempre del mismo lado del reloj? —preguntó Richet.
Abel negó con la cabeza.
—Depende de cómo se coloque el reloj. Por eso hubo discusión sobre la ubicación. Si se gira, cambia qué botón corresponde a cada jugador.
—Entonces quien preparó un botón necesitaba saber cómo quedaría colocado.
Delacroix sintió la importancia de la frase antes de que Richet terminara de decirla.
El asesino, si había contaminado un botón concreto, no solo necesitaba saber que Montclar jugaría con blancas.
Necesitaba saber de qué lado estaría el reloj o asegurarse de que el botón preparado quedara bajo la mano de Montclar.
—Bellanger cedió cuando Montclar pidió cambiarlo —dijo Richet.
—Sí —dijo Delacroix—. Pero antes de ese cambio, ¿el botón preparado habría correspondido a quién?
Abel parpadeó. Se acercó mentalmente al salón, al tablero, a la disposición previa. Delacroix vio el esfuerzo en su rostro.
—Antes de moverlo… si recuerdo bien… el botón que terminó usando Montclar habría quedado del lado de Bellanger.
Richet dejó de escribir.
—Repita eso.
—El reloj estaba primero a la derecha de Montclar. Luego él pidió pasarlo a la izquierda. Si el reloj no se giró, sino que se desplazó tal como estaba, el botón que después presionó Montclar… antes habría quedado más cerca de Bellanger.
Delacroix permaneció inmóvil.
Aquello era importante. Mucho.
Si alguien había preparado de antemano un botón esperando que Montclar lo usara, el cambio de ubicación debía importarle.
Bellanger no se opuso. ¿Porque ya sabía que el cambio favorecía el plan?
¿Porque él mismo necesitaba ese cambio? ¿O porque el asesino había preparado el reloj después de conocer la ubicación definitiva?
No. El reloj había sido manipulado antes de la partida.
Pero ¿cuándo exactamente? ¿Y quién sabía que Montclar, por capricho o inquietud, pediría moverlo?
—¿Montclar solía pedir cambios de ubicación? —preguntó.
Abel dudó.
—A veces.
—¿Por superstición?
—Por control. Le gustaba que todos supieran que podía modificar incluso las costumbres antes de sentarse.
—¿Y Bellanger lo sabía?
—Todos lo sabían.
Delacroix miró hacia la sala de análisis.
La posición volvía a abrirse. Si el botón preparado inicialmente habría correspondido a Bellanger, entonces el asesino necesitaba que el reloj fuera desplazado o había preparado el botón equivocado.
Pero un asesino meticuloso no confiaría en un capricho.
Salvo que conociera tan bien a Montclar que supiera cómo provocarlo.
O salvo que el veneno hubiese sido aplicado después del cambio, en el salón, bajo la mirada de todos.
¿Podía Bellanger haberlo hecho con el pañuelo?
¿Pudo rozar el botón mientras todos atendían la discusión?
¿Pudo hacerlo otro? ¿O el veneno no estaba en el botón desde el principio, sino en algo que Montclar transfirió al botón al tocarlo?
La idea era todavía demasiado nebulosa, pero lo bastante interesante para no abandonarla.
Richet miró a Abel.
—Necesito que reconstruyamos exactamente cómo estaba el reloj cuando lo llevó al salón.
—Puedo intentarlo.
—No intente. Recuerde.
Regresaron al salón con un reloj similar, no el de caoba, sino otro de dimensiones parecidas, para reproducir la disposición sin tocar la escena original.
Los socios observaron el movimiento con una mezcla de curiosidad y alarma.
Bellanger, desde su silla, levantó la cabeza.
Solange Perrin también. Marguerite Lenoir frunció los labios, como si el uso de un reloj sustituto le pareciera una parodia de mal gusto.
Richet pidió que nadie hablara. Delacroix colocó el tablero auxiliar sobre una mesa lateral, lejos de la escena central.
Abel situó el reloj como recordaba haberlo puesto en un primer momento.
Luego lo desplazó, siguiendo la petición que Montclar había hecho antes de comenzar.
Solange, que observaba desde unos pasos, intervino sin poder evitarlo.
—No fue exactamente así.
Todos la miraron.
—¿Está segura? —preguntó Richet.
—Sí. Abel no giró el reloj. Lo levantó y lo pasó al otro lado, pero Bellanger dijo algo sobre la luz de la esfera. Entonces Abel lo ajustó un poco. No mucho. Lo suficiente para que las esferas quedaran más visibles al público.
Abel cerró los ojos.
—Es verdad.
—¿Eso cambia el botón? —preguntó Richet.
Solange se acercó, pero no tocó nada.
—No cambia qué botón corresponde a cada jugador. Solo el ángulo.
Bellanger habló desde su silla.
—Puedo confirmarlo.
Delacroix se volvió hacia él.
—Qué oportuno.
—Estaba sentado frente a Montclar, monsieur Delacroix. Vi cómo se colocó el reloj.
—Y no protestó.
—No había motivo.
—El botón que habría correspondido a usted pasó a corresponder a Montclar.
Bellanger lo miró con serenidad.
—No sabía que eso tuviera importancia.
—Ahora lo sabe.
—Ahora todos parecen saber demasiadas cosas demasiado tarde.
La frase fue buena, pero Delacroix estaba atento al tono. No había sorpresa suficiente. Bellanger comprendía la implicación, sin duda, pero no parecía inquieto. O su inquietud estaba perfectamente guardada.
Richet se acercó.
—Monsieur Bellanger, cuando el reloj fue movido, ¿tocó usted algo?
—No.
—¿Sacó un pañuelo?
Bellanger miró a Marguerite, que sostenía el bastón junto a la vitrina.
—Es posible.
—¿Para qué?
—Para limpiarme los dedos. Había tocado una pieza antigua en la sala de análisis. Tenía polvo.
—¿Qué pieza?
—Un caballo negro. De una caja que estaba abierta.
Abel levantó la cabeza.
—No había cajas abiertas en la sala de análisis.
Bellanger volvió hacia él los ojos.
—Entonces quizá estaba en la sala de material.
El silencio fue inmediato.
Richet dio un paso.
—Acaba de decir que no entró en la sala de material.
Bellanger no se alteró, pero Delacroix vio que algo se ajustaba en su rostro. No miedo. Una corrección interna.
—No entré deliberadamente. La puerta interior estaba abierta. Buscaba un tablero de análisis. Pude tomar una pieza desde el umbral. No consideré que eso fuera entrar.
Abel estaba pálido.
—No se toman piezas antiguas desde el umbral.
—Usted no estaba allí para impedirlo.
El comentario fue frío. Abel bajó la mirada, pero esta vez no por servidumbre. Por rabia.
Richet habló con dureza.
—Monsieur Bellanger, en una investigación por muerte sospechosa, las diferencias entre “entrar” y “tomar una pieza desde el umbral” son menos poéticas de lo que cree. ¿Tocó algún reloj?
—No.
—¿Tocó el armario de los relojes?
—No.
—¿Tocó el frasco de cera, un paño, una caja?
—No.
—¿Por qué no lo dijo antes?