Capítulo 10 — La joven que aprendió demasiado #3
—A envejecer. A ser alcanzado. A que una idea naciera en una cabeza que no fuera la suya.
Delacroix pensó en Bellanger alargando la partida, en Montclar perdiendo lucidez, en Solange observando cada error con dolor técnico y resentimiento íntimo.
Todos tenían una manera distinta de odiar al campeón.
Bellanger odiaba haber sido segundo. Abel odiaba la destrucción de Marchand.
Viviane odiaba la manipulación sentimental.
Viremont temía el escándalo. Bressan temía perder dinero y prestigio.
Solange odiaba quizá lo más joven y más puro: que Montclar hubiera convertido la admiración en servidumbre.
—Una última cosa por ahora —dijo Delacroix—. Cuando Montclar se negó a detener la partida, madame Lenoir dijo que un campeón no abandona porque la sala se pone sentimental. ¿Le sorprendió?
Solange negó despacio.
—No. Madame Lenoir habría obligado a Henri a morir sentado ante un tablero si eso salvaba la fotografía adecuada.
—La detesta.
—La temo más de lo que la detesto.
—¿Por qué?
—Porque no miente para protegerse. Miente para proteger una estatua. Y las personas que mienten por estatuas no se cansan nunca.
Richet cerró la libreta con un golpe seco.
—Puede volver al salón. No hable con Abel, ni con Bellanger, ni con madame Lenoir sobre lo que acaba de decir.
Solange se levantó.
—¿Y si ellos me hablan?
—Entonces descubra el placer de parecer maleducada.
La joven asintió. Antes de salir, se detuvo junto a Delacroix.
—Monsieur Delacroix.
—Sí.
—Si alguien usó el reloj, tuvo que saber algo más que química.
—¿Qué cosa?
—Ajedrez. No solo mover piezas. Saber que Montclar no abandonaría, que Bellanger podía alargar sin levantar sospechas, que todos interpretarían la demora como vanidad o crueldad. Si el asesino no era Bellanger, entonces necesitaba conocer muy bien cómo jugaría Bellanger.
Delacroix la miró con atención.
—Eso es muy agudo, mademoiselle Perrin.
—Lo sé.
La frase habría sido arrogante en otra persona. En ella sonó casi triste. Luego salió.
Richet esperó a que la puerta se cerrara.
—Me gusta.
—A mí también.
—Eso me preocupa.
—A mí también.
El comisario se levantó y caminó un poco por la biblioteca.
Afuera, dos agentes trasladaban por fin el cuerpo de Montclar.
El movimiento produjo un silencio distinto en el salón, no de sorpresa sino de despedida forzada.
Delacroix no salió a mirar. Los muertos no necesitan testigos para cruzar una puerta; los vivos, en cambio, suelen aprovechar esos momentos para cambiar de rostro.
—La muchacha tiene motivo —dijo Richet—. Y acceso. Y resentimiento. Y bastante inteligencia.
—Sí.
—Pero no tiene forma.
—Quizá sí. Si conocía la sala de material, si sabía de la puerta interior, si trabajaba con los archivos, pudo preparar el reloj.
—¿Y luego confiar en que Bellanger alargara la partida?
—Ahí está el problema.
—O ponerse de acuerdo con Bellanger.
—Posible.
—¿Lo cree?
Delacroix miró el tablero auxiliar donde todavía estaba reconstruida la posición previa al colapso. Solange había dejado las piezas ordenadas con precisión. El rey blanco, allí, seguía vivo. Amenazado, pero vivo.
—No todavía.
—Tiene usted una forma elegante de decir no.
—No. Tengo una forma prudente de no decir sí.
Richet resopló.
—Bellanger, Abel, Viremont, Bressan, Viviane, Solange, Marguerite. A este paso, el único que no pudo matar a Montclar fue Montclar.
Delacroix no respondió enseguida.
—No descartemos del todo al muerto.
Richet se volvió hacia él.
—¿Suicidio?
—No en el sentido vulgar. Pero Montclar colaboró con su muerte, si mi sospecha es correcta.
—Presionando el reloj.
—Y negándose a abandonar.
—Eso no es suicidio. Es orgullo.
—A veces la diferencia solo la decide quien preparó el veneno.
El comisario guardó silencio. La frase no le gustó. A Delacroix tampoco.
Desde el salón llegó un sonido seco: el bastón de Marguerite Lenoir golpeando el suelo.
Una vez. Luego otra. Delacroix miró hacia la puerta.
La viuda del antiguo campeón estaba hablando con un agente que, a juzgar por la expresión, no sabía si tenía delante a una testigo o a una institución religiosa.
—Creo —dijo Delacroix— que madame Lenoir empieza a cansarse de esperar.
—Entonces será un consuelo decepcionarla.
—No, comisario. Con ella convendrá hacer lo contrario.
—¿Qué?
Delacroix tomó la fotografía de Lyon y la puso boca arriba sobre la carpeta.
—Dejarla hablar de memoria. Las personas como madame Lenoir no confiesan cuando se las acusa. Confiesan cuando creen estar corrigiendo una versión inferior de la historia.
Richet miró la imagen: Montclar joven, Bellanger joven, Marchand vivo. Luego miró hacia el salón, donde el bastón volvió a sonar, impaciente, como una pieza golpeando una casilla.
—Bien —dijo—. Entonces hablemos con la historia.
Delacroix apagó el cigarrillo que apenas había fumado.
—Con cuidado. La historia de este club ya ha matado al menos una vez.
—¿Marchand?
Delacroix miró la silla vacía donde Solange había estado sentada.
—Quizá dos, comisario. Quizá dos.