Capítulo 11 — La viuda del antiguo campeón
Marguerite Lenoir entró en la biblioteca como si el comisario Richet la hubiese convocado no para interrogarla, sino para rendirle cuentas.
Era una mujer menuda, muy recta, vestida de negro con una severidad que no parecía luto reciente sino principio moral.
Su sombrero, también negro, llevaba una pequeña pluma inclinada hacia un lado; sus guantes eran de cabritilla oscura, impecables; el bastón, de empuñadura plateada, tocaba el suelo con una regularidad seca que convertía cada paso en una advertencia.
Delacroix había conocido a muchas personas incapaces de aceptar el paso del tiempo, pero Marguerite pertenecía a una especie más rara: no lo negaba, lo administraba.
Todo en ella parecía decir que los años podían acumularse, sí, siempre que pidieran permiso antes de alterar la versión correcta de las cosas.
No se sentó de inmediato. Miró primero la biblioteca, los libros, las lámparas, el sombrero del comisario sobre el tratado de finales, la carpeta del volumen conmemorativo y la fotografía de Lyon, que Delacroix había dejado deliberadamente boca arriba. Solo entonces posó los ojos en Richet.
—Comisario —dijo—, espero que esto sea breve. No por mí, desde luego. Por el club.
Richet, que estaba sentado con la pluma en la mano y el cansancio en los hombros, la observó con una paciencia poco reverencial.
—Si dependiera de mí, madame, casi todo sería breve. Pero la gente insiste en matar, mentir o recordar a medias, y eso alarga las tardes.
Marguerite no sonrió.
—Cyrille Montclar no ha sido asesinado.
La frase cayó sobre la mesa antes de que nadie le preguntara nada. Delacroix encendió un cigarrillo con lentitud, no para fumarlo aún, sino para concederle a la afirmación el pequeño silencio que merecía. Las negaciones prematuras rara vez prueban algo, pero siempre señalan un miedo.
—¿Lo dice como testigo o como deseo? —preguntó.
Marguerite volvió hacia él la cabeza. Sus ojos eran claros, fríos, más vivos de lo que su edad sugería. No eran ojos cansados; eran ojos acostumbrados a corregir.
—Lo digo como alguien que conoce este club mejor que usted, monsieur Delacroix.
—Eso no responde. Pero sitúa muy bien el problema.
Richet señaló la silla.
—Siéntese, madame Lenoir.
La viuda lo hizo al fin, con una dignidad que convertía la obediencia en concesión.
Colocó el bastón junto a la mesa, apoyó ambas manos enguantadas sobre el bolso y esperó.
A diferencia de Viremont, no parecía nerviosa.
A diferencia de Bressan, no parecía calcular perjuicios.
A diferencia de Viviane, no parecía luchar contra el dolor.
Marguerite Lenoir daba la impresión de haber llegado a la vejez con una idea tan clara de sí misma que cualquier realidad contraria debía ser considerada un error administrativo.
—Nombre completo —dijo Richet.
—Marguerite Claire Lenoir, viuda de Henri Lenoir.
El comisario escribió y levantó la vista.
—No le pregunté por su esposo.
—Entonces empieza usted mal.
Delacroix exhaló humo con discreción. Richet, para su mérito, no se dejó arrastrar por la provocación.
—Relación con el Círculo Philidor.
—Socia honoraria. Mi marido fue campeón del club durante quince años y presidente del comité de juego durante siete. Después de su muerte, colaboré en la conservación del archivo, la organización de actos conmemorativos y la preservación de nuestra historia.
—Preservación —repitió Richet.
—Sí.
—Una palabra que hoy se está comportando de manera sospechosa.
—Solo para quienes confunden memoria con chisme.
Delacroix apoyó el cigarrillo en el cenicero.
—¿Y usted no los confunde nunca?
—Jamás.
—Qué envidia. Yo los confundo casi a diario, y muchas veces el chisme resulta estar mejor informado.
Marguerite lo miró con una mezcla de reprobación y curiosidad. Tal vez empezaba a entender que Delacroix no era un invitado decorativo extraviado en una investigación provincial, sino una molestia de otra categoría.
Richet tomó la fotografía de Lyon y la deslizó hacia ella.
—Conoce esta imagen.
Marguerite la miró sin tocarla. Delacroix observó sus manos. Los guantes permanecieron inmóviles, pero los dedos se tensaron apenas bajo la piel oscura.
—Por supuesto.
—Dígame quiénes son.
—Cyrille Montclar, Gaspard Bellanger y Julien Marchand. Torneo de Lyon, hace veintidós años.
—Antes del aplazamiento.
La mirada de Marguerite se levantó hacia él.
—Veo que ya ha recibido una versión.
—Varias. Eso no las vuelve mejores.
—Las versiones son inevitables cuando quienes hablan no estuvieron en el lugar adecuado.
—¿Y usted sí?
El silencio que siguió fue mínimo, pero lleno. Marguerite retiró la mirada de la fotografía y la dejó sobre la carpeta del libro conmemorativo.
—Yo estaba en Lyon.
Richet apoyó la pluma.
—Creíamos que su marido estaba enfermo y no había viajado.
—Mi marido estaba enfermo. Yo viajé sola.
—¿Por qué?
—Porque Henri me lo pidió.
—¿Para qué?
—Para representar su nombre en un torneo que había ayudado a construir. Mi marido, comisario, no era un simple jugador retirado. Era una institución dentro de esta institución.
—Qué cantidad de instituciones en una sola familia.
Marguerite ignoró la ironía.
—Henri sabía que su tiempo había terminado, aunque ninguno de nosotros lo decía en voz alta.
Montclar estaba ascendiendo. Bellanger también, en menor medida.
Julien Marchand ayudaba a unos y otros con una inteligencia que nunca encontró forma propia.
El club cambiaba de manos, aunque aún no lo pareciera.
Mi marido quiso que yo viera quién merecía sostener su legado.
—Y eligió a Montclar —dijo Delacroix.
—No. Lo eligió la fuerza de los hechos.
—A veces los hechos agradecen mucho que alguien los empuje.
Marguerite volvió a mirarlo.
—Cyrille Montclar era arrogante, sí. Frío, a menudo.
Cruel, cuando no encontraba resistencia suficiente.
Pero era un campeón. Tenía esa cualidad que no puede enseñarse: la convicción de que el tablero debía obedecerle incluso antes de haberlo demostrado.
Gaspard Bellanger tenía talento, quizá casi tanto. Pero le faltaba soberanía.
—Una forma elegante de decir que siempre llegaba segundo.
—Una forma exacta de decirlo.
Richet hizo una marca en sus notas.
—Hábleme de la partida aplazada de Lyon.
—No hay mucho que decir.
—Cuando alguien dice eso, suele haber bastante.
—Bellanger creyó tener una posición ganadora. Montclar encontró una defensa. Ganó. Después, los derrotados buscaron una explicación más amable que la derrota.
—Notas desaparecidas.
—Rumores.
—Julien Marchand dijo que alguien entró en la habitación de análisis.
—Julien Marchand bebía demasiado incluso antes de que todos decidieran culpar a Montclar de su ruina.
La frase fue cruel por su pulcritud. Delacroix pensó que Marguerite había aprendido a matar reputaciones sin mover mucho los labios.
—Curioso —dijo—. Todos en este club parecen respetar mucho a los muertos siempre que lleven el apellido adecuado.
Marguerite lo miró con dureza.
—Julien Marchand fue un hombre débil.
—Los débiles suelen ser muy útiles para que los fuertes no tengan que explicar sus métodos.
—Usted no lo conoció.
—No. Pero empiezo a conocer a quienes lo sobrevivieron.
Richet intervino antes de que la conversación se convirtiera en un duelo de definiciones.
—¿Entró usted en la habitación de análisis la noche anterior a la reanudación de la partida?
Marguerite no respondió enseguida. Esa vez la pausa no fue orgullo: fue cálculo.
—Sí.
Richet y Delacroix se quedaron quietos.
—Eso tampoco lo había mencionado nadie con claridad —dijo el comisario.
—Porque nadie me lo había preguntado con claridad.
—¿Por qué entró?
—Para buscar a Montclar.
—¿Lo encontró?
—No.
—¿Qué había en la habitación?
—Papeles. Tableros. Abrigos. El desorden habitual de los hombres que confunden pensar con ensuciar mesas.
—¿Vio las notas de Marchand?
—No supe que fueran suyas.
—Pero vio notas.
—Vi papeles.
—¿Los tocó?
Marguerite apoyó mejor las manos sobre el bolso.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque uno de ellos estaba en el suelo.
—Qué gesto tan cívico.
—Lo levanté y lo dejé sobre la mesa.
—¿Lo leyó?
—No.
Richet la miró con una incredulidad sencilla.
—Madame Lenoir, acaba de admitir que entró en la habitación donde desaparecieron las notas de Bellanger y Marchand antes de una partida decisiva. Vio papeles, los tocó y luego Montclar jugó como si conociera esos análisis. Necesito algo mejor que “lo levanté del suelo”.
Marguerite se enderezó. Por primera vez apareció en su rostro algo parecido a una grieta, no de culpa, sino de indignación antigua, como si la acusación hubiera tardado veintidós años en llegar y aun así le pareciera vulgar.
—Yo no entregué ningún análisis a Cyrille Montclar.
—¿A nadie?
—A nadie.
—¿Entonces por qué Julien Marchand habló de una mujer?
La viuda no parpadeó. Pero el rostro se le volvió más duro.
—Porque Julien Marchand necesitaba convertir su descuido en tragedia.
—¿Qué descuido?
—Dejó papeles a la vista. Confió en personas que no debía. Bebió. Habló. Dudó. Luego perdió el control de su propia historia y permitió que otros la usaran.
—Como usted.
La frase de Delacroix fue baja. Marguerite la recibió como un golpe directo.
—Tenga cuidado, monsieur.
—Con mucho gusto. ¿Con qué parte de la verdad debo tenerlo?
Ella apartó la mirada hacia la fotografía. Algo cambió entonces. No se ablandó, exactamente, pero la rigidez adquirió una cualidad más humana, como una armadura que por fin revelara su peso.
—Henri se estaba muriendo —dijo.
Richet no escribió. Delacroix tampoco se movió.