Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 12 — Los relojes de Abel Cavaillon
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Capítulo 12 — Los relojes de Abel Cavaillon

La salida del cuerpo de Cyrille Montclar no devolvió la calma al Círculo Philidor.

La cambió de lugar. Antes, la muerte había estado tendida en la alfombra, visible para todos, obligando a cada socio a medir sus gestos según la presencia de la camilla, el médico y la manta.

Ahora que el cuerpo había cruzado el vestíbulo y desaparecido bajo la lluvia fina de la tarde, la muerte quedó repartida por la casa con una eficacia mayor.

Estaba en la silla vacía del campeón, en las piezas desordenadas, en la ausencia del reloj sobre la mesa, en las conversaciones interrumpidas cada vez que un agente pasaba cerca.

Incluso los retratos parecían menos seguros de su derecho a mirar desde arriba.

Delacroix observó el salón durante unos segundos desde la entrada de la biblioteca.

Había visto muchas habitaciones después de un crimen, pero pocas con una resistencia tan obstinada a aceptar el desorden.

El Círculo Philidor quería recomponerse.

Se notaba en la manera en que Viremont intentaba alinear una silla sin tocar nada prohibido, en el modo en que Marguerite Lenoir seguía junto a la vitrina como si custodiara un altar profanado, en el empeño de Bressan por hablar de “lamentable accidente” cada vez que el comisario no lo oía.

El club no estaba de luto todavía. Estaba buscando una versión.

Richet apareció a su lado con el abrigo abierto y el sombrero en la mano.

—El médico se llevó el cuerpo. El reloj irá al laboratorio cuando consiga que alguien de esta ciudad entienda que una caja de madera puede ser más peligrosa que un cuchillo.

—No subestime a las cajas de madera, comisario. Han ocultado muchas cosas respetables.

—No me tiente. Ya tengo suficientes respetables en esta casa.

El comisario miró hacia Abel Cavaillon, que estaba junto al aparador con las manos cruzadas delante del cuerpo. No hablaba con nadie. No miraba a nadie. Parecía esperar que alguien le indicara la próxima tarea doméstica, como si una instrucción simple pudiera salvarlo del pensamiento.

—Quiero ver la sala de material —dijo Richet.

—Yo también.

—Qué sorpresa.

—Procuro reservar algunas.

Caminaron hacia el fondo del corredor. Abel los vio acercarse y se irguió con una rapidez casi militar.

Durante años debía de haber aprendido a leer las intenciones de los socios por el ángulo de sus pasos: quién quería un abrigo, quién un vaso, quién un tablero, quién solo necesitaba descargar sobre él una irritación sin consecuencias.

Esta vez, sin embargo, no se trataba de servicio.

Se trataba de sospecha, y la sospecha convierte cualquier pasillo conocido en territorio extranjero.

—Monsieur Cavaillon —dijo Richet—, acompáñenos.

—Por supuesto.

—Necesitamos ver la sala donde guarda los relojes.

Abel asintió. Sacó un manojo de llaves del bolsillo interior de la chaqueta.

Sus dedos temblaron apenas al separarlas.

Delacroix notó que una de las llaves, pequeña y de bronce oscuro, tenía el aro más gastado que las demás.

No era prueba de nada. Las llaves más usadas suelen abrir habitaciones importantes o habitaciones aburridas.

En los clubes antiguos, a veces son las mismas.

El corredor hacia la parte trasera era más estrecho y menos decorado que el resto de la casa.

La madera de las paredes desaparecía a mitad de camino, reemplazada por pintura clara, agrietada cerca del techo.

Allí el Círculo Philidor dejaba de representarse a sí mismo.

Había un olor a cera, polvo, paños viejos y carbón apagado.

Pasaron junto a una puerta que daba al pequeño comedor, otra al despacho de Viremont y una tercera a la sala de análisis.

Abel se detuvo ante una puerta más baja, casi sin adornos.

—Aquí.

Introdujo la llave de bronce. La cerradura giró con dificultad, produciendo un sonido áspero.

—¿Siempre cuesta? —preguntó Delacroix.

—Desde hace años.

—Las cerraduras difíciles tranquilizan mucho a los propietarios.

Abel abrió. La sala de material era un cuarto rectangular, sin ventanas, iluminado por una lámpara de techo que tardó en encenderse como si también pidiera una explicación.

En las paredes había armarios de madera numerados, estantes con cajas de piezas, tableros plegables, atriles para planillas, paños verdes, ceniceros de repuesto, velas, lámparas pequeñas y varios relojes de ajedrez alineados en una repisa.

Algunos eran modernos, de metal oscuro; otros, antiguos, con cajas de madera y esferas amarillentas.

El hueco dejado por el reloj de caoba resultaba visible de inmediato, como un diente ausente.

Richet se quedó en el umbral.

—Nadie entra hasta que yo lo diga.

Abel bajó la vista.

—Sí, comisario.

Delacroix, desde la puerta, observó la disposición.

A la derecha, un armario bajo guardaba los relojes.

A la izquierda, las piezas antiguas. Al fondo, otra puerta más estrecha comunicaba con la sala de análisis.

Estaba entornada. Apenas un dedo. Lo suficiente para que una línea de luz del otro cuarto cortara la oscuridad de la pared.

Richet miró la puerta interior.

—Otra vez entornada.

Abel palideció.

—Creí haberla cerrado.

—Hoy mucha gente creyó muchas cosas.

El comisario hizo una seña a uno de sus agentes, que venía detrás con guantes y una libreta.

El agente entró primero, revisó el suelo sin tocar nada y confirmó que no había señales evidentes de violencia, aunque esa clase de confirmación, en una casa llena de alfombras, polvo y costumbres, tenía un valor modesto.

Luego Richet permitió que Abel entrara, pero le ordenó mantener las manos visibles.

Abel obedeció con una mezcla de humillación y alivio: al menos, una orden concreta.

Delacroix se acercó al armario de los relojes sin tocarlo.

Había marcas rectangulares de polvo donde cada objeto había reposado durante semanas o meses.

El espacio vacío del reloj de caoba presentaba un borde más limpio, reciente.

Junto a él, el reloj alemán que había sido descartado seguía en su sitio, de madera oscura y botones metálicos.

Un pequeño frasco de cera descansaba en el estante inferior, junto a dos paños doblados.

—¿Esa es la cera? —preguntó.

—Sí —dijo Abel.

—¿La usó esta mañana?

—Sí.

—¿En todos los relojes?

—Solo en los dos que llevé al salón. El de caoba y el alemán.

—¿También en los botones?

—Un poco, quizá. Paso el paño por toda la superficie.

—¿Y luego?

—Los coloqué en la caja de transporte.

Richet miró el frasco.

—Eso irá con nosotros.

El agente lo tomó con guantes y lo guardó en una bolsa. Abel siguió el gesto con angustia.

—No tiene nada.

—Las cosas inocentes suelen resistir bien los viajes —dijo Richet.

Delacroix se agachó junto al estante. En la madera había una mancha apenas más oscura cerca del hueco del reloj de caoba. No era grande. Podía ser cera derramada, humedad, aceite de una bisagra, la sombra de la lámpara. Se inclinó un poco más.

—¿Eso estaba antes?

Abel se acercó, pero Richet lo detuvo con una mano.

—Desde ahí.

El encargado miró.

—No lo sé.

—Es una respuesta pobre.

—Es una sala vieja, monsieur. Hay manchas por todas partes.

—Las manchas también envejecen. Algunas parecen recientes.

Abel se quedó callado. Delacroix no quiso insistir de inmediato. Había visto demasiadas veces cómo una persona asustada terminaba inventando certezas para escapar de su propia ignorancia.

Richet señaló la puerta interior.

—¿A dónde da exactamente?

—A la sala de análisis.

—Ábrala.

Abel dudó.

—Comisario, si me permite, no sé si debería tocar…

—Con el pañuelo. Solo el picaporte. Despacio.

Abel sacó un pañuelo blanco del bolsillo y empujó la puerta.

La sala de análisis apareció al otro lado, más amplia y mejor iluminada, con una mesa central, varios tableros, sillas, una pizarra con diagramas de posiciones y estanterías bajas llenas de revistas.

Allí se respiraba un aire distinto, menos doméstico y más intelectual, aunque Delacroix siempre había sospechado que las habitaciones dedicadas a pensar envejecen peor cuando se las usa para odiar.

—Bellanger estuvo aquí antes de la partida —dijo Richet.

—Sí.

—¿Solo?

—Durante un tiempo, sí.

—¿Cuánto?

Abel pensó.

—Llegó antes de las cuatro. Pidió tranquilidad. Yo le traje agua. Después entró mademoiselle Perrin un momento, creo. Monsieur Bressan se asomó buscando a monsieur Viremont. Madame Lenoir pasó por el corredor. Madame Louviers también anduvo cerca.

—Un retiro muy concurrido.

—Era día de torneo.

Delacroix entró en la sala de análisis. Sobre la mesa había un tablero con una posición incompleta, quizá de una partida estudiada por Bellanger antes del encuentro.

Las piezas negras dominaban el centro. Las blancas, curiosamente, parecían resistir en una posición fea pero viva.

Junto al tablero había una planilla en blanco, un lápiz, una copa de agua vacía y una pequeña arruga en el paño verde, como si alguien hubiera apoyado allí un objeto rectangular y luego lo hubiese retirado.

—¿Esto estaba así? —preguntó.

Abel miró desde la puerta.

—No lo sé.

—¿Bellanger dejó sus análisis?

—No que yo viera.

Richet se acercó al tablero.

—No toque nada.

—No pensaba derrotar a nadie.

—En esta casa, monsieur Delacroix, hasta mirar parece mover piezas.

Delacroix aceptó la frase con una inclinación mínima.

Había algo en aquella posición de análisis que le interesaba.

No por su valor ajedrecístico, que se le escapaba en parte, sino por su semejanza atmosférica con la partida de Montclar: un ataque que no terminaba, una defensa incómoda, piezas suficientes para obligar a seguir pensando.

Bellanger, si había preparado allí su mente para la partida, no había estudiado una victoria rápida. Había estudiado una asfixia.

—¿Quién limpió esta mesa después de que Bellanger salió? —preguntó.

—Nadie. No hubo tiempo.

—¿A qué hora salió?

—Poco antes de la recepción. No recuerdo exactamente.