Capítulo 10 — La joven que aprendió demasiado
Solange Perrin aceptó entrar en la biblioteca con una serenidad que no convenció a nadie, salvo quizá a ella misma durante los primeros tres pasos.
Era joven, pero no tenía esa juventud ruidosa que algunos adultos desprecian para no admitir que la envidian.
La suya era más bien una juventud alerta, contenida, hecha de observación y defensa, como si llevara años aprendiendo a moverse en habitaciones donde todos la trataban a la vez como promesa, intrusa y entretenimiento.
Delacroix la había visto durante la partida negar con la cabeza ante una mala jugada de Montclar, responderle sin agachar del todo la mirada y reconstruir después la posición con una precisión que no tenía nada de nerviosa.
Aquella muchacha no era una espectadora.
Entendía el tablero. Y, quizá por eso, entendía mejor que muchos la forma exacta en que había sido profanado.
Richet le indicó la silla frente a la mesa. Solange se sentó sin mirar la fotografía de Lyon, aunque Delacroix notó que sabía que estaba allí. Los objetos importantes, en una habitación cerrada, desarrollan una presencia física. No hace falta mirarlos para sentirlos.
—Nombre completo —dijo el comisario.
—Solange Émilie Perrin.
—Edad.
—Veintidós años.
—Relación con el club.
—Socia junior. Alumna del círculo desde los quince. Ayudante ocasional en el archivo y en la preparación del volumen conmemorativo.
—¿Jugadora?
Ella alzó un poco la barbilla.
—Sí.
—¿Buena?
La pregunta habría sonado torpe en otro tono, pero Richet la hizo con una sequedad práctica que impedía considerarla halago o burla. Solange tardó una fracción de segundo en responder, no por falsa modestia sino porque el adjetivo parecía importarle demasiado.
—Bastante buena.
Delacroix intervino desde su lugar junto a la estantería.
—Eso, en boca de una buena jugadora, suele significar muy buena.
Solange lo miró. Por primera vez desde que entró, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara.
—En boca de Montclar significaba insuficiente.
—Montclar no parece haber tenido un vocabulario generoso.
—Tenía uno muy preciso. Lo usaba como otros usan una fusta.
Richet anotó la frase, quizá sin comprender del todo su calidad, pero sí su utilidad.
—Hábleme de él.
Solange respiró hondo. Afuera, en el salón, se oían movimientos contenidos: pasos de agentes, un murmullo de socios, la voz grave del doctor Rémusat dando alguna instrucción.
El cuerpo de Montclar aún no había salido de la casa.
Eso hacía que hablar de él en pasado pareciera una indelicadeza necesaria.
—Fue mi maestro —dijo ella—. No oficialmente siempre, pero sí en lo importante.
Me enseñó a mirar una posición sin compadecerme de mis propias piezas, a desconfiar de las jugadas cómodas, a no enamorarme de un ataque solo porque parecía hermoso.
También me enseñó otras cosas que quizá no pretendía enseñar: cómo una frase puede arruinar una tarde, cómo un elogio puede ser una deuda, cómo la admiración convierte a una en sirvienta si no se la vigila.
—Lo admiraba.
—Sí.
—Y lo odiaba.
Solange bajó la mirada a sus manos.
—A ratos.
—Los ratos bastan para matar, mademoiselle Perrin.
Ella volvió a levantar los ojos. No se ofendió, pero algo se tensó en su rostro.
—No lo maté.
—Eso dicen casi todos.
—Y casi todos tienen razón casi siempre.
Richet dejó la pluma un momento sobre la libreta. Delacroix observó con agrado que la muchacha no era fácil. La inteligencia, cuando no se disculpa por existir, suele incomodar a quienes quieren interrogarla. Pero también se delata mejor.
—Usted tuvo acceso a la sala de material —dijo el comisario.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hoy por la mañana. Fui a buscar unas planillas antiguas para monsieur Viremont. Estaban preparando una pequeña exhibición de documentos durante la cena.
—¿Estaba sola?
—Al principio sí. Después entró Abel.
—¿Vio los relojes?
—Sí. Estaban en su armario.
—¿Los tocó?
—No.
—¿Segura?
—Completamente.
—¿Por qué?
Solange pareció sorprendida.
—Porque no tenía motivo para tocarlos.
—La gente toca objetos sin motivo.
—En la sala de material del Círculo Philidor, no. Abel se pone pálido si uno respira demasiado cerca de las piezas antiguas.
—¿El armario estaba cerrado?
—No.
La respuesta hizo que Richet levantara la vista.
—Abel dijo que la sala estaba cerrada.
—La sala, sí. El armario no siempre.
—¿Y la puerta interior con la sala de análisis?
—Entornada.
Delacroix se acercó un paso.
—¿Entornada esta mañana?
—Sí.
—¿Vio a alguien del otro lado?
—No en ese momento.
—¿Pero sabía que Bellanger usaría la sala de análisis?
—Lo supe después. O quizá antes, no recuerdo. Todo el mundo sabía que Bellanger había pedido estudiar allí antes de la partida. Es una manía suya: no le gusta esperar en los salones. Dice que los saludos antes de jugar ensucian la concentración.
—Una frase de Bellanger.
—Sí.
—¿Montclar usaba también esa sala?
—A veces. Pero hoy no. Llegó tarde.
Richet hizo una marca en la libreta.
—Entonces por la mañana usted estuvo en la sala de material, con acceso a los relojes, y la puerta interior no estaba cerrada.
—Sí.
—También ayudaba en el archivo del libro conmemorativo.
—Sí.
—Y conocía la controversia de Lyon, Marchand, Bellanger y Montclar.
Solange miró por primera vez la fotografía boca abajo.
—Todos la conocíamos. Pero yo la conocí de otra manera.
—Explíquese.
La joven tardó unos segundos. No parecía estar ordenando una mentira, sino decidiendo por dónde entrar en un recuerdo que la avergonzaba.
—Cuando empecé a ayudar con el volumen, monsieur Viremont me dio cajas de actas antiguas, boletines, fotografías, planillas de torneos.
La historia oficial del club estaba muy limpia.
Demasiado. Montclar aparecía como una fuerza inevitable, Bellanger como un rival digno pero incompleto, Marchand como una nota al pie. Eso me molestó.
—¿Por justicia?
—Por ajedrez.
Richet frunció el ceño.
—No entiendo la diferencia.
—En ajedrez una posición puede ser desagradable, pero no puede mentir.
Si una pieza estuvo en una casilla, estuvo allí.
Si una jugada ganó, ganó por algo. La historia del club hablaba como si Montclar hubiera ganado siempre porque el mundo estaba construido para que ganara.
Pero al revisar las partidas, los comentarios, las fechas, se notaban cortes.
Huecos. Como si alguien hubiera levantado piezas y vuelto a ponerlas en otra parte esperando que nadie recordara la posición anterior.
Delacroix sintió que la formulación era más que una metáfora juvenil. Solange pensaba en términos de estructura. Eso la volvía testigo valiosa y sospechosa peligrosa.
—¿Qué huecos encontró? —preguntó.
—El torneo de Lyon. Las planillas conservadas no coinciden del todo con los comentarios publicados después.
Hay una variante que aparece en un boletín privado y desaparece de la versión oficial.
Julien Marchand había anotado una idea defensiva para Bellanger, o eso parece por una referencia incompleta.
Luego esa idea no figura en ninguna parte.
Montclar, al día siguiente, juega exactamente contra esa idea, como si supiera dónde estaba el veneno de la posición antes de que la posición lo mostrara.
Richet miró a Delacroix con expresión seca.
—Hasta las partidas antiguas tienen veneno ahora.
—Las palabras de mademoiselle Perrin son más precisas de lo que parecen —dijo Delacroix.
Solange bajó la mirada, quizá arrepentida de la elección.
—Era una forma de hablar.
—Hoy conviene desconfiar de ellas, pero no descartarlas.
Richet volvió al interrogatorio.
—¿Le contó eso a Montclar?
Solange apretó las manos.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace tres días.
—¿Aquí?
—En la biblioteca.
—¿Cómo reaccionó?
—Primero se rió. Luego me preguntó quién me había metido esas ideas en la cabeza. Le dije que los documentos. Eso le gustó menos.
—¿La amenazó?
—No de manera burda.
—Hable sin admirarlo tanto.
La frase la golpeó. Solange se enderezó.
—No lo admiro.
—Lo hace incluso cuando lo acusa.
Ella abrió la boca, la cerró y durante un instante pareció más joven de lo que quería ser.
—Montclar dijo que yo tenía talento para las posiciones, no para las consecuencias.
Dijo que si removía basura vieja, todos íbamos a terminar oliendo mal.
Yo le respondí que la basura ya estaba allí.
Entonces me dijo que una chica con ambición debía aprender algo: las instituciones no premian a quienes descubren la verdad, sino a quienes saben esperar el momento adecuado para usarla.
—Un consejo encantador —dijo Delacroix.
—Montclar podía ser muy pedagógico cuando era despreciable.
—¿Y usted qué hizo?
—Seguí revisando.
—¿Y encontró algo más?
Solange dudó. Esa duda fue distinta. Richet la vio también.
—Mademoiselle Perrin —dijo—, acaba de morir un hombre. No es momento de administrar revelaciones como si fueran cartas de una partida.
—No quería ocultarlo.
—Eso suele decirse después de ocultar algo.
Ella respiró con dificultad, pero no lloró. Delacroix tuvo la impresión de que Solange preferiría desmayarse antes que llorar otra vez delante de ellos.
—Encontré una copia parcial de una carta de Julien Marchand a su esposa.
No completa. Solo una hoja, quizá conservada por error entre papeles del club.
Decía que no podía acusar a Montclar porque entonces tendría que arrastrar a alguien que había actuado “por amor a un muerto que todavía respiraba”.
Delacroix sintió que Marguerite Lenoir regresaba a la habitación sin estar presente.
Un muerto que todavía respiraba. Henri Lenoir, el antiguo campeón enfermo.
Un hombre vivo pero ya convertido en monumento.
Una mujer dispuesta quizá a proteger su lugar en la historia del club aun antes de que la muerte lo fijara del todo.
—¿Tiene esa hoja? —preguntó Richet.
Solange negó con la cabeza.
—Se la di a Montclar.
—¿Qué?
—Se la di a Montclar.
—Después de decir que lo consideraba capaz de haber robado una partida.
—Sí.
—Eso fue imprudente.
—Ya lo sé.
—¿Por qué lo hizo?