Muerte en el club de ajedrez (Los misterios de Armand Delacroix 24) Capítulo 10 — La joven que aprendió demasiado #2
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Capítulo 10 — La joven que aprendió demasiado #2

Solange miró hacia la puerta, no como quien busca escapar, sino como quien quisiera que el muerto pudiera ser interrogado por esa parte.

—Porque quería verlo leerla. Quería que dejara de reírse. Quería que, por una vez, algo antiguo lo tocara en serio.

—¿Y lo tocó?

—Sí.

—¿Cómo?

—Se quedó callado. Montclar casi nunca se quedaba callado por falta de frase. Aquella vez sí. Luego me pidió que saliera de la biblioteca.

—¿Conservó la hoja?

—No lo sé. Quizá la guardó. Quizá la destruyó.

—No apareció en sus bolsillos —dijo Richet.

—Entonces quizá está en su maletín.

Delacroix recordó el maletín de cuero oscuro junto a la silla caída. Todavía no lo habían abierto. Otro objeto esperando su turno para volverse más importante de lo que parecía.

—¿Quién más sabía de esa hoja? —preguntó.

—Abel.

—¿Porque se la mostró?

—Porque la encontramos juntos.

Richet anotó el nombre con gesto sombrío.

—¿Y Abel sabía que usted se la dio a Montclar?

—Sí.

—¿Cómo reaccionó?

—Se enfadó. Mucho. Dijo que Montclar no tenía derecho a tocar otra vez la vida de Julien Marchand. Que todo lo que pasaba por sus manos terminaba perteneciendo a su leyenda.

—Abel era cuñado de Marchand.

—Sí.

—Eso tampoco lo mencionó enseguida.

Solange sostuvo la mirada del comisario.

—No era mi secreto.

Richet resopló.

—En esta casa todos parecen proteger secretos ajenos justo hasta que un muerto los vuelve generosos.

La joven se puso pálida, pero no contestó.

Delacroix se acercó a la mesa y dio vuelta la fotografía de Lyon. La colocó frente a Solange. Montclar, Bellanger, Marchand. La muchacha la miró con una atención triste.

—¿Por qué le importaba tanto Marchand? —preguntó.

—Porque desapareció de las partidas. No de la vida, de las partidas. Eso es difícil de explicar a quien no juega.

—Inténtelo de todos modos.

—Cuando uno analiza una partida antigua, encuentra el pensamiento de alguien.

Incluso en los errores. Sobre todo en los errores.

Marchand estaba en muchas partidas del club, en comentarios, en variantes sugeridas, en análisis sin firma.

Pero la historia oficial lo había reducido a un asistente menor.

Como si sus ideas hubieran servido para alimentar a otros y luego hubieran sido retiradas de la mesa.

Yo no lo conocí, pero al revisar esos papeles sentí que alguien le había robado algo más que una combinación.

—Y Montclar era parte de ese robo.

—Sí.

—¿Y Marguerite Lenoir?

Solange levantó la vista. La pregunta la encontró preparada y, aun así, incómoda.

—Madame Lenoir no roba. Consagra.

—Interesante diferencia.

—Ella decide qué merece memoria. Todo lo que no encaja con su idea del club se vuelve menor, vulgar, indigno de mención.

Para ella, Henri Lenoir fue el último gran caballero del ajedrez antes de Montclar.

Necesitaba que Montclar heredara esa grandeza porque así el club seguía siendo una dinastía, no una habitación llena de hombres crueles moviendo piezas.

—¿Cree que ayudó a Montclar en Lyon?

Solange bajó la voz.

—Creo que sabía más de lo que dice.

—¿Por la carta de Marchand?

—Por eso y por otra cosa.

Richet dejó la pluma con impaciencia.

—Mademoiselle Perrin.

—La noche anterior al aplazamiento de Lyon, Marguerite estaba en el hotel donde se jugaba el torneo. No debería haber estado allí.

—¿Cómo lo sabe?

—Por una nota de gastos del club. Una habitación cargada a nombre de Henri Lenoir, aunque Henri estaba enfermo y no viajó. La letra de la autorización era de Marguerite. Alguien la tachó después en los archivos, pero quedó marcada debajo. Abel la vio conmigo.

—¿Y Montclar?

—Se lo dije.

—También.

—Sí.

Richet miró a Delacroix con una expresión que mezclaba fastidio y admiración involuntaria.

—Esta joven ha ido entregando dinamita a todo el mundo y ahora se sorprende de que algo explotara.

Solange se inclinó hacia adelante.

—Yo no quería que muriera.

—No. Quería remover una historia que varios parecían dispuestos a mantener enterrada.

—Eso no es matar.

—No, pero a veces mata otro.

El silencio que siguió fue más duro que la acusación directa. Solange no tenía respuesta para eso. La verdad, cuando sale tarde, no siempre salva; a veces solo cambia el arma de mano.

Delacroix decidió llevarla a otro terreno.

—Durante la partida, usted dijo que Bellanger mantuvo la posición viva. Necesito que sea muy precisa. ¿Cuántas veces evitó una línea más breve?

—Al menos tres claramente. Quizá cuatro.

—¿Es posible que esas líneas más breves no fueran tan buenas como parecían?

—Siempre es posible. Pero Bellanger las vio.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque las miró.

Richet frunció el ceño.

—Eso no sirve.

—Sí sirve —dijo Solange, con una firmeza que sorprendió incluso a Delacroix—. Un jugador mira de manera distinta una línea que no ve y una línea que decide rechazar. Bellanger veía las entradas. Sus ojos iban a las piezas correctas, al orden correcto. Luego elegía otra cosa.

Delacroix asintió. Aquello tenía valor. No de prueba legal, quizá, pero sí de verdad ajedrecística.

—¿Y por qué cree que lo hacía?

Solange se quedó inmóvil. La respuesta anterior estaba lista; esta, no.

—Antes pensé que quería humillarlo. Después pensé que quizá quería demostrar algo al club. Que podía dominar a Montclar sin apresurarse. Que no era el eterno segundo, sino un hombre capaz de conducir al campeón hasta una derrota lenta.

—¿Y ahora?

La joven miró sus propias manos. Tenía los dedos manchados de tinta, probablemente por las planillas.

—Ahora pienso que no jugaba solo contra la posición.

—¿Contra qué jugaba?

—Contra el tiempo de Montclar.

Richet y Delacroix se miraron. La frase volvió a acercarlos al reloj sin nombrarlo del todo.

—Explíquese —dijo el comisario.

—Bellanger no parecía calcular cuánto tardaría en ganar. Parecía calcular cuánto podía obligar a Montclar a seguir. No sé si eso tiene sentido.

—Demasiado —dijo Delacroix.

Solange palideció.

—Entonces es cierto.

—No he dicho eso.

—Pero lo piensa. Piensa que el reloj…

Se detuvo. La palabra no salió. Como si pronunciarla terminara de convertir el ajedrez en algo sucio.

Delacroix no la ayudó. A veces conviene dejar que el horror encuentre su propio vocabulario.

—¿Vio a Bellanger tocarse las manos? —preguntó en cambio.

—No. Bellanger casi no se mueve cuando juega.

—¿Pañuelo?

—Una vez. Antes de empezar. Se limpió los dedos con un pañuelo blanco, creo.

—¿Después de tocar algo?

Solange cerró los ojos, reconstruyendo.

—No lo sé. Estaba cerca de la mesa. Abel acababa de mover el reloj al lado que pidió Montclar. Bellanger hizo un comentario. Luego se tocó el chaleco, sacó el pañuelo, se limpió los dedos. Pero no recuerdo que hubiera tocado el reloj.

—¿Pudo hacerlo sin que se notara?

—Con todos mirando a Montclar, quizá.

La posibilidad quedó abierta. Delacroix la guardó sin entusiasmo. Si Bellanger había tocado el reloj, lo hizo con una discreción extrema o antes, desde la sala de análisis. Pero el gesto del pañuelo podía significar algo. O podía ser otra pieza decorativa que la sospecha colocaba donde le convenía.

Richet revisó sus notas.

—Usted tenía motivo contra Montclar. Acceso a la sala de material.

Conocimiento de los archivos. Entendía la partida lo bastante para saber que Bellanger la alargaba.

También sabía que Montclar estaba alterado por la historia de Lyon.

Y encontró documentos que podían destruir la reputación del club.

—Sí.

—No parece negar mucho.

—Negar cosas ciertas me haría parecer más culpable y más estúpida.

Delacroix volvió a sentir una simpatía incómoda por ella.

—¿Quería ocupar el lugar de Montclar? —preguntó.

La pregunta la tomó por sorpresa. No por el contenido, sino por la dirección íntima del golpe.

—No.

—Piénselo antes de responder bien.

Solange apretó los labios. Esta vez hubo rabia.

—Quería que me viera.

—La veía.

—No. Me usaba para verse a sí mismo más joven.

Decía que yo tenía cálculo, disciplina, hambre.

Luego añadía que me faltaba “fatalidad”.

¿Sabe qué quería decir? Que no estaba destinada a ser grande porque todavía me importaba que los demás sangraran.

Para Montclar, la grandeza consistía en perder esa molestia.

—¿Le robó análisis?

Solange se quedó quieta.

Richet levantó la mirada.

—Mademoiselle.

—Sí.

La respuesta fue baja.

—¿Cuándo?

—El año pasado. Yo había preparado una línea contra la defensa que usa Bellanger con negras.

Una idea mía, o eso creía. Se la mostré a Montclar porque quería su opinión.

Me dijo que era ingeniosa, pero inmadura.

Dos meses después la usó en una exhibición en Marsella, con una mejora. Nadie supo que la idea inicial era mía.

—¿Lo acusó?

—Sí.

—¿Y?

—Dijo que en ajedrez las ideas no pertenecen a quien las encuentra, sino a quien las lleva hasta el final.

Delacroix sintió que Montclar, muerto en el salón, seguía trabajando en cada uno de ellos. La frase era tan coherente con todo lo que habían oído que no necesitaba prueba para resultar verdadera.

—Eso debió doler —dijo.

Solange sonrió con una tristeza amarga.

—No tanto como descubrir que tenía razón a medias. La mejora era brillante.

—Admirarlo debió de ser agotador.

—Mucho.

Richet volvió a su tono práctico.

—¿Eso le dio motivo para matarlo?

—Eso me dio motivo para querer vencerlo. No para matarlo.

—¿Iba a jugar contra él pronto?

—No. Montclar no jugaba partidas serias contra alumnas prometedoras. Podían pasar dos cosas inconvenientes: que perdieran y se notara su crueldad, o que resistieran y se notara su miedo.

—¿Él le tenía miedo?