Capítulo 11 — La viuda del antiguo campeón #2
—No de inmediato —continuó ella—. Los médicos hablaban de meses, quizá un año.
Pero yo sabía. Él también. Había sido el gran campeón del club, y ya no podía bajar una escalera sin detenerse a respirar.
Montclar era joven, brillante, insolente.
Bellanger era brillante también, pero su brillo pedía permiso.
Cyrille no. Henri lo detestaba y lo admiraba.
Decía que la historia necesita hombres desagradables porque los agradables rara vez tienen fuerza para permanecer.
—Una filosofía cómoda para los desagradables —dijo Delacroix.
Marguerite no lo miró.
—Fui a Lyon porque Henri quería saber si Montclar podía sostener el nombre del club fuera de estas paredes. No si podía ser bueno. Si podía ser inevitable.
—Y usted decidió ayudar a que lo pareciera.
—No.
—Entró en la habitación de análisis.
—Sí.
—Tocó papeles.
—Sí.
—Alguien pudo verla.
—Quizá.
—Y después Montclar encontró la defensa exacta.
—Porque era Montclar.
Delacroix se inclinó apenas hacia adelante.
—Madame Lenoir, esa respuesta tal vez sirvió durante veintidós años porque nadie quiso mirar debajo. Hoy hay un muerto en el salón y un reloj en manos de la policía. Tendrá que ofrecer algo más sólido que la fe.
Marguerite cerró los labios. Sus manos enguantadas se cerraron sobre el bolso.
—Cuando entré en aquella habitación, los papeles ya habían sido revisados.
Richet retomó la pluma.
—¿Por quién?
—No lo sé.
—¿Vio a alguien salir?
—No.
—¿Oyó algo?
—Voces en el pasillo. Una risa. No recuerdo más.
—¿De hombre o mujer?
—De hombre. Creo.
—¿Montclar?
—No lo sé.
—¿Bellanger?
—No.
—¿Marchand?
—Quizá.
—Eso no ayuda.
—Después de veintidós años, comisario, la memoria no es una lámpara. Es una vela en una habitación con corrientes de aire.
Delacroix reconoció la belleza de la frase, pero no se dejó impresionar por ella. Las personas acostumbradas a administrar la memoria también aprendían a describir sus límites con elegancia.
—¿Por qué no dijo nunca que estuvo allí? —preguntó.
—Porque no habría servido de nada.
—Habría servido para que Marchand no cargara solo con la sospecha.
—Julien Marchand ya estaba perdido por motivos que no dependían de mí.
—Qué conveniente.
Marguerite volvió hacia él una mirada helada.
—Usted habla de Marchand como si hubiera sido un mártir. No lo fue. Era inteligente, sí. Sensible, también. Demasiado. Un hombre así puede inspirar piedad, pero la piedad no gana torneos ni dirige instituciones.
—No. Solo impide que ciertos torneos parezcan mataderos con buena iluminación.
Richet levantó una mano.
—Basta. Volvamos a hoy. Madame Lenoir, usted dijo durante la partida que si Montclar afirmaba poder continuar, debía continuar.
—Sí.
—Estaba claramente mal.
—Estaba jugando.
—Eso no responde.
—Para mí sí.
—Entonces explíquelo como si yo no hubiera nacido en una vitrina.
Marguerite lo miró con desagrado, pero respondió.
—Cyrille Montclar había construido su vida sobre la idea de que jamás abandonaba una posición difícil.
Si yo hubiera permitido que Viremont detuviera la partida por compasión, Bellanger habría ganado de todos modos.
No en el tablero, quizá, pero sí en el relato.
Durante años se habría dicho que el gran Montclar no soportó la presión de su rival.
Que se retiró. Que el cuerpo le falló cuando el tablero lo exigía. No podía permitirlo.
—¿No podía permitir que un hombre enfermo dejara de jugar? —preguntó Richet.
—No sabía que iba a morir.
—Pero sabía que sufría.
—El sufrimiento no es siempre una razón para detenerse.
Delacroix pensó que aquella mujer podía haber sobrevivido a cualquier guerra sin levantar la voz y sin perdonarle a los heridos que sangraran sobre el uniforme.
—¿Quería proteger a Montclar o a la leyenda de Montclar? —preguntó.
Marguerite no respondió enseguida.
—A veces no hay diferencia.
—Ahí está el crimen de muchas instituciones, madame.
La viuda no se defendió. Esa vez, quizás, porque no había oído una acusación sino una descripción.
Richet cambió de línea.
—Usted estuvo hoy en la sala de material.
—Sí.
—¿Para qué?
—Revisaba fotografías antiguas para la exhibición de la cena. Abel me abrió la sala por la mañana.
—¿Tocó los relojes?
—No.
—¿Vio el reloj de caoba?
—Sí.
—¿Dónde estaba?
—En el armario, con los demás objetos de partida.
—¿Algo extraño?
—No.
—¿La puerta interior hacia la sala de análisis estaba abierta?
Marguerite dudó apenas.
—Entornada, creo.
—Todos la recuerdan entornada ahora.
—Porque quizá lo estaba.
—¿Vio a Bellanger entrar o salir de la sala de análisis?
—Lo vi en el pasillo.
Delacroix prestó más atención.
—¿Cuándo?
—Una media hora antes de la recepción, quizá un poco más. Yo salía de la sala de material con unas fotografías. Bellanger estaba junto a la puerta de análisis. Llevaba un pañuelo en la mano.
—¿Haciendo qué?
—Nada.
—Nadie hace nada con un pañuelo en la mano.
—Los caballeros sí, monsieur Delacroix. A veces solo existen.
—¿Lo vio limpiarse los dedos?
—No recuerdo.
—Piénselo.
Marguerite cerró los ojos, irritada por la exigencia, pero obedeció. Cuando volvió a abrirlos, su expresión había cambiado muy poco.
—Se frotó el pulgar y el índice. Tal vez tenía polvo de los libros. Tal vez cera. Tal vez nada.
—¿Habló con usted?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Me preguntó si el club usaría el reloj de caoba en la partida central.
Richet anotó con rapidez.
—¿Antes de que Montclar lo eligiera?
—Sí.
—¿Y usted qué respondió?
—Que probablemente. Era el reloj de las grandes partidas conmemorativas.
—¿Él lo sabía?
—Debía de saberlo.
—Pero preguntó.
—Sí.
Delacroix sintió que la posición se tensaba otra vez alrededor de Bellanger.
Una pregunta sobre el reloj antes de la partida.
Un pañuelo. Dedos frotados. La sala de análisis cerca de la sala de material.
Todo seguía siendo circunstancial, pero las piezas comenzaban a apuntar en una dirección con demasiada educación.
—¿Por qué no mencionó esto antes? —preguntó Richet.
Marguerite lo miró como si la pregunta fuera indecente.
—Porque no sabía que el reloj importaba.
—Monsieur Delacroix pidió que nadie lo tocara.
—Monsieur Delacroix pide muchas cosas con el tono de quien espera ser obedecido. Eso no las vuelve comprensibles.
—Ahora comprende.
—Ahora empiezo a sospechar que ustedes necesitan que comprenda.
La respuesta no era tonta. Delacroix la aceptó con una inclinación mínima.
—¿Bellanger parecía nervioso? —preguntó.
—Bellanger jamás parece nervioso. Esa es una de las razones por las que nunca fue del todo grande.
Richet frunció el ceño.
—No entiendo.
—Los grandes jugadores tiemblan por dentro. Montclar temblaba, aunque jamás lo admitiera. Henri también. Bellanger no temblaba. Calculaba. Esperaba. Aguardaba que el mundo le ofreciera por fin la posición que creía merecer. Eso puede hacerlo peligroso, comisario, pero no necesariamente grande.
Delacroix pensó que Bellanger habría odiado aquella frase más que una acusación de asesinato. Quizá Marguerite lo sabía.
—¿Lo cree capaz de matar a Montclar? —preguntó.
—Creo que Gaspard Bellanger era capaz de imaginar la muerte de Montclar con más paciencia que otros. No sé si era capaz de ejecutarla.
—Una distinción fina.
—La vida del club está hecha de distinciones finas.
—Y de cadáveres recientes.
Marguerite apartó la mirada. Por primera vez, el cuerpo del salón pareció entrar en la biblioteca.
No como idea, sino como hecho. Cyrille Montclar, al que ella había obligado moralmente a continuar, estaba muerto.
La leyenda que quiso proteger se había derrumbado sobre la alfombra, delante de todos, con el rey blanco caído entre piezas desordenadas.
—No quería que muriera —dijo.
La frase fue baja. No sonó defensiva. Sonó casi sorprendida.
—¿Pero quería que resistiera? —preguntó Delacroix.
—Sí.
—Aunque eso lo matara.
Marguerite cerró los ojos.
—Usted formula las cosas de modo cruel.
—No. Solo retiro los cojines.
Ella volvió a abrirlos. Había en su mirada un cansancio viejo, no de edad sino de vigilancia.
Delacroix comprendió entonces que Marguerite no solo había protegido una versión de la historia por vanidad.
La había protegido porque, sin esa versión, quizá no sabía qué hacer con su vida entera.
Henri Lenoir, Montclar, el club, los retratos, las placas, la vitrina: todo formaba un sistema cerrado donde cada mentira sostenía a otra, como piezas defendidas en cadena.
Quitar una podía hacer caer el tablero completo.
—Cyrille iba a hablar durante la cena —dijo Delacroix.
Marguerite lo miró.
—Eso decía.
—¿Sobre Lyon?
—Quizá.
—¿Sobre usted?
—Quizá.
—¿Lo temía?
—No por mí.
—Por el club.
—Por Henri.
Richet intervino.
—Su esposo murió hace años, madame.
La viuda lo miró con una frialdad que habría bastado para enfriar la lámpara.
—Eso no significa que deba morir en la memoria de cualquier manera.
—¿Y si la memoria es falsa?
—Todas las memorias son falsas en parte. La decencia consiste en elegir la falsedad que menos envilece a los muertos.
Delacroix sintió una mezcla de rechazo y fascinación. Aquella frase era casi una confesión moral. No del crimen de Montclar, quizá, pero sí de una vida entera dedicada a curar la historia con venenos pequeños.
—¿Modificó usted el material del volumen conmemorativo? —preguntó.
—Sí.
Richet parpadeó.
—Hoy todos confiesan cosas que no pregunto todavía.
—No falsifiqué documentos. Seleccioné.
—Eso suena a falsificar con guantes.
Marguerite levantó las manos enguantadas apenas, como si aceptara la ironía sin admitir la culpa.
—El volumen debía honrar al club. No exhibir cada miseria de sus sótanos.
—Montclar quería exhibirlas.
—Montclar quería usar la verdad como última arrogancia.
—Pero era verdad.
—¿Y eso la hacía noble?
Delacroix no respondió enseguida. La pregunta era más peligrosa de lo que parecía. Había verdades usadas con la misma vileza que una mentira. Montclar, según todos, habría sido capaz de eso. Pero quien mata para impedir una verdad no la vuelve menos verdadera; solo añade un cadáver a su alrededor.