Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 11 — La viuda del antiguo campeón #3
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Capítulo 11 — La viuda del antiguo campeón #3

—¿Recibió usted la carta anónima? —preguntó Richet.

—No.

—¿Sabía que Montclar la había recibido?

—Lo supe al verlo. Cyrille no se alteraba por naderías.

—¿Pensó que podía relacionarse con Lyon?

—Sí.

—¿Y aun así insistió en que continuara la partida?

—Precisamente por eso.

—No entiendo.

—Si se levantaba de la mesa, la carta ganaba. Si perdía por miedo, la carta ganaba. Si Bellanger lo veía retirarse, la carta ganaba. Cyrille debía imponerse primero. Después, durante la cena, podía hablar, mentir o destruirnos a todos, como seguramente pretendía. Pero no podía huir del tablero.

Richet la observó con incredulidad.

—Un hombre se estaba muriendo y usted pensaba en quién ganaba una carta.

Marguerite tardó un segundo en responder. Cuando lo hizo, su voz perdió algo de firmeza.

—No sabía que se estaba muriendo.

Delacroix la miró con atención. Esa frase sí parecía verdadera.

No la absolvía de dureza, pero sí quizá de intención homicida.

Marguerite había querido que Montclar soportara el dolor, la humillación, la presión, incluso el peligro.

No había querido, o no había imaginado, que aquel peligro fuera literal.

En el universo moral de la viuda, los cuerpos debían obedecer a las leyendas.

La muerte de Montclar le resultaba escandalosa no porque hubiera sido cruel, sino porque había demostrado que las leyendas tienen órganos.

Richet cerró la libreta.

—Por ahora puede volver al salón. No hable con Bellanger ni con Abel sobre lo que ha declarado.

Marguerite tomó el bastón.

—No necesito hablar con Bellanger.

—¿Y con Abel?

—Abel lleva veintidós años hablando con los fantasmas equivocados. Tampoco necesito sumarme.

Se levantó. Antes de salir, Delacroix la detuvo.

—Madame Lenoir.

Ella giró apenas.

—Sí.

—Cuando vio a Bellanger con el pañuelo, antes de la partida, ¿estaba cerca de la sala de material o de la de análisis?

—Entre ambas.

—¿La puerta interior estaba abierta?

—No lo sé.

—Piénselo.

Marguerite sostuvo su mirada durante un instante largo.

—Entornada.

—Gracias.

—No me agradezca. Si Gaspard Bellanger mató a Cyrille Montclar, no lo hizo porque yo recuerde una puerta. Lo hizo porque llevaba media vida delante de ella.

—¿Delante de qué puerta?

—La que separa al segundo del primero.

La viuda salió con su bastón, dejando tras de sí un silencio seco.

Richet permaneció inmóvil unos segundos. Luego apoyó la espalda en la silla y soltó una respiración larga.

—La detesto.

—No es usted el primero, sospecho.

—Y sin embargo no la veo preparando veneno en un reloj.

—No.

—¿Por qué no? Tiene motivo, acceso, memoria, dureza y una idea bastante inquietante de la decencia.

—Porque no necesitaba matar a Montclar antes de la cena. Lo necesitaba vivo para que ganara, hablara y, quizá, reconstruyera la leyenda a su manera. Marguerite podía querer controlar la verdad, pero no robarle la escena al campeón en plena partida.

Richet miró hacia la puerta.

—No sé si eso la vuelve menos culpable o más desagradable.

—Las dos cosas pueden convivir.

El comisario tomó sus notas y subrayó algo con fuerza.

—Bellanger preguntó por el reloj de caoba antes de que se eligiera oficialmente. Estaba entre la sala de análisis y la de material. Tenía un pañuelo. Se frotó los dedos. Y después alargó la partida.

—Sí.

—Eso ya parece bastante.

—Parece una línea prometedora.

—¿Pero?

Delacroix se acercó a la carpeta del volumen conmemorativo y volvió a mirar la fotografía de Lyon.

—Pero en ajedrez, comisario, las líneas prometedoras suelen ser trampas cuando aparecen demasiado limpias.

—No me diga que ahora Bellanger le parece inocente.

—No. Me parece más interesante.

Richet gruñó.

—A veces preferiría que los culpables fueran menos interesantes.

—Entonces no frecuentaría clubes de ajedrez.

Desde el salón llegó un murmullo más alto que los anteriores.

El cuerpo de Montclar estaba siendo retirado.

Delacroix salió de la biblioteca y se detuvo junto a la puerta.

Dos hombres levantaban la camilla cubierta mientras el doctor Rémusat supervisaba el traslado.

Los socios se apartaron, algunos con respeto, otros con miedo, otros con una curiosidad que intentaban esconder demasiado tarde.

Viviane Marceau bajó la cabeza. Solange Perrin miró sin parpadear.

Abel Cavaillon se volvió hacia la pared.

Viremont parecía a punto de decir algo ceremonial y, por fortuna, no lo hizo.

Bressan se secó la frente. Irène Louviers cerró la libreta.

Marguerite Lenoir permaneció de pie junto a la vitrina, erguida como una sentencia.

Bellanger fue el único que miró el tablero.

No el cuerpo.

El tablero.

Delacroix siguió su mirada. La mesa central estaba vacía de Montclar pero no de significado.

Las piezas seguían desordenadas. El rey blanco yacía caído.

El reloj ya no estaba, retirado por la policía, y su ausencia parecía más acusadora que su presencia.

Sin el reloj, la partida parecía mutilada.

Como si alguien hubiera retirado de la escena no un objeto, sino el verdadero centro del crimen.

Bellanger debió de sentir la mirada de Delacroix, porque volvió lentamente la cabeza.

No sonrió.

No habló.

Solo sostuvo sus ojos un instante.

En ese silencio, Delacroix creyó comprender algo sobre él.

Gaspard Bellanger no estaba conmocionado por la muerte de Montclar.

Tampoco satisfecho de una manera vulgar.

Estaba midiendo la nueva posición. Como si la partida no hubiera terminado con el cuerpo sobre la alfombra, sino que hubiera cambiado de tablero.

Y quizá, pensó Delacroix, eso era lo más inquietante.

Porque algunos jugadores, cuando pierden una pieza, abandonan.

Otros calculan.

Bellanger calculaba.